Al Capone, el enemigo público número uno

Comenzó a ir con bandas callejeras en Nueva York en cuanto tuvo edad para ello. De allí pasó a Chicago, donde levantó un imperio del crimen gracias al juego, la Ley Seca y la prostitución. Capone era la viva imagen del villano, pero también fue, a su manera, todo un triunfador americano.

Al Capone
Imagen: Wikimedia Commons.

La famosa Ley Seca había centrado los intereses del hampa de Chicago en actividades relacionadas con el contrabando de alcohol e inundado las calles de sangre con sus continuas vendettas. Un topo infiltrado en la banda del mafioso George ‘Bugs’ Moran afirmó que otro mafioso, Al Capone, iba a enviar una gran cantidad de alcohol clandestino a un garaje situado en North Clarke Street (Chicago) el 14 de febrero de 1929, el día de los enamorados. El infiltrado era un hombre del propio Capone y Moran cayó en la trampa. Cuando llegó la fecha, un grupo escogido de sicarios de este se dirigieron al susodicho garaje para robar el licor. En cuanto el camión que los transportaba cruzó la puerta, varios matones disfrazados de policías cogieron desprevenidos a los hombres de Moran, a los que obligaron a colocarse contra la pared. Allí mismo fueron acribillados por dos individuos vestidos de paisano que portaban icónicas ametralladoras Thompson, el arma preferida de Al Capone.

Mientras los dos “civiles” abandonaban sus armas, los falsos policías los encañonaron y escoltaron fuera del garaje para introducirlos en el coche policial. Alarmado por el tiroteo, el vecindario se tranquilizó al ver cómo unos presuntos representantes de la ley detenían a los dos matones y se los llevaban a comisaría. Sin levantar sospecha alguna, el vehículo con los gánsteres de Capone a bordo arrancó y salió zumbando del lugar y haciendo ulular la sirena.

 

Las guerras territoriales en Chicago se recrudecieron, convirtiendo a la ciudad en la capital del crimen organizado.

 

Ajustes de cuentas y matanzas

Aquella trampa urdida por Capone fue bautizada por la prensa como la Matanza de San Valentín, un ajuste de cuentas entre bandas rivales al que seguirían varios más en los meses siguientes.

En junio de ese año, Capone supo por un chivatazo que tres matones sicilianos de la banda de Giuseppe ‘Joe’ Aiello (Joseph Giunta, alias ‘el Sapo Bailón’, John Scalise y Albert Anselmi) querían acabar con su vida. Los hombres del guardaespaldas personal de Capone, Frank el Escurridizo, les tendieron una emboscada y los asesinaron a golpes. “El juez de instrucción que examinó los cadáveres apenas encontró un hueso sano y un área de piel sin cardenales”, recuerda el cronista John Kobler. Aquellas guerras territoriales se recrudecieron tanto que la fama de Chicago como capital del crimen organizado se extendió por todo el mundo. En las calles del centro, en los barrios periféricos y a orillas del lago Michigan, las bandas rivales asaltaban destilerías clandestinas, robaban camiones y hacían tabletear sus ametralladoras.

Capone
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Por aquel entonces, Alva Johnston, Premio Pulitzerde periodismo, publicó en The New Yorker un reportaje que describía a Capone como “un tipo fofo de rasgos sentimentales, grandes labios rojos y ojos castaño oscuro que se encogen con ferocidad cuando se le ocurren ciertas ideas”. Pero este retrato era un tanto simple. Sin duda, el italoamericano era un asesino implacable con sus enemigos, pero no se trataba de un psicópata descerebrado. “Tenía una inteligencia zorruna que aceptaba con satisfacción un título que le concedía el primer puesto en su campo, pero no dejaba que se le subiera a la cabeza”, afirma Deirdre Bair, autora de Al Capone. Su vida, su legado y su leyenda.

 

El ascenso de ‘Scarface’

El famoso capo nació en Nueva York en 1899 en el seno de una humilde familia católica italiana que había emigrado a Estados Unidos a finales del siglo XIX. En su juventud ingresó en una banda de delincuentes dirigida por el mafioso Johnny Torrio, también conocido como ‘Papa Johnny’, quien pronto descubrió el talento de Capone para los negocios turbios. Una vez se aprobó la Ley Volstead, Torrio vio las enormes posibilidades de utilizar Chicago como puerta de entrada para los licores de contrabando que provenían de Canadá (el transporte se hacía a bordo de embarcaciones que cruzaban el lago Michigan de noche).

