Papas, entre prosélitos y amantes del poder

Representantes de Dios en la Tierra, sucesores de Pedro, jefes de la Iglesia católica, vicarios de Cristo y soberanos del Vaticano. Papa ha habido siempre, pero ¿de verdad instituyó Jesús este cargo? ¿Han seguido siempre las enseñanzas cristianas o por lo menos la palabra de la Biblia? ¿Qué papas han destacado en la historia para bien o para mal?

Empecemos por decir que el papado no fue una institución fundada por Jesucristo y, por lo tanto, Pedro no fue papa. En ningún Evangelio se menciona este cargo ni nada similar. Realmente hasta el siglo XII, en tiempos ya de Gregorio VII, papa no era ni siquiera un título exclusivo del obispo de Roma, otros de diócesis importantes también se intitulaban así. El nombre viene probablemente del griego papas (πάππας) que podría significar padre en sentido familiar…

La Iglesia ha justificado la institución del papado y de la primacía de Roma específicamente en el evangelio de San Mateo (16:18-19) cuando la Biblia dice: «Mas yo también te digo que tú eres Pedro; y sobre esta roca edificaré mi iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del reino de los cielos. Todo lo que ates en la tierra habrá sido atado en el cielo, y lo que desates en la tierra habrá sido desatado en los cielos». Pero según la mayoría de teólogos protestantes y también muchos estudiosos de la Biblia, estamos ante un añadido posterior. Curiosamente en san Marcos —que es el evangelio más antiguo— en el mismo pasaje no se dice nada al respecto, tampoco en san Lucas, ni tan siquiera en san Juan. Si fuera algo tan importante como el fundamento de la primacía de un apóstol sobre los demás, debería aparecer en todos los evangelios, ¿no? Es como si la última cena sólo fuera mencionada por un evangelista. Resulta cuando menos, sospechoso.

Alejandro VI
Alejandro VI / Getty

Según esta hipótesis podría ser que Jesucristo no instituyera a Pedro como cabeza de su iglesia y desde luego, aunque admitiéramos como auténticos los versos supuestamente insertados en san Mateo, lo que está claro es que Jesús no dijo en ningún momento que el obispo de Roma debiera tener ninguna potestad sobre los demás obispos, ni que los supuestos poderes transmitidos a Pedro fueran hereditarios. De hecho hay quien duda de que Jesucristo tuviera realmente intención alguna de fundar una iglesia, labor que en ningún caso llevó a cabo Pedro sino san Pablo, quien no conoció a Jesús (ni fue obispo, ni mucho menos papa). El primer concilio cristiano, celebrado posiblemente en el año 50 en Jerusalén con la asistencia de varios apóstoles entre los que se halla san Pedro, no parece presidido por él, sino por Santiago quien incluso según san Pablo indica (Gálatas 2:11-12) tiene potestad para «enviar» a San Pedro a Antioquía.

Fuera Pedro o no papa, lo importante al principio del cristianismo no era quien mandaba, sino la propagación de la nueva fe que proponía perdonar al enemigo, despojarse de todos los bienes, amar al prójimo, bautizarse y vivir en comunidad. ¿Cumplieron estos principios los papas?

La Iglesia de Roma

Ya que el papa es el obispo de Roma, primero hay que explicar desde cuándo existen los obispos. La palabra viene del griego epíscopos (ἐπίσκοπος) que significa algo así como “supervisor”. Se supone que el obispo vigila la doctrina y los ritos de su comunidad de tal modo que siga la misma senda que las de las demás comunidades cristianas. Evidentemente, cuando el cristianismo comenzó a expandirse por el Imperio, cada comunidad tenía unos ritos diferentes, ya que el credo, la profesión de fe por ejemplo, no se instituyó hasta el Concilio de Nicea en el año 325, razón por la que la Iglesia “oficial” consideró a las demás versiones del cristianismo como herejías. Por cierto, este concilio, el primero tras el de Jerusalén, fue presidido por Osio, obispo de Córdoba, no por el obispo de Roma de entonces, Silvestre I.

