Del Directorio al 18 de Brumario

La historia prepara con cuidado sus momentos decisivos. Uno de ellos tuvo lugar el 28 de julio de 1794 (10 de Termidor del año II de la Revolución Francesa) cuando la cabeza de Robespierre cayó, con un sonido húmedo, al cesto ensangrentado que la nación disponía al pie de la guillotina, en previsión de que las testas cortadas rebotasen y rodasen por el tablado del cadalso, lo que se consideraba de mal gusto.

Arresto de Robespierre
Arresto de Robespierre. Imagen: Wikimedia Commons

Aquel acto puso fin a la fase más triste y sanguinaria de la Revolución, a la que se conoce, simplemente, como el Terror. El propio Robespierre (el Incorruptible) proclamaba que era preciso “organizar el despotismo de la libertad para aplastar el despotismo de los reyes”, y la máquina de matar subía y bajaba incesantemente a instancias de unas leyes despóticamente revolucionarias. El gobierno jacobino, apoyado tumultuariamente por los sans-culottes, comenzó a ajustar cuentas con los sectores republicanos menos radicales, y el proceso fue en aumento hasta que los propios elementos que secundaban al Incorruptible (como Barras, Carrier y Fouché) creyeron escuchar el silbido de la cuchilla sobre sus cogotes y se unieron contra él con la excusa de que aspiraba a la dictadura; la misma acusación que invocaron los asesinos de César.

Los sesenta meses y medio transcurridos desde la toma de la Bastilla hasta la ejecución de Robespierre fueron el período más agitado de la historia de Francia. A esas alturas todo el mundo, hasta los canallas, estaba asustado y agotado, de modo que el final del Terror abrió la puerta a una etapa que forzosamente había de ser de transición y reconocimiento de los excesos cometidos. La nueva Convención nacida en el mes de Termidor volvió a liberalizar la vida económica, y sus miembros se dispusieron a redactar una Constitución en la que se establecieran los principios necesarios para impedir la preeminencia de unos poderes del Estado sobre otros. La independencia de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial que había preconizado medio siglo antes el barón de Montesquieu debía ser la piedra de toque de la nueva Carta Magna.

Desde luego, había que empezar por demoler las instituciones que propiciaron y tutelaron el Terror. Para ello se impuso una renovación radical: cada mes era sustituida la cuarta parte de los integrantes de la Convención. Además, se persiguió a los implicados más directamente en las purgas terroristas.

Jean Baptiste Carrier
Jean-Baptiste Carrier. Imagen: Wikimedia Commons

 

De un terror a otro terror

Así, el 16 de diciembre de 1794 fue guillotinado Jean-Baptiste Carrier, abogado del Estado y vicepresidente de la Convención que, como presidente de un tribunal revolucionario, había sido responsable de los asesinatos de Nantes, donde unas 10 000 personas fueron exterminadas en campos de prisioneros, fusiladas o arrojadas al Loira con pesos en los pies.

Los guillotinadores fueron guillotinados o linchados en medio de un ambiente vengativo que se extendió por toda Francia, con especial incidencia en Lyon y el valle del Ródano. Aquella ola de venganza quedó en la historia como el Terror blanco y produjo miles de víctimas, no solo entre quienes habían tomado parte de alguna manera en la Administración anterior, sino que también se usó para ajustar viejas rencillas, eliminar a competidores e incluso liquidar a molestos acreedores bajo acusaciones falsas. Los crímenes políticos eran cotidianos.

 

En la Nochebuena de 1794, la Convención abolió la Ley de Máximos y Francia regresó al libre mercado

Ejecución de Robespierre
Ejecución de Robespierre. Imagen: Wikimedia Commons

 

Reinvirtiendo el cambio

Se asaltaron algunas cárceles y cientos de presos fueron pasados a cuchillo. En Avignon, los vengadores detuvieron a un tribunal revolucionario al completo, asesinaron a todos sus miembros y arrojaron sus cuerpos al Ródano. En las poblaciones grandes y pequeñas aparecieron listas de revolucionarios a los que se inducía a atacar, y a la vez corrían constantes bulos sobre un rearme de las fuerzas realistas. Pero lo que había en el fondo de las reformas termidorianas era la consolidación de una República burguesa y la defensa de los grandes intereses económicos y financieros. Como había proclamado Robespierre, la contrarrevolución se agazapaba tras las finanzas.

