Operación Antropoide: objetivo, matar a Heydrich

Reinhard Heydrich, apodado "la Bestia Rubia", fue uno de los mayores genocidas nazis y padre de la Solución Final. La Operación Antropoide acabó con su vida.

Reinhard Heydrich

Heydrich cayó en gracia dentro del Partido Nazi, porque disponía de todas las papeletas para ello, y además tuvo mucha suerte. Heinrich Himmler lo adoptó y a su sombra medraría el resto de su vida como sicario devoto y de total confianza. Pronto se vería al frente de los servicios de inteligencia nazis, de donde emanó la fuente de su poder, pues entró en conocimiento de los trapos sucios de todos los jerarcas, grandes y pequeños.

Aparece como el nazi que siempre estaba allí. Participó en el incendio del Reichstag, en el proyecto de los campos de concentración y en la planificación y ejecución de las dos noches que los nazis hicieron célebres, la de los Cuchillos Largos, en la que las SS se deshicieron de sus hasta entonces compañeros de las SA, y la de los Cristales Rotos, pistoletazo de salida para el Holocausto, del que Heydrich fue uno de los más aplicados y devotos artífices. Él y su amo Himmler diseñaron y presidieron los Einsatzgruppen, tropas de eliminadores que ejercían a discreción el asesinato sistemático de judíos, gitanos y sospechosos de resistencia en los territorios recién ocupados por el Reich. Mataron a centenares de miles sin dejar la menor constancia. El más sonado de sus crímenes tuvo lugar cerca de Kiev, en Babi Yar, con el resultado de 35.000 asesinatos a sangre fría. Heydrich, muy satisfecho de sus éxitos como genocida, fue quien organizó y monopolizó la famosa Conferencia de Wannsee donde, entre copas de licor y pastelillos, unos tipos cultos y bien vestidos adornados con insignias nazis debatieron científicamente acerca de los procedimientos más rápidos y económicos para exterminar del modo más rápido y económico posible a varios millones de hombres, mujeres, niños y ancianos por el simple delito de pertenecer a otra raza.

De modo que, en octubre de 1941, cuando fue enviado a Praga como Protektor del Reich, ya era conocido como “la Bestia Rubia”. Alarmado, el gobierno legítimo checo exilado en Londres trazó junto a los servicios secretos británicos un plan para asesinarlo, al que llamaron Operación Antropoide por razones obvias. A ese fin fueron escogidos dos militares checos, Jozef Gabčík y Jan Kubiš que recibieron entrenamiento por el Servicio de Operaciones Especiales y saltaron en paracaídas cerca de Praga la noche del 28 de diciembre. En la capital checa recibieron ayuda de los grupos de la Resistencia interna, estudiaron minuciosamente los movimientos de Heydrich y trazaron varios planes para eliminar al “antropoide” en cuestión.

En un primer momento, pensaron en la posibilidad de matarlo en un tren, pero se disuadieron ellos mismos tras analizar las complicaciones que acarreaba. Llegaron a la conclusión de que sus únicas posibilidades de éxito pasaban por llevar a cabo el atentado durante los inevitables recorridos en automóvil entre la residencia oficial de Heydrich y su despacho en el Castillo de Hradčany, a pesar de que constantemente viajaba acompañado por una escolta de seguridad. El inconveniente era que, en esas condiciones, se enfrentarían con el problema añadido de abatir un blanco en movimiento, y si fallaban sería imposible intentarlo una segunda vez. De manera que se les ocurrió tender un cable de acero atravesando la carretera en el tramo de bosque que debía recorrer Heydrich, con la intención de tensarlo en el momento exacto en que pasara su Mercedes y ametrallarlo aprovechando los primeros momentos de confusión. Lo intentaron, pero sin éxito. No tenían suficiente información acerca de los movimientos de su víctima, así que tendieron el cable y esperaron horas y horas sin que apareciera, hasta que llegó una orden de la Resistencia ordenándoles regresar a Praga.

El último recurso al que se agarraron Gabčík y Kubiš fue realizar el atentado en la propia ciudad, para lo cual estudiaron minuciosamente los desplazamientos de su enemigo en busca del mejor punto para llevar a cabo la temeraria acción.

El relleno asesino

La mañana del 27 de mayo de 1942, Heydrich se levantó todavía más satisfecho de sí mismo que de costumbre. La víspera había conseguido su designio profundo como Protektor, que no era otro que convencer a los dirigentes títeres checos para entrar en la guerra al lado de los alemanes. Aquello suponía enfrentarse a una jornada de mucho trabajo (y de mucha gloria), de manera que se apresuró a llegar a su castillo-oficina prescindiendo de la escolta habitual. El monstruo estaba exultante: aquella hazaña política iba a encumbrarle más todavía ante los ojos de Himmler y del mismísimo Führer.

Cuando su reluciente Mercedes llegó a la altura del Hospital de Bulovka, había dos personas esperando en la parada del tranvía. Eran Gabčík y Kubiš y estaban dispuestos a todo. Gabčík se plantó delante del vehículo y desenfundó su metralleta Sten. Pero el arma se encasquilló, y Heydrich, envalentonado, mandó parar a su chófer y se levantó del asiento para disparar a Gabčík con su propia pistola. En ese momento, Kubiš le arrojó una potente granada anticarro, pero falló al lanzarla, de modo que estalló fuera del coche hiriendo en la cara al propio Kubiš. Sin embargo, algunos fragmentos de metralla perforaron la carrocería y el asiento, hiriendo a Heydrich, pero no mortalmente. El antropoide herido salió del coche disparando y trató de perseguir a Kubiš, pero se desplomó. Aunque sus heridas no eran graves, una parte del relleno de su asiento hecho de crines de caballo había penetrado en su cuerpo junto a la metralla, lo que le produjo una violenta septicemia de la que murió una semana más tarde.

 

Más información sobre el tema en el artículo Cómo acabar con el monstruo, escrito por Alberto Porlan. Aparece en el último monográfico de MUY HISTORIA, dedicado a ¿Héroes o locos? Kamikazes y otras misiones suicidas de la II Guerra Mundial.

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