Ucrania bajo la Unión Soviética, una tragedia en tres actos

Repasamos sus décadas bajo la Unión Soviética a través de tres hitos: la Guerra de la Independencia, la hambruna del Holodomor y la creación de un Estado independiente.

Hay tierras convulsas, víctimas del imperialismo, el hambre y las sacudidas cíclicas de la historia. Ucrania es una de ellas. Repasamos sus décadas bajo la Unión Soviética a través de tres hitos fundamentales: la Guerra de la Independencia (1917-1921), la hambruna del Holodomor (1932-1933) y la creación de un Estado independiente tras la caída de la URSS.

Petrogrado
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Primer acto: la guerra

Dos Ucranias latían en el corazón de la vieja Europa que se desmoronó como un castillo de naipes tras la Primera Guerra Mundial. Una, bajo la influencia del Imperio austro-húngaro; otra, dominada por Rusia. La inmensa mayoría de su población combatió entonces junto a las fuerzas de la Armada Imperial Rusa, pero al menos un cuarto de millón defendió los intereses de la monarquía dual.

El horror se sustanció en el campo de batalla, pero también en la retaguardia, con matanzas y persecuciones para silenciar a los “traidores” de cada bando. La región de Galitzia, disputada por unos y otros, padeció el internamiento de miles de rusófilos en los campos de concentración enemigos y asistió a una de las batallas más sanguinarias de los albores del conflicto mundial, que se saldó con la victoria rusa en Rawa entre el 3 y el 11 de septiembre de 1914.

Así pues, la historia de Ucrania en el siglo XX, como la de todo el continente europeo, empezó con el horror de la guerra, que, en su caso, se prolongó en el lustro siguiente con la Guerra de Independencia, que siguió a la Revolución bolchevique de 1917. El Ejército Rojo y el contrarrevolucionario Ejército Blanco, los ucranianos que luchaban por su libertad y los polacos que ambicionaban los restos de un Imperio, el austro-húngaro, en descomposición, los garantes de la frágil República Popular de Ucrania Occidental (en la parte oriental de Galitzia), los anarquistas de Néstor Majnó, que luchó contra todos para redimir el conjunto del territorio, y los rumanos que, ya puestos, reclamaron también sus derechos sobre ese pastel agujereado, todos se vieron las caras en un enfrentamiento muy complejo, que, por fijar una coordenada temporal, mostró sus garras con el levantamiento bolchevique de Kiev, el 8 de noviembre de 1917.

Buscando su camino

Contextualicemos. Durante los meses previos, Ucrania había empezado no ya a tomar conciencia de sí misma, sino a expresarlo a través de sus propias instituciones políticas. Mijailo Hrushevski, una figura de prestigio, notable historiador y académico, se puso al frente de la Rada, el Parlamento, para que se oyera la voz de un pueblo que trataba de encontrar su camino. A la sazón, el gobierno provisional de Kerensky, constituido tras la abdicación del zar, tenía muchos frentes abiertos, y, aunque su coalición de liberales y socialistas moderados parecía propicia al diálogo, la radicalización, tanto a derechas como a izquierdas, impedía cualquier avance. Ucrania apostó por seguir unida a Rusia, siempre que pudiera gozar de un estatuto de autonomía propio, a lo que Petrogrado se negó.

Fue un tiempo de ideales en ebullición, que cabría resumir en la proclama de la Rada del 23 de junio: “Nosotros solos elegiremos nuestra vida”. Durante ese verano, y a lo largo de los meses siguientes, los prohombres ucranianos redactaron diferentes textos para apuntalar sus principios, un peldaño tras otro en el camino soñado de la independencia. “El poder en Ucrania –insistían– dimana del pueblo ucraniano y solo las leyes aprobadas por la Asamblea popular ucraniana tienen efectividad en el territorio”.

A regañadientes, Kerensky reconoció a la Rada central de Ucrania, pero la desconfianza era inevitable. Por si fuera poco, sus sucesivos gabinetes se vieron desbordados por la encrucijada de la guerra mundial y la crisis de abastecimiento. El asalto al Palacio de Invierno puso fin, simbólicamente, al Gobierno provisional, abriendo un nuevo e incierto ciclo para Ucrania.

¡Que vienen los bolcheviques!

