Submarinos y aviones en la Primera Guerra Mundial

Las matanzas de la Gran Guerra no se entienden sin las innovaciones armamentísticas de la Revolución Industrial. De entre todos los inventos que salieron de las factorías europeas, destacan dos: el submarino y el avión.

Barco de la Primera Guerra Mundial

El arma que más impactó fue el submarino, buque pequeño, barato, capaz de operar de noche y con mal tiempo, sigiloso y diseñado para atacar las vías de comunicación y los puertos enemigos. Los sumergibles no dejarían –sobre todo los de la Marina alemana– de mejorar en tamaño, autonomía, velocidad, profundidad de inmersión y potencia de fuego. Al iniciarse la guerra, los británicos contaban con 54, pero solo 17 podían navegar en aguas abiertas; a Francia le sucedía algo parecido. En cambio, Alemania tenía 28, pero de ellos 24 eran capaces de operar en alta mar, y se llegaron a botar durante la contienda unos 400.

Berlín era consciente de que, como potencia continental que era y con limitada salida al mar, no podía competir en buques de superficie con Gran Bretaña y Francia, por lo que sus esfuerzos debían centrarse en interrumpir las vías de suministros aliadas y, de paso, asegurar en lo posible las suyas. El objetivo era colapsar la economía del enemigo y obligarle así a firmar la paz. Por ello, se lanzaron a la construcción de sumergibles (Unterseeboot); llegaron a contar con 13.000 tripulantes.

En septiembre de 1914, los sumergibles U-21 y U-9 hundían un destructor y tres cruceros acorazados, unas 40.000 toneladas en total, en las costas británicas. Solo tenían una dotación de 30 hombres y apenas desplazaban 500 toneladas, pero echaron a pique a esos grandes navíos de guerra causando más de 1.500 muertes. Al mes siguiente, comenzaron a hundir buques mercantes, y se dotó a los submarinos de un cañón de superficie para tal tarea.

 

Ataques sin restricciones

Winston Churchill, por entonces Primer Lord del Almirantazgo, confesaría tiempo después que los sumergibles alemanes fueron lo único que le quitó el sueño durante la Primera Guerra Mundial. Tal era el pánico, que los cruceros y acorazados recibieron la orden de no recoger a los náufragos supervivientes para no convertirse en fáciles blancos; esa tarea debían asumirla los buques auxiliares.

Las armadas aliadas respondieron esparciendo miles de minas, navegando en zigzag, dispersándose al recibir los primeros ataques, camuflando sus navíos de guerra como mercantes, utilizando buques trampa o incluso izando banderas de países neutrales. Solo podían responder con torpederos, que atacaban cuando el sumergible emergía para recargar baterías y reabastecerse.

Desde inicios de 1915, los ataques se centraron en los mercantes. Las operaciones también se trasladaron al Mediterráneo –la llamada “Flotilla de los 30”– con igual éxito para los alemanes. También comenzaron a ser objeto de ataques barcos de pasajeros sospechosos de transportar suministros bélicos. En mayo de 1915 fue hundido el trasatlántico Lusitania, de 32.000 toneladas, causando la muerte de casi 1.200 personas; entre ellas, 128 norteamericanos. Ello desató una campaña internacional que predispuso a Estados Unidos a romper su neutralidad, lo que hizo que Berlín ordenase limitar las operaciones, aunque se demostró que el barco transportaba abundante material de guerra.

En 1916 la tónica fue similar, pero el estancamiento militar era letal para Alemania y en octubre se volvió a los ataques sin restricciones; en solo tres meses, se hundieron casi 1,5 millones de toneladas. Viendo que Estados Unidos iba a entrar en la guerra, como sucedió en abril de 1917, desde febrero se intensificó la ofensiva. Incluso España perdió el 20% de sus mercantes.

El máximo de hundimientos se alcanzó en abril con 860.000 toneladas, pero a partir de entonces fueron descendiendo. Los aliados organizaron convoyes de mercantes escoltados y los astilleros germanos no podían compensar los sumergibles destruidos.

En 1918, Alemania estaba agotada y la aparición de los primeros hidrófonos y el perfeccionamiento de las cargas de profundidad dificultaban cada vez más sus acciones. Con la guerra perdida, los submarinos regresaron a sus bases. Se habían perdido 202 U-Boote y con ellos unos 5.000 hombres, aunque habían echado a pique a 7.400 buques, de los que 104 eran de guerra, sumando 11,7 millones de toneladas hundidas.

 

 

Más información sobre el tema en el artículo Peligro por mar y aire de Juan Carlos Losada. Aparece en el MUY HISTORIA, dedicado a 100 años del fin de la I Guerra Mundial.

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