Batallas de la Iª Guerra Mundial: el infierno de las trincheras

De los muchos combates que jalonaron la Gran Guerra, dos de los más sangrientos fueron los de Verdún y el Somme, librados en Francia en 1916. La estrategia del Estado Mayor alemán de forzar al enemigo al desgaste acabó con la vida de cientos de miles de jóvenes y se mostró ineficaz frente a la solidez de las posiciones fortificadas.

Primera Guerra Mundial
Imagen: Wikimedia Commons.

 

Batalla de Verdún (febrero-diciembre de 1916)

Desde su Estado Mayor, Erich von Falkenhayn envió al Káiser un informe en el que exponía que Rusia había sufrido tantos descalabros en el Frente Oriental que dejaba de ser el principal adversario de Alemania. El nuevo contrincante era Gran Bretaña, aunque antes había que organizar una serie de choques de desgaste para mantener fijas a las fuerzas francesas en el campo de batalla y obligarlas a defenderlo. De este modo, el ataque alemán en torno a Verdún se desencadenó el 21 de febrero de 1916 con un impresionante bombardeo de artillería: al finalizar la jornada, se contabilizó el lanzamiento de un millón de proyectiles, muchos de los cuales machacaron la misma ciudadela de Verdún.

 

Elementos como los gases tóxicos, las alambradas o las bombas de mano marcaron la Guerra del 14

Batalla de Verdún
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El terrible ataque duró ocho horas y el estruendo pudo oírse a una distancia de 150 kilómetros. Cuando acabó, los franceses que habían sobrevivido se alzaron cubiertos de arena, como figuras fantasmales, entre los muertos y los enterrados vivos. Días después, mientras el general Philippe Pétain asumía el mando de las operaciones, el jefe del Estado Mayor francés, Joseph Joffre, comenzó a sospechar que la clave oculta del plan alemán consistía en agotar sus reservas, por lo que decidió no enviar refuerzos a Verdún y continuar con los preparativos de la gran ofensiva que tenía pensado lanzar en julio, junto a tropas británicas, en el Somme.

Batalla de Verdún
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Los supervivientes de Vaux

A principios de junio, se activó la segunda fase de la Batalla de Verdún con el ataque de veinte divisiones alemanas y el despliegue de un centenar de aviones, que hicieron labores de reconocimiento para afinar el tiro de las unidades de artillería. El día 7, tras resistir durante meses, el fuerte de Vaux cayó en poder de los alemanes. Sin apenas agua ni alimentos, sus defensores combatían en pasillos subterráneos, rodeados de cadáveres insepultos y bajo intensos bombardeos y ataques de gas mostaza. Una paloma mensajera, muy afectada por los gases venenosos, entregó el mensaje final de los defensores del fuerte: “Seguimos resistiendo”. El texto señalaba que era la última paloma que les quedaba. Murió poco después de entregar la misiva, por lo que el Estado Mayor francés le concedió un anillo de la Legión de Honor. Fue la única paloma mensajera que recibió tan alta distinción militar.

Los supervivientes de la guarnición de Vaux fueron hechos prisioneros y los mandos alemanes quedaron tan impresionados por su valor que felicitaron al comandante Sylvain Eugène Raynal, a quien le hicieron entrega de la espada de un compañero caído. Pero aquellos gestos caballerescos no podían ocultar la monstruosidad de la carnicería que estaba teniendo lugar en Verdún. El 22 de junio, los alemanes lanzaron un bombardeo de artillería en el cual se empleó un gas fosgeno nuevo llamado Cruz Verde, que aniquiló a gran número de hombres y caballos. Tras el tóxico gaseamiento, treinta mil alemanes atacaron las líneas enemigas, pero los resultados no fueron los esperados por Von Falkenhayn.

 

Las ametralladoras mataban en segundos a cientos de hombres: una aterradora novedad

Batalla de Verdún
Imagen: Wikimedia Commons.