La espera duró poco. El 8 de noviembre, como hemos señalado, los bolcheviques proyectaron en Kiev su propia Aurora (por el crucero que inició la Revolución de Octubre), pero, valga el juego de palabras, su audacia acabó como el rosario de la aurora. La gente bajó al barro de las calles y desafió a los simpatizantes de Lenin, mientras la Rada emitía una nueva proclama en la que reiteraba sus lazos con Rusia y anunciaba, ya, la República Popular de Ucrania. Hasta 1921, ese fue el sistema que luchó por la independencia y la anexión de aquellas zonas con mayoría ucraniana, a través, primero, de la Rada central (1917-1918) y, más tarde, del Directorio (1918-1921), salvando el paréntesis del Hetmanato, que comentaremos a continuación.

Ciertamente, a los bolcheviques les faltaba músculo en Ucrania. Implantados en las ciudades industriales del Este y el Sur, las tropas de la Guardia Roja tomaron Jarkov y crearon la República Popular Ucraniana de los Sóviets, germen de la que acabaría siendo la República Socialista Soviética de Ucrania. El acercamiento entre unos y otros era inviable; el choque de trenes, inminente. Hay que recordar que, a finales de 1917, Rusia seguía librando la guerra contra los imperios centrales. Pues bien: el gobierno de Ucrania se adelantó a los bolcheviques en el Tratado de Brest-Litovsk, y el 9 de febrero de 1918 firmó la paz por su cuenta, a cambio del reconocimiento de su soberanía –unas semanas antes, la República Popular de Ucrania se había proclamado como Estado independiente, libre y soberano– y de que Alemania les apoyara en su lucha contra los bolcheviques, que un día antes habían conseguido tomar Kiev.

Esa injerencia alemana echó más leña al fuego de la Guerra de la Independencia. Su apoyo al golpe de Estado que depuso a la Rada e inauguró a finales de abril el período del Hetmanato –nombre que recibió el Estado títere del general Skoropadski, separatista antisoviético, hasta noviembre de ese año– hundió el prestigio del gobierno ucraniano, reemplazado por un Directorio que tampoco acertó a la hora de cohesionar a la población.

Para entonces, unos actores habían salido de la función (Alemania, derrotada y atenazada por su propio proceso revolucionario) y otros habían entrado (Polonia, que inició una subtrama dentro de esa sangría, la Guerra polaco-ucraniana, que concluiría con la incorporación a sus fronteras de la República Popular de Ucrania Occidental, recordemos, el este de Galitzia).

La traición de Polonia

El futuro de Ucrania se veía muy negro. La reconquista de Kiev por los rusos blancos de Antón Denikin, cuyo Ejército de Voluntarios había puesto contra las cuerdas a los bolcheviques en la Rusia del Sur, no sirvió para desestabilizar a su enemigo, o, mejor dicho, a sus enemigos. Y es que, sobre el abigarrado tapiz de Ucrania, los blancos de Denikin y del general Wrangel, apoyados en parte por Francia y Gran Bretaña, eran hostigados por el Ejército Rojo y por los anarquistas de Majnó.

Cuando Polonia lanzó una operación junto a las tropas de la República Popular de Ucrania para fundar un Estado libre de bolcheviques (evidentemente, controlado por los polacos), un halo de esperanza iluminó a los ucranianos. El plan era crear una federación de la que formarían parte Bielorrusia, Lituania, Polonia y Ucrania, y, aunque quedaba muy bonito sobre el papel, no llegó a materializarse. Los soviéticos respondieron a la operación con una contraofensiva a finales de mayo de 1920, en la que el cosaco Semión Budionni se hizo tristemente célebre por su política de asesinatos masivos y quema de pueblos. Pero, a la postre, Polonia salió victoriosa, tal como ratificó la Paz de Riga de 1921.

¿Qué sintieron entonces los ucranianos? Pues decepción, sobre todo. Porque Polonia miró para otro lado y abandonó a sus tardíos aliados de conveniencia, mientras, de la noche a la mañana, cuatro millones de ucranianos eran absorbidos por las nuevas fronteras polacas. El movimiento nacional ucraniano presenció la entrega a la Rusia soviética de su parte oriental y a Polonia de la occidental, que comprendía la sempiterna Galitzia.

