Cuando África se rebeló: las guerras de independencia

En la segunda mitad del siglo XX, las luchas por liberarse del yugo colonial tuvieron en común el uso de la guerra de guerrillas, tanto urbanas (Argelia) como en el campo o la jungla, como en los casos de Kenia y de Angola y Mozambique, las últimas colonias del continente africano en independizarse.

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Angola y Mozambique (1961-1975)

 

En el siglo XIX, confluyeron en África los intereses de las naciones colonizadoras, que pretendían explotar sus recursos naturales. Con ese objetivo, la convirtieron en un continente dividido y repartido entre las potencias europeas, incluida Portugal. Hace ya más de cuatro décadas que los portugueses abandonaron sus dominios coloniales, pero a diferencia de la mayoría de descolonizaciones de dicho continente, desarrolladas tras la Segunda Guerra Mundial, las de Angola y Mozambique tuvieron lugar en un contexto de extrema violencia y se prolongaron en el tiempo más de lo que, probablemente, nadie imaginaba entonces.

Angola disfrutaba de un gran auge económico gracias al petróleo, el café y la minería (léase, los diamantes). Esa era la razón de que fuese un país especialmente codiciado por los europeos y de que viviesen en él alrededor de 200.000 blancos. Pese a no ser tan rico, también Mozambique atrajo inversiones extranjeras. Las principales ciudades del África portuguesa se consideraban las más dinámicas y prósperas del continente.

Ni António de Oliveira Salazar, dictador de Portugal, ni el resto del gobierno luso estaban dispuestos a renunciar a aquellos lucrativos dominios. “Hemos permanecido en África durante 400 años, lo que implica más que haber llegado ayer”, dijo Salazar a la Asamblea Nacional en 1960. Los portugueses no solo habían sido los primeros europeos en establecerse en África, sino que también serían los últimos en retirarse, y además lo harían en bloque. Para ellos, igual que para los franceses, sus posesiones imperiales eran “provincias de ultramar” y, al considerarlas como un todo, les resultaba más difícil desprenderse de ellas. Y ese aferramiento, además de complicar mucho las cosas a la hora de hacer efectiva la descolonización, tendría graves repercusiones en todos los sentidos.

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Pistoletazo de salida

Los problemas para Portugal empezaron en Angola en 1956, cuando un grupo de intelectuales fundó el Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA) con el fin de acabar con el dominio luso en sus territorios. Sus pretensiones les costaron no solo ser perseguidos, sino también obligados a exiliarse. Aquel intento no fue a mayores, pero en 1961 volvieron los problemas, y estos eran más graves. En el norte del país estalló la violencia; los muertos se contaron por centenares y el gobierno colonial estuvo lento de reflejos, pues tardó seis meses en restablecer el orden. Pese a la extrema dureza de la represión por parte de la metrópoli, durante la cual perdieron la vida unos 20.000 angoleños, el alzamiento había sido el pistoletazo de salida de la lucha por la independencia. Aún tardaría en llegar, pero ya no había vuelta atrás.

Al año siguiente de aparecer el MPLA, se sumó a la causa independentista el Frente Nacional de Liberación de Angola (FNLA). Con el tiempo surgieron las diferencias entre ambos por el liderazgo del movimiento emancipador, a las que se sumó un tercero en discordia: la Unión Nacional por la Independencia Total de Angola (UNITA), creada en 1966 por Jonas Savimbi.

 

Guinea Bissau, la primera en caer

La lucha de Angola pronto se replicaría en otros lugares bajo dominio portugués. Una guerra de guerrillas emergió en Guinea Bissau y Cabo Verde, en 1963, y en Mozambique, en 1964. En ambos casos fue iniciada por grupos en el exilio que utilizaron los países vecinos como bases: en el primero fue el Partido de la Independencia de Guinea y Cabo Verde (PAIGC), y en el segundo, el Frente de Liberación de Mozambique (FRELIMO). Aunque en un principio a los portugueses les resultó fácil detenerlos por su debilidad y divisiones internas, el descontento ya había estallado en forma de violencia en toda el África portuguesa.

 

A diferencia de Angola y Mozambique, Guinea (como Cabo Verde) no era un país rico: vivía de la agricultura y, en lugar de aportar beneficios a Portugal, le costaba dinero. Aun así, había mucho en juego en aquella diminuta colonia. Representaba el primer eslabón de la cadena; si se desprendía, se desencadenaría la liberación del resto de países en sus manos. Así lo veía también la Cuba de Castro, que decidió apoyar su liberación y que, de la mano de Amílcar Cabral, al frente del PAIGC, envió ayuda con un único objetivo: acabar con el colonialismo en África. En un principio, los cubanos optaron por enviar solo apoyo técnico, y no tropas; fuera como fuese, hicieron un gran trabajo y sus tácticas de desestabilización funcionaron. Los portugueses se vieron tan amenazados como para enviar 22.000 soldados más a Guinea Bissau.

Amilcar Cabral. Imagen: Getty Images.

