Fidel Castro, del sueño al despertar

De 1959 hasta hoy, Castro y su revolución levantaron pasiones dispares: ilusiones y decepciones, amores y odios… Este testimonio en primera persona de alguien que estuvo cerca del dictador cubano da cuenta de ello.

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Tenía cuatro teléfonos negros sobre el buró, a la izquierda. A través de esos aparatos progresó la historia de la Revolución en las últimas décadas. A través de ellos articuló sus argumentos, sus órdenes, sus citas, sus compromisos y, pocos lo saben, con ellos dedicó repetidas noches a comunicarse con congresistas y senadores norteamericanos –cuanto más recalcitrantes en su contra, mejor– para, en vehemente tono de “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”, contarles su programa revolucionario y sus anhelos de paz y prosperidad y de barrer con la injusticia en suelo cubano. Noches enteras en esa actividad.

En un par de ocasiones, estando yo al otro lado de ese buró y mientras charlábamos sobre cualquier cosa, tuve oportunidad de disfrutar de la torpeza con que se desempeñaba al pulsar las teclas de los teléfonos. Tenía unos dedos largos y finos, de uñas cuidadosamente arregladas y probablemente esmaltadas como sólo se lo permitían los dones de la mafia en La Habana de los años 50; unos dedos sin duda delicados, diríase que femeninos y más femeninos aún a la hora de recibir su llamada y oprimir el botón de acceso a la línea que le indicase su oficial de guardia. Daba un golpecito sobre la tecla, como picoteando, para no lastimarse las uñas que, extraña pretensión, habían sido limadas en forma puntiaguda.

 

Entre teléfonos, trofeos y escoltas

“Esta mierda”, me dijo una de esas veces, teléfono en mano.

En el cubículo contiguo, atendiendo la centralita, estaba el teniente coronel Cesáreo, un veterano de su escolta, que me había honrado con el beneficio de darme la espalda mientras yo hablaba con el Comandante, por lo que deduje, una de dos, o que mi persona gozaba de la más absoluta de todas las confianzas o que no se me tomaba como un peligro potencial.

Esta mierda, yo debía saberlo, eran todos los teléfonos del mundo que requerían pulsarse.

Había sido una noche animada por la sorprendente conducta de Fidel. Era una en la que yo me sentía muy cerca de él, pero que a su vez me desconcertaba. El caso es que se mostraba ungido de una especie de sentimiento de solidaridad. No parecía serle suficiente mi natural admiración por su persona, por sus desempeños como jefe de la Revolución. Quería otra cosa. Era un sábado de febrero o marzo de 1984. Fidel me mostró su último trofeo: un enorme tabaco, como de un metro de largo, colocado sobre una base de madera, enviado por el sindicato de una fábrica de puros que acababa de ganar una emulación productiva. “¿Qué te parece? ¿Um? Ganan la emulación y me mandan este tabacón. Nobles que son”.

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Una abismal soledad

En efecto, había algo más que puerilidad en el diálogo. Algo que, me van a perdonar, era no solo perturbador sino que reclamaba compasión. Quizá nadie mejor que yo en aquel momento para procesar toda la información que se estaba emitiendo y actuar en consecuencia, porque soy un escritor y porque aprendí arduamente la lección de mi maestro Hemingway cuando dijo que un escritor tenía que acostumbrarse a su soledad. Aquel hombre no era un escritor, era seguramente por naturaleza un asesino tan despiadado como temperamental y no podía ser escritor porque carecía de una verdadera capacidad de abstracción y porque su pensamiento no era parabólico y por tanto no podía concebir moralejas; amén de que en los próximos años, entre él y yo, estableceríamos argumentos de sobra para convertirnos en enemigos a muerte –y a muerte ha sido, compañero– pero aquella noche probablemente de febrero, yo con mis reglamentarios jeans y chaqueta Levi´s y él con sus investiduras eternas de la guerra en la jungla, éramos dos seres equipados solo con nuestras soledades y, como navajos con sus tesoros de baratijas, no teníamos otros bienes para compartir, dos náufragos que se intercambian saludos de desesperanza a lo lejos y en la vastedad del océano y de inmediato, impulsados por corrientes contrarias y que no dominan, siguen de largo, cada cual por su rumbo. “Cojones –me dije–, pero qué soledad la de este hombre”.

 

El líder que nunca descansaba

Devolvió el trofeo con el tabaco al librero detrás de él y debió de haber pensado que su objetivo no había sido conquistado, porque dio un sonoro suspiro, más bien un respingo, y me preguntó, imperativo: “¿Qué hora tú tienes ahí?” Como si él no tuviera un reloj.

Claro, después de mi cuenta, el problema era que yo estabeciera desde mi hora su próxima arremetida.

“Las siete, Comandante”.

“Cómo las siete”, dijo, reflexivo.

Evidentemente, una hora aún temprana para el efecto que quería lograr.

“Pues ahorita son como las nueve ¡y yo aquí todavía, trabajando!”.

