De la caída de Berlín a la caída de Muro

Situada en el punto de fricción entre los dos bloques antagónicos, en la ciudad alemana se vivirían los momentos más tensos de la Guerra Fría en Europa. Como indeleble recuerdo pervive la cicatriz del Muro que la dividió durante casi tres décadas, de cuya caída se han conmemorado 30 años en 2019.

Muro de Berlín
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El destino de Berlín estaba escrito desde que, el 12 de septiembre de 1944, Estados Unidos, el Reino Unido y la URSS firmaron el Protocolo de Londres, que establecía que Alemania se dividiría en zonas de ocupación, pero que la capital sería ocupada de forma conjunta por fuerzas de los tres países (a los que posteriormente se sumó Francia). Tras la capitulación germana, esa administración conjunta de Berlín iba a tropezar con graves dificultades, al ser un enclave dentro de la zona de ocupación soviética. Los aliados occidentales, que reclamaron su acceso libre a la ciudad por vía aérea, carretera y ferrocarril, comenzaron a llegar el 1 de junio de 1945 y hallaron un Ayuntamiento nombrado por las autoridades militares soviéticas. Para constituir la administración conjunta, el 11 de julio se creó la Comandancia Militar Interaliada, formada por los cuatro comandantes militares de Berlín, pero las disensiones comenzarían muy pronto.

Durante la Conferencia de Potsdam, celebrada en esa localidad cercana a Berlín entre el 17 de julio y el 2 de agosto de 1945 y a la que asistieron los llamados Tres Grandes, Harry S. Truman, Josef Stalin y Winston Churchill –este sería sustituido por Clement Attlee al perder las elecciones–, se certificó la división de la ciudad en cuatro zonas, aunque se seguía insistiendo en la administración conjunta. A la Comandancia Militar se sumaría el Consejo de Control Aliado, que se puso en marcha el 30 de agosto y cuyo objetivo era gobernar Alemania como un todo. Ese organismo establecería cuatro meses después tres corredores aéreos entre Berlín y las zonas de ocupación norteamericana y británica; a la luz de los hechos posteriores, esa decisión cobró una importancia crucial.

Pese a la aparente armonía desplegada en Potsdam, los recelos se habían instalado ya entre los aliados. El recién estrenado poder atómico estadounidense creaba un desequilibrio que incrementaría la recurrente susceptibilidad soviética. Esa desconfianza se trasladó a Alemania, en la que, de hecho, cada zona de ocupación estaba funcionando de manera estanca. El Consejo de Control Aliado, que debía tomar sus decisiones por unanimidad, se vio así paralizado. Los intentos de crear una unidad económica chocaban siempre con las negativas soviéticas, aunque los franceses también expresaban su disconformidad si no se resolvían antes sus aspiraciones territoriales.

Bandera comunista en Berlín
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La creación de la bizona

Ante la constatación de la imposibilidad de establecer un Estado alemán unificado, británicos y estadounidenses acordaron el 2 de diciembre de 1946 la unión económica de sus zonas de ocupación. La nueva entidad, nacida oficialmente el 1 de enero de 1947 y cuyo nombre oficial era Área Económica Unida, sería conocida popular mente como la Bizona (o Bizonia). A los soviéticos no se les escapaba que esa entidad podía ser el embrión de una futura Alemania Occidental independiente.

Alegando que esas actuaciones contravenían los acuerdos de Potsdam, el 30 de marzo de 1948 el representante soviético abandonó la reunión del Consejo de Control Aliado para no volver más, una decisión que supondría en la práctica su defunción. La tensión subió algunos grados más cuando los soviéticos restringieron el tráfico de trenes militares con destino a Berlín, arrogándose además el derecho a inspeccionarlos y a detener el flujo cuando así lo estimasen oportuno. Los norteamericanos desafiaron ese control estableciendo un puente aéreo a mediados de abril, sin saber que era el ensayo de lo que iba a venir tan solo dos meses más tarde.

