Con voz y voto: la conquista del sufragio femenino

La posibilidad de actuar en igualdad de condiciones, sin importar el género: eso –tan sencillo pero tan trascendente– fue lo que se logró con el derecho al voto de la mujer hace más de un siglo en algunos lugares del mundo, y unas décadas después en nuestro país. Para llegar a ello se libró una lucha tan dura como apasionante, que hizo a las sociedades modernas y avanzadas realmente merecedoras de esa calificación. El sufragismo fue esencialmente un movimiento por los derechos políticos de las mujeres.

Sufragio femenino
Imagen: Wikimedia Commons.

Lydia Becker, Emmeline Pankhurst, Elizabeth Cady Stanton, Susan B. Anthony, Clara Campoamor, Emily Davison, Carmen Karr, Carrie Chapman Catt, Millicent Fawcett, Alicia Moreau, Elvia Carrillo Puerto... Es larga la lista de nombres propios que han pasado a la historia por su ímprobo esfuerzo en defensa del sufragio femenino, una de las conquistas más importantes en el camino hacia la igualdad real entre géneros, que reconoce a las mujeres de todo el planeta la posibilidad de elegir a sus representantes y de ser elegidas como tales. O lo que es igual: la oportunidad de hacer de sus comunidades y pueblos un lugar mejor, en el que todas las voces son escuchadas y todas las realidades vitales contempladas.

 

El movimiento sufragista

Los albores de lo que acabó deviniendo en la larga lucha por el voto femenino se sitúan a finales del siglo XVIII en distintos países, cuando comienzan las primeras reclamaciones a favor de abolir la discriminación entre hombres y mujeres. Al inicio se orientan más hacia conquistas como el derecho a la educación que a demandas directas del reconocimiento de la capacidad para votar, que supone una transformación radical en las sociedades tal y como se habían concebido hasta ese momento, esto es, basadas en un patriarcado sin condiciones. El foco de la batalla contra la segregación femenina se centra en el derecho al voto más tarde, a mediados del XIX, cuando un nutrido grupo de mujeres de la burguesía europea empieza a organizarse a nivel internacional para defender la implantación del sufragio igualitario: son las llamadas ‘sufragistas’.

El sufragismo es un movimiento reformista social, económico y político que promueve la eliminación de la prohibición de votar en función del género, no así el actual sufragio universal –es decir, la participación política de todas las personas sin ningún condicionante, tampoco racial–, por considerar este último demasiado revolucionario para la época.

Las sufragistas mantienen que, una vez que las ciudadanas puedan votar y ser votadas, accederán a los Parlamentos, al corazón del sistema, y desde allí podrán cambiar leyes e instituciones discriminatorias. Para defender la causa crean asociaciones que utilizan diferentes tácticas, desde las más dialogantes, que apuestan por la negociación con los partidos políticos, a las más combativas, centradas en dar batalla en las calles.

 

La simple demanda del derecho a la educación, en el siglo XVIII, derivó más tarde en la lucha por el voto femenino

Lydia Becker
Lydia Becker. Imagen: Wikimedia Commons.

 

Grandes pioneras

En Europa, el Reino Unido cuenta con el movimiento sufragista más activo, con esas dos vertientes. Por el lado del diálogo, en 1866 el ­ lósofo y economista John Stuart Mill presenta la primera petición a favor del voto femenino en el Parlamento. Su solicitud genera burlas e indiferencia y da alas a campañas en la prensa muy despreciativas hacia las sufragistas. Ese despectivo y airado rechazo provoca que, un año después (1867), nazca el primer grupo abiertamente sufragista británico: la Sociedad Nacional por el Sufragio de las Mujeres (NSWS, por sus siglas en inglés), liderada por Lydia Becker.

Becker, bióloga y astrónoma a­ cionada –y, como tal, colaboradora de Charles Darwin–, promueve otorgar a las mujeres los mismos derechos que a los hombres, en los mismos términos. Discrepa de parte del incipiente movimiento feminista de la época porque se opone a la idea de que haya una condición femenina esencial; la NSWS de- ­ ende que no existen diferencias naturales entre el intelecto de varones y hembras y que, por esa razón, es necesaria la igualdad total.