En la Nochebuena de 1794, la Convención abolió la Ley de Máximos establecida en pleno período del Terror a instancias de los sans-culottes, una norma revolucionaria que regulaba los precios y los salarios en un intento de terminar con los acaparadores. Así regresó el país al régimen de libre mercado, culminando un proceso que los termidorianos habían iniciado –con miras a eliminar la economía revolucionaria– cediendo servicios públicos a compañías privadas y liberalizando las importaciones. El capitalismo, que estaba siendo puesto a prueba por primera vez con la inauguración de la Edad Contemporánea, iba a demostrar su capacidad para sobrevivir a las crisis políticas más agudas.

Aunque Francia seguía siendo un volcán y estaba lejos de haber conquistado una estabilidad política semejante a la de las monarquías absolutistas que la rodeaban, la fortuna le sonreía en las guerras exteriores. En muchos militares había prendido el orgullo revolucionario nacionalista, que los envalentonaba en los campos de batalla. Así se desprende de la carta de un joven oficial prusiano a su familia, en la que se pregunta qué hacer frente a un enemigo que asalta la trinchera gritando “¡Viva la nación!” en vez de gritar “¡Viva el rey!”. Por vez primera, el ejército estaba en sintonía con la Convención termidoriana, en la que veía por fin unas inclinaciones hacia objetivos muy de su gusto, entre ellos el mantenimiento del orden.

Después del Terror, ya no había vuelta atrás. Una vez descabezados los elementos revolucionarios más conspicuos y carismáticos, el músculo social de los desposeídos y los sans-culottes perdió casi todo su vigor. Por su parte, el ejército había cambiado mucho, y los militares ya no tenían escrúpulos en dirigir sus armas contra el pueblo exaltado. Todo esto se comprobó con el motín popular del 12 de Germinal (abril) de 1795, cuando una multitud de sans-culottes irrumpió en la Convención exigiendo pan y el retorno a la Constitución jacobina del año I. Sin embargo, ni estos eran tan fuertes ni los oficiales de la Guardia Republicana tan escrupulosos como antes. Los manifestantes comprendieron que los militares estaban decididos a intervenir y abandonaron el campo después de farfullar algunas exigencias confusas. La sangre no llegó entonces al río, pero el motín de Germinal fue utilizado por la Convención para imponer el estado de sitio. Unos cuantos diputados jacobinos fueron condenados a la “guillotina seca” (o sea, deportados a la Guayana), mientras que quince antiguos miembros del Tribunal Revolucionario fueron a parar a la guillotina sin más. Al mismo tiempo, se firmaba la paz con Prusia, que aceptaba el dominio francés sobre los territorios ocupados en el Rin.

 

En el Directorio, el poder se repartía entre cinco directores para evitar el liderazgo único y sus tentaciones

Motín de Prarial
Imagen: Wikimedia Commons

 

Se establece el Directorio

Los acontecimientos se sucedían unos a otros pisándose la cola. Al motín de Germinal siguió, seis semanas después, el levantamiento de Pradial (mayo), con protagonistas muy parecidos a los anteriores. Vecinos de barrios miserables parisinos se presentaron en la Asamblea, pero conscientes del resultado del motín anterior esta vez llegaron armados y dispuestos a todo. Uno de los diputados que trató de detenerlos en la puerta recibió un disparo sin aviso, y a continuación la turba le cortó la cabeza y la exhibió en lo alto de una pica. Con la llegada de la Guardia Nacional, los amotinados fueron desalojados del edificio, pero los desórdenes se extendieron por todo París, sobre todo por los barrios populares, donde se levantaron barricadas y se organizó la resistencia. El ejército actuó con una rotundidad y convicción desacostumbradas y los amotinados fueron reducidos a cañonazos. Ya no estaban los tiempos para grandes sutilezas.

En agosto, volvió a organizarse la República en torno a una nueva Constitución. Con ella se canceló el experimento del sufragio universal y se estableció el sufragio censitario por el que solo eran electores los varones con buena economía. Con el propósito de reducir la personalización del liderazgo único y sus tentaciones, el poder ejecutivo se repartía entre las manos de cinco directores (el Directorio), mientras que el poder legislativo se fragmentaba en dos cámaras: el Consejo de los 500 y el Consejo de los Ancianos, con atribuciones similares a lo que hoy serían respectivamente Congreso y Senado. Cada director debía ser escogido por los Ancianos a partir de una terna propuesta por los Quinientos, y su misión específica era la de actuar como meros agentes del poder legislativo, sin emitir su opinión ni intervenir en sus sesiones o deliberaciones.

