El conflicto de Oriente Medio: en el epicentro de la inestabilidad mundial

La creación del Estado de Israel y la hostilidad árabe hacia su existencia están en la raíz de los principales choques de la segunda mitad del siglo XX y del inicio del actual. Las ondas expansivas de esta confrontación son múltiples: desde sus efectos en el control del petróleo –y su impacto en la economía mundial– hasta la expansión del terrorismo fundamentalista.

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GUERRA DE LOS SEIS DÍAS (JUNIO DE 1967)

Desde su nacimiento, la irrupción del Estado de Israel en Oriente Próximo fue considerada por el mundo árabe como un cuerpo extraño, neocolonial e invasivo. Las sucesivas guerras que jalonaron su confrontación, fuera cual fuera su desarrollo, se saldaron de forma unívoca con el triunfo y la expansión territorial israelí, junto al progresivo deterioro de las condiciones de vida de los palestinos.

 

Dos precedentes bélicos

En 1967, ambos bandos ya se habían enfrentado a gran escala en dos ocasiones. La primera, la guerra del 48 –desatada por los países árabes el mismo día de la proclamación del Estado hebreo–, concluyó con una gran victoria de Israel, que logró ganar casi un 50% más de territorio expulsando a decenas de miles de palestinos de sus casas. En el segundo asalto, en 1956, el líder egipcio Gamal Abdel Nasser consiguió una victoria diplomática, pese a la derrota militar, al hacerse con el control del Canal de Suez. Animado por sus militares y todavía bajo la inercia eufórica de haber recuperado el Canal, el presidente egipcio decidió tomar la iniciativa. Así, el 14 de mayo de 1967 movilizó a miles de soldados hacia la frontera de Israel con el Sinaí y solicitó la retirada de las fuerzas de paz de la ONU que supervisaban allí el alto el fuego desde 1957. Ocho días después, Egipto bloqueaba el paso de los barcos israelíes por el estrecho de Tirán, en una operación destinada a provocar una asfixia económica. Las medidas adoptadas por Nasser fueron acompañadas de una intensa retórica belicista, con llamamientos a la aniquilación de Israel.

Para los militares israelíes, no había duda: no se podía dejar la iniciativa al bando árabe. A su favor jugaba un ejército mejor preparado y equipado, acompañado por una larga e intensa labor de inteligencia que le permitió conocer la localización y los efectivos de las bases aéreas enemigas. En la mañana del 5 de junio, el Alto Mando que presidía el general Moshé Dayán puso en marcha la Operación Foco. Los aviones israelíes sortearon los radares con un vuelo a baja altura y a las ocho atacaron en tierra a las fuerzas aéreas árabes. Tres grandes oleadas sirvieron para destruir la práctica totalidad de las aeronaves de sus vecinos.

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A la mañana siguiente, las columnas de tanques israelíes se lanzaron a la carrera a través de la península del Sinaí para embolsar al ejército egipcio cortándole las vías de retirada a través del Canal de Suez. El 7 de junio, los egipcios habían quedado atrapados. En el frente jordano, el avance fue igualmente rápido y unidades paracaidistas consiguieron ocupar la Ciudad Vieja de Jerusalén, incluido el Monte del Templo o Explanada de las Mezquitas. También cayó Cisjordania y las divisiones israelíes llegaron a controlar las dos orillas del río Jordán.

Los sirios, al igual que los jordanos, atacaron, pero, como Egipto, pronto se quedaron sin fuerza aérea y sin capacidad de respuesta ante los embates israelíes. En plena desbandada siria, el Tsahal (ejército israelí) ocupó los Altos del Golán, desde donde se podía ver en la lejanía Damasco, distante tan solo a 70 kilómetros.

El 10 de junio, Israel aceptaba una propuesta de alto el fuego del Consejo de Seguridad de la ONU. El joven Estado judío pasó a controlar el Sinaí egipcio, la franja de Gaza, Cisjordania, los Altos del Golán y el este de Jerusalén (con los Santos Lugares). La Guerra de los Seis Días supuso también una humillante derrota para Egipto y sus aliados e hizo añicos el sueño de unidad del pueblo árabe, el panarabismo.

