¿Existieron ‘Atlántidas’? Ciudades perdidas en las leyendas

Como si la diversidad de imperios, reinos y ciudades que han existido a lo largo de la historia no fuera suficiente para colmar nuestra capacidad de sugestión, en el transcurso de los siglos han surgido otros míticos, cuyos nombres aún estimulan nuestra fantasía: la Atlántida, Camelot, El Dorado, Shangri-La... Pero, a la luz de las últimas investigaciones, ¿hasta qué punto esas leyendas podrían tener una base real?

Atlántida
Imagen: Getty Images.

Desde que en los Diálogos de Platón se hiciera referencia a una potencia militar que habitaba una isla más allá de las Columnas de Hércules, a la que una catástrofe hizo desaparecer “en un solo día y una noche”, la búsqueda de la Atlántida ha ocupado –y obsesionado– a generaciones de investigadores. El que Platón afirmase en ese texto por boca de Critias (un discípulo de Sócrates) que esa historia era verdadera ha llevado a buscar la Atlántida en lugares tan dispares y distantes entre sí como Anatolia, Túnez, Groenlandia, Dinamarca, México o el altiplano boliviano.

Atlántida
Imagen: Wikimedia Commons.

 

La búsqueda de la Atlántida

La versión que ha disfrutado de mayor popularidad es la que la sitúa en una gran isla en medio del Atlántico que desapareció en una repentina catástrofe geológica; ese avanzado y floreciente imperio habría sido engullido por las aguas del océano con sus monumentales y lujosas construcciones. De forma significativa, esa idea ha sido defendida exclusivamente por autores alejados de la esfera académica, como el congresista y científi co aficionado norteamericano Ignatius L. Donnelly (1831-1901), quien consiguió un gran éxito en 1882 con su libro Atlántida: un mundo antediluviano. A partir de ahí, el enigma de la Atlántida se convertiría en campo abonado para la seudociencia y las más fantásticas elucubraciones, además de fuente de inspiración para innumerables novelas y películas que han abundado en ese irresistible mito.

Aunque esos componentes han hecho que la comunidad científica no se haya planteado seriamente la resolución del misterio, no son pocos los investigadores que han intentado abordarlo siguiendo métodos aceptables por la ciencia. Disponiendo apenas de las pistas proporcionadas por Platón, la búsqueda de la Atlántida les ha llevado a algunos puntos en los que hubiera podido estar localizada. Una de las más firmes candidatas es la isla de Creta. Cerca de allí, en la isla de Santorini, tuvo lugar aproximadamente en 1600 a.C. una de las erupciones volcánicas más importantes de los últimos miles de años, con unos efectos que se propagarían por todo el planeta y que podrían explicar hasta las diez plagas de Egipto descritas en la Biblia. Supuestamente, el tsunami resultante devastó la civilización minoica establecida en Creta, lo que podría haber dado origen al mito de la Atlántida. Esta teoría fue apoyada por el popular oceanógrafo Jacques Cousteau.

Se ha buscado la Atlántida en el área del sudoeste de la península Ibérica, más allá del estrecho de Gibraltar.

 

Sin embargo, la candidatura cretense no concuerda con las palabras de Platón, que sitúa a la Atlántida más allá del estrecho de Gibraltar. Eso ha llevado a buscarla en el área del sudoeste de la península Ibérica, el lugar en el que se han hallado los indicios más prometedores. El primero que indagó en esa zona fue el arqueólogo alemán Adolf Schulten (1870-1960), convencido de que el actual Parque Nacional de Doñana era la ubicación de Tartessos, considerada por los griegos como la primera civilización de Occidente. Según él, la descripción que hace Platón de la Atlántida coincide con la de Tartessos. Pero esa idea no era original de Schulten; un historiador y poeta español del siglo XVII, José Pellicer de Ossau Salas y Tovar, ya había dedicado un estudio a la cuestión de la Atlántida, situándola en esa zona y unas islas adyacentes, desaparecidas en aquella catástrofe. Sorprendentemente, las actuales investigaciones podrían apoyar esa teoría, ya que a la entrada del estrecho de Gibraltar, frente a Tánger, se encuentra a 56 metros de profundidad una isla sumergida, conocida como Espartel o Majuán, que desapareció bajo el nivel de las aguas en torno a 12000 a.C. debido a un terremoto, y provocando seguramente un tsunami. No se han observado en su superficie estructuras hechas por el hombre, lo que no es de extrañar, ya que, si la historia oficial no está equivocada, por entonces la evolución humana no había llegado a la fase de la construcción de ciudades, pero quizás el recuerdo de esa catástrofe fue tan duradero que llegó hasta Platón a través de la cultura egipcia.

