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Alfonso XII, el pacificador

Cuando Alfonso llegó al mundo, la multitud clamaba “¡Ha nacido el puigmoltejo!”

Alfonso XII
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La reina Isabel II y su marido, Francisco de Asís de Borbón, apodado “El Natillas” por su homosexualidad bien conocida, reconocieron a doce hijos, de los cuales solo cinco llegaron a la edad adulta. De entre ellos, el único varón fue Alfonso. La endogamia seguía siendo una práctica no solo habitual, sino apreciada entre los Borbones, casados entre ellos, incluso entre familiares de tercer grado directo de consanguinidad, sin ningún tipo de miramiento. Pero la mayoría de historiadores parece estar de acuerdo en que la paternidad de Alfonso escapó a ese hecho.

Francisco reconoció a cuantos hijos se le pusieron por delante a cambio de una vida sin grandes sobresaltos acompañado de su amante hasta la muerte, “el fiel Meneses”, y la reina hizo otro tanto junto al político y militar Carlos Marfori en el exilio, en la capital francesa, en 1904. Los rumores sobre la paternidad de Alfonso XII fueron una constante a lo largo de su vida y derivaron en tres teorías hasta hoy nunca probadas, pero de amplio arraigo popular.

La primera y más extendida atribuye la paternidad del rey al oficial del Cuerpo de Ingenieros, Enrique Puigmoltó. El historiador Ricardo de la Cierva es uno de los que defiende esta tesis. Militar y III conde de Torrefiel, Puigmoltó fue destinado a Madrid como oficial del regimiento del arma de guarnición y, después, se ganó los favores de la reina. Esta llegó a reconocerlo con la Gran Cruz de San Fernando cuando se sumó a las fuerzas que hicieron frente a la sublevación que se desató cuando el general Espartero, en 1856, abandonó el poder. Alfonso nació el 28 de noviembre de 1857. El romance había alcanzado un estatus mucho mayor que un rumor: era la comidilla de la corte. En su exilio, tuvo mucho que ver el padre Claret, parte de la famosa “camarilla” de la reina, que amenazó con no confesarla hasta que Puigmoltó se marchara. Isabel aguantó seis meses más. Puigmoltó fue enviado finalmente a Valencia, donde había nacido, y de donde volvería muchos años después como diputado en Cortes para ser agasajado de nuevo con la Cruz de la Gran Orden de San Hermenegildo, ya casado con su primera esposa.

La segunda teoría da por progenitor a Federico Puig Romero, un coronel caído en la sublevación del Cuartel de San Gil, uno de los más importantes motines que sufrió Isabel, en 1866. Se sostiene, sobre todo, de manos del trabajo de la investigadora María Nieves Michavila, tataranieta del propio coronel, en su libro Voces desde el más allá de la historia , en el que recrea toda su vida.

La tercera la sostienen los Clonard, una familia noble francesa que afirma que Isabel II tuvo a todos sus hijos con el IV conde de Clonard, Raimundo de Sotto, y que esto se mantuvo en silencio por razón de Estado. Ellos aseguran que el padre de Raimundo, Serafín María de Sotto, conocido como “El lobo solitario” y director de los Servicios de Contraespionaje e Inteligencia españoles de la época, habría inventado toda una sarta de amoríos atribuibles a la reina para que pudieran verse sin ser señalados. De Sotto llegó a ser ministro de la Guerra y presidente del Consejo de Ministros en el llamado “Gabinete Relámpago”, que duró 27 horas.

El nacimiento del 'Puigmoltejo'

Sea como fuere, cuando Alfonso llegó al mundo, la multitud clamaba “¡Ha nacido el puigmoltejo!” y nada más. Se recordaba también el enfrentamiento a las mismas puertas de la habitación de la reina cuando, estando esta con Puigmoltó, el rey quiso entrar y se le negó el hacerlo, lo que provocó un enfrentamiento entre Urbiztondo, uno de sus mandos militares, y el general Narváez y su ayuda de campo, Joaquín Osorio, que resultó muerto.

