Benito Mussolini, dictador playboy y marioneta de Hitler

Benito Mussolini fue depuesto y detenido en julio de 1943, pero Hitler lo rescató y le dio una nueva oportunidad al frente de un Estado títere controlado por los alemanes en el norte de Italia. El Duce, sin embargo, ya no era el mismo y ni siquiera Hitler pudo evitar que entrara en una lamentable decadencia.

El 17 de julio de 1943, exactamente a las 17:00, el chófer de Mussolini detiene el coche frente a Villa Savoia, la residencia del rey Víctor Manuel III. Dentro se encuentran el líder italiano y su secretario. El Duce cree que ha sido convocado para hablar de la reunión del Gran Consejo Fascista que ha tenido lugar la noche anterior, pero su idea acerca de las intenciones del gobierno es muy vaga. Con voz amistosa, el rey le dice: “Mi querido líder. La situación es francamente mala. Italia se encuentra en ruinas, el ejército está desmoralizado y los soldados han perdido el espíritu de lucha”. Mussolini escucha en silencio. A medida que el rey avanza, empieza a hacerse cargo de la extrema debilidad de su posición.

“No creo que pueda tener dudas sobre los sentimientos del país hacia usted. Es el hombre más odiado de Italia. Yo soy el único amigo que le queda, pero no tiene nada que temer. Velaré por su seguridad”. A Mussolini, que permanece pesadamente sentado, se le muda el color del rostro cuando comprende que está siendo destituido. “Entonces todo ha terminado”, repite tres veces para sí mismo en un murmullo. Concluye la audiencia. El capitán de los carabineros –la policía militar italiana– le saluda y dice: “Duce, está usted en peligro y vamos a escoltarlo. Sígame, por favor”. Mussolini piensa que es una idea absurda y se niega. “Es una orden, Duce”, continúa el oficial, señalando hacia una ambulancia. Dentro hay guardias armados. Mussolini duda un momento, pero el oficial lo agarra del codo y le obliga a entrar. A continuación entra su secretario seguido por otro oficial, tres carabineros y dos policías de paisano con metralletas. La puerta de la ambulancia se cierra violentamente. Mussolini ha sido arrestado.

El Duce se convierte en una sombra de lo que fue

Benito Mussolini pasó su primera noche como dictador depuesto en una estación de policía fuertemente vigilada. Durmió rodeado de guardias y los carabineros lo acompañaron incluso al baño. A lo largo de las siguientes semanas de arresto, el ex dictador fue trasladado en más de una ocasión: estuvo primero en la isla de Ponza, en el mar Tirreno, y luego fue alojado en un hotel en Gran Sasso, a dos horas de coche al noreste de Roma. Una vez en su cautiverio, la personalidad del Duce empezó a desdibujarse. La imagen de líder fuerte que esquiaba y se hacía fotografiar a pecho descubierto en el campo, tras un arado, se perdió para siempre. Por el contrario, el huésped del hotel Campo Imperatore se dedicaba a escribirle largas cartas a su mujer, Rachele, a leer o simplemente a deambular sin rumbo.

El 12 de septiembre de 1943, en una operación incruenta, Mussolini fue liberado por un comando alemán y trasladado primero a Viena y luego a Salzburgo, donde se encontró con Adolf Hitler. Para entonces era ya una sombra de sí mismo. A sus 60 años, sufría dolores abdominales y padecía una creciente depresión. Lo que habría querido era llevar una vida retirada y tranquila, pero eso no fue posible. Hitler le informó de que estaría al frente de un nuevo Estado fascista en el norte de Italia; una mera estratagema del Führer en su desesperado intento de detener el avance aliado hacia el norte. Mussolini, antiguo león republicano, se había convertido en una marioneta de los alemanes.

 

Su yerno, condenado a muerte

El 18 de septiembre se proclamó la República Social Italiana, que celebró su primer congreso el 14 de noviembre en Verona. El nuevo Estado fue llamado también República de Saló por la población a orillas del lago de Garda donde tenía su sede. Mussolini se instaló en Villa Feltrinelli, en la localidad de Gargnano, con Rachele y el resto de la familia. El primer objetivo de la República de Saló se consiguió con la detención de los miembros del Gran Consejo que habían depuesto a Mussolini, entre ellos su yerno, Galeazzo Ciano, que había huido a Suiza. Ciano, casado con Edda, hija del Duce, fue engañado para volver a Italia con la excusa de una amnistía, pero el 8 de enero de 1944 fue juzgado y, tres días más tarde, fusilado junto a otros cinco “traidores”. Las ejecuciones –todos atados a sillas y por la espalda– habían sido ordenadas por Mussolini bajo una fuerte presión de Berlín. Edda condenó la decisión de su padre, huyó nuevamente a Suiza y nunca volvió a verle ni a hablar con él. En Villa Feltrinelli, Mussolini encontraba la paz en su familia, a pesar de las constantes escenas de celos entre su mujer y sus amantes. Aun con todo, prefería mantenerlos alejados –y muy especialmente a su hijo Vittorio, al que consideraba “un idiota”– de los asuntos oficiales.

Prisionero en su propia casa

A despecho de sus problemas de salud y cambios de humor, la vida de Mussolini adquirió un cierto ritmo con el tiempo dividido entre la villa de Gargnano y la oficina de Saló. El insomnio garantizaba que estuviera trabajando antes de las 8 de la mañana, después de un espartano desayuno consistente por lo general en una mera taza de té. Se dedicaba a leer, a escribir y a enfrascarse en el estudio, y tenía la mesa permanentemente llena de libros, recortes de periódico y fotografías. Enviaba a sus ministros mensajes sobre todo tipo de cuestiones, además de documentos que requerían su firma. En uno de ellos puede leerse: “Solo soy el alcalde de Gargnano”.