Atlántida
Imagen: Wikimedia Commons.

 

En tierras andaluzas

Si difícilmente la Atlántida pudo estar situada en Espartel, más probable es que se levantase en el golfo de Cádiz. En 2003, el investigador cubano Georgeos Díaz-Montexano comunicó a la UNESCO el hallazgo frente a Barbate de restos submarinos correspondientes a supuestas murallas, calzadas o escaleras, aunque nadie se atreve a confirmar el origen humano de esas formaciones. En 2011, un grupo internacional de investigadores, respaldado por la National Geographic Society, aseguró haber encontrado en las marismas de Doñana, mediante fotografías por satélite y radares capaces de penetrar la tierra, indicios de la estructura de una ciudad en forma de círculos concéntricos, tal como la describió Platón. El que esa figura circular pueda apreciarse en pinturas halladas en cuevas y en algunas construcciones del sur de la Península, como en Jaén o Badajoz, ha llevado a especular que estas pudieron haber sido realizadas por “refugiados” de la Atlántida, seguramente destruida por un tsunami. Un documental producido por el afamado cineasta James Cameron en 2017 mostró pruebas de la existencia de un gran puerto en la zona, que quizás pudo haber sido la elusiva Atlántida. Sin embargo, aún no se ha hallado ningún resto arqueológico en Doñana, por lo que se desconoce si la ciudad perdida se encuentra realmente enterrada bajo el lodo de las marismas.

Por último, la versión más realista y verosímil, aunque más decepcionante, es que la historia relatada por Platón no fuera más que una fábula moralista en la que Zeus castigaba a los atlantes por su corrupción e impiedad. El hecho de que, tal como se ha apuntado, Platón dató aquella catástrofe en una época en la que aún no existían los imperios y ni siquiera las ciudades reduciría la Atlántida a la categoría de mito. Aun así, nunca faltarán aquellos que traten incansablemente de encontrar sus ruinas.

Camelot
Imagen: iStock Images.

 

La leyenda de Camelot

No solo la existencia de la Atlántida bascula entre el mito y la realidad. Otros lugares se hallan también en esa zona evanescente de la historia, como el castillo del legendario rey Arturo. Su nombre, Camelot, es indisociable de otros bien conocidos, como el del caballero Lancelot, la princesa Ginebra o el mago Merlín. Aunque la leyenda artúrica tiene su origen en un poema galés del siglo IX, la primera mención a Camelot aparecería en un romance francés, El Caballero de la Carreta , escrito por Chrétien de Troyes en 1177. Teniendo en cuenta que el personaje de Arturo, si llegó a existir en realidad, vivió en el siglo VI, se hace difícil pensar que el Camelot que conocemos no sea otra cosa que una creación literaria.

No obstante, no faltan posibles localizaciones para la mítica fortaleza. El Castillo de Cadbury, en el condado de Somerset, era antes conocido como Camalet, lo que cuenta a su favor, al igual que el hecho de que fuera anteriormente una fortaleza romana, siendo entonces lo bastante antiguo para corresponder a la época en la que se sitúa al rey Arturo. La ciudad de Colchester también reivindica esa ubicación, ya que su nombre romano era Camulodunum , aunque su situación está alejada del escenario en que debió haber habitado aquel monarca. Un fuerte situado en el norte de Gales con ese mismo nombre cuenta con más probabilidades, al hallarse en la zona apropiada. El Castillo de Tintagel, en Cornualles, pretende igualmente ser el auténtico Camelot, lo que le sirve para atraer turistas a pesar de que apenas quedan unas ruinas junto a un acantilado; aunque cualquier otro lugar cuyo nombre contenga alguna semejanza defiende su derecho a participar en esa pugna, como Caerleon, Carmarthen o Cardigan.

Shangri La
Imagen: Wikimedia Commons.

 

De Shambala a Shangri-la

Algo similar ocurre con otro lugar mítico como es Shangri-La. Surgido de la inventiva del escritor británico James Hilton (1900-1954) y plasmado en su novela de 1933 Horizontes perdidos , ha evocado para los occidentales el imaginario exótico de Oriente. Shangri-La era un utópico valle, situado en el Himalaya, en donde reinaban la armonía y la felicidad.

