Armas de fuego en EEUU: una herida abierta

Desde el Lejano Oeste, las armas forman parte de la idiosincrasia de Estados Unidos, que parece vivir y morir por ellas. Periódicamente, matanzas en masa como las de El Paso y Dayton (cada vez más mortales y frecuentes) reabren el debate sobre su uso y control.

Imagen: Getty Images.

El fin de semana del 3 y el 4 de agosto de 2019, dos tiroteos separados por solo 13 horas de diferencia volvieron a conmocionar a Estados Unidos. En total, murieron 32 personas y más de 50 resultaron heridas. El supremacista blanco autor de la masacre en un centro comercial de El Paso (Texas) aseguró querer “matar mexicanos”, mientras que el artífice de la de Dayton (Ohio), que tuvo lugar en una zona de bares, fue abatido llevándose consigo numerosos interrogantes.

Al margen de que les movieran o no motivos de odio, y de que la política antinmigración del presidente Donald Trump pueda alimentarlos, cada vez que alguien protagoniza una matanza se reabre el debate sobre la posesión de armas de fuego, amparada como un derecho por la Constitución. Un debate que está presente desde hace mucho tiempo, desde la época de los pioneros.

 

América (y las armas) para los americanos

Símbolo de poder donde los haya, las armas de fuego no dejan a nadie indiferente, y menos aún a los estadounidenses, que llevan siglos conviviendo estrechamente con ellas. Desde el fusil de llave de chispa hasta el fusil de asalto, han protegido asentamientos, facilitado el comercio y asegurado la llamada mayor democracia del mundo. Y por ello se ha pagado un alto precio.

Al tiempo que la tecnología armamentística ha ido avanzando, se ha ido incrementando su eficacia y su capacidad letal. En el último medio siglo, han muerto más estadounidenses por tiroteos con armas de fuego que en todas las guerras juntas en las que el país ha participado. Hoy, alguien con un arma moderna puede provocar el mismo desastre que antiguamente un pelotón de soldados.

Para muchos, las armas de fuego están en el ADN del país. Han estado presentes desde que los primeros exploradores europeos desembarcaron en sus costas. Todo empezó hace unos 500 años con la necesidad de cazar para sobrevivir en un medio hostil. Actualmente, los cazadores defienden las armas aduciendo que los impuestos recaudados con su venta ayudan a proteger los grandes espacios naturales. Pero ya en 1937, el Congreso aprobó un impuesto sobre armas de fuego y munición para gravar (un 11%) a los fabricantes, y si a eso se le suma el coste de las licencias de caza, la cifra equivale a millones de dólares. Si bien esto es cierto en el ámbito rural, la cosa es muy distinta en los grandes centros urbanos como Chicago, apodada “la capital del asesinato”. Allí defienden su tenencia como parte de su cultura, que se remonta a la legendaria conquista del Oeste.

Imagen: Getty Images.

 

Un derecho constitucional

Colonos y buscadores de oro, ganaderos y agricultores, sheriffs y atracadores de bancos: todos los que ayudaron a forjar el Oeste norteamericano tuvieron en sus manos un Winchester, fusil que salió al mercado en 1866, mientras que el Colt de 1873, el “Pacificador”, se convirtió en el revólver más famoso. Pero fue mucho antes cuando nació la idea de la necesidad de tener armas de fuego para la supervivencia, para poder defenderse.

Las primeras llegaron de Europa, pero con el tiempo armeros europeos se asentaron en territorio americano. A diferencia del Viejo Continente, donde solo estaban en manos de los más ricos, en Norteamérica era habitual poseer alguna. Los colonos debían estar preparados, pues los peligros y amenazas se hallaban por doquier: los nativos americanos, los españoles, los franceses... Con el fin de combatirlos, se organizaron milicias ciudadanas y se estableció por ley que todo el mundo tuviera un arma.

En 1770 soplaban ya aires prerrevolucionarios y la Masacre de Boston –soldados británicos dispararon a un grupo de colonos que protestaban contra la tiranía inglesa– encendió la chispa de la independencia americana. La guerra estalló el 19 de abril de 1775 cuando soldados británicos (de nuevo) avanzaron hacia Massachusetts, Lexington y Concord con el fin de confiscar los almacenes de armas de los colonos. Fue una guerra que terminó con la derrota del ejército mejor entrenado del mundo. Con aquella victoria, definitivamente, las armas de fuego se ganaron un lugar en la historia americana y en su Carta Magna. La Segunda Enmienda de 1791 lo aclaraba así: “Como es necesaria una milicia bien regulada para la seguridad de un Estado libre, no se violará el derecho del pueblo a poseer y portar armas”. Afectaba a territorios donde el Estado aún no estaba implantado y donde la seguridad la garantizaban ejércitos privados o grupos de autodefensa. Esta enmienda cambió radicalmente la relación del país con las armas de fuego.

