Frida Kahlo: conocer su vida para entender su obra

Bien cierto es que, para llegar al fondo de la obra de un artista, primero es necesario conocer a ese artista: su intimidad, lo que ama, lo que odia, lo que le hace sentir vivo. Pero en el caso de Frida Kahlo esta afirmación va más allá, pues, como bien dijo ella, “no pinto sueños o pesadillas, pinto mi propia realidad”.

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Al hablar de la vida de cualquier artista, hay que hacer un paso pormenorizado por cada una de las etapas de su trayectoria vital, dónde estuvo, con quién se formó, a quién conoció, qué le influyó en su obra… Pero en el caso de los artistas contemporáneos, aquellos que rompen la barrera del encargo y pintan para plasmar lo que quieren, se ha de prestar especial atención a todos esos matices que son los que marcarán su obra. Y es así como, gracias a la obra de Frida, conseguimos adentrarnos en sus pensamientos. Frida Kahlo (1907-1954) resulta una figura compleja, interesante, emocionante, íntima y, sobre todo, universal. Su obra es el reflejo de su vida, sus dolencias, sus tortuosas experiencias con el amor, sus ideales comunistas y su concepción de la mujer; por ello, predomina el autorretrato.

Hija de una mexicana y de un judío alemán, nació en 1907 en Coyoacán y murió en 1954, a los 47 años. Aunque es internacionalmente conocida, no pintó más de 200 obras; todo lo que hizo a lo largo de su vida fueron, por lo general, obras autobiográficas que le sirvieron como desahogo vital. La vida de Frida empezó marcada por la enfermedad: cuando tenía seis años, contrajo poliomielitis y la pierna derecha se le quedó más pequeña y delgada. Tuvo que permanecer meses en cama a consecuencia de las primeras operaciones quirúrgicas a las que tuvo que someterse y nunca pudo caminar de manera normal, lo que dio lugar a una infancia solitaria y no muy alegre.

 

En una escuela de chicos

Hay cuadros que pintó años después en los que aparece la representación de una niña sola, como Ella juega sola (1938), donde vemos a una niña cuya cabeza es una máscara de calavera típica del Día de los Muertos en un paraje desolado de colores gélidos, que representa la soledad, retratada junto a la cabeza de un monstruo a su izquierda. Un claro reflejo de los fríos recuerdos que guardaba de su niñez, donde vida y muerte aparecen de manera constante. A los quince años quiso estudiar, hacer una carrera, pero no como pintora sino como médico. En 1922, consiguió entrar en la Escuela Nacional Preparatoria de Ciudad de México con el fin de formarse para los estudios universitarios. Era una escuela de chicos, pero logró entrar como alumna. Se convirtió en una joven muy revolucionaria, que logró hacer frente al ambiente machista que la rodeaba gracias a sus ansias por aprender. Aquí formó parte de un grupo de chicos, los cachuchas, que se identificaban porque llevaban gorra, estaban en contra del poder establecido y tenían una ideología anarquista. Desde joven, esas ganas de cambio y de enfrentarse a lo establecido van a marcar gran parte de su personalidad, como muestra en varias fotografías que tiene con su familia en las que aparece vestida de chico.

 

Trágico accidente

En 1925, con dieciocho años, tiene lugar el accidente que marca por segunda vez su vida. Cuando viajaba en autobús de vuelta de la escuela, un tranvía se cruzó en el camino del vehículo provocando un terrible siniestro del que Frida salió muy mal parada. Todavía resulta increíble pensar cómo sobrevivió a este suceso, ya que una vara de hierro le entró por la cadera atravesando su cuerpo hasta salir por la vagina, provocando, además, la fractura de varias partes de su anatomía. Debido a esto, tuvo que someterse a múltiples operaciones, pasar largas temporadas en cama y volver a aprender a caminar, algo que consiguió. Este tormentoso proceso y el dolor que le producía fueron protagonistas de muchas de sus pinturas, como La columna rota (1944), en la que aparece con el corsé ortopédico que la acompañó muchos años. Se retrata llorando, expresando su sufrimiento.

Durante su reposo empezó a pintar de manera más lenta, autodidacta, aprendiendo como buenamente podía pero, gracias a ello, combatió el dolor y el aburrimiento. Autorretrato con vestido de terciopelo (1926) será su primer autorretrato al óleo. Se pinta de un modo un tanto heroico, aparece recuperada y llena de vida, con las cejas pobladas que tanto la caracterizan y una intensa mirada. Pudo realizarlo gracias a un caballete especial que colocaba sobre su cuerpo y a un espejo situado en la parte superior de su cama. También de estos años es el retrato de su hermana Cristina, muy natural y de tonos suaves.