El modo en que debería transcurrir la ceremonia de presentación del recién nacido quedó claro mucho antes. También, quiénes podrían presenciar el mismo nacimiento y dicha presentación. De ello se encargaría la Mayordomía de Palacio. A la ceremonia debían asistir unos 150 cargos, ya fueran políticos o institucionales; también algunas personalidades. La clave del proceso no era otra que reconocer la paternidad del niño en la persona del consorte, Francisco de Asís. Por tanto, era un acontecimiento mucho más que familiar. En 1854, cuando nació la infanta Cristina, que falleció a los dos días de nacer, este no quiso cumplir con la tradición de mostrar “en bandeja” –de ahí la expresión “servirle algo a alguien en bandeja”– a la niña, por no querer reconocerla, algo que finalmente hizo. El miedo a que ocurriera lo mismo con el futuro Alfonso XII era notorio y no se corrieron riesgos: la reina envió a sor Patrocinio a “convencer” al rey para que lo reconociera, lo que hizo, al parecer, mediante un acuerdo económico. Cuando accedió a presentarlo, el mayordomo mayor anunció el sexo del niño, y junto al rey aparecieron los duques de Montpensier y los jefes de palacio. Madrid estaba de fiesta: desde Príncipe Pío, Bilbao y San Blas se lanzaron veinticinco salvas y la bandera nacional se izó con punta de diamante, colocándose debajo un fanal rojo. También se iluminaron con ese color los edificios públicos y muchas viviendas. La población rural lo conoció mediante el repique de campanas y la música, como en los teatros: se interrumpieron las funciones para tocar la Marcha Real . Así lo contaba el diario La España al día siguiente:

El pueblo de Madrid está todo en

la calle; las gentes no andan,

corren en todas direcciones

murmurando palabras de gozo

y publicando en alta voz la buena nueva.

¡Es un príncipe! ¡Salud al príncipe, salud a la reina!

Las galerías bajas de palacio rebosan de gente,

las plazuelas próximas también están llenas;

todo el mundo corre presuroso a deshacerse

en demostraciones de júbilo cerca de la regia morada.

Todas las autoridades, nacionales e internacionales, fueron avisadas del nacimiento. La reina madre en el exilio, María Cristina, ya había tratado de volver desde Francia cuando supo del embarazo de Isabel, pero se le “desaconsejó” por parte de ambos monarcas. La figura de la napolitana Borbón-Dos Sicilias era cualquier cosa menos querida en España.

Las celebraciones comenzaban con una misa y después se daba rienda suelta a actividades populares como baile, dulzainas, teatro local, novilladas, iluminaciones y fuegos artificiales.

El diario La Esperanza se mofaba del exceso de veneración que mostraban los moderados por el nacimiento, no sin malicia: “Vemos a los moderados celebrar en verso y en prosa, por la mañana y por la tarde, un día y otro día”. Los progresistas preferían celebrarla como “madre” y “ángel del hogar”, relegándola políticamente de un modo u otro. Tampoco se pusieron de acuerdo en el porqué del nombre: los primeros lo defendían en recuerdo de la figura de Alfonso X de Castilla como defensor de la monarquía y la religión; los otros decían que el recuerdo de “El Sabio” venía de la mano de la importancia de las instituciones representativas.

El bautizo no estuvo exento tampoco de polémica: las primeras invitaciones que envío la Mayordomía de Palacio fueron anuladas. El día elegido fue el 7 de diciembre, lo que era tardío ya entonces, porque la reina pidió que lo apadrinara el papa Pío IX, como así hizo a través de Lorenzo Barilli. La reina mandó traer la pila bautismal de Santo Domingo de Guzmán y hasta ella llegó una procesión de grandes de España que llevaban las conocidas como insignias del bautizo: sal, mazapán, capillo, vela, aguamanil y toallas. Después, se le impusieron el Toisón de Oro y las cruces de Carlos III e Isabel la Católica. Desde palacio se arrojaron monedas de oro, plata y bronce, por lo que la plaza de Oriente se llenó a rebosar.