 

Portugal comenzó a emplear nuevos métodos de contrainsurgencia y a reclutar a africanos en sus ejércitos coloniales. En 1968, Marcelo Caetano sucedió a Salazar como hombre fuerte del régimen, aunque la consigna siguió siendo la misma: intransigencia total. Pero hacían falta unos 100.000 efectivos para hacer frente a los sublevados y estaba claro que librar tres guerras a la vez era demasiado desgaste, a nivel económico y a nivel moral. Ese fue el motivo de que, finalmente, los mandos militares, exhaustos por el esfuerzo y cada vez más seguros de no poder ganar la guerra en África, decidieran terminar con un enfrentamiento impopular. Así, el 25 de abril de 1974, oficiales veteranos del Ejército colonial se alzaron para provocar el derrocamiento de Caetano y del Estado Novo que dominaba el país desde 1926: fue la llamada Revolución de los Claveles, que tuvo como consecuencia inmediata el acuerdo que dio por acabada la lucha en Guinea Bissau. En septiembre de 1974, Lisboa reconoció su independencia, pero el hombre que había puesto al imperio contra las cuerdas, Amílcar Cabral, ya no pudo verlo, pues había sido asesinado el año anterior por miembros de la policía secreta portuguesa.

 

La Guerra Fría en África

La caída del gobierno de Caetano generó en Mozambique un gran vacío, que los guerrilleros del FRELIMO no dudaron en aprovechar para ganar terreno; su avance se tradujo en la huida de unos 200.000 europeos. En septiembre de 1974, Mozambique empezó la transición hacia su independencia, que se haría efectiva en junio del año siguiente. Sin embargo, la política que desarrolló el FRELIMO a partir de entonces, bajo el paraguas del bloque comunista, provocó un conflicto que acabó explotando en forma de guerra civil.

Así, como reacción anticomunista nació, a finales de 1975, la Resistencia Nacional Mozambiqueña (RENAMO), un grupo disidente del FRELIMO y luego armado por los regímenes racistas de Sudáfrica y Rodesia, que se propuso derrocar al gobierno a toda costa. Cuando la guerra acabó, en 1992, habían muerto casi un millón de personas y otras tantas eran refugiadas, había 4 millones de desplazados y el 60% de los mozambiqueños vivían en la pobreza absoluta.

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Como en Mozambique, el establecimiento de un Portugal democrático llevó implícita la huida de los blancos de Angola, que dejaron el país colapsado, en lo gubernamental y en lo económico. En enero de 1975, Portugal y los tres movimientos nacionalistas angoleños firmaron un acuerdo para establecer un gobierno de transición, con presencia de todas las partes, que convocara las elecciones que culminarían en la independencia del país. Pero, a los pocos meses, el acuerdo era papel mojado debido al enfrentamiento entre las tres agrupaciones (MPLA, UNITA y FNLA) que competían por el poder. La guerra de liberación se convirtió en una guerra civil y esta, como la de Mozambique, tuvo lugar en un contexto de internacionalización de la Guerra Fría y atrajo a los dos bloques. A las fuerzas del FNLA las apoyó en un principio Mobutu, dictador de Zaire (hoy, Congo); al MPLA, los soviéticos y los cubanos, mientras que UNITA contó con la ayuda de EE UU y la Sudáfrica del apartheid.

 

La más larga contienda civil

El primer choque de la guerra civil, la Batalla de Kifangondo, se libró el 10 de noviembre de 1975, el día antes de que se formalizase la independencia. Con la cercanía de esta, la capital angoleña, Luanda, había pasado a ser un objetivo político y militar de primer orden. Estaba controlada por el MPLA y se encontraba bajo una doble amenaza: por el norte, el FNLA, apoyado por unidades del ejército zaireño, y por el sur, las tropas sudafricanas. El brazo armado del MPLA, la FAPLA, y el ejército cubano habían establecido posiciones defensivas en Kifangondo, junto a la capital. Al no poder traspasarlas, el FNLA intensificó los bombardeos sobre Luanda, pero el MPLA consiguió aguantar la ofensiva. Los soldados del FNLA empezaron a replegarse y, cuando la retirada se convirtió en desbandada, también los sudafricanos huyeron. Finalmente, el MPLA fue el protagonista de la independencia y su líder, António Agostinho Neto, el primer presidente del país.

No obstante, quedaba mucha sangre por derramar: la guerra civil de Angola se alargó hasta 2002. La muerte en combate en febrero de ese año del histórico líder de UNITA, Jonas Savimbi, a manos de las Fuerzas Armadas Angoleñas (FAA) precipitó las conversaciones de paz. UNITA decidió entregar las armas y el 4 de abril se firmó el Memorando de Luena, que ponía fin a cuatro décadas de violencia armada. Considerada la más larga de África, la guerra civil de Angola se llevó por delante la vida de casi un millón de personas en 27 años, provocó 4 millones de desplazados y dejó al 82% de la población en la miseria.

Como en otros enclaves africanos donde la descolonización se resolvió por la vía armada, en el África portuguesa la retirada de los europeos tuvo consecuencias indeseadas de largo recorrido, de las que aún no se ha recuperado. Tanto en Angola como en Mozambique, las independencias no tuvieron un camino fácil y, tras la repentina marcha de los portugueses, la situación se enquistó, como hemos visto, derivando en luchas por el poder en forma de cruentas guerras civiles.

António Agostinho Neto. Imagen: Getty Images.