Gracias a su empeño y constancia, logro volver a caminar, por lo que pudo retomar su vida social. Frida comenzó a frecuentar ambientes políticos e intelectuales, donde conoció a la fotógrafa italiana Tina Modotti, con quien entabló amistad. Juntas acudían a reuniones del Partido Comunista Mexicano en las que se encontraba con sus amigos cachuchas. Ella siempre decía que en su vida tuvo dos grandes accidentes, el del autobús y Diego Rivera. Frida ya conocía al pintor mexicano desde 1922, lo había visto mientras pintaba un mural en la Escuela Nacional Preparatoria donde ella estudiaba. Pero no fue hasta 1928 cuando lo conoció directamente en una de las reuniones a las que iba junto a Tina, que fue quien los presentó. Un día, ella acudió a visitarlo mientras este trabajaba en un mural del Edificio de la Secretaría de Educación Pública para enseñarle algunos de sus trabajos. Diego, impresionado por su talento, la animó a seguir pintando. Su relación fue creciendo rápidamente debido a la intensidad de sus personalidades y, en 1929, se casaron cuando ella tenía 22 años y él, 42. El matrimonio sorprendió y disgustó a algunos familiares de Frida; su madre afirmó que ese matrimonio era como “la unión entre un elefante y una paloma”, recalcando las diferencias, no solo de edad, que existían entre ellos. Pero Frida se casó profundamente enamorada. Esta unión se ve plasmada en Diego y yo (1931), en el cual podemos ver la gran diferencia física entre ambos. Ella lo coge de la mano plasmando su admiración, y él sostiene una paleta y pinceles de pintor reflejando su condición.

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Pero dos personalidades tan potentes, tan libres y tan suyas estaban destinadas a luchar por sus individualismos y pasiones, y, en el caso de Diego Rivera, las mujeres eran su debilidad. Fue infiel a Frida en numerosas ocasiones, algo que como es normal a ella la mataba por dentro debido al amor que sentía. Pero lo aceptó, ya que se casó sabiendo de sus imperfecciones. Lo cual no quería decir que ella no tuviese encuentros con otras personas; a pesar de sus mutuas infidelidades, la pareja logró complementarse en muchos aspectos. El amor y la admiración mutua siempre los mantuvieron unidos. Esta dualidad moral de Frida, entre su aceptación de la infidelidad, el dolor que le produce y el amor que siente por Diego, la veremos reflejada en muchas de sus obras, como en El abrazo de amor del universo, la tierra (México), Yo, Diego y el señor Xólotl (1949), en la cual aparece una Frida que sostiene a un bebé con la cara de Diego en brazos. La pintora afirmó sobre Rivera que ella “quisiera siempre tenerlo en brazos como a un niño recién nacido”. Ambos son protegidos por una madre tierra arquetípica que rodea en su seno a los personajes, preservados, a su vez, por el universo mostrado como una dualidad.

 

Traslado a Estados Unidos

En 1930, se quedó embarazada por primera vez, pero a causa de la posición anómala del feto en su útero como consecuencia del accidente de autobús interrumpió su embarazo por recomendación médica a las trece semanas. Muchos médicos apuntaban que Frida no podría tener hijos debido a sus problemas físicos. Esto le causó un gran dolor.

Debido a la fama creciente de Diego en Estados Unidos, tomaron la decisión de trasladarse allí en 1931 y vivieron entre Nueva York y Detroit. En 1932, cuando ya llevaba una temporada instalada en el país, pintó Autorretrato en la frontera entre México y Estados Unidos influida por artistas surrealistas italianos, una obra en la que refleja su descontento con la forma de vida estadounidense, reprocha a los gringos su afán por el dinero y su mentalidad capitalista y evidencia la añoranza por su tierra natal. Es entonces cuando empieza a pintar una serie de cuadros que reflejan esos sentimientos.

Pero de nuevo el destino vuelve a trastocar la vida de la artista. En ese mismo año, cuando se encontraba en Detroit debido a un encargo que Diego estaba realizando en esa ciudad, sufre otro aparatoso aborto que termina de romper todas las esperanzas de Frida con la maternidad. Sin haberse recuperado de su primera pérdida y saliendo de esta segunda, pinta Aborto en Detroit, una cruda obra en la que la artista aparece tumbada desnuda, llorando, sobre una cama de hospital con sábanas manchadas de sangre. De la mano de Frida, salen una serie de hilos rojos que la conectan con un feto, y otra serie de símbolos que reflejan tanto las causas de su aborto, como la pelvis, como elementos de amor y agradecimiento, como la orquídea violeta, que se refiere a su amado Diego, quien la llevó al hospital. De nuevo, parajes desérticos reflejan la soledad en la que se siente instalada la artista.

En 1933, regresaron a México; Frida necesitaba volver a sus raíces y recuperarse de todo lo que el país vecino le había hecho vivir. Estaba ilusionada con pintar de nuevo, ya que en los últimos años apenas había desarrollado su arte, pero pronto volvieron los problemas de salud. En 1934, tuvo que abortar de nuevo y sufrió la primera operación en el pie derecho, en la que le amputaron cuatro dedos.

