De los derechos del hombre a los derechos humanos

El Siglo de las Luces alumbró una revolución de la que nació la primera declaración de derechos reconocidos al hombre solo por el hecho de serlo. Pero aún habrían de pasar más de 150 años para que esos derechos se hicieran extensivos expresamente a toda la humanidad, sin distinción de género o raza.

Juramento de la pelota
Imagen: Wikimedia Commons.

Cuando vemos galopar de nuevo al devastador jinete de la Peste que creíamos perdido entre las tinieblas medievales, es bueno recordar que siempre hemos contado con la bendita arma del raciocinio para sobrevivir como especie. De las distintas clases de homo que han poblado el planeta, solo el sapiens ha logrado prevalecer. Disponemos de un recurso, la razón, con el que paso a paso, a trompicones, hemos llegado a la ciencia, nuestra esperanza en los momentos más oscuros.

No ha sido un camino fácil. Ofuscados por el fanatismo y por el miedo a dejar atrás verdades que parecían esenciales, perdimos mucho tiempo en soltar las amarras de lo atávico. Solo cuando llegó el siglo XVIII se abrieron los balcones y ventanas para dejar paso a la luz de la razón. El Siglo de las Luces iluminó el mundo, nos puso un espejo ante los ojos y lo que vimos reflejado en él no nos gustó. De manera que, guiados por unos pocos, nos pusimos en camino para tratar de mejorar las cosas, empezando por nosotros mismos.

 

En 1789, parte de la nobleza se alió con la burguesía para sepultar el sistema de privilegios heredado del feudalismo

Isaac Newton
Imagen: Wikimedia Commons.

 

De Newton a la ‘Enciclopedia’

Resulta interesante que uno de los personajes fundamentales en la génesis de aquel cambio fuese –sin ser consciente de ello– un científico británico que, entre otras actividades, experimentaba precisamente con la luz. Isaac Newton (1643-1727), considerado uno de los mayores genios de la historia, dominó el primer cuarto de aquel Siglo de las Luces mostrando al mundo la importancia decisiva del pensamiento en libertad. La trascendencia de sus descubrimientos matemáticos, físicos, químicos y astronómicos impulsó los estudios científicos y abrió de par en par las puertas al razonamiento lógico como único método para la búsqueda de la verdad.

La aplicación de ese método a todos los campos del pensamiento fue obra de los ilustrados franceses, en particular los enciclopedistas que, bajo la dirección de Diderot y D’Alembert, trataron de reunir en 28 grandes tomos todos los conocimientos acumulados hasta la fecha de su publicación. Y, lo que es más importante, se propusieron hacerlo de una manera accesible a todos, con una voluntad democratizadora e igualitaria, contraria al secuestro del saber por parte de élites organizadas como estamentos privilegiados.

Ese gran esfuerzo, que congregó a las principales cabezas del momento, no se quedó en aquellos espléndidos volúmenes de la Enciclopedia que terminaron de salir de imprenta en el año 1772. Fue un impulso definitivo que movilizó a las conciencias y culminó en una revolución que cambió el mundo empezando por Francia, una de las potencias demográficas. Fue en París –que, con 560 000 habitantes, era una de las ciudades más pobladas del mundo en la década de 1770 (después de Londres, que tenía 900 000)– donde comenzó el cambio que alumbró la Edad Contemporánea.

 

Declaración revolucionaria

Además de en la ciencia y la filosofía, la razón penetró en la política. El ser humano también podía utilizar el raciocinio para mejorar sus mismas condiciones de vida, que eran lamentables para la mayor parte de la población. Y así, la noche del 4 de agosto de 1789, menos de un mes después del estallido de la Revolución Francesa, parte de la nobleza se alió con la burguesía en la Asamblea Constituyente para sepultar para siempre el sistema de privilegios heredado del feudalismo. Los asambleístas, emocionados por un sentimiento profundo de fraternidad, terminaron la sesión llorando y abrazados unos a otros.

Tres semanas después, terminaron de redactar un documento que debía servir como base de la futura legislación constitucional. Lo llamaron Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano y comenzaba con estas palabras: “Considerando que la ignorancia, el olvido o el menosprecio de los derechos del Hombre son las únicas causas de las desgracias públicas y la corrupción de los Gobiernos, los representantes del Pueblo francés, constituidos en Asamblea Nacional, han decidido exponer por medio de una Declaración solemne los derechos naturales, inalienables y sagrados del Hombre”.

Tales derechos se resumieron en cuatro: la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión. Los 17 artículos del documento, tan breves que caben todos en un solo folio, fueron redactados con gran cuidado y sencillez de modo que pudieran ser comprendidos por cualquiera que hubiese aprendido a leer. Con esa voluntad, los autores tampoco se anduvieron con elucubraciones filósoficas a la hora de definir los grandes conceptos. Así, por ejemplo, en un alarde de economía y concisión, definieron la libertad como “la capacidad de hacer todo aquello que no moleste a los demás” y precisaron que la ley solo puede prohibir los actos perjudiciales a la sociedad, y que todo aquello que no se prohíbe está permitido. El artículo 9º establece la presunción de inocencia, el 10º la libertad de opinión y de religión, el 11º la libertad de prensa y el 17º y último considera la propiedad como un derecho inviolable y sagrado, del que nadie puede ser privado si no es por necesidad pública y a condición de recibir una indemnización justa y proporcionada.

