El Macartismo y la caza de brujas en Estados Unidos

Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos entró en una espiral de paranoia anticomunista y persecuciones políticas agitada por demagogos como el temible senador Joseph McCarthy, que acabó dándole nombre.

John McCarthy
Imagen: Getty Images.

"¿Es Cristopher Marlowe un comunista?”. El congresista por Alabama Joe Starnes lanzó esta pregunta a la directora teatral Hallie Flanagan durante una sesión del recién creado Comité de Actividades Antiamericanas (HUAC, por sus siglas en inglés) en 1938. Los demás congresistas estallaron en carcajadas: Starnes ignoraba que Marlowe había sido un famoso autor teatral del siglo XVI, contemporáneo y rival de Shakespeare. A Flanagan no le hizo demasiada gracia. Pensó que las decisiones de ese y otros diputados podían mandar a la calle a los miles de trabajadores del Proyecto Federal de Teatro, que ella dirigía. Starnes también le preguntaría si “Mr. Eurípides” defendía la lucha de clases; una pregunta marxista... pero de Groucho Marx, teniendo en cuenta que el autor de Medea vivió en la Grecia del siglo V a.C.

 

De los nazis a los rojos

El interés, rayando en la obsesión, por el comunismo había invadido este comité del Congreso, que tenía inicialmente la misión de vigilar la infiltración de ideas nazis en EE UU. Dicha fijación de los representantes electos de los norteamericanos se remontaba en realidad a 1919, cuando el Comité Overman del Senado, creado para investigar las actividades del enemigo en la Primera Guerra Mundial −los alemanes−, amplió sus pesquisas a “cualquier esfuerzo que se haga para propagar en este país los principios de cualquier partido que ejerza o reclame ejercer cualquier autoridad en Rusia”. El rápido triunfo de la Revolución bolchevique, relatada detalladamente en los medios de comunicación estadounidenses, había creado un gran temor en los sectores más conservadores del país.

Así, no es extraño que, cuando en 1945 el peligro del nazismo decayó, los congresistas ocupados en las “actividades antiamericanas” volviesen su atención hacia el enemigo ideológico que había quedado en pie tras la Segunda Guerra Mundial: el marxismo. Ese año, además, el Comité se convirtió en permanente. Se acercaba el Red Scare o Terror Rojo, como iba a ser conocido el período.

John McCarthy
Senador John McCarthy. Imagen: Wikimedia Commons.

 

Una de sus primeras y más conocidas investigaciones fue la que inició en 1947 contra el comunismo en Hollywood. Guiados por unas listas con nombres y apellidos de presuntos simpatizantes comunistas que había publicado la revista The Hollywood Reporter, redactadas por su editor, William R. Wilkerson, los congresistas llamaron a declarar a diez de los citados en ellas, así como a “testigos amigos”: personajes prominentes de la industria cinematográfica, entre otros, Walt Disney.

 

El Comité Overman del Senado fue el antecedente del HUAC entre los años 1918 y 1919.

 

El testimonio del ultrarreaccionario Disney fue muy duro contra el peligro de que los comunistas se infiltrasen en la meca del cine a través de los sindicatos: describió lo que había ocurrido en su estudio cuando los trabajadores se organizaron para hacer una huelga en 1941 y señaló al sindicalista Herbert K. Sorrell, al que consideraba vinculado a las campañas de desprestigio contra Disney en publicaciones izquierdistas de Estados Unidos, Sudamérica y el resto del mundo durante la huelga. El celebérrimo dibujante y por entonces ya próspero empresario acabó su intervención con un potente alegato: “Debemos mantener las organizaciones sindicales americanas limpias”.

Los 10 de Hollywood
Imagen: Wikimedia Commons.

 

Los 10 de Hollywood y la lista negra

De un tono muy distinto fueron las respuestas de los diez presuntos comunistas. El más destacado, el guionista Dalton Trumbo, fue apoyado en una concurridísima audiencia por actores del calibre de Humphrey Bogart o Lauren Bacall, amigos suyos y miembros del Comité de la Primera Enmienda, creado para oponerse a esta incipiente caza de brujas. Durante un duro interrogatorio, se le preguntó si pertenecía o había pertenecido al Partido Comunista, cuestión sobre la que eludió pronunciarse. Los otros nueve interrogados adoptaron una estrategia similar.

