En la Corte del Generalísimo: la vida en El Pardo

Mientras la España de a pie pasaba mil penurias y el régimen reprimía cualquier atisbo de disidencia, se fue creando en torno al dictador una suerte de imitación de las monarquías católicas absolutistas en torno a Franco y los suyos.

El flamante Nuevo Estado español que surgió tras la Guerra Civil supuso un cambio más aparente que real. Lo que triunfó finalmente no tenía nada que ver con los planteamientos fascistas con los que se empezó a fraguar. Los falangistas que releían los discursos joseantonianos eran conscientes de la enorme traición de Franco a aquellos propósitos revolucionarios. El régimen había producido un monstruo cuyo único domador era el Caudillo, y el resultado final se parecía más a una rancia monarquía católico-absolutista que a cualquier otra forma de Estado.

Un palacio para un caudillo

Todo asunto importante tenía su principio o su final en los salones del Palacio de El Pardo. Aquel edificio fue escogido por Franco desde el primer momento para establecer su residencia oficial y celebrar los consejos de ministros. Discreto y convenientemente apartado de Madrid pero a tan solo diez kilómetros del centro de la capital, el palacio había sido utilizado por los monarcas desde los tiempos de Carlos I como lugar de recreo, pabellón de caza y picadero (en sus dos acepciones). En el siglo XVIII se vio agrandado y embellecido por el arquitecto Francesco Sabatini, autor de obras tan emblemáticas de Madrid como la Puerta de Alcalá.

Además, El Pardo reunía buenas condiciones estratégicas para la defensa en caso de sublevación militar, del asalto de un comando comunista o de un improbable ataque extranjero. Sobre todo, porque estaba rodeado de acuartelamientos. Desde la puerta de la Brigada Acorazada de El Goloso, una de las unidades militares más fuertes del país, parte una trocha de seis kilómetros que conduce a las puertas mismas del Palacio de El Pardo, de tal manera que a una orden de Franco los tanques habrían tardado diez minutos en estar bajo el balcón de su despacho. Nunca fue necesario, pero resultaba una garantía de lo más tranquilizadora.

La vida del palacio como centro de gravedad del poder absoluto duró 36 años con distintos grados de actividad. En un primer momento, los que se acercaron a aquel polo vertiginoso en donde todo parecía posible fueron los familiares, los amigos íntimos y los generales compañeros de armas, quienes de uno u otro modo empezaron a pasar factura por los servicios prestados. Pero el Generalísimo ya no estaba a disposición de quienes le habían aupado al poder absoluto. Los toleraba y los cubría de prebendas, cargos y gabelas, pero a la vez les dejó claro que ahora se encontraba a otro nivel, lo que irritó profundamente a los más irritables. Dado el carácter notoriamente hermético de Franco y el hecho de que no dejase ni autobiografía ni memorias que se conozcan, resulta difícil apreciar en justicia hasta qué punto fue amigo de sus amigos.

 

El círculo de Franco

Lo que sí conocemos son algunas semblanzas y diversos comentarios de quienes se dijeron sus íntimos, como las memorias de su médico desde los tiempos de la guerra, el doctor Vicente Gil, que se preciaba de ser el único que le decía las verdades a su poderoso paciente. Algunos de aquellos viejos amigos estuvieron próximos al dictador durante cierto tiempo y luego fueron apartados por algún motivo oculto o inconfesable. Entre ellos, el primo carnal que llevaba su mismo nombre y primer apellido, Francisco Franco Salgado-Araujo. Inseparable de su primo desde los tiempos del Rif, Salgado-Araujo permaneció a su lado constantemente hasta ser nombrado en 1954 jefe de su Casa Militar, puesto del que fue apartado dos años después sin grandes explicaciones. Esto le produjo un amargo descontento que se reflejaría en sus obras, que son los únicos testimonios críticos acerca de la vida que se hacía en El Pardo y del sistema de satélites que giraban a su alrededor como las polillas giran alrededor de la luz.

Lo que se terminó formando en El Pardo fue un grupo de habituales al que no se podría llamar una corte en sentido estricto, pero que en muchos aspectos desempeñaba un papel similar al de las cortes reales. Desde la madre aristócrata que imploraba por la vida de un hijo preso “arrastrado al comunismo por las malas compañías” hasta el constructor que proponía presas faraónicas, El Pardo era el imán común que atraía a desesperados y logreros. Llegar a la pareja Franco-Polo era el objetivo común de muchos por causas distintas, pero el acceso resultaba difícil de veras, sobre todo al marido. Para eso eran preferibles las cacerías.

La escopeta nacional

A Franco le gustaba disparar, y después de la guerra descubrió los placeres de la caza. Durante muchos años dedicó gran parte de su tiempo a ese menester, con el que disfrutaba de veras. Se tenía a sí mismo por una de las primeras escopetas españolas, si no la primera. En sus memorias, Salgado-Araujo se escandaliza de que el Caudillo dedicase 17 días del mes a cazar. Y no se trataba de cacerías deportivas.  En aquellas interminables matanzas tenían lugar toda clase de enjuagues económicos que incluso los más fieles, como Serrano Suñer, critican en sus memorias

Allí se ajustaban negocios de altura, permisos de importación, exenciones de tributos, inversiones industriales, operaciones financieras e incluso tráfico de divisas y contrabando puro y duro. Las cacerías de Su Excelencia, acompañado a menudo por un grupo de ministros, se convirtieron en un amplio entramado de corrupción. Los contactos con ese círculo en el que exteriormente todo eran sonrisas, abrazos y adulaciones mutuas valían su peso en oro, y eran muchos los que estaban dispuestos a pagarlo. Así se produjo en poco tiempo un núcleo de poder económico de carácter cerrado que terminó convirtiéndose en un entramado del que no trascendió absolutamente nada porque, como es lógico, nadie –y menos aún la prensa– se habría atrevido a denunciarlo.