Según la doctrina oficial de la Iglesia católica, existe una línea directa desde los apóstoles hasta los obispos de Roma. San Pedro y san Pablo según esta doctrina habrían fundado la iglesia romana y allí nombraron obispo tras Pedro a Lino de Volterra, del que se desconoce su biografía, pero que es mencionado en la segunda carta de san Pablo a Timoteo y es también citado por san Ireneo, quien vivió a finales del siglo II, como sucesor de Pedro. A san Lino se le considera el segundo papa (o al menos segundo obispo de Roma) porque fue nombrado teóricamente por san Pedro. San Lino nombró a su vez a san Anacleto y después el siguiente obispo de Roma fue Clemente y así hasta hoy, por lo que existiría una teórica continuidad y primacía de la Iglesia de Roma sobre todas las demás, pero…

La Iglesia primitiva ya había instituido obispos en otros lugares, como Antioquía, el primer lugar donde precisamente se llamó cristianos a los seguidores de Cristo. Más importante aún es que Santiago, también llamado Jacobo el Justo (posiblemente hermano de Jesucristo) era obispo de Jerusalén y Jefe de la Iglesia cristiana desde mucho antes de que Pedro visitara Roma. Puesto que la cabeza del Imperio estaba en Roma, a la Iglesia primitiva occidental le resultó interesante situarse allí para difundir la fe por el Imperio, aunque Jesucristo no hubiera pensado aparentemente predicar a otros que no fueran los judíos (Mateo 15:24): «Yo no he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel». En cambio tras su resurrección Cristo sí invitó a sus discípulos a predicar por toda la Tierra, pero evidentemente, no les indicó que fundaran ninguna institución en Roma, ni llegó a mencionar siquiera esta ciudad.

En cambio la Iglesia con el paso de los años calcó directamente la forma de gobierno piramidal del Imperio para organizarse ella también en provincias y diócesis igual que la administración romana, bajo la dirección del obispo de Roma convertido en pontífice máximo, cargo que ya utilizaban los sacerdotes de la Roma pagana desde hacía siglos y que los emperadores habían dejado de utilizar desde el siglo IV.

En las cartas de san Pablo a Timoteo, destacan los versículos en los que se menciona la institución del obispado y se indican las características que tienen que tener los obispos, entre las que se incluye que sean casados: «es necesario que el obispo sea de conducta intachable, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospitalario, apto para enseñar…» (1 Timoteo 3:1).

Es decir, que el celibato no entraba entre los requisitos para ser obispo, ni evidentemente sacerdote. De hecho en la Biblia se menciona a la suegra de san Pedro, por lo tanto este apóstol estuvo también casado o era viudo, pero ésta no es la única cuestión en la que desde el principio la Iglesia de Roma se desvió de las enseñanzas de Jesucristo. En el mencionado concilio jerosolimitano, se aprobó que los gentiles, es decir, los no judíos, no tenían obligatoriamente que circuncidarse, pero en cambio sí que debían abstenerse de, por ejemplo, adorar a ídolos.

Alejándose del cristianismo original

Evidentemente la Iglesia romana, para fomentar la difusión de su fe en un mundo en el que hasta entonces los dioses se representaban en estatuas, permitió que estas imágenes poblaran todas las iglesias católicas e incluso recibieran veneración y fueran paseadas en procesiones o que, por ejemplo, los fieles hicieran cola para besar el pie de madera de una imagen de Jesucristo.

Por si la conclusión del Concilio de Jerusalén no lo hubiera dejado claro, en la Biblia se dice directamente en los Mandamientos (Éxodo 20, 4-5): «No te hagas ningún ídolo ni figura de lo que hay arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en el mar debajo de la tierra. No te inclines delante de ellos ni les rindas culto». Incluso una tercera vez, en el libro sagrado se vuelve a leer (en el Deuteronomio): «No harás para ti escultura, ni imagen alguna de cosa que está arriba en los cielos, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas ni las servirás». Debería con esto quedar bastante claro que bajo ningún concepto estas imágenes, su construcción y veneración, responden a un mandato divino o cristiano; todas las imágenes de vírgenes y santos resultarían entonces ser más paganas que católicas y por supuesto los primeros cristianos no las necesitaron en absoluto para enriquecer su fe.

Del mismo modo las propias iglesias como edificios repletos de tesoros y construidas con todo el boato, no parecen coherentes con la idea original del cristianismo. San Pablo en los Hechos de los Apóstoles indica que (Hechos 17, 24-25): «El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que hay en él, es Señor del cielo y de la tierra. No vive en templos construidos por los hombres ni necesita que nadie haga nada para él». Por si nos quedara alguna duda, este concepto se repite en el mismo libro (Hechos 7:48) en boca de san Esteban, el primer mártir cristiano (perseguido por los judíos, no por los romanos): «El cielo es mi trono, y la tierra el estrado de mis pies. ¿Qué casa me edificaréis? dice el Señor» Así pues, los primeros cristianos no necesitaron iglesias, ni imágenes y sus obispos podían (y debían) casarse.