La Guerra de la Independencia se dio por concluida el 17 de noviembre de 1921, con las fuerzas ucranianas, bielorrusas y rusas blancas huidas o aniquiladas por los soviéticos, que, estabilizado el frente occidental, se lanzaron con todo a aplastar los últimos focos de resistencia. El Ejército Rojo invadió Crimea –eje de la crisis de 2014– y los voluntarios blancos pusieron pies en polvorosa. La captura de la ciudad de Kórosten, al noroeste, por las fuerzas del Directorio fue un espejismo del que los cascos de la caballería bolchevique los despertaron junto a Mali Mynky, en la región de Zhytomyr.

Un año después, a finales de 1922, los comunistas bautizaron a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas mediante un tratado que incluía a los siguientes miembros fundadores: Rusia, Ucrania, Bielorrusia y Transcaucasia, esto es, Georgia, Armenia y Azerbaiyán. Ya no quedaba nada de la Rada –el Congreso de los Sóviets llevaba la voz cantante– y el bueno de Mijailo Hrushevski, que había partido al exilio en 1919, coqueteaba con los nuevos amos y podía regresar a su patria en 1924. Diez años después, bajo la atenta vigilancia de Stalin, moría en una operación rutinaria a la edad de sesenta y ochos años, una vez más, en el exilio, lejos de su patria agonizante por el hambre del Holodomor.

Segundo acto: el holodomor

“Las señales de advertencia eran abundantes. A principios de la primavera de 1932, los campesinos de Ucrania comenzaron a pasar hambre. Informes de la policía secreta y cartas escritas desde regiones productoras de cereal de toda la Unión Soviética –el Cáucaso septentrional, la región del Volga, Siberia occidental– mencionaban a niños con el estómago hinchado por el hambre, familias que comían hierba y bellotas o campesinos que abandonaban sus hogares en busca de comida”. Lo cuenta Anne Applebaum en Hambruna roja (Debate, 2019), la obra definitiva sobre el Holodomor, que se llevó por delante a más de tres millones de ucranianos y dos millones de rusos, de acuerdo con unos estudios demográficos que precisan que, en ese período, hubo, asimismo, seiscientos mil nacimientos menos.

Durante mucho tiempo, el desastre se atribuyó a un mero error de cálculo –cosas de la colectivización agraria y las malas cosechas– y, en su momento, se negó por sistema y hasta se culpó a sus víctimas, en un sádico y orwelliano ejercicio de fake news. El periodista Gareth Jones viajó clandestinamente a la República Socialista Soviética de Ucrania y, a su regresó, escribió un reportaje, publicado por varios diarios británicos y estadounidenses, sobre lo que había visto y oído: “Recorrí muchos pueblos y en todas partes escuché este lamento: ‘No tenemos pan. Nos estamos muriendo de hambre’”. Pocos lo creyeron, y algunos compañeros, como el Pulitzer Walter Duranty, lo desmintieron en las páginas del New York Times (“Los rusos están hambrientos, pero no se mueren de hambre”). Stalin gozaba de muy buena prensa: los intelectuales, desde el dramaturgo George Bernard Shaw a “nuestros” Rafael Alberti y María Teresa León, se movían por el país como Pedro por su casa y veían lo que querían ver (al fin y al cabo, Pablo Neruda compuso su Oda a Stalin… ¡en 1953!).

De las más altas esferas

Pero el Holodomor existió, y ahí están sus cifras: más de un millón de muertos en el distrito de Kiev –el 20% de su población–, otro millón en Jarkov –el 18,8%–, cerca de un cuarto de millón en Chernígov –el 9,4%–, 545.000 en Vínnytsia –12,8–, 68.300 en Moldavia –11,8–, 327.000 en Odesa –el 10,9–, 231.000 en Donetsk –5,4– y 368.400 en la óblast de Dnipropetrovsk –el 10%–. Queda, entonces, por dirimir sus causas y juzgar si fue un “accidente” o un acto deliberado por parte de Stalin. En este sentido, los números pueden ayudarnos: las regiones más levantiscas, aquellas que manifestaron una mayor oposición a los bolcheviques en la guerra y donde el sentimiento antisoviético era más fuerte, esto es, Kiev y Jarkov, perdieron a un quinto de su población, mientras que otras, como Dnipropetrovsk y Odesa, recibieron más ayudas estatales.

Diseccionemos, para empezar, la palabra, compuesta por dos términos ucranianos: “hólod” (hambre) y “mor” (exterminio). Durante 1932, los funcionarios del régimen emprendieron en las aldeas unas bárbaras requisas de alimentos, bajo tortura, para castigar a los campesinos por su negativa a colectivizar las fincas. Más del 90% de las tierras agrícolas se habían transformado en explotaciones colectivas en poco más de dos años, pero en Ucrania el proceso iba más lento, y Stalin lo veía como una afrenta personal.

