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Verdades y mentiras del Desembarco de Normandía: 10 claves para descifrar la batalla

El 4 de febrero de 1944, unos meses antes del desembarco de Normandía, George Orwell escribiría en una columna de la revista Tribune: “La historia la escriben los vencedores”, aunque, al final, la verdad asoma siempre, y prevalece.

Desembarco de Normandía
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1. ¿Significó el final de Hitler?

La invasión de la Unión Soviética, con el “General Invierno” de Stalingrado, fue la que precipitó el fin de Hitler. Se podría decir que el desfile de la victoria por las calles de París, el 25 de agosto de 1944, cerró el paréntesis abierto por la operación Barbarroja tres años antes. A la sazón, la Wehr-macht era un cuerpo exánime e incluso hasta cierto punto previsible, todavía bien dotado de blindados (en Stalingrado había perdido “solo” veinte divisiones), pero con graves problemas de suministro, y, desde luego, con una Marina y una Fuerza Aérea que habían conocido tiempos mejores. El atentado contra Hitler en la Guarida del Lobo, su cuartel de mando al este de Rastenburg (Polonia), el 20 de julio de 1944, evidenció el cisma existente entre el Führer y parte del estamento militar. Fue el verano en el que Rommel, el sensato comandante de las fuerzas alemanas en Normandía, y el mariscal de campo Günther von Kluge cayeron en desgracia tras advertir a su jefe, por activa y por pasiva, del sacrificio de una guerra sin futuro. “Las tropas combaten heroicamente, pero esta lucha desigual se acerca a su fin”, escribió Rommel a Hitler el 15 de julio. La operación Overlord dio la puntilla a un régimen que había perdido la iniciativa y que, hasta su capitulación el 8 de mayo de 1945, se limitó a resistir –con una voluntad y una energía inopinadas, desde luego–, mientras ciudades como Dresde ardían en inmensas piras. Sordo a los consejos y ciego a la evidencia, Hitler fiaba la salvación del Reich a unas “armas milagrosas” que cambiarían el curso de la guerra, con los cohetes V2 a la cabeza. Pero, a esas alturas, nada podía truncar la reconquista de Europa.

 

2. ¿Fue el último desembarco en Europa?

El principio de incertidumbre rige todas las batallas y ninguna estrategia puede predecir su resultado. Todos los recursos humanos y técnicos pudieron haber sido insuficientes en el trance de cruzar el canal de la Mancha o de poner el pie en las costas de Francia. A menor escala, los desembarcos de Sicilia y la operación Avalanche de Salerno, entre julio y septiembre de 1943, sentaron las bases de aquel éxito, pero, en el recuerdo de sus promotores, aún seguía fresco el desastre de Dieppe, donde el 19 de agosto de 1942 canadienses y británicos fueron barridos del mapa por los nazis. Normandía constituyó el desembarco más colosal de la Historia, pero no fue el último de la contienda en el Viejo Continente. La operación Dragón, llamada primero Yunque, aflojó la presión de Normandía en el sureste de Francia, entre las costas de Niza y Marsella, el 5 de agosto de 1944, sancionando de paso la pericia de los aliados en el ámbito de las operaciones anfibias. Y aún hubo otros desembarcos, como los que se produjeron en el curso de la batalla del estuario del Escalda, entre Bélgica y los Países Bajos, o en el mismo Rin, que los aliados cruzaron en marzo de 1945.

