Afganistán, el último conflicto de la Guerra Fría

En 1979, la Unión Soviética, temiendo una posible desestabilización en sus repúblicas de Asia Central, se enfangó en una guerra insostenible que duraría casi diez años. Alentado por Estados Unidos, aquel conflicto supondría su infierno particular y contribuiría a su propia desintegración.

Afganistán
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A lo largo de su historia, Afganistán ha acreditado su capacidad de convertirse en una ratonera de pesadilla para toda potencia exterior que haya pretendido controlar su abrupto y laberíntico territorio. Ese carácter indómito se debe, en gran parte, a que la guerra ha sido una práctica habitual y recurrente entre los distintos clanes y tribus que han habitado el territorio afgano y que han luchado entre sí desde tiempos inmemoriales. Otra constante que ha marcado la evolución del país es su importancia como cruce de caminos entre Asia Central, Eurasia, la India, China y Oriente Próximo.

 

La encrucijada afgana

Su calidad de encrucijada llevó a Afganistán en el siglo XIX a ser una zona de colisión entre los imperios ruso y británico. Los ingleses se llevarían la peor parte, con humillantes y rotundas derrotas ante los afganos en dos contiendas (1839-1842 y 1878-1880) y una pírrica victoria en la tercera (1919), que situaría a los derrotados en la senda de la independencia.

Rusia acrecentó su influencia de forma paulatina tras la Revolución de Octubre y la Segunda Guerra Mundial, aunque sin aspiraciones de pasar a mayores. La inestabilidad dominó la política afgana bajo la monarquía hasta que, entre el 16 y el 17 de octubre de 1973, un golpe de Estado militar avalado por la URSS y dirigido por Mohamme Daud provocó el exilio del rey Zahir y la proclamación de la República. Pero, lejos de asentar la situación, el autoritarismo nacionalista de Daud y su pretensión de desmarcarse de la influencia de Moscú provocaron a su vez su caída.

Así, en 1978, Nur Muhammad Taraki, al frente del PDPA (Partido Democrático Popular de Afganistán), derrocó y ejecutó a Daud y puso en marcha una revolución de inspiración comunista –la Revolución de Saur –con el objetivo de modernizar el país y romper con las ataduras feudales. El Estado pasó a ser laico, se implantó la igualdad de derechos para la mujer, se decretó una campaña de alfabetización, se aprobó una reforma agraria radical, se prohibió el cultivo del opio, se legalizaron los sindicatos y se estableció una ley de salario mínimo. La reacción a tan drásticos cambios en una sociedad aún tradicional e islamizada como la afgana no se hizo esperar: la sublevación prendió en 25 de las 28 provincias.

El caos y la implacable represión subsiguiente propiciaron que el líder de la otra facción del partido en el poder y número dos del régimen, Hafizullah Amín, diera un golpe de Estado y asesinara a Taraki. Pero, en lugar de impulsar una política menos radical que la de su antecesor, Amín acrecentó el terror con miles de ejecuciones sumarias y encarcelamientos y una feroz persecución de todos sus rivales políticos. La impopularidad del nuevo presidente creció así al tiempo que la sublevación islamista se extendía: a finales de 1979, una coalición antigubernamental controlaba 18 de las 28 provincias afganas.

Manifestaciones en Kabul
Manifestaciones en Kabul. Imagen: Getty Images.

 

Moscú mueve ficha

La inquietud y el malestar cundieron en Moscú: las noticias e informes eran cada vez más alarmantes. Un acorralado Amín inició contactos con Pakistán y Estados Unidos al tiempo que negociaba con las fuerzas islamistas un posible reparto del poder. En el plano geopolítico, la presión de EE UU no dejaba de aumentar. Con la Guerra Fría en su apogeo, el Senado estadounidense no ratificó el Tratado para la Limitación de Armas Estratégicas (SALT II, por sus siglas en inglés) y Washington avanzó sus planes para desplegar misiles Pershing de alcance medio en Europa. El temor del gobierno soviético ante la inminente caída de Afganistán en manos de un régimen islamista o prooccidental era cada vez mayor. Dicho giro supondría una amenaza directa para las repúblicas centroasiáticas de la URSS; a ambos lados de la frontera vivían tayikos, uzbekos y una gran masa de población musulmana que podría sentirse atraída por las proclamas de los muyahidines. El 12 de diciembre de 1979, el director del KGB y futuro líder de la URSS Yuri Andrópov presentó un informe al Politburó en el que dibujaba una situación con perspectivas catastróficas: el presidente Amín tenía intensos contactos con Occidente y hasta con la CIA, la situación del gobierno afgano era insostenible, Pakistán podía provocar la secesión del sur del país y, en tal caso, Estados Unidos tendría vía libre para desplegar misiles junto a la frontera con Rusia.

