Guerra Civil española

Violencia sexual como arma de guerra

Los abusos, violaciones, vejaciones y torturas se han cebado con las mujeres en tiempo de guerra desde el principio de la historia, y la Guerra Civil española no fue una excepción sino todo lo contrario

violencia sexual
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Conquistar a través del cuerpo: botín de guerra. Someter al enemigo envenenando de humillación sus líneas de retaguardia: vejación. O repoblar el territorio engendrando “hijos del enemigo”. En casi todos los escenarios bélicos, el cuerpo de la mujer se ha utiliza- do como campo de batalla, como oculto frente donde asestar un golpe oscuro y desmoralizador al bando contrario.

Es lo que la historiadora francesa Maud Joly califica de “violencias sexuadas”. En particular, aquellas “violencias físicas que implican la mutilación, la degradación, la humillación de las identidades sexuadas de los cuerpos femeninos en guerra”. Para esta estudiosa, la Guerra Civil española, como enfrentamiento fratricida, es el laboratorio perfecto para analizar las experiencias femeninas de la violencia de guerra. Se trata, además, de un enfrentamiento en el que se difuminan las fronteras de los frentes o tal vez se multiplican los mismos.

Cuántos frentes hubo en la Guerra Civil? ¿Solamente los marcados estrictamente por la geografía? O, en palabras de Joly, “¿puede concernir también al territorio de los cuerpos sexuados en guerra?”.

Violencia contra las mujeres

Las violencias desencadenadas en la Guerra Civil contra las mujeres tienen un carácter especíco, diferenciado de las que tuvieron a los hombres como objeto. Son difícilmente contabilizables y siguen siendo, a juicio de muchos historiadores, un tema marginal y marginalizado. Mucho más estudiadas en el caso de la retaguardia del bando de los sublevados, pues se han demostrado más numerosas –y porque las violaciones fueron utilizadas como una poderosa arma de guerra–, en los últimos años se han hecho esfuerzos por investigar las “violencias sexuadas” cometidas en el ban- do republicano, aunque tuvieran menor repercusión y no estuvieran amparadas por el legítimo
poder gubernativo.

En este último caso, las fuen- tes dejan bastante que desear, pues corresponden con frecuencia a informes de las instituciones franquistas, entre los que destacan los documentos de la Causa General (investigación encargada por el ministro de Justicia franquista Eduardo Aunós en 1940 con el n de “instruir los hechos delictivos cometidos en todo el territorio nacional durante la dominación roja”), o a las múltiples enumeraciones de “mártires de la Cruzada”. A lo largo de los años los historiadores han dudado de la veracidad de sus conclusiones, encuadrándolas dentro de la propaganda del régimen.

Una guerra de propaganda

“Las violaciones de la guerra de España dejaron apenas unas pocas huellas. Se cometieron en ambos bandos”, sostiene Maud Joly. Pocas veces fueron denunciadas por las autoridades y los sublevados las utilizaron como una importante arma de terror psicológico. La contienda jugó muchas de sus cartas en la retaguardia y la guerra de propaganda conseguía sus objetivos cuando señalaba el quebrantamiento de las normas sagradas de conducta por parte del enemigo, su posición moral inferior.

Todavía hasta nuestros días ambos bandos se acusan mutuamente de haber cometido las mayores vejaciones sexuales sobre las mujeres.

Desde el lado reaccionario, se sostiene que los abusos sexuales en el lado republicano obedecían a una consigna del periódico soviético Izvestia. Desde la otra trinchera, se pone como ejemplo al general Queipo de Llano, promotor de la violencia y el terror sexual practicados por las tropas fascistas y, de manera más directa, por las tropas moras y los legionarios, asociados en el imaginario colectivo con las violaciones y raptos de mujeres. Mientras el escritor y dibujante gallego Castelao, en su álbum de guerra Galicia mártir, representa a una mujer rapada y con el pecho desnudo como espectadora del asesinato de su hombre, o a una mujer violada junto al cuerpo de un hombre ejecutado, por el lado franquista también se deja testimonio de las violaciones cometidas por los republicanos ilustrando los informes con fotografías de chiqui- llas y mujeres vejadas (aunque en la mayoría de ocasiones se demostró su falsedad).