Hilton pudo haberse inspirado en un reino mítico del hinduismo y el budismo, Shambala, cuya primera referencia aparece en un texto del siglo III a.C. El valle de Hunza, en la Cachemira paquistaní, que Hilton visitó antes de escribir su novela, guarda semejanzas con el valle descrito. Pero muchos otros lugares reivindican ser el “auténtico” Shangri-La, sobre todo para atraer el turismo, como algunas localidades de las provincias chinas de Sichuan y Yunnan, que se extienden por parte del Tíbet. Incluso una ciudad de esta última provincia cambió en 2001 su nombre original, Zhongdian, por el de Shangri-La.

El lugar que encaja más en la descripción de Shangri-La, empero, es el monasterio tibetano de Muli, en la provincia de Sichuan; unos reportajes publicados en la revista National Geographic a principios de los años treinta sobre los viajes al Tíbet del explorador norteamericano Joseph Rock, que incluían esa visita a Muli, pudieron haber servido a Hilton para ambientar allí su afamada novela.

Laguna Guatavita
Imagen: Wikimedia Commons.

 

El sueño de El Dorado

También en América encontramos lugares míticos, como El Dorado. La búsqueda de esta ciudad legendaria en la que abundaban las riquezas llevó a numerosos conquistadores españoles, como Alonso de Alvarado, Francisco de Orellana, Hernán Pérez de Quesada o –el más conocido gracias al cine– Lope de Aguirre, a adentrarse en la selva para encontrarla (y, en muchos casos, a perecer en el intento).

El origen de la leyenda era una ceremonia de un pueblo indígena de la actual Colombia, los muiscas, en la que embadurnaban en oro al heredero del trono y este se bañaba así en la laguna sagrada de Guatavita, como ofrenda a los dioses. Esa tradición había dejado de celebrarse antes de la llegada de los españoles, pero el recuerdo seguía presente, por lo que se inició esa búsqueda de la ciudad que podía permitirse tan lujosa ceremonia.

 

En 2002, el polaco Jacek Palkiewicz dijo haber encontrado El Dorado bajo una laguna en la Amazonia peruana.

 

Los intentos se prolongarían hasta el siglo XX cobrándose la vida de varios exploradores, como el inglés Percy Fawcett, desaparecido en 1925 junto a su hijo cuando la buscaban (bajo el nombre de “ciudad Z”) en la selva brasileña. Todavía en 2002 una expedición encabezada por el explorador polaco Jacek Palkiewicz afirmó haber encontrado El Dorado bajo una laguna en la Amazonia peruana. Al parecer, en ese lugar hay un entramado de cavernas y túneles que bien podrían haber guardado los tesoros incalculables de la ciudad, aunque desde entonces no hay noticia de que las investigaciones hayan progresado.

Triángulo de las Bermudas
Imagen: iStock Photo.

 

Triángulos malditos

El misterio también se encuentra en el mar. En 1964, el escritor sensacionalista Vincent Gaddis acuñó el término “Triángulo de las Bermudas” para referirse a esa zona del Atlántico en la que supuestamente desaparecían barcos y aviones. El gran popularizador del mito sería otro escritor, Charles Berlitz, quien diez años después relataría en un libro con ese título casos de desapariciones manipulados y mezclados con datos exagerados o falsos. La realidad es que esa zona no registra un mayor número de accidentes o desapariciones que cualquier otra, como lo demuestra el que las compañías de seguros no aumenten sus tarifas por atravesarla, pero el enorme éxito del libro de Berlitz conseguiría fijar ese extraño fenómeno en la cultura popular.

Menos conocidas son otras áreas de presuntas desapariciones misteriosas como el Triángulo del Dragón, en el mar del Diablo, a unos 100 kilómetros al sur de Tokio, dado a conocer también por Berlitz en otro libro con ese título en el que recurrió igualmente a datos manipulados; o el Vórtice de Marysburgh, en el lago Ontario, en el que se han registrado desde el siglo XIX un gran número de naufragios a los que se les ha pretendido dar una explicación sobrenatural, aunque, al parecer, en esa zona del lago se dan unas anomalías magnéticas y climáticas que pudieron haber influido decisivamente en esos trágicos hundimientos.

En todo caso, tengan o no todos estos lugares míticos un trasfondo real, no hay duda de que han estimulado la imaginación de aquellos que no han podido resistirse a la fascinación que desprenden y han empujado a muchos investigadores a poner todo su empeño en averiguar la verdad. La respuesta final a esos enigmas, si es que existe, sigue esperando pacientemente a aquel que finalmente la descubra.