Salud mental en los manicomios victorianos

¿Qué hay de real en la imagen del manicomio victoriano como un lugar inhumano?

Fruto de una nueva actitud hacia los disturbios mentales, en el siglo XIX se produjo en Reino Unido una reforma de los hospitales psiquiátricos. Esta reforma trajo como consecuencia la construcción de estructuras hospitalarias más grandes y salubres, como el Middlesex County Lunatic Asylum en Hanwell, en las que se aplicaron nuevos métodos para rehabilitar a los enfermos.

Con anterioridad a la reforma, los enfermos de familias humildes recibían atención en hospitales dependientes de las autoridades religiosas e instituciones parroquiales, mientras que los más pudientes podían internar a sus familiares enfermos en establecimientos privados. La falta de recursos a menudo empujaba a los enfermos a la vida en la calle, en la cárcel o en los asilos para pobres. Las condiciones de vida en estas estructuras solían ser muy duras. Se encerraba a los internos, se los encadenaba y se los ataba a la cama para evitar que se autoinfligiesen heridas o que pudiesen manifestar comportamientos considerados peligrosos o inadecuados. La función de estas instituciones, por tanto, se centraba en recluir a los enfermos y en mantenerlos fuera de las calles.

Un suceso trágico que acaeció en el asilo de Lincoln en 1829 aceleró el proceso de cambio. La muerte por estrangulamiento de un paciente que había sido puesto en una camisa de fuerza y atado a la cama avivó el debate sobre la necesidad de abolir la constricción física de los pacientes. Durante la Ilustración, algunos pensadores como el italiano Vincenzo Chiarugi y el médico francés Philippe Pinel ya habían abogado por una aproximación más humana a la cuestión de la salud mental, alegando la necesidad de mostrar compasión de tomar en consideración las circunstancias personales de los enfermos a la hora de evaluarlos. En la Inglaterra de finales del siglo XVIII y principios del XIX, voces reformistas como las de William Tuke y Harriet Martineau destacaron la responsabilidad que tenían las autoridades de curar a los enfermos o, al menos, de aliviar sus dificultades. Los disturbios mentales y de comportamiento empezaron a percibirse como condiciones reversibles y no como estados permanentes sin solución.

Rakes Progress
Imagen: Wikicommons

Para aplicar de forma efectiva las teorías médicas más actualizadas en materia de salud mental, se necesitaban nuevos edificios modernos que acogiesen a los enfermos. Se fundaron estructuras como The Retreat en la ciudad de York en 1796, en la que se optó por tratar a los pacientes como personas normales y racionales, a los que se le daban responsabilidades cotidianas. Se suprimieron elementos constrictivos como arneses y cadenas, hasta entonces habituales, y se creó una pequeña comunidad guiada por el comportamiento moral, racional y comunitario, y por una organización minucioso del tiempo de trabajo y de descanso. Esta nueva actitud respecto a los pacientes afectados por disturbios psicológicos se denominó sistema de tratamiento ético o Moral Treatment System.

Por otro lado, la proclamación de la ley de los asilos regionales o County Asylums Act de 1808, que concedió poder de intervención y gestión de instituciones mentales a las autoridades, sacó a muchos enfermos de las cárceles y asilos para pobres y los situó en contextos más amables que abrían la posibilidad a la curación. La Ley de la Locura o Lunacy Act de 1845, por su parte, cambió la condición de los enfermos considerados locos y les reconoció el estatus de pacientes.

El hospital de Hanwell, el primero en ser construido siguiendo los principios del sistema de tratamiento ético, contaba con amplios terrenos circundantes en los que los internos podían ocuparse de los huertos y jardines. La estructura contaba con hornos, talleres para la elaboración de cerveza, lavanderías y otros espacios pensados para el trabajo, cuyos beneficios terapéuticos eran notables. Los pacientes se ganaban el pan con su trabajo, pero también se sentían útiles y parte de una comunidad. Estos nuevos hospitales contaban con más personal especializado que se ocupaba de vigilar a los internos e intervenir de manera eficiente en caso de que se produjesen altercados. Los pacientes que mostraban comportamientos violentos podían ser aislados en celdas.

La popularidad del nuevo sistema y el consiguiente incremento en el número de ingresos, sin embargo, dificultó la gestión fluida de estas instituciones. El sistema de tratamiento ético buscaba ofrecer una terapia personalizada a cada uno de los pacientes, pero la paulatina masificación de los hospitales mentales públicos dificultó la tarea. Con menos recursos disponibles, regresaron los grilletes y las camisas de fuerza, la sedación forzosa y los mecanismos de control menos humanos.

Erica Couto

Erica Couto

Historiadora y aprendiz de batería. Literatura y cine de terror las 24 horas. Las ruinas me hacen feliz

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