 

Una masacre inútil

Los feroces combates continuaron durante semanas. El escenario era similar a un paisaje lunar, lleno de cráteres en los que los supervivientes yacían junto a vísceras y cadáveres desmembrados por la metralla. En medio de la creciente mortandad, los soldados de ambos bandos se disputaban sin tregua unos míseros metros de terreno. Cerca de Fleury, una compañía gala fue totalmente exterminada, pero en otros sectores del frente los franceses resistieron las embestidas del enemigo. El 24 de junio, los responsables del Estado Mayor alemán tuvieron noticia de que los aliados estaban preparando una gran ofensiva en el Somme, lo que les obligó a reducir el número de piezas artilleras en Verdún para trasladarlas al nuevo frente de batalla. Paradójicamente, el ejército alemán se agotó en su empresa de desgastar las reservas militares francesas. En Berlín, el Káiser y sus asesores comenzaron a poner en duda la capacidad de Von Falkenhayn para dirigir las operaciones en el Frente Occidental.

Al mismo tiempo, la masacre de Verdún despertó en el Reino Unido el antimilitarismo de algunos intelectuales. El 5 de junio de 1916, el filósofo inglés Bertrand Russell fue sometido a juicio por su alegato a favor del “respeto por la conciencia del individuo”, en el que apoyaba la objeción de conciencia al servicio militar, algo que chocaba frontalmente con la idea patriótica de unidad nacional. Por su parte, el escritor George Bernard Shaw hizo gala de humor británico al publicar un artículo en el que instaba a los jóvenes de ambos bandos a fusilar a sus oficiales y regresar a casa, lo que desató las iras de los sectores más reaccionarios.

Las bajas en la Batalla de Verdún, que se prolongó hasta diciembre, fueron enormes. Aparte del abrumador número de heridos y mutilados, en el bando alemán fallecieron unos 100 000 hombres y en el francés en torno a 162 000. La resolución de Pétain y el espíritu de resistencia que impuso a sus hombres levantaron una ola de entusiasmo en todo el mundo. Sin embargo, en Francia comenzó a cristalizar el descontento por el alto número de jóvenes que perecieron en aquel infierno. El historiador Alistair Horne afirma que ningún bando ganó en Verdún: “Fue la batalla indefinida en una guerra indefinida, la batalla innecesaria en una guerra innecesaria, la batalla en la que no hubo ningún vencedor en una guerra sin vencedores”. Por su parte, el escritor francés Céline describe su bautismo de fuego en el Frente Occidental en la novela Viaje al fin de la noche (1932): “Por encima de nuestras cabezas, a dos milímetros, a un milímetro tal vez de las sienes, venían a vibrar, uno tras otro, esos largos hilos de acero tentadores trazados por las balas que quieren matar en el aire caliente del verano (...). Yo acababa de descubrir de un golpe y por entero la guerra. Había quedado desvirgado”.

Cinco elementos caracterizaron tanto aquel terrible enfrentamiento como toda la Gran Guerra: las bombas de mano, los gases tóxicos, las trincheras, las alambradas y las ametralladoras. La contundencia de fuego de estas últimas complicó muchísimo el avance de grandes masas de soldados, ya que un solo ingenio podía acabar en segundos con centenares de hombres. La casi imposibilidad de utilizar la caballería y el despliegue de la infantería desembocaron en un estancamiento del frente a lo largo de centenares de kilómetros.

 

Batalla del Somme (julio-noviembre de 1916)

El 1 de julio, los jefes de los Estados Mayores aliados, el francés Joffre y el británico Douglas Haig, iniciaron la ofensiva en el departamento del Somme. Tras una semana de bombardeo de artillería, veintiséis divisiones británicas y catorce francesas avanzaron en un frente de cuarenta kilómetros. El primer día, el coste humano del ataque fue desolador: murieron algo más de un millar de oficiales británicos y más de veinte mil soldados, y veinticinco mil sufrieron heridas graves. La potencia de fuego y la resolución de los británicos hicieron que los alemanes transfirieran 60 cañones pesados y dos divisiones de infantería de Verdún al Somme. “Muchos de los cadáveres quedaron en tierra de nadie hasta que la intensidad del sol de agosto los redujo a esqueletos”, escribe el historiador británico Martin Gilbert.