Ignorando la presión soviética, en la Bizona se iban creando los organismos encargados de vertebrar la economía e incluso se establecieron acuerdos comerciales con los países vecinos. Un paso decisivo para el despegue económico fue la introducción del marco alemán (Deutsche Mark) el 21 de junio de 1948, que sustituía así al Reichsmark. Aunque la nueva divisa, que circularía también en la zona francesa, no iba a ser distribuida en Berlín, esa decisión unilateral irritó a los soviéticos, que cinco días antes habían abandonado la Comandancia Militar. La intención inicial de los aliados no había sido la división de Alemania en dos Estados, pero la evolución de los acontecimientos apuntaba inexorablemente en esa dirección.

Conferencia de Potsdam
Conferencia de Potsdam. Imagen: Getty Images.

 

Fuera intencionado o no, la creación de la nueva moneda supuso la quiebra del tenso equilibrio en el que se mantenía Alemania. Con esa decisión se revelaba el diferente concepto que occidentales y soviéticos tenían de la ocupación. Mientras que los primeros apostaban por una Alemania económicamente fuerte e independiente, estimulada por los recursos del Plan Marshall, los segundos se dedicaban a exprimir su zona para obtener las reparaciones de guerra que permitiesen la reconstrucción de Europa Oriental y la propia URSS. Debido a esa bifurcación monetaria, los intercambios económicos entre el oeste y el este, que hasta entonces se habían desarrollado con fluidez, se verían dificultados para perjuicio de los alemanes orientales, que iban a quedar privados del acceso a los bienes de consumo que su desmantelada industria no era todavía capaz de fabricar. El cambio de moneda hizo que los antiguos Reichsmarks fluyesen hacia la zona oriental, provocando una súbita inflación. Como medida de emergencia, las autoridades soviéticas comenzaron a poner adhesivos a los billetes para evitar esa irrupción masiva de Reichsmarks que amenazaba con colapsar la frágil economía de su zona, al tiempo que anunciaban la creación de una moneda propia, el Ostmark.

Muro de Berlín
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El bloqueo de Berlín

Para sorpresa de los occidentales, los soviéticos decretaron que el Ostmark sería moneda de curso legal en todos los sectores de Berlín. La respuesta fue el anuncio de la distribución del nuevo marco alemán en la capital, que antes había quedado excluida. El conflicto estaba servido, y los soviéticos dieron el primer paso: durante la noche del 23 al 24 de junio de 1948, se apagaron todas las luces del Berlín Occidental después de que los soviéticos desconectaran la central eléctrica que la abastecía, situada en su sector. A primera hora del 24 de junio, la administración soviética cortó todas las carreteras y vías de tren que llevasen al Berlín Occidental y se suspendió también la circulación fluvial. La clausura de esas rutas fue oficialmente debida a cuestiones técnicas, como la reparación de unos puentes. Al mismo tiempo, se incrementaron los controles de identidad y de equipajes de los viajeros que querían entrar en esos sectores, incluidos los militares. También se restringió el envío de paquetes postales. La intención de la URSS era obligar a las potencias occidentales a abandonar sus sectores de Berlín y eliminar así esa espina clavada en el centro de su zona de ocupación.

Los gobiernos occidentales contaban con una airada reacción soviética a la reforma monetaria, pero el Bloqueo de Berlín les tomó por sorpresa. Con la excusa de que pretendían frenar a los especuladores, los soviéticos reclamaron que se les encargara de todo el abastecimiento del sector occidental. Con esa jugada, esperaban que la población de Berlín Oeste no tuviera otro remedio que aceptar registrarse en la administración de racionamiento de Berlín Este, admitiendo de este modo la jurisdicción soviética sobre toda la ciudad. Para demostrar que la apuesta iba en serio, se impidió la entrada en Berlín de un tren militar norteamericano que transportaba suministros para sus tropas y se le obligó a emprender el viaje de regreso. Por su parte, los estadounidenses se plantearon responder con el envío de un convoy militar que tratara de forzar su entrada en la ciudad, pero el presidente Truman acabó desechando esa opción.