Volvió a su reflexión autocompasiva.

“Sábado por la noche y yo trabajando”.

Muy difícil responder a una declaración como esta sin desbarrancarse en el plano inclinado de la adulonería más absoluta (e innecesaria). Tan difícil como ignorar la apetencia de un personaje de este calibre que lo único que te está pidiendo, y que él quiere y que necesita, es que tú le sueltes una sinecura, le digas que se está sacrificando por el pueblo y que no tiene hora ni descanso en su entrega y que nada calma su dedicación total a la patria, en realidad, a la humanidad entera. En fin, que desesperaba porque lo mimaran. Que yo lo mimara. A Fidel Castro.

“No, del carajo, Comandante”, dije, casi como quien ofrece un pésame por la muerte del padre, que es cuando, meditabundo, logré a plenitud, aunque casi involuntariamente, la precisión enunciativa que requería el momento, y le dije:

“Nadie en el mundo creería esto”. Oh, cómo le gustó esa frase.

En realidad yo estaba pensando que nadie en el mundo creería que yo estaba en esa situación con Fidel Castro de no saber cómo agasajarlo por unos segundos, y se me escapó en voz alta la expresión.

“¿Verdad?”, exclamó, el rostro iluminado.

“Nadie”, insistí, convencido.

“Un sábado por la noche y yo aquí, trabajando, mientras el pueblo se va por ahí, de fiestas. De verdad que nadie lo creería”.

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Nadie. Nadie lo creyó. Ni siquiera lo supo. Pero, de cualquier manera, yo tuve conciencia aquella noche de que la banalidad, pese a consumir un alto porcentaje de la existencia, nunca se reconoce en la Historia. El problema era entonces saber si –él mismo, otro cualquiera, yo– podría escribirlo.

Bien, pues, he comenzado con unas memorias personales lo que creo que el lector apreciará como una aproximación de vida y no de interpretación académica, sobre todo dada la cercanía temporal con nuestro personaje y el hecho de que él en estos momentos se encuentra en esa especie de interregno que precede a los hombres que se han ganado un lugar en la Historia; un interregno que simplemente podemos llamar fama.

El 31 de agosto de 1986, luego de un interminable viaje de 17 horas desde La Habana –con escala en Islas de Sal, frente a Cabo Verde–, Fidel Castro llegó a Harare (Zimbabue) para participar en la Cumbre de Países No Alineados durante la Guerra Fría. Se instaló en un chalé de las afueras de esta bucólica ciudad que le habían adquirido y preparado los especialistas del Ministerio del Interior, y que luego serviría como residencia permanente del embajador cubano. Había un jardincito amurallado contiguo a la puerta principal y el chalé era remoto y el mediodía sin sobresaltos cuando Fidel salió al patiecito desde adentro de la casa, enfundado con una bata de casa morada, que le caía hasta los tobillos, y pantuflas. Comenzó a dar unos pasos, las manos en los bolsillos de la bata, cuando advirtió la presencia de una docena de sus colaboradores arremolinados en el aparcamiento contiguo a la muralla y regresó a la casa.

 

Un reducto inviolable y fotrtificado

Entonces el que salió al patio fue el coronel Joseíto – José Delgado–, el jefe de su escolta, que se viró hacia el grupo y dijo, en un auténtico tono de súplica: “Caballeros, coño, salgan de esa entrada y no miren más para acá, para que él se crea que está solo”. En todo el transcurso de mi experiencia cerca o junto a Fidel, este lo tengo registrado como el momento más patético.

Demasiado inteligente para saber que su soledad era un imposible, parecía contentarse con la creencia de una ilusión. No obstante –y eso quedaba por descontado–, era una soledad que se garantizaba por el despliegue de una compañía reforzada de los rangers de Tropas Especiales traída desde La Habana para la ocasión y armada hasta con cohetes antiaéreos portátiles.

Implícito en la escena, ese cierto patetismo –término que no empleo peyorativamente– es debidamente revelador de una personalidad en permanente lucha por asegurarse un perímetro de intimidad y hacerlo inviolable. Esto se expresó, más bien se justificó ideológicamente, de muchas maneras y ofreció además unos dividendos inesperados. La idea expresada en palabras del mismo Fidel era que no debía mezclar su vida personal con la política. En ese caso, por decantación, nada mejor que su guardia pretoriana para trazar y defender la frontera. Es donde hace acto de presencia su verdadera preocupación: disponer del mejor servicio de escolta del mundo. Idea y escolta que luego le sirven (lógico) para darse la gran vida en francachelas con el empleo de sus misteriosas casas de seguridad o, como ocurrió en una época, para eludir la persecución constante que Celia Sánchez –su compañera de guerrilla en la Sierra Maestra– le montó por toda Cuba cuando supo de los devaneos amorosos de Fidel con Dalia Soto del Valle. En lo tocante a su familia, vale contarlo, este concepto de reducto fortificado fue defendido aún con mayor encarnizamiento. Estoy hablando de la familia verdadera, de esta señora, su mujer, Dalia, y de los cinco hijos tenidos con ella, en orden decreciente: Álex, Alexis, Alejandro, Antonio y Ángel.

