Ya a la venta el número de septiembre de Muy Historia

En este número de Muy Historia se repasan las a veces complejas o descabelladas operaciones que convirtieron la inmolación en un medio más de lucha.

Muy Historia
MH91
Ver artículo El detonante de Pearl Harbor

Al anochecer del 18 de abril de 1942 empezó la Operación Doolittle, el primer bombardeo norteamericano sobre Japón. Tras el ataque a Pearl Harbor en diciembre, Roosevelt dio la orden de que se realizase a la mayor brevedad una incursión de este tipo. La operación, complejísima, exigió intensos entrenamientos y modificaciones técnicas para lograr que los bombarderos despegaran desde un portaaviones. Resultó también muy peligrosa. Las estimaciones previas de bajas eran del 50%. La misión tuvo éxito. Los daños que provocó no fueron grandes, pero cumplió el objetivo fundamental de castigar a Tokio y otras ciudades japonesas, mostrando la voluntad norteamericana de responder militarmente en el corazón del enemigo. Los aviones hubieron de continuar un difícil viaje a China, adonde no todos llegaron finalmente.

Operaciones como esta formaron parte de la Segunda Guerra Mundial. La victoria militar dependió de grandes factores económicos y sociales –las capacidades productivas, la disponibilidad de petróleo, las habilidades militares, la moral colectiva...–, pero tuvieron también su importancia los sacrificios personales, que incluyeron a veces la entrega voluntaria de la vida o la participación en operaciones de enorme riesgo.

Lo colectivo y lo individual

Resulta imposible precisar la contribución de tales operaciones al desarrollo de una guerra cuyo desenvolvimiento dependió de la movilización de recursos productivos y de la subordinación social a los objetivos militares. Guerra de masas, la contienda mundial adquiere a veces la fisonomía de una guerra anónima, excepto en las decisiones de los dirigentes. Los heroísmos de los combatientes quedan en los relatos casi como una nota a pie de página, despersonalizados.

Las operaciones de alto riesgo evidencian que también en la guerra de masas jugó un papel determinante la acción individual; no todo consistió en el contraste entre disponibilidades de combustible o en las capacidades de producir toneladas de armamento o munición.

Estas entregas extremas forman parte además de la imagen de la II Guerra Mundial. Las acciones de los comandos se prestan más al relato cinematográfico que los convoyes de buques atravesando el Atlántico o la concentración de millones de hombres en el Frente del Este.

A veces el sacrificio personal se convirtió en lo que puede considerarse un arma específica. Es el caso de los kamikazes, un tipo de combate que convirtió el suicidio en un medio de lucha: la vida se daba a cambio de destruir un barco enemigo. La idea llegó cuando los avances norteamericanos fueron socavando las posibilidades militares de Japón.

Esto y mucho más te espera en la revista de septiembre de 2017 de Muy Historia (91).

 

Etiquetas: Historia, Segunda Guerra Mundial

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