¡Viva Zapata! El revolucionario honesto

Emiliano Zapata, líder de la revolución mexicana, se mantuvo fiel a sus principios y al sueño de un reparto equitativo de las tierras para los campesinos.

Emiliano Zapata Salazar, uno de los rostros más reconocibles de la Revolución Mexicana, nació en la localidad de San Miguel Anenecuilco, en un entorno rural al que no llegaban los avances de la época. Hijo de humildes campesinos, apenas recibió estudios y se vio obligado a trabajar desde muy joven como peón y granjero. A los 23 años, su sentimiento comunitario le hizo apoyar las reivindicaciones de la Junta de Cuautla sobre los campos comunales del estado de Morelos, acción que fue duramente reprimida por el régimen de Porfirio Díaz. Siete años después, en septiembre de 1909, abandonó su trabajo como caballerizo en el ejército y fue elegido presidente de la Junta de tierras de Anenecuilco y se convirtió en un activo líder agrario de Morelos. No pasaría mucho tiempo antes de que se pusiera al frente de un grupo armado y tomara por la fuerza las tierras de Villa de Ayala, que distribuyó entre los campesinos.

Como líder guerrillero, se le ofreció sumarse al Plan de San Luis impulsado desde Texas por el político mexicano Francisco Madero, líder del Partido Nacional Antirreeleccionalista que buscaba un levantamiento contra Porfirio Díaz. Con Zapata como ‘jefe supremo del movimiento revolucionario del sur’, la presión ejercida contra Díaz le obligó a renunciar en mayo de 1911. Con Díaz fuera de juego, las discrepancias entre Zapata, defensor del inmediato reparto de las tierras entre los campesinos, y Madero, que buscaba neutralizar al guerrillero mediante el desarme, se acrecentaron. Zapata cedió pensando que si cumplía las exigencias de Madero, este impulsaría la reforma, pero este prefirió asentar su poder distanciándose de las clases populares. Zapata elaboró el Plan de Ayala en 1911, declarando a Madero incapaz de gobernar y expropiando un tercio de las propiedades de los terratenientes.

Todo cambiaría cuando, en febrero de 1913, Madero fue asesinado y Victoriano Huerta subió al poder. Zapata mostró entonces su apoyo al gobernador de Coahuila, Venustiano Carranza, que había formado el Ejército Constitucionalista para derrocar a Huerta. Al año siguiente, con Carranza en el gobierno, Zapata y Pancho Villa se aliaron contra Carranza en la Convención de Aguascalientes y, aunque los zapatistas consiguieron tomar la capital por un tiempo, la división de ambos caudillos provocó una contraofensiva de las fuerzas de Carranza.

Murió de pie

Sin apenas apoyos, Zapata se retiró a Morelos y acusó a Carranza de haber traicionado la revolución al usarla en beneficio propio, olvidando a los oprimidos, en una 'Carta al Ciudadano Carranza’. El entonces presidente de México seguía viendo en el guerrillero una peligrosa amenaza que debía ser erradicada.

El coronel del Ejército federal Jesús Guajardo, fingiendo haber traicionado a Carranza, convocó a Zapata a una entrevista en la hacienda de Chinameca, en Morelos, para ofrecerle su apoyo. Zapata y sus hombres acamparon a las afueras de la hacienda y solo él y su escolta se dirigieron al interior. Al llegar, el clarín que simulaba ser la llamada de honores sirvió para que numerosos soldados ocultos salieran y abrieran fuego contra Zapata y su acompañante. El 10 de abril de 1919, según las palabras del secretario del general revolucionario Salvador Reyes, “el inolvidable Zapata cayó para no levantarse más”. Su muerte le convirtió en un mártir, símbolo eterno de la revolución y protector de los campesinos mexicanos.

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