Tampoco adoraban santos, aunque creyeran en la santidad, por ejemplo, de los mártires. Sin embargo la mayoría de los “santos” oficiales parecen responder a la necesidad de sustituir a los antiguos dioses por otras figuras a las que pedir ayuda o protección (eso significa patrono, protector).

En el siglo X ya había más de 25 000 santos. De muchos solo conocemos el nombre y nada más. Lo que sí sabemos es que como los antiguos dioses, los santos nos protegen de enfermedades, como santa Lucía que nos cuida la vista; nos resguardan de las tormentas y los truenos como santa Bárbara, nos ayudan a encontrar lo que perdemos, como san Antonio o protegen nuestros negocios, como san Martín patrón del comercio. Vamos que sirven para todo (y también les dedicamos iglesias e imágenes).

Reconocerse en el grupo

La palabra griega ἐκκλησία, Iglesia, significa asamblea, reunión; al principio no nombraba un edificio sino la reunión de los creyentes. Muchos siglos antes de Cristo, en Grecia se celebraba durante las fiestas en honor a las Gracias, la Caristía, que era un banquete de acción de gracias. Del mismo modo, los cristianos, al principio se reunían en un banquete en el que ponían todo en común y a su reunión todavía se le llama Eucaristía, aunque haya perdido el significado que tenía en su origen.

Los símbolos primitivos cristianos —como el pescado (en griego ictios), que es un acrónimo de Iesus Cristos, Theos Soter (Jesucristo, hijo de Dios)— eran más que suficientes para reconocerse. La cruz no fue símbolo cristiano al menos hasta el siglo III y el persignarse haciendo la señal de la cruz no se instituyó hasta el siglo V. Los primeros cristianos no eran poderosos, ni necesitaban nada del papa de Roma…

No obstante, la primacía de Roma prosperó incluso cuando el imperio en Occidente (y después en Oriente) ya había desaparecido. En muchos casos, en plena anarquía del fin del Imperio los obispos eran los únicos gobernadores y a la vez, defensores de las ciudades y de sus pobladores. Más tarde, durante la Edad Media fue constante la pugna entre el Imperio Romano-Germánico y el papado, pero sería en el Renacimiento, cuando algunos papas alcanzaran la cúspide de poder, al menos terrenal, que hayan tenido nunca los pontífices. Unos papas muy alejados de los actuales.

Los más poderosos, los Borgia, Julio II

Calixto III fue el primer papa de la familia valenciana Borja (Borgia) y entre otras cosas es el causante de la popularidad de la palabra nepotismo. Nepote quiere decir en latín sobrino (italiano nipote) y es que Calixto colocó a todos sus sobrinos en altísimos cargos de la Iglesia. Por ejemplo a uno de ellos, al futuro papa Alejandro VI, le nombró cardenal y vicecanciller de la Iglesia romana. Mucho hay que decir de este Alejandro VI, famoso no por sus sobrinos sino por sus hijos, especialmente César Borgia o Lucrecia Borgia, a quien casó con un Sforza creando así una alianza importante con una de las familias que más territorio controlaban en Italia. Su hijo César intervino en la Romagna mientras que el propio papado lo hacía en Nápoles, como había intentado su tío.

Las intrigas de su pontificado dan para unas cuantas series buenas. Por ejemplo, el enfrentamiento que tuvo con el fraile Savonarola, quien le acusó de poco menos que de ser un demonio, pero que finalmente sus denuncias le llevaron a ser condenado por hereje. Ahorcado y quemado en la hoguera, sus cenizas fueron arrojadas al río. Hay que mencionar la extraña muerte del mismo Alejandro VI, posiblemente envenenado por su propio sirviente que se equivocó y sirvió al papa y a su hijo César (quien sobrevivió) los platos con veneno destinados a sus invitados.

