El fin de la Revolución, el fin de un sueño

Con el Consulado, primero, y el Imperio napoleónico, a continuación, se desvanecieron muchas de las conquistas de la Revolución Francesa. Pero no todas...

Napoleón
Imagen: Wikimedia Commons

El golpe de Brumario, que tuvo lugar entre el 9 y el 10 de noviembre de 1799, supuso el desmantelamiento de la Revolución. Los desmanes del Terror de los jacobinos y los caciques provinciales, con miles de guillotinados sin juicio justo (recordemos que Robespierre había anulado la posibilidad de defensa y los testigos de los acusados), pusieron en bandeja el cambio hacia la dictadura. El Directorio que había ostentado el poder desde 1795, con un continuo baile de sillas, había intentado moderar un equilibrio imposible entre los revolucionarios y las corrientes monárquicas, que pretendían reinstaurar los viejos principios.

 

El ideólogo del golpe

En el baile, se hizo fuerte Emmanuel-Joseph Sieyès, el sacerdote que se había pasado a las filas del Tercer Estado durante los Estados Generales de Luis XVI. Sieyès, con un discurso a medio camino entre lo conservador y lo puramente revolucionario, era una voz muy respetada, más por sus escritos que por sus escasas dotes de oratoria: “En el gobierno y más en la Constitución política, la unidad absoluta es despotismo, la división absoluta es anarquía; la división con la unidad con­ ere la garantía social sin la cual toda libertad es precaria”. Sin duda, un jeroglí­fico moderado que ni la piedra de Rosetta podría haber descifrado. Él mismo se respondía: “Dividid para impedir el despotismo; centralizad para evitar la anarquía”. Si lo tenía tan claro desde el principio, ¿cómo dejó que Napoleón le metiera un gol por la escuadra y se proclamase emperador, tras reformar varios artículos de la Constitución para hacerse Cónsul vitalicio? Bonaparte, mientras aceptaba el encargo del golpe, comentaba: “Sieyès cree ser el depositario de la verdad”.

El caso es que el golpe necesitaba una figura que supiera unir a los franceses, alguien que transmitiera unidad y fuerza. Sieyès veía el camino libre para sacar del escritorio la Constitución que llevaba preparando ya unos años, así que él fue el ideólogo del golpe que facilitó la ascensión de Napoleón. Recordemos que muchas potencias europeas seguían unidas contra la Francia revolucionaria, con guerras constantes en las fronteras; y, aunque las buenas cosechas del 97 y 98 suavizaron las luchas campesinas, el gobierno tenía dos caballos que tiraban demasiado de una cuerda ya desgastada entre neojacobinos y monárquicos, a los que ahora se temía más que a ninguno.

En un principio, era al joven general Joubert al que Sieyès iba a encargar el golpe: era fácil de manejar, con una carrera militar impecable y muy prometedora, pero repentinamente murió el 15 de agosto de 1799 en la Batalla de Novi (Italia) a manos de las tropas de la Segunda Coalición, y el sacerdote tuvo así que decidirse por el corso, vencedor en todos los frentes y admirado en todo el país, pero ingobernable. Napoleón estaba en Egipto intentando cortar las líneas comerciales de Inglaterra, pero regresó de inmediato, cruzando el Mediterráneo, para hacerse cargo del Consulado.

Napoleón contra los Quinientos
Napoleón y sus grenadiers cargan contra los Quinientos. Imagen: Wikimedia Commons

 

Una nueva constitución, otra vez…

Bonaparte había afirmado en 1797: “Cuando la felicidad del pueblo francés esté fundada sobre mejores leyes orgánicas, Europa entera será libre”. La Constitución aprobada el 24 de diciembre de 1799 (4 de Nivoso del año VIII, según el calendario revolucionario) contiene 95 artículos, aunque en ninguno hay una Declaración de Derechos. Se reparte el poder entre tres cónsules: Napoleón Bonaparte, el primero; Sieyès, como segundo, y Roger Ducos, que ya había formado parte del Directorio, como tercero. Los dos últimos son sustituidos por Cambacérès y Lebrun algo despúes. La verdad es que Sieyés recibió tierras, propiedades en Versalles, una casa en la capital y 350 000 francos por abandonar su puesto y dejar el camino libre a los nuevos cónsules (Ducos, apenas 100 000 francos). Se consuma el giro a una dictadura. Sieyès creía que el poder legislativo tenía que cambiar y crear leyes fuertes, estudiadas y no improvisadas, pero el general Bonaparte se hace con el control del ejecutivo y del legislativo, así como se va reservando la elección de jueces y tribunales. El 2 de agosto de 1802, Napoleón se convertirá en Cónsul vitalicio, dando el definitivo golpe de mano. Sieyès preferirá dejarse sobornar y echarse a un lado.