 

GUERRA DEL YOM KIPPUR (OCTUBRE DE 1973)

La derrota del 67 y el fracaso de la vía diplomática –por el rechazo israelí a cumplir la resolución 242 de la ONU, que exige la retirada de los territorios ocupados– sembraría la semilla de la nueva confrontación: la Guerra del Yom Kippur (para los árabes, del Ramadán), la más dura y cruenta de todas.

En 1973, Israel estaba gobernado por Golda Meir y vivía en jaque por los embates del terrorismo palestino. Después de la demostración de fuerza y superioridad bélica apabullante en la Guerra de los Seis Días, los responsables militares israelíes cayeron en un exceso de confianza. Egipto, con Anwar el-Sadat – el sucesor de Nasser– al frente, y la Siria de Háfez al-Ásad supieron engañar a su enemigo, pese a las múltiples señales de la presencia de fuertes contingentes en las fronteras. Ganar la batalla de la información era clave para garantizar un ataque por sorpresa y, así, conjurar una acción preventiva por parte de Israel. En esta ocasión, contaban con una potente cobertura antiaérea de procedencia soviética, capaz de neutralizar a la aviación israelí, decisiva en la última derrota.

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A las 14 horas del sábado 6 de octubre, mientras los israelíes celebraban el Yom Kippur, su festividad más sagrada, y los árabes conmemoraban el Ramadán, egipcios y sirios desbordaron a las defensas israelíes en la península del Sinaí y los Altos del Golán. En el Canal de Suez, los egipcios, con potentes y grandes mangueras, deshicieron como mantequilla las altas y gruesas defensas de arena levantadas por los israelíes. Bajo el paraguas de los misiles SAM, la aviación israelí poco pudo hacer.

 

Cuestión de supervivencia

Pero la situación más grave para Israel estaba en el otro frente, donde se jugaba prácticamente su existencia. Si los sirios tomaban el Golán y los pasos sobre el río Jordán, se perdería también Galilea y se abriría un camino franco hacia todo el territorio israelí. Tras dos días de desconcierto, el lunes 8, Israel decidió reunir todas las fuerzas posibles y concentrarlas en el frente norte. Una de las claves de la formidable batalla de carros de combate que se produjo en el Golán fue la desesperada resistencia del reducido número de blindados israelíes que hicieron frente en los primeros momentos a la ofensiva siria. El tiempo que ganaron y el retraso que produjeron fueron vitales.

A la postre, el elemento decisivo fue la superior calidad del armamento y la preparación de las fuerzas blindadas israelíes, así como el apoyo prestado por Estados Unidos. Cuatro días después, tras duros choques y grandes pérdidas, los israelíes habían recuperado el terreno perdido. Conjurada la amenaza en el norte, era el momento de responder en el Sinaí, donde el frente se había estabilizado. Una fuerza blindada mandada por el general Ariel Sharón penetró entre los dos ejércitos egipcios desplegados para abrir una profunda brecha y establecer una cabeza de puente al oeste del Canal. Desde esta plataforma, la prioridad fue atacar las bases de los misiles antiaéreos SAM para romper la pantalla de cobertura egipcia y permitir la acción de la fuerza aérea israelí. Con las tropas en el Sinaí casi cercadas, las fuerzas de Sharón avanzaron hasta estar a unos 100 kilómetros de El Cairo.

La lucha cesó en la madrugada del 25 de octubre. Las pérdidas fueron terribles, aunque desiguales, para ambos bandos. Murieron 28.000 árabes y 2.838 israelíes. El mito de la invencibilidad israelí quedó en entredicho, pese a la victoria, y volvió el miedo de Israel por su supervivencia. Se abría la vía a las armas nucleares. En el mundo árabe crecieron los vínculos con la URSS, frente a la más estrecha alianza EE UU-Israel, y se comenzó a usar el petróleo como arma estratégica: la OPEP decidió una brusca subida del precio del crudo que ocasionó la gran crisis económica de 1973.

