Así triunfó la revolución cubana

Tras más de cinco años de lucha, el 1 de enero de 1959 Castro y sus seguidores entraron en Santiago de Cuba y se hicieron con el poder, mientras Batista partía al exilio.

Aquellos hombres que solían reunirse en la granja de Siboney no estaban construyendo ningún corral para criar pollos, la excusa que utilizaban para encontrarse allí. El 26 de julio de 1953, un centenar largo de guerrilleros que se habían estado entrenando secretamente en esa pequeña granja en las afueras de Santiago de Cuba –con la excusa de levantar un establo para la cría de ganado aviar– partieron en autobuses y automóviles hacia la ciudad. Comandados por un joven abogado desencantado de la vía electoral, Fidel Castro, querían conseguir el cambio político que el golpe de Fulgencio Batista, un año antes, había hecho imposible. Para ello iban a empezar por asaltar el principal cuartel de la ciudad, el Moncada.

 

La fallida intentona del Moncada

Antes de partir, los guerrilleros habían escuchado una exhortación de su líder, el joven Fidel, que los arengó con estas palabras: “Compañeros: podrán vencer dentro de unas horas o ser vencidos, pero de todas maneras, ¡óiganlo bien, compañeros!, de todas maneras el movimiento triunfará. Si vencemos mañana, se hará más pronto lo que aspiró Martí. Si ocurriera lo contrario, el gesto servirá de ejemplo al pueblo de Cuba. (…) ¡Libertad o muerte!”.

El ataque se organizó en tres grupos: el comando principal, encabezado por Fidel, atacaría el edificio del cuartel, mientras que otras dos secciones asaltarían los bloques contiguos, donde se hallaban el Hospital Civil y el Palacio de Justicia. La ofensiva sobre este último sería dirigida por Raúl Castro, el hermano pequeño del líder.

Los asaltos colaterales se saldaron con un éxito fácil, pero no así el principal. Tras traspasar la garita del cuartel, Fidel y sus hombres fueron sorprendidos por una patrulla de guardia y por un sargento, que dieron la voz de alarma. Todo se complicó y se pusieron de manifiesto entonces las carencias de los guerrilleros: sus enemigos eran más numerosos y estaban mejor armados. Tras un intenso combate y muchas bajas, Fidel Castro fue detenido.

 

La mejor defensa es el ataque

La reacción de Batista fue brutal y se dice que dio la consigna de que quería diez revolucionarios muertos por cada soldado caído. Los prisioneros fueron maltratados y torturados. Sin embargo, estos excesos se iban a volver en contra de Batista, ya que generaron una fuerte solidaridad hacia los revolucionarios, que se extendió por toda la isla. Personalidades prominentes, como el obispo de Santiago, pidieron que se salvara la vida de Castro.

Este, al ser abogado, decidió defenderse él mismo en el juicio que se celebró en su contra. Convirtió su alegato en una denuncia contra Batista y una declaración de intenciones política que incluyó su proyecto de “cinco leyes revolucionarias” que habría promulgado en el acto si hubiese triunfado. Prefiguraban su proyecto político, con medidas tales como instaurar el derecho de los trabajadores de las azucareras –la principal riqueza económica de Cuba– a recibir el 55% de los beneficios obtenidos por sus empresas, y el 30% en el caso de los obreros industriales. También quería promulgar una reforma agraria y “proscribir” los latifundios. Sin embargo, el discurso de Castro es recordado sobre todo por su famosa sentencia final, “La Historia me absolverá”, pronunciada tras dar por hecho que iba a ir a la cárcel.

 

El brazo político de Castro

Fue dura la estancia de Castro en prisión, sí, ya que se le recluyó junto a veinticinco de sus compañeros en el Presidio Modelo de la remota Isla de los Pinos, a 60 kilómetros de la isla de Cuba. Pero también fue mucho más corta de los trece años que preveía su condena. Después de 22 meses, en mayo de 1955, todos fueron liberados gracias a una amnistía para los presos políticos concedida por Batista, quien el mes de noviembre anterior había ganado unas fraudulentas elecciones presidenciales que le permitieron demostrar magnanimidad.

