Winston Churchill y Pearl Harbor

El ataque por sorpresa de Japón contra la Flota del Pacífico en Pearl Harbor, que llevó a Estados Unidos a la guerra, marcó un antes y un después en la historia y también en la biografía de Winston Churchill. Así fue la declaración de guerra de Estados Unidos y la derrota del Eje.

La Segunda Guerra Mundial no había llegado a su ecuador cuando el 7 de diciembre de 1941 se produjo el ataque nipón a la base aeronaval de Pearl Harbor. Hasta ese momento, Estados Unidos había tratado de mantenerse neutral en el conflicto. Sin embargo, aquel domingo todo cambió a primera hora de la mañana.

Winston Churchill, el primer ministro británico, fue consciente de la gravedad del suceso por las pérdidas humanas que se intuían. Sin embargo, la mente humana está llena de laberintos, y el estadista reconoció que, aquella noche, “estando saturado y saciado de emociones y sensaciones, me fui a la cama y dormí el sueño de los seguros y agradecidos”. Esta confesión la escribió en su Historia de la Segunda Guerra Mundial. El hecho de que Estados Unidos entrara en la guerra permitió al premier presagiar la derrota del Eje y la victoria aliada en el conflicto.

Para Gran Bretaña, la Segunda Guerra Mundial fue una experiencia más dura que la Gran Guerra, pues, aunque tuvo menos pérdidas humanas, las destrucciones materiales resultaron más elevadas. A nivel político, cabe señalar que, tras el fracaso de los aliados en su intento de expulsar a los alemanes de Noruega en abril de 1940, el gobierno de Chamberlain tuvo que dimitir el 10 de mayo, llegando al poder otro conservador, Winston Churchill.

Roosevelt y Churchill
Getty

En el verano de 1940 se desató un enfrentamiento librado exclusivamente en el aire y conocido como la batalla de Inglaterra. Gran Bretaña resistió los ataques aéreos y las bajas fueron numerosas en la aviación alemana, que tuvo que limitarse a bombardeos de terror sobre ciudades abiertas con el fin de abatir la moral británica.

En 1941, las potencias aliadas comenzaron a planificar el sistema mundial de la posguerra a partir de una serie de conferencias internacionales. La primera de ellas se celebró el 14 de agosto de 1941 en el océano Atlántico, frente a Terranova, a bordo del barco de guerra estadounidense Potomac. En esta reunión, el presidente estadounidense, Franklin Delano Roosevelt, y el primer ministro británico, Winston Churchill, formularon una declaración política, la Carta Atlántica. En dicho manifiesto expresaban los propósitos de las dos naciones en cuanto a la organización del mundo; claro está, una vez que los aliados consiguieran la victoria. El 24 de septiembre, los gobiernos en el exilio de Bélgica, Checoslovaquia, Luxemburgo, Noruega, Yugoslavia, Polonia y Francia y la Unión Soviética se sumaron a los corolarios de la Carta Atlántica .

Cómo implicar a los americanos

Pero a Winston Churchill le preocupaba sobremanera que Estados Unidos no interviniera directamente en el conflicto. Era evidente que estaba del lado de los aliados. Desde su llegada a Downing Street, Churchill escribía por lo menos dos veces por semana a Roosevelt, y a los funcionarios estadounidenses que visitaban Gran Bretaña los recibía como a dignatarios. Cuando el embajador Winant llegó para tomar posesión de su cargo, lo llevó rápidamente a Windsor. Allí, el rey Jorge VI estaba esperando en la estación para desplazar al embajador en su coche y entrar juntos al castillo. Nunca el protocolo había contemplado una atención tan singularizada.

En noviembre de 1939 se había aprobado la legislación basada en el principio de Cash and Carry (paga y lleva), de forma que los países en guerra podían adquirir material bélico norteamericano siempre que el comprador transportara la mercancía y pagara de inmediato. Esto no acababa de solucionar el problema; Estados Unidos salía favorecido con el Cash and Carry, que lo convertía de facto en un gigantesco mercado de armas para Francia y Reino Unido, pero los aliados deseaban que la implicación fuera mayor.

En el mismo bando

Por ello, el ataque por sorpresa de Japón contra la Flota del Pacífico en Pearl Harbor, que llevó a Estados Unidos a la guerra, marcó un antes y un después en la historia y también en la biografía de Winston Churchill.