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PRIMERA GUERRA DEL GOLFO (1990-1991)

La Primera Guerra del Golfo supuso un gran seísmo del orden internacional, no solo por la ampliación de los focos de inestabilidad que provocó en Oriente Próximo. La puesta en práctica de un nuevo patrón de guerra sentó las bases de las futuras acciones armadas occidentales, pero también demostró que la intervención militar, aunque obtenga un rotundo éxito, puede provocar a medio y largo plazo la irrupción de otros conflictos de mayor calado si cabe que el que se pretendió sofocar.
El líder iraquí Sadam Husein nunca se caracterizó por calcular bien los efectos de sus sueños expansionistas. La cruenta guerra con Irán (1980-1988) supuso un tremendo fiasco que costó la vida a más un millón de soldados y causó centenares de miles de heridos y mutilados en ambos bandos.

Fruto de ese fracaso e impulsado por la gigantesca deuda contraída, Sadam vio la solución a sus problemas en los ricos yacimientos petrolíferos del pequeño Estado de Kuwait. Y así, al amanecer del 2 de agosto de 1990, las fuerzas iraquíes cruzaron la frontera del emirato y, en una rápida operación, vencieron al ejército kuwaití.

La invasión desencadenó un amplio rechazo internacional y las condenas de la ONU y de la Liga Árabe. El 29 de noviembre, la resolución 678 del Consejo de Seguridad autorizaba el uso de la fuerza y conminaba a Irak a que saliera de Kuwait antes del 15 de enero de 1991. A priori, el ejército iraquí era un adversario temible. Con larga experiencia tras ocho años de guerra con Irán, estaba considerado como el cuarto del mundo. Poseía más de medio millón de soldados, 4.500 blindados y una potente fuerza aérea dotada de modernos Mig 21 y Mirage F-1. También disponía de los temibles misiles Scud B de alcance medio sobre plataforma móvil.

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Para contrarrestar esta fuerza, la alianza multinacional reunió a 34 países liderados por EE UU y el Reino Unido. A la mayoría occidental se unieron también naciones musulmanas como Egipto, Siria, Marruecos y Pakistán. España también estuvo presente y contribuyó al embargo marítimo con dos corbetas y una fragata. Al frente del contingente internacional se situó al general estadounidense Norman Schwarzkopf.

El 17 de enero de 1991, la fuerza aérea aliada emprendió un masivo bombardeo que incluyó el lanzamiento de 100 misiles Tomahawk. Los iraquíes poco pudieron hacer frente a aparatos de tecnología punta como el caza Stealth (el llamado avión invisible), el F-15, el F-16 o el Tornado, amparados por la cobertura electrónica de los EF111A y el E3 AWAC.

Tras el devastador ataque aéreo, la operación terrestre Sable del Desierto apenas encontró oposición. A los dos días de ofensiva, más de 100.000 soldados iraquíes se habían rendido. En un intento desesperado de cambiar el rumbo de la guerra, Sadam Husein ordenó lanzar misiles Scud sobre Israel, para provocar una reacción que pudiera movilizar a su favor al mundo árabe. Pese al pánico desatado ante el temor de que los misiles pudieran llevar carga química, la táctica no funcionó e Israel se contuvo.

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La guerra como espectáculo

El 28 de febrero, Irak se rindió y aceptó las condiciones impuestas por la ONU. La llamada por Sadam “Madre de todas las Batallas” se saldó con un número de muertos iraquíes difícil de precisar, pero que se calcula entre 25.000 y 30.000. En las filas aliadas se produjeron menos de 400 bajas mortales y unos 1.000 heridos. La Primera Guerra del Golfo fue también el primer conflicto televisado en directo. Las cámaras de la CNN retransmitieron a todo el mundo la guerra como un reality show y los espectadores pudieron ver desde sus casas cómo el cielo de Bagdad se iluminaba con las explosiones de los bombardeos.

Sadam conservó el poder tras la derrota, aunque la partida estaba lejos de acabar. El líder iraquí mantuvo su actitud desafiante y la nueva intervención de EE UU en 2003 (Guerra de Irak) acabaría costándole la vida en 2006. Entonces, el equilibrio de la zona saltó por los aires y todas las fuerzas contenidas por su dictadura (chiíes, suníes, kurdos y fundamentalistas) entrarían en colisión.

Estados Unidos, por su parte, ganó la guerra, pero no la paz. Su quimera de sustituir la dictadura de Husein por una democracia en Oriente Próximo no tuvo ningún recorrido y sus tropas pronto se enfangaron en una guerra no convencional en la que se perdieron miles de vidas, y que provocó en cientos de ex combatientes el llamado “síndrome del Golfo”.