El abuso sexual en la zona nacional

Como se ha dicho, casi todos los historiadores coinciden en que las violaciones en tiempo de gue- rra se produjeron de manera más sistemática y fre- cuente en la llamada zona nacional, y en la mayoría de las ocasiones con el consentimiento o al menos la complicidad de los mandos militares.

En el prólogo de su libro El holocausto español, el hispanista Paul Preston llama la atención sobre el alcance y a la vez la subestimación de los abusos contra las mujeres cometidos en el bando de los sublevados. “El asesinato, la tortura y la violación eran castigos generalizados para las mujeres de izquierdas (no todas, pero sí muchas) que habían emprendido la liberación de género durante el período republicano. [...] Otras miles de mujeres fueron sometidas a violaciones y otras formas de abuso sexual, a la humillación de que les raparan la cabeza o de hacerse sus necesidades en público tras la ingesta forzosa de aceite de ricino”.

El historiador granadino Guillermo Rubio Martín considera, por su parte, que la violación sistemática siguió el ritmo del avance de las tropas rebeldes. Y distingue dos tipos de violaciones: las perpetradas por el ejército africanista compuesto por la Legión Extranjera y las tropas regulares –los llamados “moros de Franco”–, por un lado, y las cometidas por los cuadros de falangistas y requetés, por otro.

Queipo, el locutor del odio

“Se ha atribuido a Queipo de Llano gran parte de la culpa de que las acusaciones de violación reca- yeran las más de las veces sobre los marroquíes”, sostiene la historiadora María Rosa de Madariaga en su obra Los moros que trajo Franco. Queipo se había curtido en la Guerra del Rif, en Marruecos,
donde las violaciones fueron ampliamente practicadas tanto por las tropas españolas como por las marroquíes. Era el jefe de la sublevación en Andalucía y, una vez bajo su mando la capital sevillana, sus alocuciones nocturnas en Radio Sevilla se convirtieron en una poderosa arma de terror psicológico con el n de desmoralizar al enemigo. Queipo pasaba revista a las atrocidades cometi- das por sus hombres durante el día y anunciaba las que vendrían al día siguiente, cuando fueran “liberadas” otras localidades.

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Con especial énfasis, aventuraba la suerte que estaba destinada a las mujeres de los republicanos: “Nuestros valientes regulares y legionarios han demostrado a los rojos cobardes lo que signi ca ser hombres de verdad, y de paso también a sus mujeres. Esto está totalmente justificado, porque estas comunistas y anarquistas predican el amor libre. Ahora por lo menos sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricones. No se van a librar por mucho que berreen o pataleen”.

Tanto marroquíes como españoles

Las tropas marroquíes y los legionarios eran fuerzas de choque y calcaban en España los métodos de lucha y los comportamientos practicados en Marruecos. Cometieron violaciones en África sin que sus jefes españoles les castigaran por ello y volvieron a hacerlo en España. Un caso muy conocido es el que narró el periodista norteamericano John T. Whitaker en 1943: fue testigo de la violación múltiple y el asesinato de dos muchachas españolas cerca de Navalcarnero, alentados por el único oficial marroquí del ejército español, Mohammed ben Mizzian, y tolerados por sus superiores.

El escritor Arturo Barea plasma episodios similares en su trilogía novelística La forja de un rebelde (1941-1946). Relata el caso de una muchacha violada por los “moros”, según le cuenta un vecino del pueblo donde veraneaba: “La tumbaron en un campo labrado y llamaron a los otros, porque la chica era guapa. ¡Once de ellos, don Arturo!”. Tanto el caso denunciado por Whitaker como el narrado por Barea sucedieron en los primeros meses de la guerra, cuando las tropas marroquíes gozaban de cierta autonomía al estar encuadradas en el ejército de África. Una vez integrados en el ejército nacional, se cree que estos actos de barbarie disminuyeron en frecuencia e intensidad. “En lo que a violaciones se re ere, tampoco los ‘cristianos’ les iban a la zaga a los ‘moros’. [...] En el bando franquista, los autores eran en general grupos paramilitares de Falange”, subraya María Rosa de Madariaga. En la obra Víctimas de la Guerra Civil, un extenso trabajo de investigación sobre la contienda coordinado por Santos Juliá, se citan también varios casos de violaciones, como el de la esposa del gobernador republicano de A Coruña, Francisco Pérez Caballero, que fue detenida, violada y asesinada por un grupo de paramilitares de Falange. Según este estudio, otros casos similares se dieron en cuartelillos de Falange y en cárceles.