El ayuntamiento de Madrid lo reconoció en la basílica de Atocha, esperando que la reina aceptara tramitar el empréstito que necesitaban por una cantidad altísima, lo que esta hizo con la excusa de que gran parte se destinaba a los necesitados. La filantropía fue un arma política más para dejar en el recuerdo de los españoles el nacimiento de una personalidad clave en su historia. Así, se entregaron 6.000 reales para los niños y 3.000 para las niñas de la Inclusa de Madrid y se financió su lactancia, así como se concedieron más plazas en el colegio de San Ildefonso. A “los imposibilitados, enfermos, ancianos y pobres necesitados” se les repartieron 80.000 reales y se financiaron hermandades y sociedades de ayuda, entre cuyos beneficiarios se encontraban la Cárcel Real y los cuarteles, con más dinero, alimentos y, también, ropa.

En la memoria de la población se fijó el acontecimiento también gracias a las artes: se dieron ayudas a artistas y artesanos para financiar sus talleres y se celebró un concurso para construir una fuente en su honor en céntrica plaza de Santa Ana de Madrid, que se rebautizó como plaza del príncipe de Asturias don Alfonso.

El camino del exilio

En 1857, Isabel tenía entre manos una España más que corrupta heredada de su madre, la reina regente María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, que la había criado desatendida por los vaivenes de la propia regencia, sus nuevos intereses amorosos y las luchas de poder entre carlistas e isabelinos. También una España moderantista que acababa de dar a luz la ley Moyano que, de manos del Gobierno moderado, incorporaba gran parte de las políticas que se habían pergeñado en el Bieno Progresista (1854 a 1856). España reconocía así por fin una educación infantil obligatoria hasta los nueve años, aunque en la práctica no sería posible y se pondría en manos de la caridad cuando no pudiera pagarse, y regulaba, también, la secundaria y la universidad. Sin embargo, Alfonso conoció un mundo muy diferente: fue el primer rey en formarse en el extranjero.

En septiembre de 1868, estalló la Revolución de La Gloriosa y Alfonso, que estaba a punto de cumplir once años, se marchó de España junto con sus cuatro hermanas camino del exilio. Tuvo allí buenos preceptores, entre ellos el arzobispo de Burgos, por consejo del papa, y José de Osorio, el duque de Sesto. Este no lo abandonaría en toda su vida, lo trató como un padre y fue uno de sus mejores y más queridos amigos y consejeros. Monárquico recalcitrante, acababa de dejar atrás una laureada etapa como gran alcalde de Madrid y sufragó los gastos del exilio de la familia, al tiempo que ponía a su disposición una casa que tenía en Deauville. Fue él quien convenció a la reina Isabel de que abdicara en favor de su hijo como único medio para restaurar la monarquía en España, después del fracaso de Amadeo de Saboya y la I República, y la reina lo reconoció diciéndole a su hijo: “Alfonso, dale la mano a Pepe, que ha conseguido hacerte rey”.

De su mano, Alfonso se formó en el colegio Stanislas, en París, hasta que la guerra francoprusiana los desplazó brevemente a Suiza. Aprovechando esto, acudió a la Academia Pública de Ginebra durante un tiempo y terminó su formación en la Real e Imperial Academia Teresiana, el Colegio Theresianum.

'Macarroni I' y la república 

Los predecesores de Alfonso habían sido breves en el cargo. Amadeo de Saboya, colocado en el trono de España después de una ardua búsqueda en toda Europa, era hijo de Víctor Manuel II de Italia y llegó al trono como Amadeo I. Pronto se le conoció como “el Lila”, “el Macarroni” o “Macarroni I”, porque su entronamiento se tuvo por una ridícula farsa. Tuvo en su contra la muerte, coincidente en el tiempo con su llegada, del general Prim, héroe popular donde los hubiera, que era su gran valedor.