En esos momentos, tan solo había cerca de 9000 soldados norteamericanos en Berlín, a los que había que sumar unos 7000 británicos y 6000 franceses, mientras que los soviéticos contaban con un millón y medio de hombres en la región. En caso de desatarse las hostilidades, los aliados occidentales serían barridos rápidamente, ya que los norteamericanos apenas contaban con unos 30 000 soldados más en su zona de ocupación, por lo que difícilmente podrían auxiliar a las tropas de Berlín. Llegado el caso, la única respuesta hipotética parecía ser un ataque con bombas atómicas, pero incluso esa improbable opción adolecía de problemas técnicos, ya que los bombarderos de que disponían no estaban todavía adaptados para cumplir dicha misión.

Era necesario actuar rápido, ya que el Berlín Occidental solo contaba con reservas de alimentos para 36 días y de carbón para 45. La única solución era establecer un puente aéreo como el que ya se había organizado a pequeña escala en abril con una veintena de vuelos al día, pero ahora permanente. El desafío se antojaba casi imposible, ya que aprovisionar a los dos millones de berlineses que dependían de los aliados occidentales requería del envío diario de 1500 toneladas de comida y de 3500 toneladas de carbón y otros combustibles. Utilizando a pleno rendimiento los aviones que norteamericanos y británicos tenían desplegados en Alemania, solo se podrían transportar unas 700 toneladas, lo que quedaba muy lejos de la capacidad necesaria. Pero el comandante en jefe de las fuerzas norteamericanas en Europa y gobernador militar de su zona de ocupación, el general Lucius D. Clay, estaba dispuesto a intentarlo.

Muro de Berlín
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El puente aéreo

Clay llamó al alcalde de Berlín Occidental, Ernst Reuter, que no era reconocido por los soviéticos, y le anunció que iba a poner en marcha el puente aéreo. No obstante, reconoció que, aun haciendo todo lo posible, seguramente la población pasaría en los próximos meses hambre y frío, por lo que le pidió el apoyo de los berlineses. Reuter, consciente del reto al que se enfrentaban, mostró su escepticismo ante la empresa, pero aun así le garantizó que sus conciudadanos harían los sacrificios necesarios para soportar la prueba.

El 26 de junio aterrizó el primer avión en el aeropuerto berlinés de Tempelhof. El puente aéreo comenzó con el envío de solo 750 toneladas al día, pero pronto las cifras empezaron a ascender con la llegada de centenares de aparatos procedentes de Estados Unidos y Gran Bretaña, pero también de Francia, Canadá, Sudáfrica, Australia o Nueva Zelanda. De los tres pasillos aéreos, dos serían de ida a Berlín, mientras que el central sería el de regreso. Para evitar el caos y las colisiones, se estableció un complejo horario de vuelos dividido por franjas para aviones de características similares, con una operación de aterrizaje o despegue cada cuatro minutos y cinco escalones aéreos separados por mil metros. Con el paso de las semanas se logró aumentar la cadencia a una cada tres minutos y se decidió que cada piloto tendría solo una oportunidad para aterrizar y debería regresar si no lo lograba a la primera, para evitar así embotellamientos.

A finales de agosto, el puente aéreo ya transportaba las 5000 toneladas diarias necesarias para garantizar la supervivencia de los berlineses. Además, los pilotos norteamericanos arrojaban chocolatinas y caramelos a los niños que saludaban la llegada de los aviones, lo que suponía una excelente campaña de imagen. Los soviéticos, que estaban seguros de que sus antiguos aliados iban a fracasar en su propósito, contemplaban ahora con estupor cómo el Berlín Occidental estaba siendo mejor aprovisionado que el Oriental, al que ellos podían abastecer por tierra. Finalmente, el 15 de abril de 1949, la URSS anunció su intención de levantar el bloqueo, lo que haría efectivo el 12 de mayo. La presencia de los aliados occidentales en el enclave se había salvado.

Puerta de Brandemburgo
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Las dos Alemanias

Mientras eso sucedía en Berlín, el resto de Alemania estaba asistiendo a una transformación decisiva. El 8 de abril de 1949, la Bizona se había convertido en Trizona al aceptar los franceses unir su sector al de sus aliados. La entidad política resultante se convertiría el 23 de mayo en la República Federal de Alemania (RFA), una vez que su Ley Básica fue decretada y ratificada. Su contraparte, la República Democrática Alemana (RDA), se constituyó a su vez el 7 de octubre de ese año.