Maquiavelo dijo de Alejandro VI que «no hizo jamás otra cosa que engañar a sus prójimos» Pero aunque el segundo papa Borgia intentó crear una constelación de ducados para sus hijos en Italia y su huella en la historia fue poco más que la de un criminal, su papado no es muy diferente al de, por ejemplo, Julio II.

Sobrino de otro papa, Sixto IV, antes de ascender al pontificado era además de cardenal, arzobispo de Avignon y obispo de ocho sedes importantes. También tuvo muchos hijos, siendo su vástago más famoso su hija Felice della Rovere, quien casó con los Orsini e intervino hasta en política internacional, logrando la paz entre Francia y su padre, utilizando su belleza, según las malas lenguas.

Julio II luchó en la guerra, literalmente, poniéndose al frente de ejércitos en más de una ocasión, especialmente contra César Borgia, a fin de recuperar para Roma los territorios y ciudades que habían convertido la familia valenciana en sus heredades. También guerreó contra Venecia, contra Francia y contra España, a pesar de haber sancionado la conquista de Navarra por Fernando el Católico. Falleció en 1513, un año después de que Miguel Ángel Buonarroti terminara los frescos más famosos del mundo, los de la Capilla Sixtina, ya que tanto los Borgia como Julio II puede que no fueran papas que cumplieran la doctrina cristiana, pero desde luego fueron importantísimos mecenas.

Pontífices cercanos, Juan XXIII y Francisco

Afortunadamente, no todos los papas han sido tan guerreros o han estado tan alejados de la doctrina pacífica de Jesucristo.

El papa Juan XXIII, santo desde 2013, vivió tiempos difíciles, pero siempre trabajó por la paz; durante la Segunda Guerra Mundial, siendo arzobispo y embajador de la Santa Sede en Turquía, salvó a miles de judíos de la persecución nazi. Durante su papado (fue elegido en 1958), se construyó el muro de Berlín y en plena Guerra fría, el mundo casi llega a un holocausto nuclear por culpa de la crisis de los misiles de Cuba.

Fue conocido como el ‘papa bueno’ y su última encíclica, Pacem in Terris (paz en la Tierra), en la que llamaba al entendimiento y respeto entre los pueblos, fue muy bien acogida tanto en Estados Unidos como en la URSS. Incluso el secretario de la ONU declaró que su contenido era totalmente equivalente a las concepciones y los objetivos de las Naciones Unidas.

Buscó en su pontificado la modernización de la Iglesia y su adaptación al siglo XX, convocando el Concilio Vaticano II, que en tiempos de su sucesor decidiría, por ejemplo, que las misas dejasen de decirse en latín y de espaldas al público, algo que ocurría por increíble que parezca todavía hasta 1965. También buscó la reunificación de todas las iglesias cristianas. Juan XXIII, por cierto, es un santo para las iglesias protestantes, a pesar de que éstas surgieron en su tiempo precisamente como “protesta” por la supremacía del papa de Roma. Su festividad para los protestantes, se celebra el 4 de junio.

Este intento de reunir de nuevo las iglesias cristianas ha recibido un impulso en nuestros días gracias a Francisco, el primer pontífice americano y el primero no europeo desde el siglo VIII.

De este jesuita (es el primer sucesor de Pedro de esa congregación) argentino, aficionado al fútbol, se dice que es polémico y reformista. Ha matizado las posiciones de la Iglesia sobre la homosexualidad y el divorcio y trabaja para que la Iglesia combata la pobreza en el mundo. En el 500 aniversario de Lutero, este papa ‘diferente’ declaró comprender la reforma protestante. «Lutero fue un reformador en un momento difícil y puso la palabra de Dios en manos de los hombres».

Cercano, el ‘papa pop’ o ‘papa del pueblo’ (revista Time) reside en un apartamento en el Vaticano, no en las estancias papales, y no utiliza el papa-móvil blindado (en una visita a Nápoles le entregaron una pizza en su coche abierto).

Sus declaraciones suelen ser polémicas pero parece estar más cerca de la doctrina de Jesús que muchos de sus antecesores cuando afirma que la Iglesia no debe de anatemizar contra nadie: «¿Qué debe hacer un pastor? Ser pastor. No debe andar condenando».

Papa desde 2013, todavía le queda mucho recorrido a su política de reformas en la Iglesia de Roma, comenzando por investigar y condenar la pederastia en el seno del clero.