Después de dos años de continuos conflictos, los extremistas tomaron como una afrenta de Amadeo al Parlamento el retraso del bautizo de su hijo recién nacido, cuando ya estaban vestidos de gala en la antesala, con la excusa de que el parto había sido difícil. La Cámara solo se dio “por enterada” del nacimiento y no se dieron grandes celebraciones ni discursos. El rey ya estaba por entonces convencido de que la facción más republicana, entre la que creía que se encontraban varios de sus ministros, trabajaba en su contra y no a favor de que su dinastía perdurara. Después de enfrentarse con los oficiales de artillería al respecto de la dirección militar de las vascongadas por el general Hidalgo, al que se acusaba de estar implicado en la sublevación del Cuartel de San Gil, llegó el momento de medir la fuerza civil frente a la militar. El nombramiento se mantuvo y la prensa lo confirmó. Amadeo consideró que Ruiz Zorrilla, al frente del Consejo de Ministros, le había mentido al respecto; España estaba al borde de otra guerra civil.

Disolver la Cámara y nombrar un Gobierno del Partido Constitucional le hubiera llevado a un enfrentamiento armado directo. Propuso un “gobierno de conciliación” por “patriotismo”, que se tuvo en cuenta, pero que acabó finalmente en la abdicación del rey en su nombre y el de todos sus sucesores. En cuanto se tuvo conocimiento, las calles se llenaron pidiendo la proclamación de la república. La inestabilidad polític a, una de las causas de la abdicación del efímero Amadeo I, no mejoró en el breve espacio de tiempo que duró el Gobierno republicano, algo que dejó expedito el camino a Alfonso XII, pero legó como herencia las huellas de la dictadura del general Serrano, la tercera guerra Carlista, la sublevación cantonal y, sobre todo, la guerra de los Diez Años cubana, que auguró el pronto desmembramiento de las colonias españolas de ultramar, pese a que Alfonso lo contuviera.

 

La restauración borbónica

Alfonso de Borbón se presentó al país desde Inglaterra, al albur de los sucesos acaecidos en España, el 1 de diciembre de 1874 como “constitucionalista y liberal”, recalcando su deseo de servir a la nación. El golpe de Martínez-Campos en Sagunto restauró la monarquía borbónica hasta la llegada de la II República. Alfonso XII llegó a una España que aún controlaba Serrano y cuyo Gobierno estaba en manos de Sagasta. Lo tenían por moderno y modernizador, precisamente todo lo contrario de lo que habían pensado de su madre, Isabel II, que volvió a España en alguna ocasión desde el exilio, pero con la mayor de las discreciones. Alfonso, de la mano de Guillermo Morphy, quería que la educación y la instrucción tuvieran mayor importancia, en aquella época de cambio, que la política. Quiso democratizar la cultura y la industria y dar alas al comercio. Todo esto era un ideal magnificente que hizo que la imagen de Alfonso como “romántico” se idealizara cada vez más y que se le hiciera pasar por una especie de Carlos III redivivo. En realidad, su obsesión era la consolidación de la monarquía y la estabilidad institucional, cuya falta había acabado con todos sus predecesores inmediatos.

Reina por amor

Si la leyenda de Alfonso había comenzado bien, con la llegada a su vida de su prima, María de las Mercedes de Orleans, su primera esposa, la cosa ya alcanzó tintes míticos. Era hija de los duques de Montpensier: la hermana de Isabel II, Luisa Fernanda, y el gran instigador del asesinato del general Prim, Antonio de Orleans. Se dijo que los primos se casaban por amor y no por interés, obviando la omnipresente endogamia que los unía. Cierto es que los primos ya habían iniciado una relación amorosa cuando Mercedes tenía solo doce años, con la oposición directa de la reina Isabel II. Ella prefería, además, una princesa europea para Alfonso (y a ser posible, sobre todo, descendiente de la reina Victoria I de Inglaterra). Las reticencias que despertaba su padre las borró del mapa ella misma. Claudio Moyano dijo de ella en las Cortes que estaba “completamente fuera de la cuestión: los ángeles no se discuten”. Finalmente, el deseo del rey se impuso y Alfonso XII se casó con ella en la basílica de Atocha, el 23 de enero de 1878.