El que se hiciera con el control de ese negocio se haría rico en poco tiempo. Y eso fue lo que animó a Torrio a trasladarse a la ciudad más poblada de Illinois, donde en un santiamén puso en pie un poderoso imperio mafioso. Su rápido triunfo también conllevó las envidias de otras bandas, que idearon todo tipo de planes para arrebatarle esa fabulosa máquina de hacer dinero. La más peligrosa era la Banda del Norte, que dirigía con puño de hierro Dan O´Banion, quien finalmente fue cosido a tiros en 1924 por los hombres de Torrio.

La venganza se produjo un año después, cuando los matones de la Banda del Norte se toparon casualmente con el coche de Torrio, al que acompañaba su mujer. Sin mediar palabra, lo acribillaron a balazos. Ella salió ilesa y él estuvo al borde de la muerte. Una vez recuperado, tras una larga convalecencia y consciente del dineral que había amasado en los últimos años, Torrio pensó que ya había tenido suficiente y decidió traspasar sus negocios a Capone, su mano derecha, que por aquel entonces ya vivía con su familia en Chicago y era conocido como ‘Scarface’ (Caracortada), por la cicatriz que le marcaba la mejilla izquierda.

Arma de Al Capone
Subfusil Thompson de Al Capone. Imagen: Getty Images.

 

Desde los años 30, el cine ha tratado a Capone como un monstruo sin escrúpulos que dirigía una organización de salvajes, cuyo final fue posible gracias a la tenacidad del agente Eliot Ness y sus Intocables. Deirdre Bair ha tratado de limar en su libro esa imagen de asesino sediento de sangre. En su lugar, la escritora estadounidense nos presenta a un personaje complejo, despiadado para los negocios, pero humano y sensible en asuntos familiares. Ordenó matar a muchos enemigos, pero también ayudó a gente necesitada y abrió comedores sociales durante la Gran Depresión. La gente sentía fascinación por ese hombre forrado de dólares al que las autoridades culpaban de numerosos crímenes. En 1926, cuando tenía veintisiete años, sus ingresos brutos procedentes de la prostitución y las extorsiones rondaban los 105 millones de dólares al año (aproximadamente, 1.377 millones de hoy en día). En una ocasión en que un periodista le preguntó sobre su implicación en el crimen organizado, Capone afirmó: “Nosotros no somos criminales, solo somos hombres de negocios dándole a la gente lo que quiere. Todo lo que hacemos es satisfacer la demanda pública”.

 

Un malo con buena prensa

Aquel corpulento italoamericano era un personaje hecho a medida para la prensa amarilla, algunos de cuyos reporteros recibían dinero de la organización criminal que dirigía el mafioso. Las agitadas vidas de ‘Scarface’ y sus secuaces llenaban columnas de periódicos y revistas ilustradas. Siempre que podía se pavoneaba por las calles de Chicago rodeado de sus gorilas, con sus carísimos trajes de colores chillones, su sombrero Fedora gris y un largo puro en los labios. Llevaba una aparatosa sortija en el meñique y gruesos diamantes en alfileres de corbata, gemelos y hebillas de cinturón. En aquellos años de esplendor, lo llamaban Snorky , que en la jerga callejera quería decir “acicalado”. Su mujer Mae, de origen irlandés, también usaba vestidos caros, pero era mucho más comedida y discreta que su marido

Capone era la viva imagen del malo de película, pero también un triunfador americano. Aunque despertaba temor, caía bien. “Una noche fría de invierno estaba en un restaurante cuando un joven repartidor de periódicos, empapado y tiritando, le pidió que le comprara un ejemplar del montón que llevaba bajo el brazo. Capone se los compró todos y pagó al chico una cantidad equivalente al salario mensual de un trabajador”, recuerda Bair.

No se puede poner en duda que era un gánster peligroso y un ególatra al que le gustaba la adulación y la publicidad favorable. Pero era también un buen amigo de sus amigos y un hombre familiar, que había recibido una buena educación de unos padres italianos honrados y religiosos que le enseñaron a ser generoso con quienes lo necesitaban. Capone tenía otra virtud: no era xenófobo, ni tampoco racista. Su reputación entre los músicos afroamericanos era legendaria. El bajista de jazz Milt Hinton dijo que era “más o menos como Robin Hood en la comunidad negra”.

Louis Armstrong gozó durante años de su protección cuando tocaba en Chicago. Para el famoso trompetista, Capone era “un gordito listo, simpático y joven, como un profesor que acabara de salir de la universidad para dar clases o algo parecido. En los territorios que controlaba ‘Scarface’, blancos y negros se mezclaban libremente, como en la turbulenta zona del cruce de la Treinta y Cinco con State, donde los dos cabarés más populares, el Plantation y el Sunset, abastecían también a clientes afroamericanos”, recuerda Deirdre Bair. El 31 de diciembre de 1926, más de quinientas personas blancas y negras acudieron a esos locales para celebrar la Nochevieja, bebiendo y bailando unas con otras.