3. Aliados... y rivales

Tanto la operación Overlord como la Neptuno, su complemento naval, fueron trazadas, respectivamente, por el general británico Bernard Law Montgomery y la Royal Navy, si bien su jefe supremo fue el general americano Dwight D. Eisenhower. Hay que reconocer que la coordinación de las fuerzas angloamericanas dejó mucho que desear. Su superioridad por tierra, mar y aire resultó patente desde el principio, pero, sobre el terreno, algunos de sus generales pecaron de individualismo. Speidel, jefe del Estado Mayor de Rommel entre abril y junio de 1944, subrayó que la guerra podía haber concluido ese mismo año si el enemigo no hubiera desperdiciado tantas oportunidades. Entre ellas, citaba su incapacidad para romper el frente del Sena tras el episodio de la bolsa de Falaise, cuando miles de soldados alemanes del VII Ejército y el V Ejército Panzer quedaron cercados en las proximidades de esa localidad de la Baja Normandía. Alrededor de veinte mil lograron escapar por la torpeza de Montgomery, que instó a detenerse a las tropas americanas, dejando, así, la puerta de la trampa abierta. El mariscal de Aire Arthur Coningham lo expuso con toda crudeza: “Monty ayudó a los alemanes a escapar. Quiso en todo momento encargarse de todo, e impidió que los americanos avanzaran hacia el norte”. Tampoco la operación Goodwood, entre el 18 y el 20 de julio, rindió frutos a los aliados. Cuando Eisenhower fue informado de que el héroe de El Alamein había detenido a sus blindados, montó en cólera y clamó porque el lanzamiento de siete mil toneladas de bombas hubiera supuesto solo un avance de siete millas. “Su comportamiento constituyó un desastre diplomático de primera magnitud”, zanjaría el historiador Antony Beevor en El Día D (Crítica, 2009). Más allá de Normandía, las relaciones entre Roosevelt, Churchill y De Gaulle (“un dictador en potencia”, en opinión del presidente americano) fueron casi siempre tensas y desconfiadas.

4. ¿Os recibimos con alegría?

El jefe de Estado Mayor imperial, Alan Francis Brooke, anotó en sus Diarios de guerra las impresiones de su paso por Francia en los primeros compases de la batalla de Normandía, el 12 de junio de 1944. Junto a él viajaba nada menos que el primer ministro Winston Churchill, que charló con Montgomery y recibió información de primera mano acerca de sus planes. Frente al júbilo popular recreado por el cine, Brooke se encontró con que “la población francesa no parecía demasiado feliz por vernos llegar como un país vencedor y libertador. Estaban bastante felices tal y como estaban; nosotros llevamos la guerra y la desolación a su país”. La zona por la que se movió el grupo, no lejos de Bayeux, en el departamento de Calvados, apenas había sufrido los efectos de la ocupación alemana: las cosechas se veían óptimas y el ganado estaba bien alimentado. La mujer del alcalde de Montebourg, en la Baja Normandía, lo expresó en estos términos: “Hay quienes celebran los desembarcos, pero para mí fueron el comienzo de nuestra desgracia. Sufríamos una ocupación, pero al menos teníamos lo que necesitábamos”. El 7 de julio, la Royal Air Force arrojó sobre Caen dos mil quinientas toneladas de bombas que se llevaron por delante la vida de unas trescientas cincuenta personas, una barbaridad si tenemos en cuenta que tres cuartas partes de la población había abandonado ya la ciudad. Durante la campaña de Normandía perecieron cerca de veinte mil civiles y otros quince mil en los meses anteriores, esto es, más que los británicos que sucumbieron a los bombardeos alemanes. Y, naturalmente, la política de Guerra Total de los nazis se cebó con numerosas poblaciones, como Oradour-sur-Glane, donde más de seiscientas personas, entre ellas dieciocho españoles, fueron masacrados bajo las órdenes del oficial de las SS, Heinz Barth.