En marzo de 1952, Stalin plantearía una propuesta para reunificar Alemania bajo neutralidad militar, pero la RFA, en plena recuperación económica y liderada firmemente por Konrad Adenauer, la rechazó de plano. Cerrada esa puerta, los soviéticos aceleraron la transformación de la RDA en un Estado socialista, lo que llevó a un deterioro de su nivel de vida. La gota que colmó el vaso fue una directiva aprobada por el gobierno que, en la práctica, obligaba a trabajar más por el mismo salario. La respuesta popular se produjo precisamente en Berlín. El 16 de junio de 1953, una huelga de apenas unas decenas de obreros de la construcción en el Berlín Oriental se convirtió al día siguiente en un levantamiento generalizado contra el gobierno. La revuelta se extendió a otras ciudades hasta que fue aplastada por el ejército soviético sacando los tanques a la calle y provocando al menos 55 muertos; quedaba inaugurada así una “tradición” de la que posteriormente serían víctimas los húngaros y los checos.

El contraste entre la depauperada RDA y el llamado “milagro económico alemán” que estaba teniendo lugar en la Alemania Federal hizo que cada año más ciudadanos orientales abandonasen el país. Eso sucedía especialmente en Berlín, en donde la frontera era más permeable, lo que no ocurría en la frontera interalemana, más fácil de controlar. Entre 1949 y 1961, unos 2,6 millones de personas dejaron la RDA, la mayoría jóvenes con formación superior, lo que amenazaba el futuro económico del país y, si el éxodo continuaba, su propia existencia.

Acceso fronterizo tras el Muro de Berlín
Acceso fronterizo tras el Muro de Berlín. Imagen: Getty Images.

 

El Muro de la vergüenza

En el verano de 1961, la situación se había hecho insostenible. La RDA había perdido ya un 20% de su población. En la primera quincena de agosto, cerca de 50 000 personas escaparon por la frontera de Berlín, a los que había que sumar otros 50 000 alemanes orientales que cada día iban a trabajar al Oeste. Además, muchos occidentales iban a comprar comida al Este, aprovechando que resultaba mucho más barata gracias a la fortaleza de su moneda. Esa dinámica suponía una sangría para la débil economía de la RDA.

La drástica solución sería la construcción de un muro que impermeabilizase la frontera. La noche del 12 al 13 de agosto de 1961, efectivos del Ejército, la policía fronteriza y la policía y miembros de las milicias populares cerraron las calles y las vías ferroviarias que llevaban al Berlín Oeste y comenzaron a colocar alambradas a lo largo de todo el perímetro. Con las tropas soviéticas a cierta distancia para actuar si fuera necesario, se inició la construcción del denominado por el régimen germanooriental “Muro de protección antifascista”.

La reacción de Occidente sería la esperada. Se presentaron protestas formales ante el comandante soviético de Berlín y el gobierno de Moscú, aunque en realidad la medida fue acogida por Washington con cierto alivio, ya que se garantizaban sus derechos sobre Berlín Oeste y se detenía el flujo creciente de refugiados; al tiempo, probablemente, esa separación física proporcionaría estabilidad a una zona tan caliente. No obstante, el 27 de octubre de 1961 se llegaría a un peligroso momento de confrontación en el paso fronterizo conocido como Checkpoint Charlie cuando una decena de tanques norteamericanos y soviéticos se encararon a ambos lados de la frontera. Afortunadamente, al día siguiente los dos grupos de tanques se retiraron, evitando así un choque armado de consecuencias imprevisibles.

La consagración de Berlín como símbolo de la lucha por la libertad se produjo el 26 de junio de 1963 con la visita del presidente John F. Kennedy, con motivo del 15º aniversario del Bloqueo. Su histórico discurso desde el balcón del edificio del Rathaus Schöneberg quedaría marcado a fuego en la memoria de la ciudad: la plaza en la que se congregó la multitud para escucharle cambiaría su nombre por el del presidente norteamericano.

