René Magritte, un genio surrealista

Dueño de una pericia enorme en el manejo del pincel, Magritte forjó un catálogo de obras basadas en el juego de imágenes ambiguas que hoy son reconocidas por su ingenio y provocación.

René Magritte

En su vida personal, René Magritte (1988-1967) tuvo unos inicios difíciles: su adolescencia estuvo marcada por el suicidio de su madre en 1912, que se arrojó al río Sambre, cercano a la población belga natal del pintor, Lessines, cuando éste tenía trece años.

Con quince años conoció a Georgette Berger, una joven de doce años, con quien se casó una década más tarde y fue su única musa.

El artista siempre negó cualquier dimensión biográfica en su obra, aunque las alusiones al trauma de la muerte de su madre o a su propia personalidad enigmática son claras.

Después de una primera etapa impresionista, que retomaría más tarde en los años cuarenta, Magritte se acerca al surrealismo gracias a su amistad con su fundador, André Breton, y descubre después a Dalí, un artista que le «irritó y le fascinó» a partes iguales según el propio pintor belga reconoció.

Con Salvador Dalí, con quien pasó todo el verano 1929 en Cadaqués (Girona), transformó su concepto del mundo surrealista.

En 1927, se instaló en las cercanía de París y participa, durante los tres años siguientes, en las actividades del grupo surrealista.

En 1930 regresa a Bruselas huyendo del ambiente parisino, y allí permanecerá el resto de sus días.

En la capital belga vivió junto a su esposa y musa Georgette los últimos 37 años de vida. Juntos realizaron numerosos viajes por Europa y Estados Unidos recorriendo las exposiciones en las que participó. Los viajes le sirvieron para relacionarse con los principales artistas de su época.

En el año 1965, el Museo de Arte Moderno de Nueva York hizo una exposición de la obra de Magritte, lo que le convertía en el primer artista belga en gozar de semejante prestigio en vida y llegó a ser muy influyente en movimientos modernos como el Pop Art y el arte conceptual neoyorquino.

Magritte sólo logró el reconocimiento a su obra en sus últimos años de carrera, sobre todo en Estados Unidos, que suscitó las críticas de algunos de sus compañeros surrealistas, que consideraban que había traicionado la causa del movimiento por su producción en serie y por encargo.

Poco antes de su muerte, aquejado de un cáncer de pulmón le encargaron una serie de esculturas inspiradas en sus obras, pero sólo le dio tiempo de hacer los moldes.

El legado continúa vivo

Conocido por sus ingeniosas y provocativas imágenes, el pintor belga pretendía con su trabajo dotar al surrealismo de una carga conceptual basada en el juego de imágenes ambiguas.

Y hoy, manzanas verdes, pipas de fumar, rostros cubiertos, sombreros de bombín, y la propia persona del artista retratado de mil formas se han vuelto elementos inconfundibles de su legado artístico.

Incluso, cincuenta años tras su muerte, muchos ven en René Magritte el símbolo de un país que incluso los propios belgas califican de surrealista, de la belgitude («la actitud belga»), aunque su legado cobra un sentido global en un mundo cargado de contradicciones que él sabía representar a la perfección.

Además de contar con un museo propio en Bruselas, que alberga más de doscientas obras, sus cuadros están en centros de arte como el Moma de Nueva York (El asesino amenazado, 1926) o el Thyssen de Madrid (La llave de los campos, 1936).

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