Durante esos años, veremos a una Frida comprometida con el feminismo, el cual va a reflejar en su obra Unos cuantos piquetitos (1935). La artista muestra con pelos y señales la sangrienta escena del asesinato que leyó en la página de sucesos de un periódico local, y a dos palomas portando una cinta con las palabras del individuo, para dejar clara la incongruencia.

Además de las complicaciones de salud –que, a pesar de todo, Frida llevaba con serenidad–, otro suceso trastocó a la artista: descubrió a Diego y a su hermana Cristina manteniendo relaciones sexuales. Por supuesto, Frida sabía que él mantenía relaciones extramatrimoniales, y ella también las tenía, pero descubrir que una de esas relaciones era con su propia hermana terminó por romperle el corazón. Por ello, en 1939 se divorció de Diego Rivera. Fue un período muy duro, en el que la artista se refugiaba en el consumo de alcohol y la pintura como vía de escape para aliviar su sufrimiento físico y psicológico.

Esa tristeza y dolor nos los muestra en obras como Las dos Fridas (1939), en la que se representa en una doble vertiente. Dos personajes sufren, tienen el corazón a flor de piel unido por una arteria: la Frida blanca, a la europea, representa el pasado, y trata de cauterizar o sujetar con unas tijeras su herida porque se está desangrando. La Frida de la derecha aparece vestida a la mexicana, moda que comenzó a adoptar en el momento en que conoció a Rivera, y sostiene en su mano una fotografía de este. Esa doble Frida de antes y después, que gira en torno a su desengaño amoroso, nos muestra la tremenda ruptura, pero, al mismo tiempo, se dan la mano: las dos Fridas se apoyan.

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También en Autorretrato con pelo corto (1940) se rebela y expresa su rabia despojándose de su cabello, algo que hizo en realidad tras su divorcio: abandonó su imagen femenina, colgó los vestidos y utilizó ropas masculinas, dejándose únicamente los pendientes como atributo de mujer. Prueba de ello es esta pintura en la que aparece rodeada de mechones de pelo, sentada en una silla y con un traje que le queda grande, posiblemente de Diego.

Pero no todo fue tristeza en esta etapa. En 1939, el artista surrealista André Breton, con quien mantenía cierta amistad, le propuso a Kahlo exponer en la galería parisina Renón et Collea. Fue así como entró en contacto con artistas como Picasso. Asimismo, en 1940 participó en una exposición en México junto con otros vanguardistas de nivel mundial.

En el terreno personal, y debido a esa relación tóxica pero adictiva que mantenía con Diego Rivera, Frida decidió viajar de nuevo a Estados Unidos, esta vez a San Francisco –donde él se encontraba trabajando–, en junio de 1940. Meses más tarde, la pareja decidió volver a casarse, pero ahora solo compartirían gastos y amor por el arte, dejando de lado el ámbito sexual. Veremos una pintura en la que animales, flores, lo mexicano y el campo son los asuntos que más interesan a Frida, así como plasmar los cambios de su rostro con el paso del tiempo, como ocurre en Autorretrato con mono y loro (1942).

En su última década vivió feliz, tranquila, en la casa que fue de sus padres en Coyoacán y que Frida y Diego transformaron a su gusto y pintaron de azul.

 

“Espero alegre la salida”

Sus complicaciones de salud la llevaron de nuevo a San Francisco en 1946 para someterse a una operación que supuestamente iba a terminar con sus dolores, pero todo se complicó y no tuvo éxito. Ese dolor lo refleja en Una venadita (1946): en el cuadro se ve cómo un venado va a morir a causa de las flechas, que representan todas las dificultades por las que ha pasado. De nuevo, un reflejo de su arte transgresor, pero sin otra intención que representar su mundo y su vida a través del ingenio y la metáfora, siempre con una doble lectura.

En 1953, tuvieron que amputarle una de las piernas por debajo de la rodilla debido a la gangrena, lo que la sumió en una gran depresión de la que intentó salir en dos ocasiones con el suicidio. Ese mismo año, se organizó su única exposición individual en su país mientras estuvo viva. Su salud estaba muy deteriorada, por lo que le prohibieron asistir a la inauguración en la Galería de Arte Contemporáneo de Ciudad de México. Pero, haciendo honor a su tozudez, se presentó postrada en la cama en la que se encontraba.

En abril del 54, volvió al hospital tras otro intento de suicidio, pues afirmaba sufrir una enorme tortura provocada por los dolores físicos y psíquicos tras la amputación. La última obra que se conserva de la artista es un bodegón de sandías titulado Viva la vida. Una estampa de colores vibrantes y jugosos donde se puede leer el año y lugar de su despedida.
Una vida llena de desventuras, tristeza y soledad, a la que se enfrentó con tesón y supo hacer frente gracias a la pintura. Un mundo que la acogió pero del que, según relató en su diario, “espero alegre la salida, y espero no volver jamás”.

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