Mercedes fue ascendida a los altares de las reinas de España más queridas. Era, y sigue siendo, considerada la protagonista de una historia de amor que trascendió a otros intereses. Desafortunadamente, murió a causa del tifus –otros dicen que de tuberculosis– dos días después de haber cumplido dieciocho años, tras solo cinco meses de reinado. Por el Salón de las Columnas del Palacio Real de Madrid desfilaron para despedirla unas cien mil personas. No pudo ser enterrada en el Panteón de El Escorial por no haber tenido descendencia, pero sus restos fueron trasladados a la catedral de la Almudena mucho tiempo después de que ella misma promoviera su construcción. Así lo había dispuesto Alfonso XII, que se vio abocado a casarse cuanto antes de nuevo para asegurar la continuidad dinástica.

Ni escasa de luces ni querida

La nueva elegida tuvo que competir en dos batallas muy distintas: la del cariño popular por una reina que ya era un mito y la del cariño del rey, que obviamente se casaba de nuevo por necesidades políticas. El pueblo tampoco la quiso: la tenían por una mujer escasa de luces y criterio. María Cristina de Habsburgo-Lorena, apellido que ella misma rectificó por “de Austria” en 1901, estaba emparentada con media Europa, pero de nuevo también con Alfonso. Su tatarabuelo fue Carlos III. Era tímida y apocada y no se llevaba bien con él, aunque en sus últimos años mejorara su relación. El monarca, roto de dolor por la muerte de Mercedes, se había entregado a una vida de excesos, lo que ella le recriminó muchas veces. Le fue infiel constantemente, hasta el punto de tener descendencia con la cantante lírica Elena Sanz: tuvieron dos hijos, Alfonso y Fernando, el último de los cuales competiría en los Juegos Olímpicos de París de 1900 representando a Francia y llegaría a conseguir la medalla de plata. El monarca, a su vez, tuvo tres hijos con María Cristina: María de las Mercedes, María Teresa y un hijo póstumo, Alfonso XIII.

La muerte del 'pacificador'

Desde el final de la tercera guerra Carlista, y habiendo mejorado el escenario en Cuba, Alfonso comenzó a ser conocido como “el Pacificador” con más motivos. Era decidido y terco y solía tomar decisiones sin contar con nadie. Tuvo conocimiento de un nuevo brote grave de cólera en Valencia en 1885, que se acabaría llevando en total la vida de 800.000 personas y el 50 % de la población de Jaén. La enfermedad comenzó a propagarse como el fuego y alcanzó la ciudad de Aranjuez, donde se creó un hospital de coléricos, que Alfonso quería visitar. Su gabinete hizo todo lo posible por evitarlo, pero el rey, a espaldas de Cánovas del Castillo, acudió a ver a los enfermos. El gobierno envió a varias figuras políticas relevantes a traerlo de vuelta, entre ellos, el ministro de Gracia y el gobernador civil, y el pueblo supo enseguida lo que había hecho. Al llegar a Madrid, una multitud que lo jaleaba como a un héroe desenganchó su coche de los caballos y lo acarreó por toda la ciudad hasta el Palacio Real. Su carácter, espontáneo, afable, había comenzado a hacer de él toda una leyenda, la que aún percibe la mayoría de la población (con la ayuda, además, de una gran maquinaria de propaganda). Se lo había ganado a pulso, ya que el año antes había acudido a ver a los afectados por el terremoto de Andalucía y en 1879 visitó a los afectados de unas graves inundaciones acaecidas en Murcia.

La leyenda que para la eternidad envolvería a Alfonso llegó el 25 de noviembre de 1885 de la mano de su muerte por tuberculosis, tan prematura. Sucedió solo una década después de iniciado su reinado, con la tragedia a sus espaldas y a solo tres días de cumplir los 28 años. Murió arropado por su esposa e hijas, como se aprecia en el cuadro de Juan Antonio Benlliure El último beso, sito en el Museo del Prado, y dejó por delante un niño póstumo, una regencia complejísima y una España por hacer.

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