La carrera de Al Capone fue tan fulgurante que en pocos años incrementó el imperio criminal que su mentor había puesto en pie en la ciudad de los vientos. Un estudio de la Harvard Business School (HBS) desvela que el legendario hampón dirigió su organización como una empresa de gran tamaño entre los años 1920 y 1933, cuando controlaba centenares de prostíbulos, bares clandestinos y garitos de juego. Si sus negocios prosperaron tanto fue en parte gracias a que tenía en nómina a numerosos políticos locales y miembros de la policía.

Al Capone
Imagen: Getty Images.

 

Violencia incontrolada

El estudio de la HBS señala que, en esos diez años, hubo alrededor de 700 muertes relacionadas con los distintos grupos de hampones y que Capone fue directa o indirectamente responsable de más de 200. Entre todos esos asesinatos, el de Billy McSwiggin sigue siendo uno de los más misteriosos. Este joven fiscal, que en múltiples ocasiones declaró a los periodistas su intención de poner a ‘Caracortada’ entre rejas, tuvo la ocurrencia de irse una noche de juerga por Cicero, un suburbio de la ciudad de Chicago donde Capone tenía su cuartel general (en el Hotel Hawthorne, en concreto). Por si fuera poca “provocación”, McSwiggin iba montado en un vehículo de una banda rival, razón por la que los matones del Hawthorne lo acribillaron a balazos. Las autoridades trataron de imputarle a Capone el asesinato, pero no encontraron pruebas que lo incriminasen.

En un intento de aplacar la violencia en las calles de Chicago, la mafia convocó una reunión a la que acudieron Capone, Bugs Moran, O´Donnell y Jake Guzik, también conocido como Jake ‘Pulgar Grasiento’, entre otros capos del crimen organizado. Tras horas de conversación, los jefes de las distintas bandas acordaron delimitar el territorio que controlaba cada una de ellas, lo que dio pie al cese de hostilidades. Pero la paz duró poco. Bugs Moran, que había heredado el imperio del difunto capo irlandés O´Banion, desenterró el hacha de guerra contra Capone atacando sus camiones de abastecimiento de licor y haciendo volar por los aires varios de sus locales. Su vida estuvo en constante peligro ante los continuos ataques de las bandas rivales. Cuando las cosas se ponían muy feas, Capone se trasladaba con su familia a la residencia de lujo que había adquirido en Palm Island, en Miami.

 

No fue Eliot Ness quien acabó con Capone, sino unos recibos de juego ilegal y evasión fiscal.

Eliot Ness
Eliot Ness. Imagen: Getty Images.

 

Pillado por los impuestos

La decisión del Tribunal Supremo de establecer una ley que imponía tributos a los ingresos que provenían de las actividades ilegales del sindicato del crimen, como el juego, la venta de alcohol durante la Prohibición o la prostitución, fue muy celebrada y aplaudida por los jueces. Estos eran plenamente conscientes de que el impago de impuestos era lo que había hecho inmensamente ricos a los mafiosos y lo que les permitía sobornar a algunos colegas suyos, así como a numerosos miembros de la política. Gracias a aquella nueva norma, el gobierno tuvo por primera vez en sus manos una poderosa herramienta legal para atrapar al escurridizo capo.

Por aquella época, el gobierno dio luz verde al agente del Tesoro Eliot Ness y a su legendario equipo, apodado ‘Los Intocables’, para acabar con el imperio de Capone. Pero fue el investigador del Departamento del Tesoro Frank J. Wilson el que encontró los recibos que relacionaban a ‘Scarface’ con ingresos por juego ilegal y por evasión de impuestos. Tras un interminable proceso judicial, el 17 de octubre de 1931 el mafioso fue declarado culpable y sentenciado a 11 años de cárcel en la prisión de Atlanta, aunque dos años después sería trasladado al legendario penal ubicado en la isla de Alcatraz, en San Francisco.

En noviembre de 1939, cuando fue liberado, Capone ya no era el mismo. Aquel narcisista todopoderoso que había tenido la ciudad de Chicago a sus pies era un hombre enfermo y con la mente deteriorada por una sífilis que contrajo en su juventud. Muy desmejorado por la enfermedad, se trasladó a su residencia de Palm Island, donde el 21 de enero de 1947 sufrió un derrame cerebral y una neumonía que acabaron con su vida cuatro días después.

Ficha policial de Al Capone
Imagen: Wikimedia Commons.