 

En el último medio siglo, han muerto más estadounidenses por tiroteos con armas de fuego que en guerras.

 

 

Ya en el siglo XIX, mientras la tasa de homicidios en las ciudades del este aumentaba debido a la difusión del Colt, que presentaba muchas ventajas (portátil, relativamente barato, fácil de ocultar, disparaba seis tiros sin tener que recargar), la Guerra Civil (1861-1865) revolucionaba el mundo armamentístico. La producción en serie se disparó y las armas se volvieron más mortíferas. Al final, tanto en un bando como en el otro se permitió a los soldados quedárselas, lo que sentó la base de la moderna cultura de las armas. Y durante los siguientes cincuenta años, la violencia social estaría muy presente.

Pero, pese a estar muy extendidas, poca gente sabía utilizar las armas. Por eso, mientras el gobierno intentaba regular su uso, en 1871 un grupo de veteranos creó la Asociación Nacional del Rifle (NRA) para entrenar a civiles y promover la caza. El primer presidente del que se convertiría en el más poderoso lobby del país fue un general del Ejército de la Unión: Ambrose Burnside. Desde entonces, lo han dirigido, entre otros, el presidente Ulysses S. Grant y el actor Charlton Heston, que dimitió en 2003, obligado por el alzhéimer. En su despedida, blandiendo un clásico Winchester de 1866, dirigió estas palabras a sus compañeros: “Solo me lo quitarán de mis manos frías y muertas”.

La década de 1920, la de la Ley Seca y el subfusil o metralleta Thompson (Tommy Gun para los amigos), el popular modelo que usaban los gánsteres, fue otro período extremadamente violento, sobre todo en el mundo del hampa. Solo en Chicago quedarían más de 400 asesinatos sin resolver, algo que enfadó mucho a la opinión pública. Por eso se intentaron implantar nuevas regulaciones a escala nacional, la primera de las cuales fue la Ley Control de Armas de 1934, que prohibía “las armas de gánster”. Pero llegó 1941 y la prioridad pasó a ser combatir al Eje liderado por Hitler, así que se fabricaban armas y municiones 24 horas al día. De nuevo, al terminar la contienda los soldados quisieron quedarse con sus rifles.

Imagen: Getty Images.

 

En los años 50 y 60, los estadounidenses adquirieron millones de armas de fuego. Fue la época de las películas del Oeste, en las que los asesinos se transformaban en héroes, y del asesinato de John Fitzgerald Kennedy. En 1968 se aprobó otra Ley de Control de Armas que prohibía la venta a menores, delincuentes y enfermos mentales. La NRA cambió su prioridad: de la caza y la conservación al derecho a tener armas, convirtiéndose en la gran defensora de la Segunda Enmienda. Cada vez se fabricaban más armas y más sofisticadas. En los 70, los homicidios alcanzaron las cotas más altas y el miedo se asentó como estrategia de venta: “Tú y tu familia nunca estaréis seguros si no tienes un arma de fuego”, rezaban los eslóganes. Desde entonces, en demasiadas ocasiones se ha probado que no siempre se ha hecho un buen uso de ellas.

 

En 1791 la relación con las armas cambió, pues la Carta Magna reconoció el derecho a poseerlas y llevarlas.

 

 

Una tragedia muy mediática

El 20 de abril de 1999 parecía un día cualquiera en el Instituto Columbine de Littleton, en el estado de Jefferson, Colorado. Pero aquella mañana dos estudiantes, Eric Harris y Dylan Klebold, accedieron al centro y provocaron una matanza. Llevaban un rifle, dos escopetas recortadas y un revólver, y dispararon indiscriminadamente a sus compañeros. Antes de suicidarse, se llevaron por delante la vida de 12 estudiantes y dejaron 24 heridos. El balance podría haber sido mucho peor de haber explotado las bombas que habían colocado previamente.

Aunque todavía no existía la cultura de las redes sociales, donde la inmediatez y la globalización son las normas, Columbine tuvo una cobertura mediática sin precedentes. Ha inspirado bastantes libros, algunas películas y un documental, Bowling for Columbine, de Michael Moore, que ganó el Oscar en 2003. En él, Moore entrevista a Charlton Heston, acérrimo defensor de las armas cuyas palabras fueron muy criticadas. La tensión entre ambos resulta evidente y el encuentro terminó con Heston abandonando el rodaje y Moore persiguiéndole con una foto de una de las víctimas que murieron en el instituto. Después de esto, el actor se convirtió en una figura polémica, pero también después de que, a las pocas semanas de la matanza, la Asociación Nacional del Rifle no suspendiera su convención anual en Colorado.

Uno de los asesinos del ataque a Columbine. Imagen: Getty Images.