La Constitución de Sieyès, con las modificaciones del Primer Cónsul, vuelve a centralizar el poder del Estado, quitándoselo a los poderes locales. Pero, en contra de lo anterior, promueve la elección de los representantes desde arriba, no desde abajo: “La confianza viene de abajo, la autoridad de arriba”.

La idea era intentar mantener un gobierno firme, duradero y republicano, aunque Napoleón comentaría aquello de que la Revolución ya había conseguido sus objetivos y que, por lo tanto había terminado. El 18 de enero de 1800 se funda el Banco de Francia; el 5 de febrero comienzan a reabrirse palacios –las Tullerías a los cónsules–, se reabren escuelas y universidades, vuelve la amistad con Estados Unidos... Pero lo más importante fue el control del bandidaje que asolaba los caminos de toda la Francia rural, incorporando casi 6 000 hombres a la Gendarmerie. Ahora las redes de comercio interno podían volver a funcionar y millones de franceses se sintieron seguros por primera vez desde hacía muchos años. Por si acaso, se devolvió también el lujo a la capital y las industrias de ropa, seda, perfumes y carruajes caros se reactivaron.

 

En la Constitución de 1799 no había una Declaración de Derechos, a pesar de estar compuesta por 95 artículos

Napoleón
Napoleón como Cónsul. Imagen: Wikimedia Commons

 

Como un espíritu de otro mundo

Edmund Burke denominó así –“Like a spirit from another world”– a Napoleón en sus anuarios para la sociedad inglesa. Pensaba, aunque luego cambiaría de opinión, que Bonaparte iba a reconvertir los desmanes de la Revolución hacia un camino más parecido al de la Revolución inglesa de cien años antes, como un Cromwell; pero no fue así. Napoleón creía firmemente en que había que reorganizar la nación y tener claro el concepto de Estado, volver a ser patriotas, con la soberanía popular que devino de los cambios revolucionarios al frente, aunque no dudó en “acudir a las bayonetas” para que treinta millones de franceses se despojasen de la ineptitud de sus gobernantes. Inglaterra pronto animaría a toda Europa contra el nuevo dictador.

Napoleón quiere aparecer como un hombre cercano al pueblo; por eso, figura en la Constitución como citoyen (ciudadano), no como militar. “No gobierno como general, sino porque la nación cree que tengo las cualidades civiles adecuadas para el gobierno”, diría en 1801. Será después cuando se establezca una verdadera dictadura militar, al proclamarse emperador. Pero no debemos olvidar quién es este general que, por ejemplo, el 10 de marzo de 1799, en la toma de la ciudad de Jaffa, había degollado a 3 000 prisioneros otomanos después de prometerles salvar sus vidas (había empezado fusilándolos, mas al no disponer de demasiada munición, optó por el cuchillo). O que había permitido a sus tropas los horribles desmanes, asesinatos, violaciones y saqueos de las ciudades conquistadas que flaco favor hicieron a la exportación de las ideas revolucionarias por Europa.

Genio en la guerra, genio en la paz: en un juego de alianzas, envía a los prisioneros de las pasadas campañas de Holanda y Suiza, bien uniformados, con banderas y música, hasta la frontera rusa. A partir de febrero de 1801, después de la paz con Austria, ya no queda más enemigo que Inglaterra y el Tratado de Amiens (25 de marzo de 1802) pacifica a las dos potencias estableciendo la tan deseada paz en Europa.

 

A partir de febrero de 1801, tras firmarse la paz con Austria, no le quedó ya más enemigo que Inglaterra

Joachim Murat
Joachim Murat, cuñado de Napoleón que le ayudó en su ascenso al poder. Imagen: Wikimedia Commons

 

