Así fue la Guerra de Indochina

En la Batalla de Dien Bien Phu, el ejército de una colonia humillaba por primera vez a una gran potencia industrial. Lo que al principio fue solo una guerra de independencia se transformó en la etapa inicial del episodio más sangriento de la Guerra Fría, un conflicto que asoló Vietnam casi sin interrupción de 1945 a 1975.

Guerra de Indochina
Imagen: Wikimedia Commons.

El 2 de septiembre de 1945, a bordo del acorazado USS Missouri, fondeado en la bahía de Tokio, representantes japoneses firmaron la capitulación ante los aliados, con lo que se puso fin oficialmente a la Segunda Guerra Mundial. Ese mismo día, en Hanói, al norte de la Indochina francesa –territorio colonial formado por Vietnam, Camboya y Laos–, el líder nacionalista y comunista Ho Chi Minh aprovechaba el vacío de poder existente tras el fin del conflicto para declarar la independencia de la República Democrática de Vietnam. El acto transcurrió en un ambiente festivo y en medio de un enorme júbilo popular. El Tío Ho, como le llamaban mayoritariamente sus compatriotas, citó la Declaración de Independencia de Estados Unidos –todos los hombres son iguales, la búsqueda de la libertad y la felicidad es un derecho inalienable, etc. – y la Declaración de los Derechos del Hombre de la Revolución Francesa (“los hombres nacen y permanecen libres e iguales”). Luego, en uno de los momentos culminantes del acto, un avión americano sobrevoló la plaza Ba Dihn, abarrotada con 400 000 personas, y fue ovacionado por la multitud.

El suceso no despertó gran interés en Francia, que en la Conferencia de Potsdam había recibido garantías de que su soberanía sobre Indochina era intocable. Pero un año más tarde empezó una guerra en la que los franceses sufrirían una humillante derrota a mediados de los cincuenta y que desembocaría directamente en la Guerra de Vietnam.

Giap y Ho Chi Minh
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No fue posible la paz

Siguieron a la declaración de independencia meses de conflictos y negociaciones. En Potsdam los aliados habían dividido Vietnam en dos mitades con el fin de desarmar a los japoneses: los británicos al sur del Paralelo 16 y los chinos nacionalistas de Chiang Kai-shek (es decir, el Kuomintang) al norte. Ho Chi Minh se encontró así con una fuerza de casi 200 000 soldados chinos –el tradicional enemigo de Vietnam– que amenazaban con quedarse y actuó con pragmatismo: en los acuerdos del 6 de marzo de 1946, aceptó la vuelta temporal de las tropas francesas a Hanói para que los reemplazaran. A cambio, Francia reconocía a la República de Vietnam dentro de la recién creada Unión Francesa, que debía sustituir al Imperio colonial francés. Ho Chi Minh partió entonces a París para seguir negociando y, a pesar de todas las discrepancias –especialmente, la decisión de Francia de desgajar el sur de Vietnam (Cochinchina) y convertirlo en una entidad independiente–, en los Acuerdos de Fontainebleau del 14 de septiembre se firmó un modus vivendi y se pactó retomar los contactos al año siguiente. Pero el 23 de noviembre, tras un confuso incidente aduanero, Francia bombardeó desde el mar la ciudad de Haiphong, al norte del país, y causó 6 000 muertos. Esta actuación encendió la mecha de una serie de enfrentamientos que en diciembre de 1946 llevaron a una insurrección en Hanói y al comienzo de la Guerra de Indochina.

El desafío vietnamita al poder de Francia tuvo lugar en el contexto de uno de los procesos históricos más importantes del siglo XX, la descolonización, y la reacción francesa es una muestra de su incapacidad para comprender la verdadera dimensión de lo que estaba ocurriendo. Tras la convulsión y el debilitamiento de las potencias europeas que supuso la Segunda Guerra Mundial, el desmantelamiento de los imperios coloniales era inevitable, una mera cuestión de tiempo. Más aun en el caso de Francia, que era quien había sufrido el golpe más duro a su estatus internacional: derrotada por los nazis en cuestión de días, liberada por extranjeros y excluida de las decisiones que tomaban los vencedores (Estados Unidos, el Reino Unido y la URSS).

A menudo se ha comparado la relativa facilidad con que se desmanteló el Imperio británico con el empecinamiento francés en resistir a toda costa, primero en Indochina y luego en Argelia, una postura que no respondía solo a los intereses económicos de Francia –el caucho vietnamita, por ejemplo, era fundamental para la industria del automóvil–, sino que también estaba relacionada con esa necesidad de restañar el orgullo herido y recuperar su posición de gran potencia. El problema de Francia fue que no contaba ya con medios materiales ni –especialmente– con tropas para hacerlo. Tampoco tenía fuerza suficiente para imponerse el Vietminh, y por eso ambos se embarcaron en un enfrentamiento que duró nueve años y en el que los vietnamitas tuvieron siempre su fuerza en el norte, sobre todo en las zonas rurales, desde donde lanzaron incursiones al sur y asimismo al vecino Laos.