Esto tendría consecuencias para los llamados “10 de Hollywood” en un caso enormemente mediático y que suscitaba un fenomenal seguimiento: fueron acusados de obstrucción a los trabajos del Congreso, un delito tipificado que les llevó ante el juez. Todos fueron condenados a penas de entre seis meses y un año de prisión (las más duras fueron para Trumbo y para el también guionista John Howard Lawson). Por si fuera poco, sufrirían otra pena no escrita pero igual de efectiva: pasar a engrosar la lista negra de comunistas a los que los productores se negarían a contratar. Trumbo se marchó a México tras cumplir su pena y pasó de ser uno de los guionistas mejor pagados de Hollywood a tener que utilizar seudónimos o pedir prestado su nombre a amigos, para no firmar con el suyo. Aun en esta situación tan precaria, escribiría nada menos que treinta guiones, dos de los cuales fueron premiados con el Oscar: Vacaciones en Roma (1953) y El Bravo (1956).

Los integrantes del mundo del cine y, más en general, de la cultura, se convirtieron en sospechosos habituales para los vigilantes congresistas. Artistas de todos los órdenes fueron escrutados con animosidad, sobre todos los más modernos y difíciles de comprender. Una exposición de “arte avanzado” organizada por el Departamento de Estado (equivalente a nuestro Ministerio de Asuntos Exteriores) en 1947 para mostrar al mundo la creatividad del país, y en la que había obras de Georgia O’Keeffe o Adolph Gottlieb, fue tildada de antiamericana. Un diputado afirmó que “los comunistas y sus compañeros de viaje del New Deal han elegido el arte como uno de sus principales vehículos de propaganda”. Y otro se despachó así: “Si hay una sola persona en este Congreso que piense que este tipo de chorradas hace que se entienda mejor el estilo de vida americano, deberíamos enviarlo al mismo manicomio de donde han salido todos los que han inventado esto”. El Departamento de Estado canceló la muestra, saldó los cuadros adquiridos y ordenó no exponer obras de artistas que hubiesen tenido vínculos con comunistas.

Dalton Trumbo
Imagen: WIkimedia Commons.

 

El Caso Hiss, trampolín de McCarthy

Pero donde la paranoia contra los commies (diminutivo despectivo inglés de comunista, muy utilizado en la época) alcanzó su máxima expresión fue en la persecución de posibles infiltrados en el Gobierno. El temor a que hubiera traidores dentro de la Administración llevó a acusaciones contra altos funcionarios como Alger Hiss, que había participado en la Conferencia de Yalta y en las reuniones para la redacción de la Carta de las Naciones Unidas.

Su caso llegó a oídos del Comité de Actividades Antiamericanas después de que su nombre fuera mencionado por un antiguo periodista de Time, Whittaker Chambers, que había reconocido su militancia comunista: le identificó como perteneciente a una organización clandestina del Partido Comunista de los Estados Unidos. Hiss fue sometido a audiencias parlamentarias, incluido un careo con su acusador, durante el que negó los cargos. La contradicción entre ambos llevó a ulteriores investigaciones en las que jugó un papel destacado un joven congresista por California llamado Richard Nixon, que consiguió hacerse famoso con su celo investigativo. Hiss acabaría siendo declarado perjuro por haber negado su pertenencia al Partido Comunista y condenado en 1950 a cinco años de cárcel. Su caso nunca se ha aclarado del todo, ya que las evidencias no eran plenamente sólidas.

Aprovechando la ola del caso Hiss, dos semanas después, un senador daba un célebre discurso afirmando que el Departamento de Estado estaba “infestado de comunistas” y, enarbolando un papel con nombres, aseguraba: “Aquí tengo una lista de doscientos cinco de ellos”. Ese senador no era otro que Joseph McCarthy, cuyo nombre sería el más conocido de la época del Terror Rojo.

 

Juicio y muerte de los Rosenberg

Las acusaciones de este político republicano, que fue repitiendo en posteriores intervenciones, tuvieron un fenomenal eco mediático y obligaron al Senado a una reacción institucional, que no fue otra que la creación de un Subcomité de Investigación de la Lealtad de los Empleados del Departamento de Estado. Allí McCarthy acusó con nombres y apellidos a nueve personas, algunas de las cuales ya no trabajaban en la Administración. Sus soflamas, de carácter muy populista, le acarrearían múltiples críticas, y un dibujante del Washington Post acuñó el término “macartismo”, que pronto sería sinónimo de caza de brujas.

En este ambiente de histeria anticomunista, se encontraban posibles traidores en cualquier rincón. La explosión de la primera bomba atómica soviética había llevado a investigar cómo habían podido obtener esta arma tan rápido, cuando se consideraba que su programa nuclear era mucho menos avanzado que el americano. Así se dio un golpe contra una red de espionaje ruso que había obtenido información sobre el Proyecto Manhattan y, tras detener a diversos implicados, se concluyó que una pareja en particular había jugado un papel clave: el matrimonio formado por Julius y Ethel Rosenberg. Juzgados en 1953 por espionaje ante un tribunal federal, se negaron a declarar acogiéndose a la Quinta Enmienda de la Constitución americana (que permite no autoincriminarse). Su postura desafiante y su rechazo a defenderse impulsarían la condena más dura: la pena de muerte. El juez les imputaba haber puesto la bomba atómica en manos de los soviéticos, lo que había dado fuerza a la URSS para promover la Guerra de Corea, por lo que en la práctica los responsabilizaba de las bajas producidas en ese conflicto.