 

Ni Raúl Castro tuvo acceso total

De vez en cuando, en los últimos tiempos, surgieron algunas fotos de la intimidad familiar y se publicaron fuera de Cuba, pero la explicación institucional sobre estas filtraciones fue de resignación: normal que ocurriese, porque cada uno de los muchachos había crecido y había cogido su rumbo. No los podían tener siempre bajo protección del feudo. En realidad, bien miradas las cosas, pese a las escasas fotos publicadas en revistas de chismes fuera de Cuba, fue un triunfo del Servicio de Seguridad Personal, porque hasta la mayoría de edad nunca hubo acceso ni siquiera a la imagen de los jovencitos.

Todo parte en su origen de un criterio elaborado por Fidel –que era un criterio político aunque él quisiera revertirlo como un asunto de seguridad–: en sus propias palabras, muchas veces vertidas en el círculo más estrecho de sus amigos, era el de no contaminar a su familia con el resto de sus subordinados.

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Y no era sólo para el vulgo. Ni siquiera Raúl Castro tuvo acceso a esa familia y sus predios. Raúl se volvió loco de alegría el día que su hijo Alejandro, ya con más de 20 años de edad, vino a conocer finalmente a un par de sus primos, dos de los hijos de Fidel, de forma casual en una fiesta. Fue una ocasión de exaltación para el general del Ejército y jefe de las Fuerzas Armadas, al enterarse, y llamó a los subordinados que tuvo a la mano y mandó a buscar vodka para brindar por el encuentro. Y no solo el contacto de unos primos. El acceso de Raúl y sus familiares, al igual que el de cualquier otro ciudadano, a la piscina térmica bajo techo de la afamada clínica CIMEQ estuvo prohibido cuando Dalia la iba a usar.

 

Las excusas y falsas pistas de un conspirador

Las explicaciones para la conducta de Fidel y para el manto de protección en el que hizo vivir a su familia pueden ser múltiples, pero el argumento básico terminaba inexorablemente en la CIA. Claro, esa es también una explicación externa. Y yo diría –producto de mis observaciones at close range– que las razones pueden ser tan íntimas como las que reveló el coronel Joseíto aquella mañana de Harare: sentirse solo. Así pues, hasta el final, lo que hemos tenido es a un hombre que emitía señales de distracción de manera constante, metódica. En fin, un hombre revestido de una coraza de enigmas y que contó con el apoyo de todo el aparato represivo de un Estado para lograr su objetivo.

Yo creí descubrir una fisura, sin embargo, a la hora de penetrar la coraza por mis imperativos puramente profesionales. Si bien la historia de Fidel Castro se podría establecer con más o menos facilidad sin siquiera tener que pisar las hemerotecas y fajarte con los tarjeteros (máxime en esta era de Google e Internet gratuito), para componer en un cierto orden cronológico las acciones que protagonizó, a la larga todos sabríamos que nos hallábamos apenas en los umbrales de una apariencia. No puede ser de otra manera con la vida de un conspirador, un conspirador contumaz, donde todo lo que nos ha emitido en el transcurso de su devenir político han sido pistas falsas. Lo supe el día en que llegué a una simple conclusión literaria. La novela de la Revolución cubana tenía que pasar por este personaje. Este fue precisamente el desafío que me llevó a escribir, a hacerme un escritor, desde una fecha muy temprana. Entonces, en el silencio de mi imaginación, no solo surgió la vida de Fidel Castro como un proyecto, sino que tuve desde ese momento la comprensión de que iba a ser algo más complicado que un trabajo académico. En la actualidad, no puedes hacer una biografía más sobre Fidel Castro, de las que atiborran los estantes. Pero además el concepto de biografía, asumido en toda su severidad, te obliga a participar de cualquier manera en la puja –ya bastante cansona y gastada– entre revolucionarios y contrarrevolucionarios; es decir, te lleva a tomar partido.

 

Una multiplicidad de puntos de vista

Hay que atravesar una selva de contradicciones y aprender algunas cosas. La primera es que la única manera de realmente contar la historia es sin valoraciones morales. Lo segundo, que el viejo apotegma hemingwayano de que debes escribir en primera persona para que te crean podría ser también válido para contar la vida de un político cubano que acaparó la atención mundial durante los últimos 50 años. Y esta, en mi opinión, es una nave que solo se puede manejar desde la cabina de mando. En mi caso, como escritor, ahí era donde yo tenía que situarme, tener la decisión de hacerlo y mantener la convicción de que la novela es un instrumento del conocimiento tan válido como el ensayo o la Historia, y mucho más allá aún, porque es el único completamente libre. Dice la historiadora y periodista estadounidense Barbara Tuchman en su formidable Las armas de agosto: “Lo que la imaginación es para el poeta, los hechos lo son para el historiador. La aplicación de su juicio viene en la selección, el arte en su composición”.

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