 

Primera dama del régimen

Por su parte, Carmen Polo, aquella Primera Dama a la que nadie llamó nunca así, tenía sus propios intereses. Como señorita de buena familia provinciana, sentía un gran interés por la aristocracia, y en su posición ya no tenía que esforzarse para entrar en aquel círculo: más bien eran ellos los que se disputaban la entrada en el suyo. Finalmente, su hija Carmencita logró un título tras su boda con el marqués de Villaverde, y su nieta María del Carmen se casó nada menos que con un nieto de Alfonso XIII, lo que la convirtió en Duquesa y en Grande de España. Y a sus descendientes, en posibles aspirantes al trono en algún momento del futuro.

Doña Carmen no era persona afectuosa, y cuando se sintió dueña de España adoptó un aire ajeno y envarado, como de estar por encima de todo, excepto en las recepciones y los actos públicos, sobre todo los filmados. En presencia de cámaras instalaba en su rostro aquella sonrisa inmutable en la que su dentadura, muy vistosa aunque no perfecta, jugaba con el brillo de las sartas de perlas que le rodeaban el cuello.

Se ha especulado mucho sobre la intensidad de la relación entre Franco y su esposa. Aunque ella debió de cosechar negativas rotundas a ciertas demandas, es posible que consiguiera con relativa frecuencia lo que perseguía de él. A través de su corte de amigas aduladoras –y probablemente chismosas– debieron de llegarle muchos recados y peticiones que comunicar a su marido a solas. Sobre todo, durante los veranos en su posesión del Pazo de Meirás, donde se reunía cada año la pequeña corte estival.

El dictador se divierte

El pazo había sido una forzosa “donación popular” al Caudillo realizada en plena Guerra Civil: una iniciativa encabezada por Pedro Barrié de la Maza, potentado ennoblecido después por el Caudillo con el título de conde de Fenosa, al que secundó un grupo de incondicionales que más tarde serían recibidos en aquellos mismos salones como integrantes del círculo íntimo de verano y que verían recompensada de un modo u otro su devoción patriótica.

Al margen del pazo, el veraneo de Su Excelencia tenía otros atractivos interesantes, centrados en el deporte de la pesca desde su yate de 45 metros, el Azor, a bordo del cual realizaría proezas convenientemente aireadas por el No-Do, tales como la pesca de cachalotes y enormes atunes. Lo que no se contaba era que había personal encargado de cebar durante quince días a base de peces muertos y vivos la zona en la que a continuación pescaría Franco, apoyado por una dotación de 24 hombres cuyo interés común era facilitarle las cosas.

También los capellanes formaban parte de la intimidad franquista, como en los mejores tiempos de la monarquía absoluta. Así, el padre José María Boulart fue capellán de Franco desde el principio de la Guerra Civil y solía visitarlo a la hora del café, cuando el dictador se ocupaba de firmar las sentencias. En realidad, no las firmaba: se limitaba a escribir en el margen del dossier la palabra “enterado”, así que, cuando el padre Boulart lo encontraba sumergido en aquella tarea, solía preguntarle jovialmente: “¿Y qué, otro enterrado?”.

Evita, punto de inflexión

La apoteosis de la corte franquista tuvo lugar en 1947 con motivo de la visita oficial de Eva Perón, que duró casi tres semanas durante las cuales el régimen echó el resto, empeñado en una acción propagandística de altos vuelos. Eran los años del bloqueo y la autarquía, cuando el envío de trigo y carne por Perón había salvado una situación de penuria nacional que tal vez hubiera derribado al régimen.

Por ello, a Evita se la recibió con honores de Jefe de Estado. Se cerraron los colegios para que los niños pudieran agitar banderas al paso de su automóvil y todos los ministerios y organizaciones echaron a los funcionarios a la calle para hacer bulto. Las imágenes que se ofrecían a Argentina y al resto del mundo mostraban el fervor apabullante de un pueblo encantado con su régimen dictatorial. En cambio, doña Carmen Polo no lo pasó bien. Se sintió eclipsada por la argentina y sus sombreros, mucho más atrevidos y aparatosos que los suyos.

Treinta años de tedio

Tras la marcha de Evita, el círculo de poder franquista volvió a la rutina habitual, que era aburridísima. Cuando empezaron a faltarle las fuerzas, el dictador perdió el interés por la caza y la pesca y se hizo adicto al televisor, que le fascinaba. Pasaba horas y horas ante la pantalla, y parece haber sido aquel prolongado sedentarismo lo que terminó provocándole la tromboflebitis que lo mató. Su última aparición cortesana tuvo lugar el 18 de julio de 1975, durante la recepción que se ofrecía tradicionalmente en los jardines de La Granja. Allí pudo comprobarse la completa decadencia de quien había puesto firmes a todos, convertido en un anciano torpe y lelo cuyo tiempo había pasado definitivamente.