Para su disgusto, Villa Feltrinelli estaba vigilada por soldados de las SS 24 horas al día. “No quiero que se piense que estoy aquí prisionero”, declaró. Pero eso es precisamente lo que era, un prisionero, a pesar del título de Jefe del Estado. En una carta, el noble y oficial alemán Fürst Urach escribió: “Siempre canto o silbo cuando voy por el jardín, porque detrás de cada árbol hay un miembro de las SS con un arma. También hay Camisas Negras, pero eso es sobre todo para que mantengan la ilusión”. La ilusión a la que se refiere Urach está muy clara: aunque se mantuviera la ficción de un Estado independiente, el verdadero poder pertenecía a los alemanes.

Con todo, Mussolini conseguía practicar aficiones tales como partir leña para hacer ejercicio, tocar el violín en el jardín o simplemente sentarse y mirar al lago al atardecer. Lentamente, su interés por el futuro de Italia iba dejando paso a reflexiones sobre su propio legado. De su conocida vanidad quedaba poco. Ahora se contentaba con que cada tanto le afeitaran la cabeza y le hicieran la manicura. También se había aplacado su enorme libido, por lo que solo mantenía a unas pocas amantes. Del apetito sexual de Mussolini dan idea los diarios de Clara Petacci, escritos entre 1932 y 1938 y hechos públicos por el Estado italiano en 2009. Petacci cuenta que Mussolini no tenía ningún problema en presumir de sus aventuras eróticas, ni siquiera ante ella. Hay un pasaje en el que asegura que, durante el día, tenía que llamarle casi cada hora para asegurarse de que no estuviese con ninguna rival. Y cuando, en abril de 1938 lo descubrió en la cama con otra mujer, Mussolini reaccionó de forma inmediata y sin ningún remordimiento: “Fue una cosa rápida. ¿A quién le importa? Es agua pasada. Y después de 17 años ya no hay entusiasmo. Es como con mi esposa. Hubo una época en la que tenía 14 amantes y todas las noches estaba con tres o cuatro, una después de la otra... Eso da una idea de mi sexualidad”. Según las confesiones del servicio doméstico del Duce, las conquistas de Mussolini se contaban por millares. Aun así, Petacci fue la última de sus amantes.

El súbdito de Hitler

Y así como su capacidad sexual estaba en decadencia, Mussolini tampoco tenía la energía necesaria para dirigir la República de Saló. Después de la ejecución de su yerno, en un ambiente marcado por los insultos de su mujer a sus amantes y la claustrofobia de verse atrapado en su propia casa, el otrora dinámico líder cayó en un estado de apatía cada vez más profundo. En la oficina se sentía acosado y ninguneado al mismo tiempo.

Allí desarrolló un odio intenso por sus “colegas” alemanes, a los que describía como “criminales desde la cuna: vándalos, bárbaros, perversos, injustos y violentos”. Pero Mussolini era, al fin y al cabo, poco más que un súbdito del Führer y, a finales de abril de 1944, tuvo que viajar a Salzburgo por indicación de este. El Duce aprovechó la visita para plantearle algunos asuntos que le inquietaban: sus quejas por la ocupación alemana de Trieste, en el norte de Italia, y una cuestión sobre el duro tratamiento que recibían los trabajadores italianos en Alemania. Hitler prometió interesarse, pero no hizo nada. Tres meses más tarde, ambos dictadores volvieron a encontrarse en los Alpes bávaros, y aquí Mussolini obtuvo –si es que eso es posible– todavía menos. Hitler alternó los ataques de furia contra sus consejeros con momentos en los que se quedaba ido mirando a la pared mientras tomaba té y pastillas.

El Duce manifestó luego su estupefacción por los exabruptos histéricos que Hitler dedicaba a Von Ribbentrop, Göring y Keitel; sus propias preocupaciones, por otra parte, corrieron la misma suerte que las anteriores: fueron completamente ignoradas. Al final de la visita, Hitler se despidió de él con una confesión sorprendente: “Créame. Es usted el mejor amigo –si no el único– que tengo en el mundo”. 

De vuelta en el lago Garda, Mussolini se sintió aún más desilusionado. Su médico lo visitaba todas las mañanas para asegurarse de que siguiera la dieta prescrita, pero ya ni el uniforme ni los trajes a medida le valían. El cuello de la camisa era ahora particularmente revelador. El antiguo cogote de buey característico suyo se había convertido en un apéndice arrugado como el de una tortuga. Las gafas que debía utilizar para leer no podían disimular las ojeras ni la inflamación de los ojos. En abril de 1945, con el fin de la guerra ya cerca, los 150.000 soldados del ejército de la República de Saló se habían quedado reducidos a la quinta parte debido sobre todo a las deserciones.

Cuando la cercanía del enemigo se volvió amenazante, Mussolini huyó; pero no con su mujer, Rachele, sino con su amante, Clara Petacci. Pocos días más tarde fueron detenidos por partisanos italianos cerca de la frontera suiza y ejecutados. El deseo de Mussolini para su epitafio fue: “Aquí yace uno de los animales más inteligentes que jamás hayan pisado la tierra”.