El 7 de diciembre de 1941, Churchill estaba cenando en Chequers, el retiro campestre de los primeros ministros. Esta casa de campo se encuentra en Inglaterra, a los pies de las colinas Chiltern. Sus invitados eran el embajador estadounidense Gil Winant y el enviado especial del presidente Franklin D. Roosevelt a Europa, Averell Harriman. Un mayordomo sintonizó la radio portátil para que los congregados escucharan el noticiero de la BBC de las 9 de la noche. Los invitados estaban en la sobremesa, tomando una copa de coñac. Cuando se confirmó el ataque, Churchill se puso en pie de un salto y dijo que debía declarar la guerra a Japón de inmediato. Sus acompañantes lo disuadieron. A continuación, el primer ministro fue a su despacho, telefoneó a Roosevelt y le preguntó: “Señor presidente, ¿qué es esto de Japón?”. Roosevelt respondió que era cierto y que ahora estaban todos en el mismo barco. Para Churchill, esto significaba que su país ya no estaba solo, pues los estadounidenses entrarían en la contienda. Los testigos declararon que Churchill estuvo de excelente humor toda la velada y que no veía el momento de despedir a sus invitados, como si quisiera estirar la noche. “Después de 17 meses de combates en solitario (...) habíamos ganado la guerra. ¡Inglaterra viviría!”.

El 8 de diciembre, Estados Unidos declaró la guerra a Japón. El único miembro del Congreso que votó en contra de la entrada americana en el conflicto fue Jeannette Rankin. Esta trabajadora social, militante del Partido Republicano y pacifista, también se había opuesto a la Primera Guerra Mundial y, en los años 60, lideraría la resistencia ante la Guerra de Vietnam. El 11 de diciembre de 1941, Estados Unidos declaró la guerra a Alemania, unas horas después de que los alemanes se adelantaran haciendo lo propio.

Una decisiva visita a América: la conferencia de Washington

Churchill y Roosevelt se habían conocido en Londres en 1918, el año de la mal llamada “gripe española”. Entonces Churchill era ministro de Municiones y Roosevelt, subsecretario de la Marina. En la primavera de 1940, cuando el inglés llegó a ser primer ministro, Gran Bretaña ya estaba involucrada en la lucha contra las potencias del Eje. Al otro lado del charco, Roosevelt, el hombre que se postulaba para un tercer mandato presidencial sin precedentes, había dado una gran lección a dirigentes y a ciudadanos al sobrevivir a la poliomielitis de adulto, aunque le quedó la secuela de la inmovilidad de las piernas, y sacó a Estados Unidos de su mayor crisis financiera, la de 1929.

Con su aspiración de que británicos y estadounidenses combatieran en el mismo bando no solo económicamente, sino desde el punto de vista militar, en 1942 Winston Churchill realizó una arriesgada travesía en el acorazado HMS Duke of York para encontrarse con el presidente Roosevelt. En el tormentoso periplo hacia América, escribió una serie de memorandos en los que exponía sus puntos de vista sobre la mejor manera de derrotar al Eje. También le dijo a un compañero de viaje que Estados Unidos podría acortar la guerra al no tratar de defender cada ciudad del Pacífico de los japoneses: “Que venga el asaltante, qué importa”.

Al americano, ocho años menor que el premier, le intranquilizaba que la noticia de la singladura del primer ministro por el Atlántico se filtrara y pusiera en peligro su vida. El presidente ni siquiera le dijo a su esposa, Eleanor, quién iba a ser su “invitado especial”. Ella comentó a posteriori que su marido le había pedido que se asegurara de que hubiese “buen champán y brandy en la casa, y mucho whisky”.

Churchill llegó a Estados Unidos el 22 de diciembre, con el objetivo de planificar la estrategia para derrotar a Alemania; además, desembarcó a tiempo de pasar la Navidad en la Casa Blanca. En un aeródromo cercano, lo esperaba Roosevelt. Aunque residiendo en América se libró de las bombas alemanas, las jornadas de trabajo fueron intensas.

Roosevelt y Churchill tenían estilos de trabajo distintos: el americano se levantaba temprano, dispuesto a despachar los asuntos a primera hora; el inglés prefería quedarse en la cama unas horas leyendo la prensa y, al mediodía, reunirse con el presidente. Los dos eran los líderes indiscutibles y, pese a esas diferencias, se entendieron bien.

Arcadia fue el código de la primera de las grandes conferencias del conflicto. El encuentro se celebró en Washington D.C. desde el 22 de diciembre de 1941 hasta el 14 de enero de 1942. Metafóricamente, Arcadia venía a representar el fin de la guerra, pues el origen del término está en una región de la antigua Grecia, situada en el Peloponeso, que resistió el ataque de Esparta. Su población pastoril dio pie a que, desde el Renacimiento y hasta el Romanticismo, los poetas y pintores imaginaran una tierra rebosante de felicidad conocida con este topónimo.