Declaración Universal de los Derechos del Hombre y el Ciudadano
Declaración Universal de los Derechos del Hombre y el Ciudadano. Imagen: Wikimedia Commons.

 

Resistencia y terror

Luis XVI, que aún continuaba sentado en el trono, quedó escandalizado ante aquella declaración y se negó en redondo a firmarla. Los últimos monárquicos emplearon todo su poder, ya menguado, para apoyarle. La situación se estancó, pues sin la firma real aún no era posible seguir adelante.

El 1 de octubre de 1789, en una reunión de mandos militares a la que asistió el rey, se evidenció que una parte de la milicia era cerradamente monárquica. Y entonces se pusieron en marcha las mujeres parisinas: el 5 de octubre, provistas de las armas del saqueado arsenal de la ciudad, unas 7.000 de ellas, junto con muchos hombres, recorrieron bajo una intensa lluvia los 17 km que separan el centro de París de Versalles. Allí acamparon sitiando el palacio y, tras un dramático enfrentamiento, el rey se vio obligado a recibir a una delegación, la cual arrancó al soberano la promesa de ratificar el documento, lo que tuvo lugar al cumplirse un mes de aquellos hechos

La Revolución siguió su curso, pero conviene no olvidar que cuatro años después, con la bienintencionada Declaración de los Derechos del Hombre plenamente en vigor, se viviría en aquella misma Francia de los derechos y las libertades el atroz período revolucionario conocido como el Terror. Y también hay que resaltar que aquellas valerosas mujeres, aclamadas como ‘madres de la Nación’, nunca estuvieron incluidas como sujetos de derecho en dicha declaración.

Ejecución de María Antonieta
Ejecución de María Antonieta. Imagen: Wikimedia Commons.

 

El resurgir tras la masacre

Tras el cambio de siglo, pasó el XIX y llegó el XX, cuya primera mitad –con sus dos guerras mundiales– ha sido reconocida como la época más mortífera y brutal de la historia. El escritor y divulgador histórico Matthew White la llama el hemoclismo, uniendo los términos griegos que significan ‘sangre’ e ‘inundación’. En el hemoclismo, protagonizado por Hitler, Stalin y Mao –con actores secundarios como el káiser Guillermo, Truman, Tojo, Franco o Mussolini–, perdieron la vida alrededor de 150 millones de seres humanos. Una masacre global tras la que, de nuevo, pareció resurgir la luz de la razón.

 

Los 30 derechos humanos fundamentales, proclamados en 1948 por la ONU, beben del espíritu de 1789

 

Así, no habían transcurrido ni tres meses desde el final de la Segunda Guerra Mundial cuando quedó constituida en Nueva York la Organización de las Naciones Unidas, que celebrará sus 75 años de existencia el 24 de octubre de 2020 con 193 Estados miembros sentados en su Asamblea General. Pero en 1948, cuando los integrantes no llegaban a 60, se planteó la necesidad de redactar un documento que recogiese los derechos humanos fundamentales. A tal efecto, se creó una comisión integrada por Francia, China, Estados Unidos, Líbano, Reino Unido, Unión Soviética, Chile y Australia en la que desempeñó un papel importante la única mujer que formaba parte de ella, la estadounidense Eleanor Roosevelt, cuya arrolladora personalidad la había convertido –más allá de su matrimonio con el presidente americano– en una de las damas más influyentes y activas políticamente de su tiempo.

Eleanor Roosevelt
Eleanor Roosevelt. Imagen. Wikimedia Commons.

 

Voluntad universal

La comisión de las Naciones Unidas trabajó hasta fijar un texto de 30 artículos, el primero de los cuales es un claro guiño hacia los tres ideales (libertad, igualdad y fraternidad) de la Revolución Francesa: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales (...) y deben relacionarse fraternalmente”. Una parte del articulado replica en otros términos los mismos derechos fundamentales de la declaración parisina de 1789 (libertad religiosa y de expresión, derecho a la propiedad y a la seguridad, presunción de inocencia, igualdad ante la ley, etc.), pero los diferentes antecedentes jurídicos y culturales, los cambios habidos en el mundo y su voluntad de universalidad –se llama Declaración Universal de los Derechos Humanos– exigieron incluir nuevos asuntos, como la proscripción de la esclavitud y de la tortura, el derecho a la educación y a los medios de subsistencia, la libertad de movimientos, la igualdad racial y de género, el consentimiento de ambos contrayentes para el matrimonio, etc.

En la votación del texto se produjeron ocho abstenciones: el bloque comunista no estaba de acuerdo con el derecho a la propiedad ni con la libertad de expresión y de movimientos, Arabia Saudí rechazaba la igualdad entre los sexos, la libertad religiosa y el matrimonio libre y Sudáfrica no quería ni oír hablar de igualdad racial. Se tardó 30 años, nada menos, en que la Declaración fuera ratificada y aceptada por todos los miembros. Hoy es, por fin, un acuerdo oficial, aunque no del todo efectivo porque, pese a nuestra facultad de razonar, no siempre somos capaces de seguir la senda de la razón.

Conferencia de San Francisco (1945)
Conferencia de San Francisco (1945). Imagen: Getty Images.