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Retratos de una noche: Moulin Rouge y Toulouse-Lautrec

El mítico local parisino Moulin Rouge se encontraba de camino al estudio de Henri de Toulouse-Lautrec (1864-1901), por lo que este habitualmente pasaba por dicho lugar. Era una época en la que simplemente ver el tobillo de una mujer ya excitaba a los hombres por considerarse una provocación.

Moulin Rouge
Wikimedia Commons

El mítico local parisino Moulin Rouge se encontraba de camino al estudio de Henri de Toulouse-Lautrec (1864-1901), por lo que este habitualmente pasaba por dicho lugar, en el que solía entrar con sus amigos a beber ajenjo o los cócteles americanos que estaban tan de moda. Allí, las chicas saltaban sobre las mesas mostrando los muslos, y en alguna ocasión algo más; era una época en la que simplemente ver el tobillo de una mujer ya excitaba a los hombres por considerarse una provocación, de modo que la contradanza que allí se exhibía –el cancán– constituía un auténtico escándalo. Sus bailarinas, empero, se convirtieron en símbolo de la capital, en particular una de ellas, Louise Weber, conocida como La Goulue y estrella principal del cabaré. Era una mujer desvergonzada que venía de los bajos fondos; aparece reflejada en este lienzo al fondo, de espaldas, luciendo un gran escote y retocándose el cabello. Toulouse-Lautrec la retrata como pelirroja, ya que este tipo de mujeres eran las predilectas del autor tanto en la vida como en el arte.

Cartelista de éxito

Los directivos del Moulin empleaban para la promoción de su local medios publicitarios novedosos como las octavillas, las invitaciones personales y, sobre todo, la edición de grandes carteles. Ver a La Goulue en uno de estos carteles levantando la pierna no solo llevó a la fama a la bailarina, sino también al autor del cartel, distribuido por todo París. Toulouse-Lautrec se encargó de crear estos dibujos, que fueron su primer contacto con la litografía publicitaria. Había pintado a las bailarinas siendo adiestradas en el Moulin y esta obra cautivó al patrón del establecimiento, que la expuso en la entrada e hizo del artista su cartelista de referencia.

Toulouse-Lautrec provenía de una familia noble, de la estirpe del conde Henri de Toulouse-Lautrec al sur de Francia. Tanto él como su primo Gabriel eran las ovejas negras de la familia, por gustarles la vida nocturna y dedicarse a oficios de dudosa reputación, como la pintura, pero se apoyaban el uno en el otro.

En esta obra se aprecia cómo el artista trata a las personas de un modo incisivo y despiadado, acentuando los rasgos de los hombres marchitos y vividores y el blanco maquillaje que enmascara los rostros de las mujeres. Todo bajo una luz verde que enmarca el espacio en el que la comunicación entre hombres y mujeres parece reducirse a sexo y dinero. En este cuadro, Toulouse-Lautrec amplió el formato de la obra mientras la estaba pintando, porque quería mostrar más que un tradicional retrato colectivo y reflejar la atmósfera particular del lugar.

Es como una fotografía captada por los ojos del artista, un marginado que por su origen no pertenecía ni al proletariado ni a la burguesía y que podía observar a sus protagonistas sin sentirse implicado, lo mismo que su padre aristócrata con las perdices en el campo de caza.

Eva Domínguez Aguado

Eva Domínguez Aguado

Historiadora del arte con muchas ganas de hablar. Escribo artículos e ilustro la revista Muy Historia, cuento cosas interesantísimas en el rincón de Stendhal, y la tortilla de patata me sale buenísima. Un partidazo, vaya.

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