La ascensión al Olimpo

Los ciudadanos debían ratificar la ascensión de Napoleón, para que nadie pudiera luego rasgarse las vestiduras. En apenas dos años había apuntalado su posición de Primer Cónsul por un período de veinte años, pero todavía no tenía asegurado su legado y el nuevo gobierno tenía recelos ante las divisiones por el poder. Como había sucedido con la pantomima de la votación de la Constitución del año VIII, el 7 de febrero de 1800 (con paquetes de votos falsi­ cados por el ministro del Interior Lucien), el14 de Termidor del año X (el 30 de Julio de 1802) el Senado rati­fica lo que los ciudadanos, que siguen ciegos ante el salvador, han decidido mediante votación popular contestando a la pregunta: “¿Será Cónsul de por vida Napoleón Bonaparte?”. La respuesta es a­firmativa y no tiene que dar explicaciones. Por otro lado, acoge a decenas de miles de emigrados (aristócratas, técnicos, ex funcionarios de calidad, curas, etc.) en la madre patria, que vienen muy bien para el desarrollo económico y técnico; refunda la nobleza, refuerza el catolicismo y devuelve a la esclavitud a los negros. Coloca a cientí­ficos de la talla de Laplace en puestos de decisión, pero clausura el 80% de los periódicos creados después de la Revolución y prohíbe la prensa extranjera (tendremos que decir que en Europa tampoco había libertad de prensa).

Napoleón
Imagen:: Wikimedia Commons

 

De cónsul a emperador

La Constitución de 1804 restauraría la estructura monárquica hereditaria: reaparecen los derechos de la familia imperial y de los funcionarios del Estado, lo que rompe con diez años de reformas. Y, el 2 de diciembre, Napoleón apuñala de­ nitivamente los restos de la Revolución Francesa al proclamarse emperador en Notre Dame (para más inri antirrevolucionario, es el mismo papa Pío VII el que le impone la corona).

Napoleón se autoproclamó el “representante del pueblo”, y así comenzó el llamado Primer Imperio, que pretendía una reforma integral del Estado francés: desde la educación a la religión, la economía, los cultivos, la industria y un largo etcétera, aunque con una censura y una represión incipientes, manejadas por el siniestro Fouché, que ya tenía experiencia en el terror y que había participado activamente en la elevación del general corso al poder mediante una red de espionaje y maniobras policiales.

Napoleón, en su retiro de Santa Elena, dejó escrito: “Si yo hubiera estado en América, habría sido gustosamente Washington (...), pero si él se hubiese encontrado en Francia en el momento en que se estaba desintegrando en el interior y era invadida desde fuera, lo habría desa­fiado a ser el mismo que yo; si hubiese persistido en querer ser él mismo, habría sido un estulto y habría provocado la continuación de grandes tragedias”.

 

Como Cónsul vitalicio, Napoleón clausuró el 80% de la prensa de la Revolución

Napoleón en Jaffa
Napoleón en Jaffa. Imagen: WIkimedia Commons

 

El legado de la Revolución francesa

Lo sucedido en Francia durante diez años cambia la fisionomía política del mundo. Hay un cambio de poder: nobles por burgueses, pero el resultado para los obreros y campesinos sigue siendo incierto y no demasiado positivo, porque ahora tendrán que luchar contra su utilización descarnada en el libre comercio. Se establecen como axioma los principios de igualdad, libertad y fraternidad, que calarían hondo en la sociedad en su lucha contra la injusticia y que desembocarían en las continuas revoluciones sociales de los siglos posteriores. La Revolución genera las ideas de la nacionalización de la tierra, de la socialización comercial, de la democracia real, de la libertad de prensa, pero también las del capitalismo y el individualismo como algo positivo. Los pequeños propietarios ya pueden medrar sin tener que depender de la Iglesia o los nobles, lo que hace mejorar las redes de distribución y consumo y el traspaso de clases económicas, así como la agilización de la industria y la consecuente mejora en la producción.

Pero, sobre todo, la Revolución dejó impresa en la historia la sensación de que nada es inamovible o invencible. Y, a pesar de su imperfección, planteó una nueva moralidad y búsqueda de la libertad general. Kropotkin, en su estudio sobre la lucha del pueblo en la Revolución Francesa, comenta: “Lo positivo y cierto es que, sea cual fuere la nación que entre hoy en la vía de las revoluciones, heredará lo que nuestros abuelos hicieron en Francia. La sangre que derramaron, la derramaron por la humanidad. Las penalidades que sufrieron, las dedicaron a la humanidad entera. Sus luchas, sus ideas, sus controversias constituyen el patrimonio de la humanidad. Todo esto ha producido sus frutos y producirá otros aún más bellos, abriendo a la humanidad amplios horizontes con las palabras Libertad, Igualdad, Fraternidad brillando como un faro hacia el cual nos dirigimos”.

Coronación de Napoleón
Coronación de Napoleón como emperador. Imagen: Wikimedia Commons