A partir de 1870, Becker empieza a organizar giras de conferencias por las ciudades del norte de Inglaterra. En 1874, en una de ellas, celebrada en Mánchester, una joven de quince años llamada Emmeline Pankhurst de­fiende con vehemencia el sufragio femenino. Andando el tiempo, Pankhurst será la principal ­ gura del sufragismo radical: en 1903 funda en Londres la Unión Social y Política de las Mujeres (WSPU, por sus siglas en inglés), que aboga por la participación política femenina a través de actos con gran repercusión mediática, desde protestas y manifestaciones hasta huelgas de hambre e incluso sabotajes. “Acciones, no palabras. Ese será nuestro lema”, a­firma. El enfoque de la WSPU es tajante: las mujeres deben oponerse a cualquier partido o movimiento que no haga del voto de las ciudadanas su prioridad. De este modo, el grupo se mani­fiesta en contra de todas las corrientes políticas del momento, una postura que genera tensiones en las federaciones internacionales de asociaciones sufragistas.

Entretanto, el camino de la igualdad ha comenzado poco a poco a allanarse. En 1893, Nueva Zelanda es el primer país del mundo en reconocer el voto de las mujeres (aunque no la posibilidad de presentarse a las elecciones). Le sigue Australia en 1902 y, en 1907, tanto Finlandia como algo más tarde Noruega y Dinamarca. En el resto de Europa y del planeta las cosas van más lentas, por lo cual, en 1904, Carrie Chapman Catt, Millicent Fawcett, Susan B. Anthony y otras feministas y sufragistas promueven en Berlín la fundación de la Alianza Internacional de Mujeres.

 

La escasez de mano de obra masculina por la I Guerra Mundial será clave en el proceso de emancipación femenina

Trabajadora Primera Guerra Mundial
Imagen: Wikimedia Commons.

 

La guerra como motor de igualdad

En este contexto, en 1914 estalla la Primera Guerra Mundial, que incidirá de forma determinante en el proceso de emancipación de la mujer: los gobiernos de los países implicados en el conflicto, ante la escasez de mano de obra masculina, autorizan el trabajo de las féminas en fábricas, talleres y oficinas y su participación directa en el tejido productivo, para evitar la parálisis de los Estados. De este modo, serán ellas quienes sostengan la economía y la sociedad durante la contienda, y las consecuencias en términos de igualdad no se harán esperar.

Así, tras la Revolución, el gobierno provisional soviético, presionado por la Liga para la Igualdad de las Mujeres, concede en el año 1917 el voto a las mujeres de la URSS. Poco después, el 6 de febrero de 1918, Gran Bretaña aprueba la Ley de Representación del Pueblo, que permite votar a las inglesas mayores de 30 años que cumplan unos requisitos mínimos de propiedad (más de ocho millones de mujeres). Y en noviembre de ese mismo año ve también la luz la Ley del Parlamento, que autoriza que las británicas puedan ser elegidas diputadas.

Paradójicamente, en Francia, considerada la patria de los derechos por excelencia desde la Revolución de 1789, las mujeres no podrán votar hasta después de la Segunda Guerra Mundial (1944), y lo mismo ocurrirá en Italia (1945).

 

De América a Asia

En Estados Unidos, el sufragismo femenino presenta connotaciones diferentes, ya que está inicialmente muy vinculado al movimiento abolicionista y la lucha contra la esclavitud. Asimismo, las americanas disfrutan de cierto grado de visibilidad en la vida pública mucho antes que las europeas. A nivel de estado, por ejemplo, en Massachusetts las propietarias de tierras e inmuebles pueden votar desde 1791.

Como movimiento político organizado, la defensa del voto femenino se articula en Norteamérica a mediados del siglo XIX. En 1848, en el estado de Nueva York, se firma la Declaración de Seneca Falls, uno de los textos fundacionales del sufragismo internacional, basado en el argumentario filosófico de la Ilustración: la ley natural es la fuente de derechos para toda la especie humana por igual; si hombres y mujeres somos semejantes en nuestra naturaleza, también habremos de serlo en los derechos que nos pertenecen.

Los nombres propios de esta lucha son los de Lucretia Coffin Mott, Elizabeth Cady Stanton, Susan B. Anthony, Lucy Stone, Abby Kelley Foster o Ernestine Rose. En 1920, todas ellas ven su esfuerzo recompensado: se aprueba la Decimonovena Enmienda a la Constitución de Estados Unidos, que estipula que ni el gobierno federal ni los gobiernos estatales pueden denegarle a un ciudadano la capacidad de votar a causa de su sexo.

En América Latina, casi todos los países conceden la voz y el voto a sus ciudadanas en el período de entreguerras, destacando en el proceso figuras como la argentina Alicia Moreau o la mexicana Elvia Carrillo Puerto y, como Estado pionero, Ecuador: allí, en 1924, la doctora Matilde Hidalgo solicita votar en las elecciones legislativas nacionales, solicitud que es aceptada. En Asia, en cambio, se ha de esperar al final de la Segunda Guerra Mundial para que las mujeres puedan participar en la vida política de países como China o Japón.