Alentando la resistencia de sus naciones frente al anexionismo de Hitler, Mussolini y Tōjō, Churchill, Roosevelt y sus jefes militares debatieron sobre la estrategia a seguir y llegaron a acuerdos en torno a la estructura de mando y la producción de armamento.

En Nochebuena, Roosevelt y Churchill asistieron a la iluminación del Árbol Nacional de Navidad y pronunciaron discursos ante una multitud de 15 000 personas. Roosevelt pidió a Dios que guiara a los aliados en la meta que tenían. Churchill aconsejó arrinconar temporalmente las preocupaciones del mundo para “hacer para los niños una noche de felicidad en un mundo de tormentas”. Los dos tenían a sus hijos combatiendo: Churchill a Randolph, y Roosevelt, a James, Elliott, Franklin Jr. y John; todos ellos sobrevivirían a la contienda.

El 26 de diciembre, Winston Churchill pronunció su primer discurso en una sesión conjunta del Congreso. El propósito era ganar apoyo para su concepto de la guerra. Mencionó con emoción a su madre, Jennie Jerome Spencer-Churchill, nacida en Brooklyn. Implícitamente, habló de Gran Bretaña y de Estados Unidos como si fueran una sola nación, diciendo a su vez de los japoneses: “¿Qué tipo de personas creen que somos?”. Advirtió de que llegarían días terribles, pero reconoció que la mejor noticia ya se había producido: “Estados Unidos, unido como nunca antes, ha desenvainado la espada por la libertad y ha desechado la vaina”.

Y terminó exponiendo que esperaba que los británicos y los estadounidenses “caminaran juntos en majestad, en justicia y en paz”. Después de recibir un caluroso aplauso, Churchill respondió con su famoso gesto de “V de Victoria”. En público, parecía tener una entereza inquebrantable. En privado, la tensión le estaba haciendo mella, y esa misma noche sufrió un leve ataque cardíaco.

Las anécdotas de un encuentro decisivo

La estancia estuvo rodeada de numerosas anécdotas. En una ocasión, Roosevelt entró en la habitación de Churchill y encontró al primer ministro desnudo, dando grandes zancadas y dictando a su taquígrafo. Desde la Casa Blanca, Churchill escribió a Clement Attlee, el líder del Partido Laborista: “Vivimos aquí como una gran familia, en la mayor intimidad e informalidad”.

En otro momento, Roosevelt pidió a su ayudante que llevara a la habitación de Churchill el borrador donde se daba nombre a los aliados, que al inicio iban a ser llamados “Potencias Asociadas”. Roosevelt consideró esta expresión poco precisa, por lo que ambos aceptaron el concepto de “Naciones Unidas”. La entrega del borrador se produjo justo cuando el primer ministro británico estaba terminando de bañarse, pero él siguió adelante y aprobó el borrador. El americano le reveló a su secretaria, Grace Tully: “Es rosado y blanco por todas partes”.

La Primera Conferencia de Washington llevó consigo la creación de un Estado Mayor Combinado, que agruparía las fuerzas americanas y británicas. El 1 de enero de 1942, un total de 26 gobiernos firmarían la Declaración de las Naciones Unidas, el documento que reafirmaba la Carta Atlántica y que además establecía un fuerte compromiso para que los firmantes destinaran todos sus recursos militares y económicos a la lucha contra el Eje.

En la Navidad siguiente, en diciembre de 1942, el jefe de Estado Mayor del Ejército de Estados Unidos, George Marshall, siguiendo una sugerencia del general Dwight Eisenhower, envió como regalo globos idénticos de 340 kg y 1,27 cm de diámetro a Roosevelt y a Churchill. Parece que el original era el globo dirigido a Roosevelt, pero que se hicieron dos réplicas exactas, una para Churchill y otra para Marshall. Además de su valor simbólico, estos artilugios fueron utilizados por sus tres dueños como instrumentos de trabajo para preparar batallas y para medir distancias en la asignación de los recursos.

No hay duda de que Pearl Harbor hizo casi hermanos a Churchill y Roosevelt. El inglés llegó a Estados Unidos buscando un aliado político, pero se llevó mucho más. A su regreso a Londres, recibió un sentido telegrama del americano que decía: “Es divertido estar en la misma década que tú”.

 

María Lara Martínez es historiadora, imagen de la Marca Ejército y profesora de Seguridad, Defensa y Geoestrategia.

Continúa leyendo