Otros cuerpos quedaron sumergidos en el río Somme o semienterrados, pero la virulencia de los bombardeos removía la tierra y desenterraba fragmentos de estos cadáveres. En la Batalla del Somme participó el oficial británico John Ronald Reuel Tolkien como miembro de la Compañía B del 11º Batallón de Fusileros de Lancashire. El joven Tolkien se enfrentó por primera vez a la lucha en los embarrados campos franceses, en los que los árboles parecían esqueletos de una pesadilla, ennegrecidos por la pólvora y la metralla. Pero lo peor eran los cadáveres espantosamente mutilados, las explosiones y los gritos de dolor de los que caían heridos mientras avanzaban hacia el enemigo. Tolkien contrajo la fiebre de las trincheras y fue evacuado a la retaguardia, lo que sin duda le salvó de la muerte: la práctica totalidad de sus compañeros fueron aniquilados por los morteros alemanes. Más tarde, el escritor les rendiría tributo en la Ciénaga de los Muertos de su obra cumbre, El señor de los anillos (1954).

Batalla del Somme
Imagen: Wikimedia Commons.

 

Testimonios del horror

También el escritor alemán Ernst Jünger rememoró –en Tempestades de acero (1920)– su experiencia en aquellas trincheras: “Los últimos días de septiembre de 1916, mi división entró a actuar en la Batalla del Somme. Para nosotros fue esta la primera de las monstruosas batallas que siguieron, cuya impresión muy difícilmente se puede describir; aquello era más infierno que guerra”. Mientras duró esa matanza, los soldados alemanes no llegaron a tener un solo minuto de sueño tranquilo. Los bombardeos eran tan atronadores que muchos sufrían ataques de pánico. “Acababa de quitarme las botas cuando oí que nuestra artillería abría fuego con extraña intensidad desde la linde del bosque. Al mismo tiempo, apareció en la boca de la galería mi ordenanza, Paulicke, que me gritó: ¡Ataque de gas!”. Jünger salió del abrigo y subió a un apostadero, desde el cual vio una gigantesca nube formada por espesos vapores blancuzcos que estaba suspendida sobre la localidad de Monchy.

Batalla del Somme
Imagen: Wikimedia Commons.

 

Un tándem muy poderoso

A principios de octubre, el frente alemán se tambaleó, pero no llegó a romperse. La estrategia germana de obligar al enemigo a entablar batallas de desgaste se mostró, una vez más, inútil frente a la solidez de las posiciones fortificadas. La Batalla del Somme finalizó el 5 de noviembre dejando tras de sí unos 150 000 muertos anglo-franceses y unos 160 000 alemanes. Aquel brutal sacrificio humano escandalizó a la opinión pública europea y le pasó factura al mariscal francés Ferdinand Foch, que fue relevado del mando (aunque volvería a cobrar protagonismo al final de la guerra). Pocos meses después, en mayo de 1917, el “héroe de Verdún”, Pétain, se convirtió en jefe de los ejércitos franceses.

Por su parte, las Potencias Centrales sufrieron una dura crisis militar que arruinó definitivamente la credibilidad de Von Falkenhayn. El Estado Mayor alemán lo destituyó y puso en su lugar al mariscal Paul von Hindenburg, que fue nombrado jefe supremo del ejército. Su subalterno, el general Erich Ludendorff, se encargaría de diseñar los planes de ataque y dirigir de facto la guerra. Desde entonces, el tándem Hindenburg-Ludendorff ejerció en Alemania un poder militar y político casi absoluto.

Batalla del Somme
Imagen: Wikimedia Commons.