El Primer Directorio empezó a actuar en un buen momento. Francia se había anexionado Bélgica sin problemas, y ganaba de un golpe otros nueve departamentos. Sin embargo, siguió topándose con la reacción borbónica. Los realistas parisinos se echaron a la calle el 13 de Vendimiario (octubre), sorprendiendo por su número y su preparación. Para hacerles frente, el director Barras apeló a un joven general de brigada, corso de origen, que se había hecho famoso en el sitio de Toulon y ostentaba el pintoresco nombre de Napoleón Bonaparte. El corso demostró desde el primer momento que estaba dispuesto a actuar a fondo y sin contemplaciones. Cargó los cañones con metralla y dispersó a las fuerzas borbónicas, que dejaron 300 muertos a sus espaldas. En ese momento comenzó a crecer su fama. Fue promovido a general de división y se paseó por los salones parisinos. Pero aún no había llegado su gran momento.

Charles-Maurice de Talleyrand
Charles-Maurice de Talleyrand. Imagen: Wikimedia Commons

 

El nuevo sistema que se había dado Francia para prevenir los personalismos repartiendo el poder ejecutivo en cinco miembros no resultaba efectivo. Al diluirse las responsabilidades, le faltaba contundencia y firmeza, y pronto se demostró que era un caldo de cultivo para todas las corruptelas. La idea de que la República ideal resultaba ser un mito o una fantasía de los ­ lósofos se empezó a imponer, y la veleta del interés público amenazó con orientarse peligrosamente hacia la opción de restaurar la monarquía. Se exigió que todos los electores jurasen una declaración contra la anarquía y la monarquía, pero los resultados de los sufragios viraron claramente a la derecha y los políticos monárquicos ampliaron en buen número su presencia. Ante el panorama –amenazador, aunque democrático– que se estaba dibujando, los republicanos dieron un golpe de Estado durante el mes de Fructidor (septiembre). Alarmados por el avance de las posiciones políticas borbónicas, tres de los cinco miembros del Directorio –La Révelliére, Barras y Reubel– apelaron al ejército para que disolviera las dos asambleas legislativas bajo el pretexto (que nunca llegó a demostrarse) de que existía un acuerdo secreto entre los realistas y los británicos para acabar con la República. Y los militares accedieron, aunque a regañadientes y advirtiendo de que sería la última vez.

Napoleón Bonaparte
Napoleón Bonaparte. Imagen: Getty Images

 

La hora de Bonaparte

La situación empezaba a resultar angustiosa. El Directorio de cinco jefes no funcionaba, y en el ambiente flotaba la idea de que era preciso encontrar al “Gran Hombre” que volviera a encauzar la República dándole una nueva Constitución. Un grupo de estadistas avezados, entre los que se encontraban los imprescindibles Fouché y Talleyrand, maduraron la idea de suprimir el Directorio con un autogolpe para poner en marcha un sistema político más efectivo por más personalizado. Y allí estaba, recién desembarcado de sus hazañas italianas y orientales que todos habían seguido con admiración, aquel joven y prestigioso general Bonaparte, a quien algunos conspiradores suponían manipulable. Muy pronto demostraría que era todo lo contrario, pero en aquellos momentos parecía la persona adecuada para protagonizar el golpe por el que el Directorio sería sustituido por un Consulado de tres miembros. Por supuesto, Napoleón exigía ser uno de ellos.

 

Alarmados por el avance borbónico, La Révelliére, Barras y Reubel apelaron a un golpe del ejército

Napoleón ante los Quinientos
Napoleón ante los Quinientos. Imagen: Wikimedia Commons

 

El 18 de Brumario (9 de noviembre) de 1799, con las dos Cámaras reunidas en Saint-Cloud, Bonaparte se presenta ante el Consejo de los Ancianos y se dirige a ellos empleando un tono patético que en nada le beneficia [ver recuadro]. Más tarde, a las puertas de la Orangerie donde se ha reunido el Consejo de los Quinientos, Luciano Bonaparte observa que los soldados no tienen muy claro lo que se pide de ellos. En un arranque teatral, echa mano de una espada y, dirigiendo la punta hacia el pecho de Napoleón, proclama a gritos que atravesará el corazón de su hermano si alguna vez llega a atentar contra la libertad de los franceses. Es suficiente para los militares, que calan las bayonetas y, entre risas, expulsan a los diputados de la Orangerie. Por su parte, el Consejo de Ancianos, avisado por Luciano de lo que acaba de ocurrir con los Quinientos, decide aprobar el nombramiento de los tres cónsules y suspender la sesión. El golpe se ha consumado: la historia de Europa comienza un capítulo nuevo.