Un acorazado británico hundido en su propia base

Así fue como los alemanes hundieron el acorazado británico Royal Oak, que se encontraba en la base naval de Scapa Flow, uno de los lugares más seguros y protegidos de Gran Bretaña.

La noche del 13 de octubre de 1939 , el aire se puso de pronto frío en la base naval de Scapa Flow, en las islas Orcadas. A bordo del acorazado HMS Royal Oak, de 200 metros de eslora, todo estaba en calma. El puerto era uno de los lugares más seguros y protegidos de Gran Bretaña. Las entradas estaban bloqueadas por barcos hundidos y entre estos se habían tendido redes submarinas, lo cual permitía a la tripulación del Royal Oak dormir a pierna suelta a pesar de que, solo un mes antes, el Reino Unido le había declarado la guerra a Alemania como respuesta a la invasión de Polonia.

De pronto, una serie de brutales explosiones llenaron el aire con un ensordecedor rugido. Del Royal Oak empezaron a brotar llamas y una enorme columna de agua salió disparada del casco del buque hacia el cielo. Partes del mástil, las chimeneas y el puente de mando salieron volando por los aires junto a varios miembros de la tripulación, muchos de los cuales estaban ya muertos cuando cayeron al agua cubierta de petróleo. Los gritos de los marineros que morían abrasados por las llamas en el barco se mezclaban con las peticiones de auxilio de los que se ahogaban. Destrozado, el viejo buque comenzaba a hundirse rápidamente. Así se perdió un tiempo precioso antes de que se descubriera qué había ocurrido.

Contra todo pronóstico, un submarino enemigo se había colado en la base y, después de disparar sus torpedos, enfilaba ya hacia el estrecho brazo de mar conocido como Kirk Sound para deslizarse entre los cuatro barcos hundidos que obstruían la salida. En Kirk Sound la profundidad del agua era tan baja y las corrientes tan impredecibles, que en su día no había parecido necesario minar el paso ni colocar redes.

Las redes antisubmarino eran parte de la protección habitual de la Armada británica cuando había que reparar buques o reponer suministros. Una de las bases navales más antiguas y mejor defendidas estaba en Scapa Flow, un puerto natural utilizado desde los tiempos de los vikingos que consistía en una bahía resguardada por una serie de ensenadas e islotes.

Se encontraba en las islas Orcadas, al norte de Escocia, y desde la Primera Guerra Mundial estaba protegida con minas, redes y barcos hundidos. Varios de ellos pertenecían a la Marina Imperial Alemana y habían sido llevados hasta allí y hundidos por los británicos durante la Gran Guerra.

Pero esta no era la única humillación infligida a Alemania en Scapa Flow. Los alemanes habían intentado ya en dos ocasiones atacar barcos ingleses anclados en la bahía y en ambas fracasaron. La primera fue en noviembre de 1914, cuando un submarino U–18 fue arrollado y hundido por un arrastrero. La segunda tuvo lugar en octubre de 1918, cuando mediante el uso de ondas subacuáticas se detectó la presencia de otro submarino, el UB–116, que fue destruido con una mina activada por control remoto. Por eso, al margen de consideraciones estratégicas, el deseo de golpear precisamente allí a la Armada británica tenía también un alto valor simbólico.

Dönitz descubrió la debilidad británica

El plan de ataque contra Scapa Flow venía del Alto Mando de la Kriegsmarine. Karl Dönitz, responsable de los submarinos alemanes, descubrió que los británicos no habían colocado redes en la zona este de Kirk Sound, donde solo había cuatro grandes buques bloqueando la parte más profunda del estrecho. En la parte norte, quedaba también libre un pequeño paso y, hacia el sur, había un agujero de 170 metros de ancho en zonas con profundidades de hasta ocho metros por las que podía colarse un submarino. A esto se sumaba la ventaja de que la costa estaba prácticamente deshabitada.

Dönitz pensaba que era posible entrar en Scapa Flow por Kirk Sound con marea alta. Lo único que hacía falta era encontrar al hombre adecuado para la operación.