Los siervos de la gleba ya no tendrían que rendir cuentas a un señor feudal, sino a un “hombre de acero” cuyo encono hacia la orgullosa República de Ucrania era público y notorio. Su venganza había madurado. Y es que Stalin pudo adoptar una serie de medidas para paliar la emergencia, pero no lo hizo. Antes al contrario, la favoreció con sus leyes sobre confiscaciones (saqueo de semillas y ganado, con la consiguiente ejecución de quien metiera mano en el fondo común del koljós), listas negras (“chorna doshka”) o los controles fronterizos para evitar que los muertos de hambre huyeran a otras regiones. Y, cómo no, con su política de sovietización, porque al drama del hambre se sumó la persecución sistemática de cualquier rasgo de identidad nacional, desde el estudio de sus héroes hasta su lengua. De ahí a las purgas y las fosas comunes había un paso. Todos lo sabían.

La primavera y la luz

La crisis estalló en invierno, pero ya en la primavera de 1932 había anticipado sus consecuencias. Los funcionarios locales del Partido tramitaban numerosas cartas dirigidas a Stalin, en las que el pueblo le informaba del número de caballos que habían perdido o de la escasez que afrontaban en su día a día (muchos de esos funcionarios serían purgados después por simpatizar con su gente). Los cónsules extranjeros describían el panorama con neutralidad; así, el diplomático polaco en Kiev envió un cable a su país en el que perfilaba un tétrico cuadro de gente desmayándose por las calles a causa del hambre. Y, junto con la hambruna, las enfermedades: el escorbuto, la ceguera, la hidropesía…

Las reservas fueron mejorando en 1933 y el régimen levantó la mano a partir de mayo, con menos confiscaciones, lo que no impidió que la gente siguiera muriendo. “Se daban casos en que una persona compraba pan, se lo comía y fallecía ahí mismo, pues estaba demasiado agotado por el hambre”, leemos en Hambruna roja. Hay muchos testimonios en ese sentido, que pueden consultarse en el Holodomor Museum (https://holodomormuseum.org.ua), junto con mapas y otros documentos. Tenemos, por ejemplo, el caso de un hombre de la óblast de Sumy, que, tras la muerte de su esposa, se comió a sus hijos. Cuando un vecino le preguntó por qué no estaba hinchado como los demás, replicó: “Me he comido a mis hijos, y si te vas de la lengua te comeré a ti también”. Desde luego, no fue el único. En marzo de 1933, la OGPU, la policía secreta, recibía en Kiev unas diez denuncias de canibalismo al día. Los animales desaparecieron de la faz de Ucrania y hasta las hormigas se convirtieron en un suculento manjar.

La mortandad alentaría el reasentamiento de decenas de miles de ciudadanos rusos en Ucrania para trabajar la tierra, un episodio que se repetiría en otras etapas de la República, sobre todo en los años sesenta, lo que apagaría la luz de su movimiento nacional, que solo la decadencia de la URSS haría titilar de nuevo.

Hablando de luces, cada año, a finales de noviembre, los ciudadanos de Ucrania encienden velas en recuerdo a las víctimas del Holodomor e invitan a todo el mundo a sumarse al homenaje, iluminando las ventanas de sus casas. Por mucho que Stalin y sus secuaces trataran de ocultar el horror, la memoria fue más fuerte que la censura.

Tercer acto: la disolución de la URSS

9 de noviembre de 1989, cae el muro de Berlín. 19 de agosto de 1991, el ala dura del PCUS y agentes del KGB dan un golpe de timón y tratan de deponer al presidente Gorbachov, que es secuestrado en Crimea. 24 de agosto de 1991, el Parlamento ucraniano proclama la independencia del país, mientras en Moscú se sofocan las últimas hogueras del fallido golpe de Estado.

Este acto no es una tragedia, aunque pudo acabar mal. Ucrania, como otras repúblicas socialistas soviéticas, empezó a ensayar su aparición en escena tiempo atrás, cuando el colapso de la URSS se hizo evidente. El reformista Gorbachov fracasó en su intento de aplicar el programa de la Perestroika para sanear una economía ineficiente y ensimismada en el dirigismo castrador del Politburó. Por mucho que los halcones se negaran a aceptar la realidad, la Guerra Fría tenía un ganador y nadie quería estar del lado del perdedor, máxime cuando esas naciones se habían incorporado al proyecto soviético por las bravas.