5. La legión india y otros 'voluntarios'

No todos los soldados que desafiaron el avance aliado en suelo francés eran “arios”. La Legión India Libre, un cuerpo creado por el político nacionalista Subhas Chandra Bose, que aspiraba a sacudirse el yugo británico de su país apoyando a los nazis, se hallaba, en el momento del desembarco, al oeste de Burdeos. A mediados de agosto, transferida ya a las Waffen-SS, la Legión emprendió su marcha hacia Alemania y, por el camino, se enfrentó en diversas escaramuzas a fuerzas regulares francesas, miembros de la resistencia y tropas aliadas. Henri Gendreau, un excombatiente de la resistencia, señaló que en su ciudad natal, Ruffec, los legionarios indios violaron a una mujer y a sus dos hijas y mataron a tiros a una niña de dos años. Por su parte, los Ostbataillonen, las legiones orientales, lucharon en Normandía bajo una misma bandera pero con un sinfín de lenguas. En cierta ocasión, el teniente Robert Brewer, de la 101ª División Aerotransportada, capturó a cuatro coreanos que habían sido obligados a luchar en las filas de la Wehrmacht. Los prisioneros de guerra soviéticos, poco fiables y mal equipados, nutrían las filas de esas unidades, en las que combatían también armenios, georgianos o ucranianos, entre otros extranjeros.

 

6. La épica de Omaha Beach

Dos meses antes del desembarco, los aliados llevaron a cabo un ensayo general, a gran escala, en la playa de Slapton Sands, en Devon, Reino Unido. Todo lo que podía salir mal, salió peor: setecientos cuarenta y nueve soldados estadounidenses fueron aniquilados por una flotilla de Schnellboots alemanes que detectó el simulacro y torpedeó sus barcos. De igual modo, el desembarco de las fuerzas estadounidenses en la playa de Omaha fue una carnicería. Para empezar, los servicios de espionaje aliados no detectaron que la 352ª División de Infantería había sido asignada a su defensa –los americanos creían que les daría la “bienvenida” la 716ª, integrada, sobre todo, por soldados veteranos y ucranianos–. Para continuar, y a causa del mal tiempo, los bombardeos aéreos fueron incapaces de debilitar las defensas germanas, por lo que los tiradores alemanes dispararon a placer sobre sus enemigos. El gran periodista Ernie Pyle, muerto un año después en Okinawa, escribió: “Los hombres flotaban en el agua, pero no sabían que estaban en el agua, porque estaban muertos”. Las bajas, contando muertos, heridos y desaparecidos, rondaron los 2.400 hombres, un 9 %, y, aun así, Eisenhower y el general Bradley se dieron con un canto en los dientes, pues los cálculos apuntaban a que caerían hasta un 12,5 %. “En la playa –abundó el coronel George A. Taylor–, quedan dos tipos de individuos, los muertos y los que van a morir”.

 

7. ¿Cumplieron con su cometido los paracaidistas?

La historia de John Steele, el paracaidista que quedó suspendido de la torre de la iglesia de Sainte-Mère-Église, el primer pueblo liberado de Francia, sirve como pretexto para reconstruir la labor de los más de trece mil hombres que, en la noche del 6 de junio, saltaron sobre la península de Cotentin para facilitar el desembarco aliado en la playa de Utah. Pertenecientes a la 82ª y la 101ª División Aerotransportada, y con una experiencia previa harto irregular, su misión, tan audaz como compleja, devino finalmente un éxito. Y eso a pesar de que solo un 25 % de ellos logró aterrizar en la zona prevista, tras ser dispersados por el viento. Paradójicamente, todo ese caos contribuyó a confundir al enemigo, que no pudo frenar su avance hacia Cherburgo. La ciudad cayó en poder de los aliados a finales de junio, tras durísimos combates por la toma de varios puentes y esclusas. El plan de los aliados incluyó, por cierto, el lanzamiento de cientos de maniquíes equipados con aparatos que replicaban el sonido de armas automáticas, en áreas alejadas del lugar del desembarco. Si visitan los museos de la región, podrán fotografiar algunos de estos paracaidistas falsos, apodados Rupert.