Violencia sexual en el bando republicano

La historiadora Adriana Cases Solas, en su estudio La violencia sexual en la retaguardia republicana, hace una lectura política de los casos de agresión sexual registrados en el lado republicano y del va- lor simbólico de este tipo de acciones. Son, a su juicio, actuaciones que responden a varios obje- tivos: la afirmación del poder varonil frente a las acusaciones de afeminamiento que venían del otro bando, la profanación del espacio sagrado, al ser las víctimas una representación de la cultura católica, y, por último, el uso de la violencia sexual como una herramienta más de las fuerzas revolucionarias para desmontar el viejo orden, encarnado en el estatus económico y social.

Como señala la autora, “en los primeros días de la guerra, en las zonas en las que no triunfó el golpe se formaron comités republicanos con el n de controlar la retaguardia. Tuvieron distintos nombres: Comité de Defensa de la República o del Frente Popular, Comité de Salud Pública, Comité de Vigilancia”. Todos tenían objetivos similares: limpiar la retaguardia de “quintacolumnistas y fascistas”. En este contexto sitúa la autora el caso objeto de su estudio: Piedad Suárez de Figueroa Moya, ‘Piedaita’, una de las cuarenta personas que componen la lista de “mártires por Dios y hé- roes por la patria” publicada por el Ayuntamiento de Villanueva de Alcardete (Toledo) en el diario ABC el 27 de julio de 1939 y que murieron entre agosto de 1936 y agosto de 1937.

Piedad fue asesinada el 5 de septiembre de 1936, junto a su madre y el farmacéutico del pueblo. Fueron condenadas a muerte, al margen de la legalidad, por los comités constituidos entre los alcaldes de la zona. Piedad fue detenida y llevada a un lugar apartado de su lugar de residencia, donde fue sometida a una violación colectiva por varios miembros de los comités. Después de violarla, le dispararon y uno de ellos le mutiló un pecho. En el mismo estudio se señalan las atrocidades cometidas por el comité de la localidad de Villamayor de Santiago (Cuenca), denunciadas incluso por el periódico anarquista Solidaridad Obrera. El rotativo sacó a la luz violaciones sistemáticas de mujeres retenidas en el convento de Villamayor, que hacía las veces de cárcel. “En la cárcel se celebraban a diario comilonas y juergas, cuyo epílogo era extraer a algunas de las detenidas y, transportándolas a la fuerza a un lugar más confortable establecido en la Casa del Pueblo, completar el festín utilizando las gracias de las bellas detenidas”, reza el artículo que da parte de las fechorías del llamado “Comité Fantasma” de Cuenca.

Algunos autores, como José Luis de Mesa en su obra Los moros de la Guerra Civil española, denuncian los abusos que, según sus investigaciones, cometieron milicianos contra centenares de mujeres, que luego serían brutalmente asesinadas.

En la misma línea se manifiestan otras fuentes, que enumeran violaciones masivas en los primeros meses de guerra en zonas de Badajoz o Asturias.

La violencia revolucionaria, en ausencia del poder policial y judicial, campaba a sus anchas y tenía como objetivo a todos los sectores sociales favorecidos por la sublevación, según Paul Preston. El historiador británico señala que, al margen de las acciones con una dimensión revolucionaria, se dieron también “simples actos criminales, asesinatos, violaciones, robos y ajustes de cuentas contra la antigua clase dirigente”. En definitiva, tal y como concluye Maud Joly, se hace necesario no olvidar que “el cuerpo de las mujeres representa un verdadero frente. Un frente político. Pero también sexuado”.

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