 

En Potsdam, Francia recibió garantías de que su soberanía sobre Indochina era intocable; un año más tarde, Vietnam la desafió

 

Gran potencia contra guerrilla

Francia se metió en la guerra convencida de su capacidad de gran potencia industrial dotada de armamento moderno. “Solo necesitamos una operación policial ordinaria de ocho días para sacaros de allí”, le dijo Max André, jefe de la delegación francesa, a Phạm Văn Đồng, futuro primer ministro de Vietnam del Norte y del Vietnam reunificado, durante las negociaciones de Fontainebleau, refiriéndose a la arbitraria decisión de desgajar Cochinchina del resto del país. Los vietnamitas tenían, sin embargo, una tradición de 1 000 años de combatir a invasores chinos y mongoles basada en la guerra de guerrillas, lo que hizo que para Francia el conflicto fuera inmanejable.

La estrategia del Vietminh se basaba en dos principios. El primero era la movilidad constante: “Si el tigre se detiene, el elefante lo ensartará con sus colmillos; pero el tigre no se detendrá y el elefante morirá de agotamiento y desangrado”, explicó a sus compatriotas, en su mejor estilo oriental, el Tío Ho. El segundo era el compromiso de toda la población, expresado también por Ho Chi Minh en un llamamiento en el que parecen escucharse ecos del Churchill de 1940: “Cada ciudadano es un combatiente, cada aldea una fortaleza; los que tienen rifles usarán ri­fles, los que tienen espadas usarán espadas; los que no, usarán palas, azadas y bastones”.

Guerra de Indochina
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Las palabas de Ho no eran mera retórica. El Vietminh gozaba por entonces de un prestigio imbatible entre el pueblo vietnamita. Lo había ganado sobre todo con su incesante actividad durante la hambruna que asoló el país desde octubre de 1944 y a lo largo de casi todo el año siguiente y que, ante la impasibilidad de las potencias entonces ocupantes, Japón y Francia, se cobró dos millones de muertos. Frente a la guerrilla vietnamita, Francia recurrió a tácticas que le habían dado resultado en guerras coloniales pasadas –en los años veinte en Marruecos, por ejemplo–. Empleó sobre todo el método conocido como la ‘mancha de aceite’: crear puntos de gran poder militar desde los que ir extendiéndose para llevar a cabo lo que denominaban “pacificar” o “limpiar de terroristas”. Por otra parte, la obsesión francesa era atraer al Vietminh a una gran batalla, decisiva para aniquilarlo con su inconmensurable potencia bélica. Al final conseguiría que el enemigo aceptara ese reto, solo que con resultados muy distintos a los previstos. Pero para eso todavía faltaba mucho tiempo y mucho sufrimiento. A finales de la década, al cabo de tres años de guerra, esas estrategias respectivas habían llevado el con­flicto a un sangriento punto muerto.

 

Francia se resistía a la descolonización: necesitaba restañar su orgullo herido tras la II Guerra Mundial

Guerra de Indochina
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La implicación de Estados Unidos

Aunque ahora suene raro, inicialmente Estados Unidos tenía simpatía por el Vietminh. A finales de la Segunda Guerra Mundial, los guerrilleros de Ho Chi Minh lucharon codo con codo junto a los americanos contra Japón. La OSS –antecedente de la CIA– los entrenó y les proporcionó armas a cambio de información logística crucial sobre el terreno y los movimientos de los japoneses. Ho Chi Minh le enseñó el borrador de independencia a Archimedes Patti, el oficial de las OSS al mando, que se mostró gratamente sorprendido al encontrar tantas referencias a las libertades americanas. En 1945, la Guerra Fría aún no había empezado y el hecho de que Ho Chi Minh fuera comunista quedaba en segundo plano frente a su perfil nacionalista, que sintonizaba bien con el tradicional desprecio americano –y, en particular, el del presidente Roosevelt– por el colonialismo europeo.

A pesar de compartir esos sentimientos anticolonialistas, Harry Truman no reconoció la independencia de Vietnam ni respondió a Ho Chi Minh en las distintas ocasiones en que este le pidió apoyo. La clave era puramente geopolítica: recién acabada la guerra, la reconstrucción de una Europa fuerte se convirtió para Estados Unidos en una prioridad, y Francia, igual que Italia, se encontraba entre los países en riesgo de caer bajo la in­fluencia comunista.