 

Coexistencia pragmática

Tras esos años en los que la Guerra Fría alcanzó su momento álgido, la situación en Berlín entraría en una prolongada fase de distensión solo agitada por el movimiento estudiantil, que protagonizaría allí masivas protestas. A principios de la década de los setenta, las dos Alemanias apostarían por el pragmatismo. El acercamiento impulsado por el canciller de la RFA Willy Brandt, conocido como Ostpolitik (Política del Este), culminó en 1974 con el mutuo reconocimiento como Estados. La situación en la frontera se relajó relativamente; la RDA simplificó los requisitos para los permisos de salida, en especial de aquellos que cobraban pensiones y, por tanto, suponían una carga para el Estado, y facilitó la entrada de ciudadanos de Berlín Oeste para que visitasen a sus familiares, así como los intercambios postales. No obstante, la barrera física fue reforzada, levantándose en 1975 el “Muro de cuarta generación”, con bloques de hormigón de 3,6 metros de altura y sofisticados métodos para detectar e impedir las fugas. Eso, sin embargo, no desanimó a los alemanes orientales que querían huir al Oeste, por lo que los intentos de fuga continuarían produciéndose.

Otro de los momentos históricos que se vivieron en Berlín tuvo lugar el 12 de junio de 1987, cuando el presidente norteamericano Ronald Reagan la visitó con motivo del 750º aniversario de su fundación. Su visita no fue tan popular como la de Kennedy; en la jornada anterior, unas 50 000 personas se manifestaron para protestar por su presencia. Ese día se cerraron numerosas calles para evitar más protestas.

El acto central fue el discurso que Reagan pronunció ante la Puerta de Brandenburgo, con dos paneles de cristal para protegerle de hipotéticos francotiradores de Berlín Este. Las 45 000 personas allí congregadas escucharon de él unas palabras que se harían célebres, dirigidas al líder soviético Mijaíl Gorbachov: “Tear down this Wall” (Derribe este Muro). Curiosamente, ese desafío no estuvo bien visto en la propia Administración Reagan, al considerar que podía tensar la situación con la Unión Soviética y que, en todo caso, no era prudente someter a más presión a Gorbachov, que ya había dado una serie de valientes y arriesgados pasos hacia una apertura política en su país.

Caída del Muro de Berlín
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Fin de un símbolo

Las palabras de Reagan cobrarían todo su sentido 29 meses después, cuando el Muro cayó, junto al régimen comunista que lo había construido, sin que Gorbachov tomase ninguna iniciativa para impedirlo por la fuerza, como habían venido haciendo hasta entonces los soviéticos cada vez que uno de aquellos regímenes se había visto zarandeado por vientos aperturistas.

Precisamente, en octubre de 1989, durante las celebraciones del 40º aniversario de la RDA, Gorbachov advirtió al líder germano-oriental, Erich Honecker, de la necesidad de llevar a cabo reformas urgentes. Pero ya era tarde para eso: cientos de personas se atrevieron a manifestarse contra el régimen, al tiempo que miles conseguían pasar a Occidente a través de las fronteras de Hungría y Checoslovaquia.

El régimen se estaba desmoronando por momentos, aunque eso no fue evidente hasta la tarde del 9 de noviembre de 1989, cuando, en una confusa rueda de prensa retransmitida en directo por televisión, un representante del gobierno informó por error de que los alemanes orientales podrían pasar al Oeste simplemente presentando su documento de identidad. Miles de berlineses acudieron a los puestos fronterizos. La policía, que no sabía nada de esa medida, acabó por levantar las barreras y permitir el paso sin ningún formalismo. Los alemanes orientales fueron recibidos en el Oeste con abrazos y cerveza gratis. El Muro de Berlín había caído, aunque 192 personas habían muerto a lo largo de su ominosa existencia tratando de cruzarlo.

El 3 de octubre de 1990 se produjo la reunificación alemana y en junio de 1991 el Bundestag aprobó el traslado de la capital germana de Bonn a Berlín. La ciudad que había quedado arrasada durante la Segunda Guerra Mundial, que había resistido el Bloqueo de 1948 y que había soportado con entereza la división que la partió en dos durante casi tres décadas resurgiría a partir de entonces con fuerza. En la actualidad, Berlín destaca por su dinamismo, que atrae a jóvenes de toda Europa para poner en marcha los proyectos más innovadores, aunque siempre permanecerán las cicatrices dejadas por tan turbulento y traumático pasado.