La respuesta del Politburó se plasmó enseguida: el 27 de diciembre se lanzó la Operación Tormenta- 333. Dos grupos de operaciones especiales (spetsnaz) del KGB –600 hombres en total– entraron en acción. El Grupo Alfa asaltó en Kabul el palacio presidencial y asesinó a Amín, mientras el Grupo Zenith se hacía con los centros de comunicaciones y ocupaba el Ministerio del Interior. Al amanecer del día 28, empezaron a entrar en suelo afgano divisiones soviéticas al mando del general Serguéi Sokolov, y en solo seis días 55 000 soldados se desplegaron y controlaron el país.

En principio, el Kremlin planificó una operación rápida y limitada para apuntalar a un nuevo gobierno más controlable y afín. Sin embargo, la planificación sobre el papel no tuvo en cuenta dos factores clave: el primero fue la movilización islamista, que superó todas las expectativas y prendió incluso más allá del país; el segundo, que, esta vez, Estados Unidos no se conformó con la política de hechos consumados de la URSS en su zona de influencia, como sucedió en Hungría en 1956 y Checoslovaquia en 1968, y decidió volcarse para desgastar y agotar a su rival.

Grupo de guerrilleros afganos
Grupo de guerrilleros afganos. Imagen: Getty Images.

 

La guerra se complica

Pese al buen comienzo, pronto comenzaron las dificultades. El gobierno impuesto por Moscú, con Babrak Karmal al frente y un partido comunista dividido en varias facciones, fue visto como un mero títere de las fuerzas invasoras. El ejército afgano, otro soporte fundamental de la estrategia del Kremlin, también falló. Las deserciones y los motines se multiplicaron y de 80 000 hombres quedó reducido enseguida a menos de 20 000.

La URSS tuvo también que adaptar su táctica militar a un escenario inédito y muy complicado. Primero optó por emplear grandes formaciones de tropas para perseguir a los muyahidines hasta sus bastiones. Sin embargo, la guerrilla rebelde rehuyó el combate convencional y adoptó la estrategia de atacar y huir. El fracaso hizo que los soviéticos pasaran entonces a una táctica defensiva. Las fuerzas invasoras se concentraron en las ciudades y los mayores núcleos de población para asegurar las principales vías de comunicación, los transportes y las instalaciones militares; la montaña y las zonas rurales se dejaron a la resistencia.

Los esfuerzos rusos, empero, volvieron a fracasar. Los constantes ataques de los muyahidines hicieron que se optara por un fuerte incremento del número de efectivos. De los 55 000 soldados soviéticos iniciales se llegaría a sobrepasar los 100 000, respaldados por 1800 carros de combates y cientos de helicópteros. Frustrado por la falta de resultados, el mando militar ruso intensificó los ataques contra objetivos civiles en áreas de fuerte resistencia. La táctica de tierra quemada conllevó asesinatos de civiles, quema de cosechas, sacrificio de animales y destrucción de casas.

En 1983, pese a los espectaculares golpes de mano y éxitos de la guerrilla, los militares soviéticos utilizaron una nueva táctica que redujo las pérdidas terrestres: aumentaron los ataques aéreos con bombardeos pesados y lanzaron asaltos aerotransportados con helicópteros artillados, como los empleados por Estados Unidos en Vietnam. Sin embargo, rara vez las ofensivas lograron pacificar amplias zonas de forma duradera; en muchos casos, los muyahidines recuperaban pronto el terreno que se había dejado bajo el control de las tropas regulares afganas.

Refugiados afganos
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Dólares para la insurgencia

La insurgencia contó con el respaldo en armas y dinero de Estados Unidos y China, así como de la India, Pakistán, Irán y Arabia Saudí. El apoyo estadounidense comenzó ya durante la presidencia de Jimmy Carter, que autorizó los primeros contingentes de ayuda. Los envíos iniciales – compuestos de fusiles procedentes de la Segunda Guerra Mundial, lanzagranadas antitanques y morteros de 120 mm– pronto crecerían y alcanzarían su máxima expresión con Ronald Reagan, decidido a no escatimar esfuerzos para acabar con el “imperio del mal” soviético. Durante su mandato (1981-1989), Washington llegó a aportar 600 millones de dólares al año para financiar a la insurgencia muyahidín.