Pero la distensión política duraría poco. Castro no se había reblandecido en prisión; todo lo contrario. Salió de ella convertido en un político más radical y fundó el Movimiento Revolucionario 26 de Julio (en alusión a la fecha en que habían atacado el cuartel Moncada), junto a sus seguidores más convencidos. Esta formación sería el brazo político de Castro. Su radicalización no dudó en ponerla de manifiesto en los artículos periodísticos que fue publicando en los siguientes meses, en los que residió en La Habana. Su descalificación de Batista, al que tildó en un texto de “fanfarrón, deshonesto y corrupto”, provocó el restablecimiento de la censura. Así que Fidel optó por poner tierra de por medio y marcharse a México, adonde llegó en julio de 1955.

 

Che Guevara, un alma gemela

El cubano veía a México como el “país ideal” para preparar su revolución. El propio régimen mexicano había nacido del levantamiento más izquierdista acaecido en toda la región y se había caracterizado por medidas muy ideológicas ajenas al cálculo de intereses, en especial la de no reconocer al régimen de Franco en España. Era también México un lugar de refugio político para prácticamente todos los perseguidos por las dictaduras latinoamericanas. Y allí se encontraba desde meses atrás su hermano Raúl, quien le presentaría a uno de esos asilados, el joven viajero y revolucionario argentino Ernesto Guevara, el Che, que había llegado al territorio mexicano después de marcharse apresuradamente de Guatemala, donde los militares habían dado un golpe de Estado financiado por la CIA contra el gobierno democrático.

La conexión entre ambos jóvenes fue total y se influyeron mutuamente con sus ideas, lo que a largo plazo marcaría el devenir de Cuba. Por ejemplo, fue el Che quien contagió a Castro la desconfianza que sentía hacia Estados Unidos, cuyos manejos para defender intereses económicos había contemplado en Guatemala. Y los unía sobre todo su creencia en que la insurrección violenta era el único camino posible en Cuba.

 

Entrenamiento guerrillero en México

Fidel Castro quería constituir una fuerza guerrillera y dedicó su estancia en México a intentar recaudar dinero para la causa: si a su llegada creía que podría recolectarlo entre la población mexicana, pronto se daría cuenta de que esta no se hallaba tan interesada en los asuntos cubanos y de que la pobreza en el país azteca no daba para muchas alegrías. Así que se concentró en hacerlo entre la comunidad cubana en el exilio, que ya entonces era notable, tanto allí como en Venezuela y Estados Unidos, país al que él mismo viajó en octubre de 1955 para dar varios discursos. Su principal financiador fue Aureliano Sánchez Arango, un exministro que había intentado años antes la vía armada y que por entonces estaba exiliado en Miami.

Estar lejos de Cuba no era garantía de tranquilidad absoluta. El rancho donde se refugiaban fue registrado en junio de 1956, y Fidel y el Che Guevara, detenidos. Por suerte para ellos, el expresidente mexicano Lázaro Cárdenas ejerció de hombre bueno interviniendo para lograr la puesta en libertad de ambos. Castro y los suyos siguieron con el entrenamiento militar, pero en un lugar más alejado.

 

Sin noticias del Granma

En paralelo, Fidel logró financiación de otro político cubano apartado de la primera línea, el expresidente Carlos Prío Socarrás, para comprar una embarcación. Castro tuvo que tragarse algunos de sus remilgos ideológicos, ya que anteriormente había criticado la corrupción en época de Socarrás. Con los fondos pudo adquirir un pequeño yate a motor, accesible para sus posibilidades económicas, el Granma. Su intención era transportar en él a su pequeña cuadrilla de revolucionarios.