El fallo causó indignación fuera de Estados Unidos. En particular, la condena a muerte contra la esposa, Ethel, se consideró exagerada, así que desde Europa llegaron múltiples peticiones de clemencia, incluida la del Papa. Sin embargo, la opinión pública estadounidense, lejos de simpatizar con el negro destino de los condenados, se mostró poco sensible hacia ellos. El temor al comunismo que había ido extendiéndose en los años anteriores pesaba más sobre el ánimo de los americanos. Los Rosenberg murieron en la silla eléctrica el 19 de junio de 1953.

Edward R. Murrow
Imagen: Getty Images.

 

Algunos hombres buenos

No todos apoyaron el fervor cazacomunistas de la época. El presidente Harry S. Truman, del Partido Demócrata, ocupante de la Casa Blanca hasta principios de 1953, protagonizó sonados desencuentros con McCarthy, de quien dijo con ironía que era “el mejor activo que el Kremlin puede tener”. También entre aquellos que eran señalados por sus tremendistas acusaciones hubo quien se atrevió a plantarle cara. Uno de los personajes que más contribuyó a su caída fue el conocido presentador televisivo Edward R. Murrow, quien le dedicó un espacio completo de su programa informativo semanal See It Now durante el que emitió extractos de muchos de sus discursos, señalando las contradicciones en las que incurría. El impacto de la emisión fue tal que se desencadenó una guerra verbal entre ambos, y Murrow tuvo la idea de invitar a McCarthy a exponer sus argumentos contrarios en el programa.

 

La puntilla a la caza de brujas fue el triunfo judicial de la demanda de John Henry Faulk contra las listas negras.

 

El senador aceptó y, en directo, cargó contra el periodista, acusándole de haber pertenecido a organizaciones internacionales de trabajadores vinculadas al comunismo o a la URSS. Sin embargo, sus embestidas se volvieron contra él cuando Murrow respondió a la semana siguiente a todas las acusaciones rebatiéndolas sin excepción. Al final, la figura de McCarthy se acabó resintiendo. A finales de 1954 recibió un voto de censura de los propios senadores, un simbólico acto que le acercó al ostracismo. Su carrera experimentó un rápido declive y, aunque siguió como senador hasta su prematura muerte por hepatitis en 1957 (tenía 48 años), ya no volvió a ejercer una influencia comparable.

Otro hito de la oposición a la Caza de Brujas fue el estreno de la pieza teatral Las brujas de Salem en 1953. Obra del dramaturgo Arthur Miller – que más adelante se casaría con Marilyn Monroe–, en ella se dramatizaba el episodio histórico del cruel juicio que se produjo en una de las comunidades de colonos de Nueva Inglaterra, a finales del siglo XVII, contra unas niñas y jóvenes acusadas de practicar la brujería. Aunque la obra estaba situada muy lejos en el tiempo, todo el mundo entendió que Miller, al describir las tremendas presiones sociales y morales a las que estaban sometidos los protagonistas, trazaba un paralelismo entre el ambiente de paranoico rigorismo moralista de los primeros americanos y el que se estaba viviendo en el país por aquellas fechas. El dramaturgo había sido testigo de las delaciones cometidas por algunos de sus compañeros de la industria del entretenimiento, como el director Elia Kazan, al que le había unido una fuerte amistad.

 

Faulk gana la partida

El final del protagonismo de McCarthy, el descontento internacional por la resolución del caso Rosenberg y la actividad de periodistas e intelectuales llevaría a que, en la segunda mitad de los años 50, el clima de persecución fuera diluyéndose. La puntilla a la caza de brujas vino por el triunfo judicial de una demanda interpuesta por el periodista radiofónico John Henry Faulk contra la práctica de las listas negras. Hay que tener en cuenta que incluso habían surgido asociaciones que investigaban a ciudadanos con “signos de comunismo” y elaboraban estas ominosas relaciones. Faulk había sido incluido en una de ellas y, como consecuencia, despedido de CBS Radio. Por desgracia, la sentencia de su juicio −que incluyó una elevada indemnización− no llegó hasta 1962. Estados Unidos había vivido casi quince años sumido en una paranoia que dejaba pequeños a sus antepasados puritanos de Salem.