El atentado de Sarajevo: detonante de la Iª Guerra Mundial

El magnicidio ocurrido el 28 de junio de 1914 fue el primer acto de un drama que muchos sabían que iba a estallar antes o después: la tensión en los Balcanes era el polvorín sobre el que se asentaba Europa.

Asesinato de Francisco Fernando en Sarajevo
Imagen: Wikimedia Commons.

El 28 de junio de 1914, tres jóvenes pertenecientes a la organización nacionalista Joven Bosnia e inducidos por Mano Negra, sociedad ligada a los servicios secretos serbios, salieron a las calles de Sarajevo con la intención de asesinar al heredero del Imperio austrohúngaro, el archiduque Francisco Fernando, que estaba de visita en la capital de la provincia austríaca de Bosnia para presidir unas maniobras militares. El archiduque pretendía transformar la monarquía dual vigente desde 1867 en otra federal tripartita que reconociera la autonomía de los eslavos.

De hecho, Francisco Fernando no veía con malos ojos la posibilidad de que los eslavos del sur (bosnios, croatas y eslovenos) tuvieran ciertos privilegios en esa monarquía federal por la que abogaba. Pero aquella estructura del Imperio iba contra los planes de Serbia, que defendía la autonomía de esos pueblos con el objetivo final de someterlos a su poder. Ese cúmulo de circunstancias fue el germen del atentado que les costó la vida al heredero y a su esposa, la condesa Sofía Chotek.

A las 10:15 horas de la mañana, el cortejo de seis vehículos pasó ante el primer magnicida, que no pudo tirar su bomba sobre el objetivo. Pocos minutos después, el segundo terrorista arrojó otra bomba que rebotó en el vehículo, cayó a la calle y explotó bajo el coche siguiente de la comitiva, hiriendo a 20 personas. Al llegar al ayuntamiento de la ciudad, el archiduque mostró su irritación por lo que había ocurrido. Tras finalizar el acto, la aristocrática pareja subió al coche, cuyo conductor evitó el centro de Sarajevo para evitar nuevos incidentes.

Sin embargo, el tercer terrorista, llamado Gavrilo Princip, tuvo la suerte de encontrarse de frente con el automóvil del príncipe heredero. Tras matar a tiros al archiduque y a su mujer, Princip se escabulló entre la multitud, aunque poco después fue detenido por la policía. Juzgado en Viena y condenado a 20 años de prisión, murió en la cárcel de tuberculosis casi cuatro años después de haber matado al heredero del Imperio austrohúngaro. Aquel magnicidio fue la justificación que todas las potencias aguardaban para iniciar una guerra que se había gestado años antes.

Arresto de Gavrilo Princip
Imagen: Getty Images.

 

Primeros pasos de la guerra

El emperador Francisco José y toda Austria culparon del asesinato a Serbia, que negó su implicación en el atentado. Austria envió un ultimátum al gobierno serbio que debía ser respondido favorablemente en un plazo de dos días y en el que exigía a Belgrado la eliminación de la organización Mano Negra, la participación de la policía austrohúngara en la investigación del magnicidio y la entrega de los culpables a la justicia austríaca para que fueran juzgados y castigados con arreglo a las leyes imperiales.

Tras movilizar a su ejército, los serbios se negaron a aceptar el ultimátum austríaco alegando que violaba su soberanía, pero propusieron el arbitraje del Tribunal Permanente de Arbitraje de La Haya, una iniciativa que rechazó Viena. El 28 de julio, justo un mes después del atentado de Sarajevo, el Imperio austrohúngaro declaró la guerra a Serbia, lo que produjo la incorporación en cadena de otros países al conflicto bélico. Tras la movilización del ejército ruso, Alemania dirigió un ultimátum a Moscú exigiéndole la suspensión de la movilización de sus tropas. El 1 de agosto, el rey británico Jorge V, primo del Káiser y del Zar, telegrafió a este último para pedirle que negociase la paz, pero el telegrama llegó demasiado tarde: “No puedo por menos que pensar que algún malentendido ha provocado este punto muerto. Me interesa muchísimo no perder ninguna oportunidad de evitar la terrible calamidad que amenaza actualmente al mundo entero”.

Creyendo que Inglaterra no entraría en el conflicto bélico por un pequeño país balcánico, el káiser Guillermo II y su Estado Mayor centraron su atención en el ataque a Francia y a Rusia. La estrategia alemana se basaba en el Plan Schlieffen en de 1905, que contemplaba la derrota francesa en pocas semanas, antes de que los rusos hubieran finalizado la movilización de sus tropas y pudieran iniciar el ataque en el frente oriental. En esencia, el Plan Schlieffen en preveía el avance de los ejércitos del Reich a través de Bélgica para penetrar en Francia, ocupar los puertos del norte, desde Dunkerque hasta El Havre, y virar hacia París, envolviendo al ejército enemigo. La ejecución de esa estrategia militar y el apoyo del Imperio austrohúngaro facilitarían la victoria a Alemania.