8. La resistencia, héroes... y algún villano

La personalidad de Jean Moulin, uno de los grandes líderes de la resistencia, asesinado por la Gestapo en 1943, o de Georges Bidault, uno de los miembros del Consejo Nacional de la Resistencia, no implica que el movimiento estuviera muy cohesionado. Sus simpatizantes comunistas proyectaron por su cuenta un brazo armado, los Francs-tireurs et partisans (FTP), que, a la hora de la verdad, pusieron el foco sobre los colaboracionistas antes que sobre los invasores. Hasta agosto de 1944, dos mil soldados alemanes habían muerto a manos de la Resistencia, pero solo en la “épuration”, la purga que siguió a la liberación de París, se contabilizaron unas catorce mil muertes. La labor de la resistencia fue decisiva por la calidad de sus soplos, hasta el punto de que el general William J. Donovan, padre de la inteligencia estadounidense, cifró en un 80 % la información útil obtenida gracias a estos grupos. Sus ojos y oídos allanaron el camino a los estadounidenses, que, a finales de julio de 1944, golpearon a las agrupaciones blindadas al sur del canal de la Mancha, en los prolegómenos de la operación Cobra; y, aunque sus sabotajes no causaran daños irreparables al enemigo, solo entre el 5 y el 6 de junio perpetraron cerca de mil acciones. La respuesta de los nazis fue contundente: el mismo Día D, la Gestapo ejecutó a más de ochenta resistentes franceses en el patio de la prisión de Caen.

 

9. 'Muertos en combate'

El cementerio estadounidense de Colleville-sur-Mer alberga los restos de 9.387 militares de ese país, en su mayor parte caídos durante el desembarco. La historiografía jamás podrá cuestionar su entrega, pero, como advierte Olivier Wieviorka en Historia del desembarco de Normandía(Tempus, 2008), “al presentar a los soldados aliados mirando la muerte sin pestañear, como imágenes de Épinal, disfrazan la guerra, edulcorando la repugnancia que puede inspirar a los que la llevan a cabo, difuminando los sufrimientos infligidos, voluntariamente o no, a los civiles”. Como en cualquier otra batalla, no faltaron en ninguno de los bandos los desertores (durante la Segunda Guerra Mundial, los alemanes ejecutaron a treinta mil, por solo cuarenta y ocho durante la Primera Guerra Mundial), así como las automutilaciones para zafarse del horror venidero. El Primer Ejército de Omar Bradley admitió más de cinco mil casos psiquiátricos hasta el mes de agosto de 1944, un 36 % de las bajas no mortales. En los Archivos Nacionales y Administración de Documentos de Estados Unidos, el genérico “muertos en combate” (“killed in action”) camufla la identidad de numerosos soldados suicidas.

10. Un solo nombre

Una cruz en el citado cementerio de Colleville-sur-Mer cuenta que el teniente general Lesley J. McNair, ascendido a general póstumamente, vio la luz en Minnesota y que expiró el 25 de julio de 1944. Las circunstancias de su muerte resumen a la perfección las intenciones de este artículo: verdades y mentiras de la batalla de Normandía. McNair, comandante de las fuerzas de Tierra, es el militar de mayor rango enterrado en ese camposanto y uno de los cuatro tenientes generales estadounidenses que cayeron en la guerra. A su funeral asistieron Bradley y Patton, entre otros. Pues bien: el US Army Press Corps, el servicio de prensa del Ejército de EE. UU., publicó que McNair había sido víctima del fuego enemigo, y hasta el mes de agosto la opinión pública no supo la verdad. Y la verdad era que, en los preparativos de la operación Cobra, un ataque por equivocación de los bombarderos B-17 Flying Fortresses y B-24 Liberators acabó con su vida –y con la vida de más de cien compatriotas suyos–, apenas unos días antes de que su único hijo falleciera en el frente del Pacífico. Cuando el cuerpo de McNair fue trasladado al hospital de campaña, los sanitarios juraron guardar silencio sobre su desafortunado final.

A veces es más cómodo vivir en la mentira, pero, al final, la verdad asoma siempre, y prevalece.

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