Ahí estaban las provincias bálticas, Estonia, Letonia y Lituania, ocupadas durante la Segunda Guerra Mundial. Y ahí estaba Ucrania, que, en un principio, reivindicaba un nuevo acuerdo con Moscú, con la herida de Chernobil supurando todavía, tal como cuenta Serhii Plokhy en El último imperio (Turner, 2015): “La central nuclear estaba bajo la autoridad de Moscú, pero fueron las autoridades ucranianas quienes tuvieron que enfrentarse a las consecuencias a largo plazo del desastre y hacerse cargo de los refugiados en las zonas contaminadas. Además, Moscú exigió que se celebrara el Día del Trabajo en Kiev, a pesar de que la nube radiactiva se estaba acercando a la capital ucraniana”.

 

¡Os recibimos con alegría!

George Bush, el presidente de Estados Unidos, visitó la capital el 1 de agosto de 1991; era el segundo mandatario americano que lo hacía, tras Richard Nixon en 1972. Su propósito era apuntalar las reformas de Gorbachov, en un momento en que su socio estratégico era zarandeado por todos lados, pero sin desairar tampoco a las fuerzas vivas de Ucrania, que, en julio de 1990, habían aprobado la Declaración de Soberanía Estatal, que fijaba las cláusulas de su autodeterminación, que no de su independencia. Ucrania era la “nación” clave: los rusos podían aceptar la pérdida de Lituania, pero confiaban en que “la segunda república rusa” se mantuviera a su lado en esas horas decisivas. Sin embargo, se trataba de un amor no correspondido. El Rukh, Movimiento Popular de Ucrania, favorable en sus inicios a la Perestroika, había virado hacia el anhelo de independencia. Y millones de ucranianos, sobre todo en las grandes ciudades, lo secundaban. Bush, no obstante, enfrió sus expectativas y dejó meridianamente claro que “libertad no equivale a independencia”.

Apenas tres semanas después, el mundo contuvo el aliento con la intentona golpista en el Kremlin, y el 24 de agosto Ucrania supo jugar sus dados, con un giro de muñeca que sobresaltó a los rusos con mayor intensidad, si cabe, que el susto sufrido unos días atrás. Mientras los acontecimientos se sucedían en Moscú –Yeltsin, el presidente de Rusia, había ilegalizado el PCUS en su territorio, a la vez que Gorbachov se desvanecía ante el empuje de aquel–, en Kiev, durante una sesión extraordinaria del Parlamento, con la multitud agolpada a sus puertas, los diputados votaban “sí” o “no” a una de las cuestiones del orden del día: la independencia del país.

Levko Lukyanenko, jefe de filas del Partido Republicano, había redactado el borrador un día antes. “Si no lo hacemos ahora –les dijo a sus correligionarios–, no lo haremos nunca”. Era una declaración breve, de poco más de cien palabras, para evitar, así, las querellas dialécticas que no conducirían a ninguna parte. La Carta de las Naciones Unidas le servía como justificación jurídica; las circunstancias del golpe del 19 de agosto, como descargo moral. Y la conclusión era esta: “La Rada Suprema de la República Socialista Soviética de Ucrania solemnemente declara la independencia de Ucrania y la creación de un Estado ucraniano independiente, Ucrania”.

 

La bandera de la libertad

Tanto Yeltsin como Gorbachov fueron informados del lance momentos antes de la votación: el primero, que ese mismo día avalaría la independencia de los países bálticos, se lo tomó bien, el segundo, no tanto. Trescientos diputados votaron a favor de la independencia, solo dos en contra y cinco se abstuvieron. La bandera nacional ucraniana, dos franjas horizontales azul y amarillo, ondeó en la cámara, poniendo una nota de color frente a la sobriedad roja de la hoz y el martillo.

Para validar la declaración, se convocó un referéndum el 1 de diciembre del mismo año. Por abrumadora mayoría, el 90,32% de los ucranianos respondió “sí” a la pregunta que se les planteaba: “¿Apoya el Acta de Declaración de Independencia de Ucrania?”. Treinta años después, y a la vista de la reacción popular a la invasión rusa, Ucrania sigue pensando lo mismo.

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