El elegido fue el Günther Prien, un capitán osado, ambicioso y competente que, en el primer mes de guerra, había hundido cinco mercantes británicos. Dönitz le ofreció la misión, pero Prien no aceptó enseguida. Antes pasó una noche entera estudiando todo el material que le había sido proporcionado: cartas náuticas, fotografías tomadas por aviones de reconocimiento e informes de los servicios de inteligencia. También estudió intentos anteriores, calculó las posibilidades que concedía la debilidad descubierta por Dönitz y elaboró su propio plan de ataque. A la mañana siguiente, aceptó el encargo.

Aprovechando la ayuda de las mareas

Prien decidió seguir la idea de Dönitz y permitir que su submarino, el U–47, fuera arrastrado hasta el interior de Scapa Flow por la marea alta a través del poco profundo estrecho de Kirk Sound. La operación fue planeada para la noche del 13 de octubre, en la que habría luna nueva y podrían beneficiarse de la ausencia casi total de luz. El 8 de octubre se cargaron las municiones y otros suministros y la nave partió en secreto de Kiel. El 12 de octubre, tras cuatro días de navegación, llegaron a las Orcadas y, a las 04:00 de la madrugada del día 13, el capitán hizo que la nave descendiera hasta el fondo marino en los alrededores de Scapa Flow.

Solo entonces convocó Prien a sus hombres para informarles de la misión que debían llevar a cabo. Luego les ordenó que se tumbaran y descansaran para ahorrar oxígeno mientras el U–47 permanecía sumergido. Como precaución adicional, los miembros de la tripulación envolvieron sus botas con trapos porque los sistemas de detección británicos eran tan sensibles que podían detectar hasta un pequeño golpe contra el casco de la nave.

Una luz repentina y peligrosa

Por la tarde los hombres cenaron chuletas de cerdo con chucrut y se prepararon para la batalla. A las 19:00, el submarino ascendió lentamente y el periscopio examinó el horizonte. La noche estaba oscura y no se veían enemigos. El U–47 salió entonces a la superficie, encendió los motores diésel y empezó a deslizarse lentamente hacia la costa. Pero de pronto una luz clara se extendió en el horizonte. Una increíble aurora boreal iluminaba el cielo del mar del Norte. Nadie pudo apreciar su belleza, sin embargo, porque la oscuridad era crucial para el inminente ataque. Por un instante, Prien consideró la posibilidad de suspenderlo, pero los hombres estaban preparados y prefirió correr el riesgo a tener que esperar otras 24 horas en el fondo.

Bañado por el espectáculo de luz que brindaba la propia naturaleza, el submarino alemán fue colándose despacio en Holm Sound, la entrada a Scapa Flow situada más al este. Cada vez que aparecía la sombra de un barco en la distancia, el U–47 se escondía bajo la superficie del agua, en un juego de subidas y bajadas que ponía a prueba la paciencia del capitán y sus hombres. A la vez, las cambiantes mareas de las Orcadas hacían que las condiciones de navegación fueran erráticas e impredecibles.

Cerca de Kirk Sound, la misión estuvo a punto de irse a pique. Prien tenía solo 15 metros de margen cuando pasaba junto al buque hundido Soriano, pero un cambio brusco de marea les empujó contra el barco y el capitán se encontró de pronto con una ancla justo enfrente. Después de una maniobra brusca, el casco golpeó el fondo del mar con un chirrido y quedó allí atascado. Prien ordenó virar todo a babor y, en un solo movimiento, consiguió liberar el submarino, esquivar el ancla y seguir adelante. Así entraron en Scapa Flow. El capitán examinó entonces el horizonte con el periscopio y, para su decepción, comprobó que no había ningún barco enemigo a la vista.

La flota, ausente por prudencia

La ausencia de objetivos británicos se explicaba por un fallo de los servicios de inteligencia alemanes. Una semana antes, la mayor parte de la flota estacionada en Scapa Flow había salido a mar abierto y había sido bombardeada por la Luftwaffe. El ataque resultó un fracaso, pero el miedo a que se repitiese un episodio similar hizo aconsejable que la Royal Navy se reubicara en Loch Ewe, en el norte de Escocia, en vez de regresar a Scapa Flow.

Esta información no se le había hecho llegar a Prien, quien, ignorante de los motivos de la desaparición de la flota, decidió buscar por la bahía más profundamente navegando hacia el oeste. Pasada la medianoche, divisó un buque de la Guardia Costera, pero de un tamaño tan pequeño que, como objetivo militar, resultaba insignificante.