El 2 de diciembre, el Granma encalló en un arrecife cercano a la playa de Las Coloradas, en la provincia de Oriente. Su mareada tripulación había llegado dos días más tarde de lo previsto y eso estropeó los planes, ya que se había previsto que su desembarco coincidiera con un levantamiento en Santiago que distrajera a los militares y permitiera transportar a los guerrilleros hasta la montaña sin dificultades en unos camiones que los esperaban. La maniobra de distracción se había llevado a cabo, pero el 30 de noviembre, dos días antes, como estaba previsto. Sin noticias del Granma, también el transporte que esperaba a los revolucionarios tuvo que retirarse. Para más inri, el desembarco fue descubierto enseguida y los revolucionarios fueron hostigados desde el momento en que pusieron pie en tierra firme. Varios guerrilleros fueron detenidos, otros asesinados y solo unos pocos lograron atravesar un manglar cercano y dispersarse, según las cifras difundidas posteriormente en las múltiples historias –por no decir leyendas– que rodean a este mitificado episodio.

 

Todo un éxito propagandístico

Los escasos supervivientes de este y otros enfrentamientos que hubo en días posteriores se instalaron en Sierra Maestra, la gran cordillera del sudeste de Cuba, un lugar lejano para los que se habían criado en La Habana, como el propio Castro, que apenas la conocía más que por una visita juvenil y por los libros de geografía. Por ello les resultó de gran ayuda el apoyo de un líder campesino, Crescencio Pérez, quien les granjeó las simpatías de la población rural y favoreció el reclutamiento de esta para nutrir a la nueva guerrilla.

Así pudieron reunir hasta 800 combatientes y prepararse para una confrontación larga, aunque se trataba de una fuerza exigua comparada con los 70.000 del ejército de Batista. Además, las huestes batistianas se habían reforzado con la creación de unas brigadas paramilitares integradas por civiles y conocidas como los Tigres de Masferrer por el nombre de su líder, Rolando Masferrer, un antiguo izquierdista convertido a la agitación fascistoide. Sus hombres sembraron el terror en Santiago de Cuba, vestidos con sus inconfundibles gorras de béisbol blancas, encabezando la represión oficiosa.

Mientras tanto, la guerrilla se convirtió en todo un éxito propagandístico al conseguir llevar hasta aquellas recónditas montañas a un corresponsal de guerra del New York Times, Herbert Matthews, que relataría la aventura de Fidel y los suyos en “los escarpados y casi impenetrables reductos de Sierra Maestra”. El periodista decía que Fidel había “cautivado la imaginación de la juventud cubana”. Pronto haría lo mismo con la del resto del mundo.

 

El asesinato de Frank País

El año había comenzado con un ambicioso intento de atacar el palacio presidencial de La Habana y matar a Batista. Para ello, los castristas habían llegado a un acuerdo con otra de las fuerzas guerrilleras que operaban en la isla, la Organización Auténtica –brazo armado del partido de los Auténticos–, financiada también por el expresidente Socarrás. Un grupo de 50 guerrilleros dirigido por Fauré Chomón y Carlos Gutiérrez Menoyo realizó la operación. Lograron entrar en el palacio y llegaron hasta la tercera planta, pero no localizaron a Batista, que presumiblemente había logrado huir a través de una escalera interior de su despacho. El asalto en paralelo a la emisora Radio Reloj –a través de la cual se pretendía anunciar la muerte del dictador y llamar a una huelga general– también fracasó y el jefe de la guerrilla de los Auténticos, José Antonio Echeverría, otro joven y carismático líder, murió en las acciones. Este fracaso, paradójicamente, dejaba a Castro como único líder visible de la rebelión.

El 22 de julio de ese año, en Santiago ocurrió un luctuoso y decisivo incidente que acabaría de impulsar las simpatías hacia sus revolucionarios entre quienes todavía se mostraban reacios. La policía asesinó a Frank País, el líder de la rama estudiantil del Movimiento 26 de Julio de Fidel. El joven País contaba solo veintidós años cuando fue brutalmente golpeado tras ser detenido en la calle durante un registro e inmediatamente asesinado, acribillado a balazos en un callejón, sin que ni siquiera la policía se plantease llevarlo a comisaría. El coronel que dirigía la redada ordenó a voz en grito tirar “delante de todo Santiago”.