Pío XII
Pío XII / Getty

Controvertidos: Pío XII y Benedicto XVI

Entre los 266 papas que (teóricamente) ha tenido Roma desde hace más de 2000 años, evidentemente ha habido de todo. En este siglo y en el pasado hubo dos papas especialmente controvertidos. Benedicto XVI, el emérito, el primero que ha dimitido desde el siglo XIII y que sigue residiendo en el Vaticano, es uno. Pío XII, el del concordato con la Alemania de Hitler, es otro. Lo curioso es que la controversia que une a ambos, a pesar de estar separados por décadas, tiene que ver con su vinculación o no con los nazis.

Benedicto XVI, alemán nacido Joseph Ratzinger, formó parte de las Hitler Jugend y juró lealtad al Führer en 1943, permaneciendo en el ejército nazi hasta que al final de la guerra fue hecho prisionero por los aliados. Todos sus biógrafos dicen que cumplió esos deberes por obligación, no por voluntad y que nunca ha sido nazi, pero sus contradicciones y lo que se estimó “tibia” condena al nazismo en su único viaje a Israel durante su pontificado, no mejoraron su imagen. En su visita a Jerusalén, según la prensa local, ni pidió perdón al pueblo judío ni mostró suficiente contundencia ni arrepentimiento por haber vestido el uniforme nazi.

Ratzinger era prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, la moderna Inquisición, antes de ser nombrado papa. En Alemania le llamaban el panzerkardinal, por su conservadurismo y clara hostilidad hacia toda reforma en el seno de la Iglesia (incluyendo la llamada Teología de la Liberación). Fue acusado de encubrir varios casos de pederastia en el clero y como papa, nunca obtuvo la simpatía o siquiera la aprobación de la opinión pública, a diferencia de su predecesor Juan Pablo II. El papa alemán renunció en 2013 cuando tenía 85 años y reside en el Vaticano.

Por su parte, Pío XII, papa desde 1939, había promovido y firmado el Reichskonkordato concordato con el Reich, en 1933, siendo cardenal. Durante su carrera en la Iglesia nunca había tenido funciones pastorales, se había dedicado a la Administración, ascendiendo como un funcionario en la curia romana.

No solo reconoció al régimen nazi, también lo hizo explícitamente con la España de Franco o con la República Dominicana de Trujillo. Mientras, excomulgaba a cualquiera que votara o militara en partidos comunistas. Le persiguió una campaña de descrédito que todavía le acusa de tibieza en su defensa de los judíos durante la guerra; aunque fue reconocido por todos los estamentos israelíes por su continua defensa e implicación en la liberación de al menos 700 000 de ellos.

Por otro lado, fue el último papa en definir un dogma de fe: el de la Asunción de la Virgen. Vigente desde 1950, dicta que la madre de Jesucristo ascendió al cielo en cuerpo y alma.

Se suele considerar a Pío XII como el último papa antiguo y a Juan XXIII como el primer papa moderno.

Juan Pablo II, el carismático

Deportista, viajero, pro demócrata, anticomunista, carismático y, muy, muy mediático, Juan Pablo II es una de las personalidades fundamentales para comprender el último tercio del siglo XX. Este polaco, nacido Karol Woitula, fue el primero nombrado siendo cardenal de un país tras el telón de acero, lo que, sin duda, influyó en que fuera protagonista en el proceso de des sovietización de Europa del Este.

Santo desde 2013, él mismo nombró durante su pontificado a más santos que los nombrados en los anteriores 500 años. Otros de sus récords son haber visitado más países que ningún otro papa de la Historia (129) y duplicar el número de países con relaciones diplomáticas con el Vaticano.

Su papado estuvo marcado por el intento de asesinato que sufrió en 1981 y por perdonar de corazón y públicamente al culpable.

No hay duda de que en su pontificado buscó, desde una doctrina rigurosa, el retorno de la Iglesia al mensaje original de Jesús. Creó las Jornadas de la Juventud para atraer a los jóvenes a una Iglesia considerada anticuada. También luchó por el diálogo entre todas las religiones, siendo el primer sumo pontífice que se reunió con el Dalai Lama, que visitó un país ortodoxo y que rezó públicamente en una mezquita y en una sinagoga.

A nadie dejó indiferente su largo pontificado, lo que explica que desde el momento de su fallecimiento se pidiera popular y públicamente su beatificación. Para muchos, ha sido el mejor papa que haya habido nunca. La historia lo dirá.

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