Sufragistas
Imagen: Wikimedia Commons.

 

España, lucha de gigantes

Capítulo aparte merece la lucha por el derecho al voto en España –con pioneras como la periodista y escritora catalana Carmen Karr–, por ser un claro ejemplo de cómo la defensa de las convicciones más profundas puede volverse contra quienes la llevan a cabo. En este caso, concretamente contra la gran impulsora de la participación de las mujeres en la vida pública de nuestro país, Clara Campoamor.

Con el triunfo de la izquierda en las elecciones de 1931, Clara es elegida diputada (entonces las mujeres podían ser elegidas, pero no ser electoras) por la circunscripción de la ciudad de Madrid. Veintiún diputados –entre los que se encuentra ella, del Partido Republicano Radical– forman una comisión para elaborar la Constitución de la nueva República, que busca recoger propuestas tan rupturistas en ese momento como el divorcio o la igualdad ante la ley sin distinción de género. Pero el claro consenso en esos ámbitos no existe en cuanto al voto de la mujer: con la excepción de una facción socialista y de algunos republicanos, la comisión se opone al sufragio femenino porque considera que, tras siglos de sumisión al varón y a la Iglesia católica, la opinión de esposas e hijas está tremendamente condicionada y no se puede ofrecer ni con libre conocimiento ni en conciencia.

Clara, férrea en la defensa del voto femenino, encuentra su mayor rival en otra diputada, la socialista Victoria Kent, que pide esperar a la consolidación de la República y al acceso de las españolas a nuevas ideas para que estas puedan realmente ejercer dicho derecho al voto en plenitud. El debate final constituyente se celebra el 1 de octubre de ese año. En él, las dos defienden con apasionamiento sus argumentos y, finalmente, Campoamor resulta ganadora. Así, el artículo 36 de la Constitución de 1931 otorga el sufragio a las mujeres tras una reñida votación (161 síes, 121 noes y 188 abstenciones).

La victoria es amarga, sin embargo; tal y como vaticinaba Kent, las elecciones generales de noviembre de 1933, las primeras en las que casi siete millones de españolas depositan sus papeletas en las urnas, se saldan con el triunfo de la derecha y desalojan de su escaño a Clara Campoamor, la mujer que había luchado por conquistar ese derecho para todas. Las españolas solo participarán en unas elecciones libres más, en 1936, antes del estallido de la Guerra Civil, ya que la dictadura que se instaura a continuación las suprime. En los referendos controlados de 1967 pueden votar “todos los ciudadanos españoles mayores de veintiún años, sin distinción de sexo”, y en las elecciones para la representación familiar en las Cortes, “los cabezas de familia y mujeres casadas”, pero el voto libre, tanto femenino como masculino, no se vuelve a ejercer en España hasta 1977.

Clara Campoamor
Clara Campoamor. Imagen: Wikimedia Commons

 

1948, el año de la universalidad

El siglo XX continúa avanzando y numerosos países legislan en pro de la participación política de las mujeres, pero aún queda una asignatura pendiente: la universalidad del derecho, que puedan ejercerlo todas ellas, de todas las nacionalidades y condiciones. Y, en una suerte de giro del guión de la historia, la traumática experiencia de la Segunda Guerra Mundial vuelve a influir como lo hizo la Primera. Sin las mujeres, se para el mundo; sin ellas en las fábricas, los hospitales, la educación o la política, no hay sociedad ni futuro.

Así, tras la contienda mundial, la comunidad internacional se reúne en 1948 en las Naciones Unidas y suscribe la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que reconoce en su artículo 21 que “toda persona tiene derecho a participar en el gobierno de su país, directamente o por medio de representantes libremente escogidos. Toda persona tiene el derecho de acceso, en condiciones de igualdad, a las funciones públicas de su país. La voluntad del pueblo es la base de la autoridad del poder público; esta voluntad se expresará mediante elecciones auténticas que habrán de celebrarse periódicamente, por sufragio universal e igual y por voto secreto u otro procedimiento equivalente que garantice la libertad del voto”. El sufragio femenino ya es una realidad sin limitaciones, que sostiene una sociedad más libre y próspera.

Porque, como afirmaba Immanuel Kant, “el derecho es el conjunto de condiciones que permiten a la libertad de cada uno acomodarse a la libertad de todos”. Y este ha sido y es el verdadero valor de la conquista del sufragio femenino: hacer de la libertad y la igualdad de las mujeres el presupuesto fundamental para un mundo mejor.

Sufragistas
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