¿Y si Gran Bretaña y Francia hubieran declarado la guerra a Hitler en 1938?

¿Qué habría pasado si Chamberlain y Daladier hubiesen plantado a Hitler en la mesa de negociación de Múnich, en lugar de apaciguarlo? ¿Y si no hubieran aceptado la anexión de los Sudetes y la ocupación de Checoslovaquia por parte de los nazis? ¿Y si Inglaterra y Francia le hubiesen declarado la guerra doce meses antes de cuando acabaron haciéndolo?

Imaginemos el contrafáctico que pudo ser y no fue: a principios de septiembre de 1938, Alemania, Gran Bretaña y Francia se vuelven a reunir en Múnich para buscar solución a la "crisis de los Sudetes provocada por Hitler. Con Checoslovaquia vetada en las conversaciones –y Benito Mussolini de supuesto árbitro–, se hace imposible llegar a un acuerdo. Las negociaciones encallan. De regreso a Inglaterra, un angustiado Chamberlain no tendrá el recibimiento triunfal que en realidad tuvo, ni mostrará el documento deshonroso que efectivamente enarboló en el aeropuerto de Londres. En las semanas siguientes, por sorpresa, las tropas de la Wehrmacht ocuparán Bohemia y Moravia –el territorio de los Sudetes en disputa– y se dispondrán a invadir toda Checoslovaquia. Francia y Gran Bretaña, como ya habían advertido al dictador alemán, no tendrán más remedio que declararle la guerra a Hitler.

¿Qué habría pasado si la Segunda Guerra Mundial hubiese empezado un año antes de septiembre de 1939? Casi todos los historiadores coinciden: habría durado solo unos meses; no habría sido mundial; y habría acabado con Hitler y su nacionalsocialismo a los seis años de su toma del poder.

Hitler en los Acuerdos de Múnich
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Sudetes: territorio histórico

Los sudetes eran los pobladores de origen y habla alemanes que vivían, desde hacía siglos, en las regiones checoslovacas de Moravia y Bohemia, fronterizas con Sajonia, Baviera y Silesia, y representaban la tercera parte de la población total de esos territorios: unos 3,5 millones de habitantes. Descendientes de colonos germánicos desde finales de la Edad Media, su territorio había sido incorporado al nuevo Estado de Checoslovaquia, recién nacido en 1918 tras la derrota y disolución del Imperio austrohúngaro en la Primera Guerra Mundial.

En 1938, los generales del Estado Mayor de Hitler pensaban que Alemania todavía no estaba preparada para una guerra; probablemente, estaban en lo cierto. El ejército checoslovaco podría haber desplegado veinte divisiones activas y once de reserva, frente a las 37 divisiones activas de la Wehrmacht. Suponiendo que británicos y franceses hubieran lanzado entonces un asalto a gran escala contra las defensas alemanas a lo largo de la Línea Sigfrido –que, en 1938, estaba empezando a ser construida–, el resultado habría sido una rápida derrota de la Alemania nazi. Incluso una respuesta militar limitada por parte de los aliados occidentales habría conducido a una guerra de desgaste que Alemania no habría podido soportar. Para casi todos los historiadores militares, ese resultado es prácticamente evidente. En resumen, la Segunda Guerra Mundial no se habría iniciado. Y Hitler habría desaparecido en 1938, ahorrando al mundo dolor y destrucción.

Como siempre sucede en la historia académica, la unanimidad no existe, ni siquiera respecto a esta ucronía: el historiador estadounidense Williamson Murray discrepa de la mayoría de sus colegas. En su libro The Change in the European Balance of Power, 1938–1939: The Path to Ruin, intenta demostrar documentalmente que Hitler pudo conseguir los recursos financieros que Alemania necesitaba (300 millones de dólares en oro) cuando entró en los Sudetes de Checoslovaquia. Además, con la anexión de Austria en la primavera anterior y la incautación de la poderosa industria armamentística checa, incluidas sus célebres fábricas de motores Skoda, los alemanes casi consiguieron alcanzar la producción industrial del campeón del mundo: Estados Unidos. De un día para otro, toda la potencia económica del país invadido se puso al servicio exclusivo de la Wehrmacht. Asimismo, al ocupar Checoslovaquia, Alemania se apropió de 1.500 aviones, 470 carros de combate, 500 cañones antiaéreos, 43.000 ametralladoras, un millón de rifles, tres millones de obuses de artillería y 1.000 millones de cartuchos. Eso era suficiente, según Murray, para equipar a 30 divisiones alemanas.

Lo que quizá no tiene en cuenta este historiador disidente es que, sin los Acuerdos de Múnich, que supusieron la entrega sin condiciones de Checoslovaquia a Hitler, los checos habrían podido resistir a la apisonadora nazi. No solo militarmente, para lo que tenían voluntad, sino también desde el punto de vista de la legitimidad moral y el frente diplomático.

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