La salvaje ejecución consternó a todo el país, que ya no podía ignorar la crueldad implacable en la que se había sumido el régimen de Batista. Enseguida se despertó una oleada de solidaridad y se realizaron nuevas acciones armadas, alguna de ellas espectaculares, como un amotinamiento dentro de la fuerza naval en Cienfuegos, apoderándose los sublevados de la base militar y de la ciudad durante todo un día, aunque luego debieron ceder ante el duro contraataque de las tropas de Batista. Los apoyos a Castro y sus guerrilleros se multiplicaron.

En marzo, los revolucionarios abrieron un nuevo frente de batalla en la zona oriental de la isla, en la Sierra Cristal, dirigido por Raúl Castro. A este frente le dieron el nombre de Frank País, demostrando de nuevo su gran habilidad propagandística, en la que siempre llevaron ventaja al régimen al que pretendían derrocar.

En la proyección de cómo debía desarrollarse la caída de este se consideraba que el acontecimiento fundamental sería una huelga general revolucionaria, que incluiría acciones armadas. Se intentó pactar con todas las fuerzas políticas opositoras para aumentar su repercusión y se programó su convocatoria para el 9 de abril de 1958. Fue un fracaso porque se trataba de una acción eminentemente urbana y los activistas en las ciudades carecían de armas suficientes.

X

 

Ofensiva en Sierra Maestra

Aprovechando el contratiempo, Batista ordenó de inmediato un ataque sobre Sierra Maestra con miles de soldados. La ofensiva duró dos meses, pero fracasó. Castro equipararía la resistencia de los suyos a la de los espartanos en las Termópilas, nada menos. Según el recuento del Che Guevara, Castro no exageraba demasiado: en el pueblo de Las Mercedes, 200 fusiles revolucionarios resistieron durante dos días a 10.000 armas de Batista.

Con el refuerzo que este triunfo supuso, Castro y sus lugartenientes se vieron capaces de lanzar una ofensiva final destinada a apoderarse de la parte occidental de la isla. La primera parte del ataque consistía en la ofensiva comandada por el Che sobre el centro de la isla, que se focalizó en controlar la provincia de Las Villas. De esta forma se pretendía impedir las comunicaciones entre los dos extremos de la isla, dificultando la coordinación de las acciones gubernamentales y aislando al dictador en La Habana. Al mismo tiempo, otra operación dirigida por Camilo Cienfuegos se dirigió hacia el occidente de la isla y concretamente a la capital, aunque finalmente se recondujo hacia Pinar del Río. Por su parte, Fidel y Raúl Castro dirigieron sendos comandos hacia Santiago de Cuba.

 

Año Nuevo, Cuba nueva

A mediados de diciembre de 1958, el Che logró una victoria decisiva al conquistar la ciudad de Santa Clara, capital de la provincia de Las Villas. Con 150.000 habitantes, era la piedra angular de las comunicaciones de todo el país, ferroviarias y por carretera. Con este gozne estratégico en su poder, más el control de la zona oriental de la isla, los revolucionarios tenían la victoria en sus manos. Batista era consciente de ello y en la Nochevieja de 1958 partió en un vuelo que lo conducía al exilio en la República Dominicana.

“Duro y largo ha sido el camino, pero hemos llegado”. Con esta mesiánica frase arrancaba su primer discurso, el 1 de enero de 1959, día de Año Nuevo, Fidel Castro. La proclama la lanzó desde el Ayuntamiento de Santiago de Cuba. Había elegido este lugar para su intervención triunfal en agradecimiento al apoyo que siempre le había prestado la ciudad desde los difíciles inicios de la Revolución. Allí había dado sus primeros pasos revolucionarios, con el ataque al cuartel Moncada, y allí culminaba ahora la aventura de derribar al régimen dictatorial. “La Revolución empieza ahora”, dijo.