Había decidido volver hacia el este con la idea de surcar la costa de la isla de Mainland con rumbo norte cuando de pronto dio con la presa adecuada. En el periscopio del U–47 aparecieron dos buques de guerra y Prien ordenó botar el ancla a una distancia de tres kilómetros. Más allá, en el puerto, podían verse también varios destructores, pero Prien se decidió rápidamente por los barcos de gran tonelaje.

A las 0:15, la tripulación del U–47 preparó cuatro torpedos. Dos de ellos se apuntaron al buque situado más al sur, el HMS Royal Oak, y los otros dos hacia el que se encontraba al norte, el HMS Pegasus. Tres de los torpedos partieron con éxito, acompañados por un ligero temblor, pero el cuarto se quedó atascado en el tubo. Después de disparar, Prien y sus hombres se quedaron contando los segundos. Tres minutos y medio más tarde, el primer torpedo impactó en la cadena del ancla y explotó, mientras que los otros dos desaparecían en la oscuridad de las aguas.

Blanco al segundo intento

A bordo del Royal Oak se produjo una enorme confusión. A nadie se le pasaba por la cabeza que el barco pudiera ser víctima del ataque de un submarino alemán. La tripulación creyó que se trataba de una explosión menor, quizás un proyectil propio que se hubiera disparado por accidente.

Prien no se dejó arredrar por el fracaso de ese primer ataque y ordenó otro intento. Cinco minutos más tarde, los cuatro tubos lanzatorpedos estaban preparados. En esta ocasión, dos de los disparos dieron de lleno en el casco del Royal Oak. El impacto provocó un ruido ensordecedor y abrió un hueco de nueve metros de ancho en el costado del buque. Es muy probable que alcanzara el depósito de municiones, ya que la potencia de la explosión fue tal que parte del casco salió despedido con gran violencia.

Fue la sentencia de muerte del Royal Oak. El agua empezó a entrar a raudales y el viejo acorazado comenzó a inclinarse peligrosamente hacia un lado. Solo trece minutos más tarde, desapareció engullido por las aguas de la bahía. Empezó entonces una huida frenética. Prien ordenó enfilar rápidamente hacia la salida y la tripulación puso los dos motores a toda máquina. Pero, antes de que el submarino pudiera escapar, surgieron problemas.

Con la Royal Navy en los talones

Prien había empleado tanto tiempo en buscar barcos en Scapa Flow que la marea había cambiado y la profundidad del agua de Kirk Sound era ahora peligrosamente baja, en algunos sitios de menos de tres metros. La fuerte contracorriente desviaba al U–47 de su ruta una y otra vez, por lo que el capitán comprendió que no iba a ser posible salir por un lugar tan estrecho.

Se dirigieron entonces hacia un paso más ancho al sur de Kirk Sound, pero aquí la profundidad del agua era aún menor. La velocidad de navegación bajó a 18 kilómetros por hora y el submarino tuvo que pasar entre un buque hundido y la costa dejando escasos centímetros a cada lado. Tras un violento golpe de timón, estuvo a punto de producirse una colisión fatal.

A las 02:15, el U–47 había salido a mar abierto. Le seguían de cerca destructores británicos, cuyas cargas de profundidad lo obligaron a salir y navegar en la superficie.

Cruz de hierro para todos

Cuatro días más tarde, el 17 de octubre a las 11:00, el U–47 llegó a la base naval de Wilhelmshaven. La tripulación fue recibida por el gran almirante Erich Raeder y el comandante Karl Dönitz antes de continuar hasta Berlín, donde les esperaba el Führer.

Después de un desfile honorífico por las calles de Berlín, Prien y la tripulación asistieron a una cena de gala con Hitler, que les concedió a todos la Cruz de Hierro. Fue el momento estelar en la vida de Prien, que inmediatamente regresó al servicio activo en Kiel.

El capitán se hizo famoso y fue aclamado como uno de los mayores héroes de la flota alemana de submarinos, con un total de 30 buques aliados hundidos. Pero, el 7 de marzo de 1941, el U–47 fue alcanzado por una carga de profundidad lanzada desde el destructor Wolverine y Prien pereció junto a los 45 miembros de su tripulación.

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