En la primera fase del con­flicto vietnamita, por tanto, Estados Unidos adoptó una posición de equívoca –por escorada hacia los franceses– neutralidad. Francia, por su parte, intentó tomar la iniciativa política y ganar el apoyo de la población dando una independencia limitada –dentro de la Unión Francesa– al Estado de Vietnam (marzo de 1949) , al al frente del cual situó al antiguo emperador Bao Dai, y concediendo un estatus similar a Laos y Camboya. El Vietminh no aceptó esa soberanía cercenada ni la imposición de Bao Dai.

Con el cambio de década, la situación dio un vuelco con dos acontecimientos cruciales. El primero fue la llegada al poder en China del comunista Mao Zedong, en octubre de 1949, suceso que entre el establishment político americano se vivió como una tragedia, dado su apoyo incondicional a Chiang Kaishek, y del que se responsabilizó de forma reiterada y absurda a la Administración Truman. El segundo fue el inicio de la Guerra de Corea, en 1950, momento en que EE UU se embarcó militarmente en una cruzada para frenar el comunismo.

En ese año clave de 1950, la Guerra de Indochina se internacionalizó y quedó subsumida en la dinámica de la Guerra Fría. En mayo, Truman autorizó ayuda material a los franceses por valor de diez millones de dólares. En junio, empezó la Guerra de Corea y la ayuda aumentó. En diciembre, EE UU había entregado ya a Francia 115 millones en suministros, aviones, tanques y el temible napalm. El Vietminh empezó a recibir a su vez armamento pesado de la recién creada República Popular China. En enero de 1953, llegó a la Casa Blanca Eisenhower, que, rodeado de halcones de la talla de Foster Dulles y Nixon, siguió aumentando la financiación. Cuando en abril de 1954 expuso la Teoría del Dominó –si un país cae en el comunismo, arrastra a sus vecinos–, Estados Unidos pagaba el 80% del esfuerzo bélico francés.

Christian de Castries
Christian de Castries. Imagen: Wikimedia Commons.

 

La madre de todas las derrotas

A pesar de toda la ayuda estadounidense, la guerra seguía en punto muerto, por lo que Francia quiso dar un golpe de mano buscando la batalla definitiva. El general Henri Navarre eligió como escenario un valle cercano a la aldea de Dien Bien Phu, un lugar inaccesible y aislado que contaba con una pista de aterrizaje y al que trasladó a unos 13 000 hombres, la mayoría de ellos en paracaídas. La premisa de la que partía Francia era que el Vietminh nunca conseguiría transportar armamento pesado a la zona, rodeada de selvas y montañas, pero que mordería el anzuelo de llevar allí a sus tropas y sería destrozado por la aviación. Al mando, se situó al general Christian de Castries, un aristócrata con poca experiencia en labores defensivas que se reveló como el menos indicado para la tarea.

 

En 1950, con EE UU financiando a Francia, la guerra se internacionalizó como parte de la Guerra Fría

 

El problema fue que la premisa francesa resultó ser falsa. Por medio de una proeza logística descomunal, los vietnamitas consiguieron llevar a la zona todo el armamento necesario, además de a unos 50 000 hombres, cuatro veces el número de franceses. Tras este heroico esfuerzo estaba el mítico general Giap, un humilde profesor de historia, sin formación militar, que había aprendido estrategia leyendo a Clausewitz y Napoleón.

La batalla comenzó el 13 de marzo de 1954, y los masivos bombardeos y ataques de la infantería del Vietminh dejaron enseguida claro hasta qué punto Francia se había equivocado. Ese primer día cayeron las posiciones Beatrice y Gabrielle –De Castries les había dado el nombre de sus antiguas amantes–. Tal fue la conmoción, que el jefe de la artillería francesa, Charles Piroth, se encerró por la noche en su búnker y se explotó una granada contra el pecho (la noticia se ocultó a la tropa). Al día siguiente, la pista de aterrizaje quedó inutilizada, por lo que las tropas francesas no pudieron recibir más suministros ni evacuar a los heridos. Según muchos de los que estuvieron allí, De Castries se convirtió de pronto en un hombre ensimismado, poco comunicativo, incapaz de reaccionar con la rapidez que la situación exigía.

Giap cambió entonces de estrategia. Suspendió los ataques masivos, que le habían costado miles de hombres, y empezó a construir un círculo de trincheras alrededor de Dien Bien Phu. Las fuerzas vietnamitas crearon así un nudo corredizo que se fue estrechando cada vez más. El sitio se convirtió en un infierno para los franceses, a quienes se les prohibió rendirse por una cuestión de honor. Por fin el 7 de mayo, tras 55 días de pesadilla, el Vietminh tomó el cuartel general francés de Dien Bien Phu. Francia había querido decidir la guerra con un golpe audaz y se vio obligada a abandonar Indochina de­finitivamente.

Bien Dien Phu
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