Puesto de reclutamiento durante la Primera Guerra Mundial
Imagen: Getty Images.

 

El entusiasmo de las masas

La primera semana de agosto de 1914, cuando los imperios iniciaron las hostilidades, masas de jóvenes invadieron las calles de las principales ciudades europeas para festejar el estallido de la guerra. Se celebraron manifestaciones multitudinarias y en los periódicos muchos intelectuales expresaron su firme apoyo al esfuerzo bélico. En aquellos días, los catedráticos universitarios alemanes hicieron la siguiente proclama: “Creemos que la salvación de la cultura europea depende de la victoria que conseguirá el militarismo alemán”.

En Francia, la respuesta a la movilización fue tan entusiasta que dejó perplejo al escritor André Gide, uno de los pocos que defendió la necesaria reconciliación francoalemana. Durante mucho tiempo predicó en el desierto. Al mismo tiempo que los parisinos gritaban “¡Todos a Berlín!”, una gran multitud reunida en la Odeonplatz de Múnich mostraba su entusiasmo ante el flamear de las banderas y el macabro sonido de los tambores de guerra. Los escasos objetores de conciencia británicos, franceses y alemanes fueron recluidos en prisión, bajo la amenaza de acabar frente a un pelotón de fusilamiento. La socialdemócrata Rosa Luxemburgo –que luego fundaría junto a Karl Liebknecht la Liga Espartaquista, germen del Partido Comunista Alemán– era una antibelicista convencida. Defendía que la clase obrera debía frenar cualquier conflicto bélico entre potencias imperialistas y que, en caso de recrudecerse, la obligación de los proletarios era aprovechar la crisis creada por la guerra para lanzarse a la calle y asaltar el poder. La Asociación Internacional de Trabajadores o Segunda Internacional también intentó frenar aquella locura que iba a enfrentar a los trabajadores europeos, pero en los partidos socialistas de cada país primó el espíritu de unidad nacional.

 

El polvorín de Europa

Uno de los factores que contribuyeron al estallido de la Primera Guerra Mundial fue la anexión de la provincia de Bosnia y Herzegovina por parte del Imperio austrohúngaro en 1908, que provocó la desestabilización de los Balcanes, una región que era conocida como el “polvorín de Europa”. Si Serbia lograba la unificación eslava, el emperador Francisco José I vería esfumarse todas sus provincias eslavas del sur y, por tanto, casi todo su acceso al Mediterráneo. “La pérdida de territorio y de prestigio que supondría la supremacía serbia relegaría a la monarquía austríaca a la condición de un pequeño poder”, escribe el historiador británico Martin Gilbert. Pero ¿fue esa la principal causa del conflicto bélico? En realidad, la guerra fue la concatenación de diversos factores.

La concentración del poder en manos de Inglaterra, Estados Unidos y Francia (a los que pronto se sumó Rusia), las reclamaciones de una cada vez más poderosa Alemania, que exigía incrementar su parte del pastel colonial, y la decadencia del Imperio austrohúngaro, que no supo frenar la espiral de violencia en los Balcanes, fueron los principales elementos que contribuyeron al estallido de la guerra. Si recibió el calificativo de mundial fue porque en ella participaron las grandes potencias de la época divididas en dos alianzas opuestas: las Potencias Centrales, fundamentalmente el Imperio alemán y el austrohúngaro, y la Triple Entente, integrada por el Reino Unido, Francia y el Imperio ruso.

Soldados en las trincheras.
Imagen: Getty Images.

Italia, que era socio inicialmente de las Potencias Centrales, terminó cambiando de bando, lo mismo que otras naciones que acabarían ingresando en una u otra facción. Así, Japón y Estados Unidos apoyaron a la Triple Entente, mientras que Bulgaria y el Imperio otomano se unieron a las filas de prusianos y austríacos. Sería injusto señalar a una sola nación como culpable de provocar aquella siniestra carnicería. En los años previos al estallido de la Gran Guerra, todas las potencias se habían ido rearmando y todas se habían afanado en firmar complejos acuerdos de protección que iban a resultar letales cuando una de ellas cometiera la imprudencia de movilizar a sus tropas, lo que provocaría una reacción en cadena que desembocaría en el inicio de las hostilidades.

Si Alemania hubiera presionado a Viena para que frenara su enfrentamiento con Serbia, se habría evitado el conflicto bélico. Sin embargo, Berlín se limitó a mirar desde la barrera. Una vez que el emperador austrohúngaro decidió declarar la guerra a los serbios, los militares prusianos –con su jefe de Estado Mayor, Helmuth von Moltke, a la cabeza– pensaron que podían aprovechar la ocasión para derrotar a Rusia, aunque antes tenían que barrer a Bélgica de un plumazo, algo que dieron por sentado. Pero se equivocaron de plano: los belgas se defendieron valientemente frenando el avance alemán hacia Francia.