 

El punto de inflexión

Veinte años más tarde, la tragedia de Columbine sigue muy presente en la memoria colectiva de los estadounidenses porque marcó un punto de inflexión en la manera de abordar este problema. Tanto es así que la palabra Columbine se convirtió en una especie de sinónimo para este tipo de ataques. Y, lamentablemente, aparte de haber dejado huella en el cine y la literatura, también la dejó en imitadores que, fascinados por el ejemplo de sus dos artífices, se inspiraron en ella para sus matanzas en otros centros escolares. Según los expertos, Eric y Dylan atraen a jóvenes que se sienten ignorados, marginados o víctimas de bullying porque representan la fantasía de vengarse de quienes les atormentan y porque con sus acciones ven la forma de obtener por fin protagonismo, de permanecer en la memoria colectiva.

El tiroteo forzó a abrir el debate sobre el control de armas bajo la presidencia de Bill Clinton, que prohibió las de asalto, aunque la ley no se renovó. A raíz de Columbine se desencadenaron algunos cambios, en su momento bastante aplaudidos pero que han demostrado ser insuficientes. Desde entonces, el gobierno ha destinado millones de dólares a mejorar la seguridad en los colegios y se ha adoptado la política de Tolerancia Cero respecto a las armas en ellos, mejorando las tácticas de respuesta a crisis. Se introdujo, por ejemplo, la táctica del Despliegue Rápido de Acción Inmediata, que se activa en el caso de que haya un “pistolero activo”. Pero aunque, en general, se ha puesto más énfasis en la seguridad de los centros, las matanzas en las aulas han continuado.

Imagen: Getty Images.

 

Los “asesinos imitadores”

En 2007 tuvo lugar la mayor matanza en una universidad estadounidense: Virginia Tech. En esta ocasión, 32 personas fueron víctimas mortales de los disparos de un estudiante que terminó suicidándose. En 2009, la masacre en el centro militar de Fort Hood, Texas, arrojó un balance de 13 muertos. Y en 2011, Jared Loughner abrió fuego durante un acto de la congresista Gabrielle Giffords junto a un supermercado en Tucson, Arizona. Murieron seis personas. Giffords, que sobrevivió a un disparo en la cabeza, se convirtió en una de las líderes del movimiento por la regulación de las armas. Las masacres siguieron en 2012 : un veterano del Ejército atacó un centro sij en Wisconsin y asesinó a seis de sus miembros; un ex reservista, Aaron Alexis, asaltó el Mando de Operaciones de la Armada en Washington, y James Holmes entró en la sala de cine de Aurora, Colorado, con cuatro armas, para terminar con la vida de 12 inocentes. Aunque, probablemente, la masacre más sonada de ese año fue la de la escuela elemental Sandy Hook de Newtown, Connecticut. Allí, Adam Lanza mató a 20 niños y 6 adultos antes de quitarse la vida.

 

La Segunda Enmienda y grandes agujeros legislativos permiten un  acceso demasiado fácil a las armas.

 

 

En 2014, un universitario asesinó a seis personas en Isla Vista, California. Y 2015 fue tristemente también un año prolífico en tiroteos: en un centro de servicios sociales de San Bernardo, California (14 muertos); en una iglesia de la comunidad afroamericana de Charleston, Carolina del Sur (9); en una sinagoga de San Diego (9); en un centro comercial de Burlington, cerca de Seattle, en el estado de Washington (5), y en la Universidad de Umpqua, Oregón (10).

Al año siguiente, el 12 de junio de 2016, Omar Siddique Mateen entró en un club gay en Orlando, Florida, y disparó contra los clientes. La policía logró abatirle, pero el saldo fue de 49 muertos. Al año siguiente, Stephen Paddock disparó contra los asistentes a un concierto de country en la ciudad de Las Vegas. El resultado fue de casi 60 personas muertas y más de 400 heridas.

Entre los tiroteos de 2018, destacan el de Douglas Park de Florida (17 víctimas mortales), el de la sinagoga de la Congregación del Árbol de la Vida, en Pittsburgh, Pensilvania (11), y el de la redacción de un diario local de Annapolis, Maryland (5). También hubo una masacre en un centro docente: Dimitrios Pagourtzis, de 17 años, asesinó a 10 personas.

Imagen: Getty Images.

 

Remordimiento colectivo

La lista de asesinatos en masa parece no tener fin. Entre los estadounidenses reina un remordimiento colectivo por no haber conseguido erradicar este tipo de tragedias y el debate sobre las armas sigue en el candelero. Por ahora, la Segunda Enmienda continúa vigente, y con ella grandes agujeros en la legislación que permiten un acceso demasiado fácil a las armas de fuego. ¿Derecho a defenderse o mayor control e incluso prohibición? Esa es la cuestión sin resolver.