El éxito soviético con los ataques de aviones y helicópteros determinaría que Estados Unidos decidiera dar un empujón definitivo a la guerra con el envío de más armas y dinero. Ese afán por lograr la derrota de la URSS hizo que Reagan aprobara la venta de misiles portátiles Stinger guiados por infrarrojos. Los muyahidines llegaron a derribar una aeronave al día con estos ingenios y frenaron así la estrategia ofensiva aérea soviética.

En 1985, los estadounidenses consiguieron finalmente que los diferentes jefes tribales que hacían la guerra por su cuenta coordinaran sus ataques y acordaran una estrategia basada en operaciones más audaces con grandes objetivos, en vez de asaltos o atentados aislados. De este modo, a partir de 1986 las señales de agotamiento ruso fueron patentes.

Muhammad Zia Ul-Haq
Muhammad Zia Ul-Haq, presidente de Pakistán. Imagen: Getty Images.

 

Gorbachov ordena la retirada

El acceso al poder de Mijaíl Gorbachov y su programade reformas, denominado perestroika, marcarían el principio del fin de la guerra. El nuevo líder del Kremlin ordenó una retirada escalonada de las tropas soviéticas en Afganistán a partir de 1987. Al fin, el 15 de febrero de 1989 salía de territorio afgano el último soldado ruso.

La guerra costó a la URSS más de 15 000 muertos y 50 000 heridos, además de un elevado desgaste económico, político y social. Fue un conflicto armado inútil que, como Vietnam para Estados Unidos, solo tuvo repercusiones nefastas. El descontento por las crecientes bajas y la sensación de derrota, a pesar de no haber sido vencidos militarmente, contribuyó a acelerar el proceso de desintegración de la URSS, agotada económicamente e incapaz de sostener el pulso armamentístico de Reagan. En el plano diplomático, también perdió la guerra: la ONU, los países islámicos y la mayoría de los no alineados condenaron la intervención. También recibió una dolorosa bofetada propagandística al boicotear 55 países los Juegos Olímpicos de Moscú de 1980.

Para los afganos, la contienda supuso una gran tragedia humana. Murieron al menos 600.000 personas –casi un 80% civiles– y en torno a 5 millones huyeron a los países vecinos: una catástrofe para un país de 15 millones de habitantes. La política de tierra quemada y los combates arrasaron una endeble agricultura de suelo muy árido y su frágil sistema de riego, lo que aumentaría la pobreza y el hambre.

 

El auge de los talibanes

El régimen comunista afgano, presidido ahora por Mohammad Najibulá, consiguió resistir hasta abril de 1992, cuando cedió el poder a un gobierno de transición. En el bando rebelde, la guerra entre las dos principales facciones, los talibanes (estudiantes) y la Alianza del Norte de los señores de la guerra Massoud y Dostum, acabó decidiéndose a favor de los primeros. Estos fundamentalistas tomaron Kabul el 1 de septiembre de 1996 e impusieron su versión más extrema de la ley islámica, acabando de un plumazo con cualquier signo de modernidad y poniendo fin a la alfabetización y los derechos de la mujer aprobados por el régimen comunista

El apoyo de Pakistán a los talibanes fue clave en su triunfo. Las madrasas (escuelas coránicas) fronterizas enviaron a miles de estudiantes para luchar quistaníes se implicaron a su favor junto a jóvenes procedentes de otros países musulmanes, enrolados por las redes islamistas para combatir en la “guerra santa”. También contaron con la Brigada 055 de Osama Bin Laden, el creador de la organización terrorista Al Qaeda.

Conjurada la amenaza soviética, Washington se olvidó de Afganistán, mientras sus antiguos protegidos, ahora bien armados y fortalecidos, convertían el país en un santuario para los grupos terroristas islamistas y antioccidentales. Para ello, seguían contando con un fuerte respaldo económico procedente de entidades islámicas vinculadas a la corriente extremista del wahabismo, sobre todo desde Pakistán, Arabia Saudí y los Emiratos del Golfo. El 11-S, gestado en Afganistán y planeado por Bin Laden, despertaría de forma dramática a Estados Unidos en 2001 de su poco inocente olvido. En respuesta, una coalición internacional encabezada por los estadounidenses desalojó a los talibanes del poder, pero dio comienzo a una nueva pesadilla de muerte e inestabilidad que hoy día aún persiste.

Soldados afganos
Imagen: Getty Images.