 

Rivalidad angloalemana

Tras la fundación del II Reich en 1871, su poder industrial y económico creció vertiginosamente, lo que le permitió dedicar cuantiosos recursos para rearmarse. “Los alemanes encontraban intolerable que Gran Bretaña siguiera manteniendo el control del mundo financiero y de los mares a través de su potente Armada”, afirma el historiador y periodista británico Max Hastings. En aquellos momentos, el foco de atención del Reino Unido se centraba en sus problemas domésticos, entre ellos, los que estaban aflorando en una Irlanda dividida. Por otro lado, Berlín no parecía temer el poder destructivo de la potente flota británica.

El Káiser afirmó que los barcos de guerra no tenían ruedas, aludiendo al escaso interés estratégico de la Marina en el conflicto que se avecinaba, cuyo desenlace se resolvería en los campos de batalla europeos. Pero Guillermo II era un hombre mal informado y controlado por el ejército prusiano. Desde 1906 se dejó influir por Von Moltke, quien le convenció de que el Plan Schlieffen le permitiría derrotar a Francia en una campaña de corta duración, lo que le facilitaría trasladar después la mayor parte de las fuerzas alemanas hacia el este para acabar con los ejércitos zaristas.

Hay que recordar que hasta el 1 de agosto de 1914 los británicos estaban en contra de entrar en una guerra por defender los derechos de los serbios y los intereses de los rusos. Es cierto que en aquellos momentos los rusos eran sus socios, pero también fueron sus enemigos históricos en el Gran Juego, término popularizado por el escritor Rudyard Kipling en su novela Kim (1901) para describir la rivalidad entre el Imperio ruso y el Imperio británico en su lucha por el control de Asia Central y el Cáucaso durante el siglo XIX. Por esos y otros factores, Von Moltke pensó que Londres evitaría enfangarse en el conflicto bélico. Pero el Reino Unido había firmado un acuerdo con Bélgica para defenderla ante cualquier agresión, y lo cumplió cuando los ejércitos prusianos invadieron los campos de Flandes.

Tanque en la Gran Guerra
Imagen: Getty Images.

 

La gran carnicería

Nunca se sabrá el número real de víctimas mortales durante la Gran Guerra, pero algunos historiadores hablan de 20 millones de muertos. Solo en Rusia, la cifra de desaparecidos y fallecidos oscila entre 2 y 5 millones. El balance de heridos fue de otros 20 millones. Una vez concluido el conflicto bélico, cientos de miles de mutilados inundaron las calles de las ciudades europeas. Aquella brutal carnicería dejó un triste rastro de muerte, miseria y devastación. A la caída del Imperio ruso, que pronto fue sustituido por la Unión Soviética, se sumó la de otros tres Imperios, el alemán, el austrohúngaro y el otomano, que fueron borrados del mapa, apareciendo en su lugar un rosario de nuevas naciones en Europa.

Una vez fue rubricado el Tratado de Versalles en 1919, las potencias vencedoras firmaron el 10 de agosto de 1920 el Tratado de Sèvres (Francia), cuyas cláusulas trastocaron el mundo árabe oriental dibujando con tiralíneas las fronteras de nuevos Estados en consonancia con el Acuerdo Sykes-Picot, rubricado años antes por Francia y el Reino Unido. Irak fue uno de los países que surgieron de la desintegración de las posesiones territoriales turcas en Oriente Próximo, aunque los verdaderos beneficiarios de su creación fueron los británicos, que obtuvieron la explotación de los yacimientos petrolíferos de la antigua Turkish Petroleum Company.

Un nuevo mapa mundial

Dado que la Revolución dejó fuera de juego a Rusia en el escenario geoestratégico de la posguerra, fueron Gran Bretaña y Francia las que se repartieron los restos del Imperio otomano, un enfermo crónico desde hacía décadas que se desvaneció por completo en 1918. Alemania perdió las posesiones del norte de Schleswig-Holstein, que fueron cedidas a Dinamarca, y los territorios del Sarre y Alsacia y Lorena, con los que se habían hecho los alemanes tras su victoria en la guerra francoprusiana de 1871, que fueron entregados a Francia.

Asimismo, el imperio colonial alemán fue totalmente desmantelado y repartido entre las naciones vencedoras: Namibia y el África Oriental (actual Tanzania) pasaron a Gran Bretaña y Camerún a Francia. Por su parte, la Nueva Guinea Alemana fue concedida a Australia. Otro de los efectos de la guerra fue la aparición de Estados Unidos como la gran potencia que iba a controlar los destinos del mundo en las décadas venideras.