Nazis a la caza del oro negro

Uno de los sueños de Hitler fue apoderarse de los campos petrolíferos que Stalin poseía al sur de la Unión Soviética. Las tropas alemanas recorrieron las precarias carreteras del Cáucaso en pos del oro negro.

En la primavera de 1942, Hitler planeó la siguiente fase de la ofensiva contra la Unión Soviética que había comenzado en 1941: la Operación Azul. Uno de sus objetivos era “tomar los campos petrolíferos del Cáucaso y los pasos de las montañas del Cáucaso”. Hitler estaba obsesionado con el petróleo y había estudiado cómo se obtenía y refinaba. Estaba convencido de que este recurso decidiría la guerra y de que en el subsuelo del Cáucaso, entre el mar Negro y el mar Caspio, se escondían ingentes cantidades de crudo. Antes de la ofensiva contra la Unión Soviética, casi el 70% del petróleo utilizado por los rusos procedía de los pozos de Bakú, en Azerbaiyán, mientras que otro 25% venía de Maikop y Grozni. Si estos pozos caían en manos alemanas, la Wehrmacht podría evitar una crisis de combustible y, a la vez, privar de él al Ejército Rojo.

“Es crucial tomar los pozos del Cáucaso y explotarlos cuanto antes”, había argumentado uno de sus consejeros.

Esas palabras sonaron a música celestial en los oídos del Führer, que enseguida creó una brigada especial que debía conquistar los campos petrolíferos antes de que los rusos destruyeran las instalaciones. También firmó un acuerdo con la compañía alemana Konti Öl que permitiría iniciar la explotación en cuanto los pozos estuvieran en su poder.

“Si no tomamos Maikop y Grozni, tendré que parar la guerra”, dijo Hitler a los generales del Grupo de Ejércitos A, que, bajo el mando del mariscal de campo Wilhelm List, atacaría el Cáucaso. La campaña, que era parte de la Operación Azul, recibió el nombre de Operación Edelweiss por la flor blanca de los Alpes. La primera acción tuvo lugar el 25 de julio de 1942. Mientras List controlaba los acontecimientos a distancia, el experimentado coronel general Ewald von Kleist, al mando del 1er Ejército Panzer, conquistó Rostov del Don, ciudad conocida como “la Puerta del Cáucaso”. Pero el camino hasta los pozos petrolíferos era largo. La distancia hasta Maikop era de 350 kilómetros, mientras que Grozni estaba a 750 y Bakú a 1.285. Los alemanes, sin embargo, estaban acostumbrados a la victoria, por lo que en Berlín se dio por sentado que, en un plazo de 60 días, los pozos estarían en sus manos. Y, al principio, todo fue según lo planeado.

Una vez que Kleist hizo cruzar el Don a todas sus divisiones y las tropas empezaron a avanzar por las estepas del norte del Cáucaso, la Wehrmacht pareció una fuerza imparable. Desde el aire, los pilotos de la Luftwaffe veían el polvo de los blindados alemanes, que recorrían muchos kilómetros diarios hacia el sur sin encontrar resistencia.

La asombrosa marcha del ejército nazi era posible porque a Semión Budionni, jefe de la defensa rusa del Cáucaso, se le había permitido retirar sus fuerzas después de una serie de derrotas iniciales. A finales de julio, Stalin había emitido la Orden nº 227, famosa por las palabras “¡Ni un paso atrás!”, por las que a las tropas del Ejército Rojo les estaba prohibida la retirada. Pero las montañas del Cáucaso y el río Térek formaban una línea defensiva natural al sur de la Unión Soviética, y esto llevó a Stalin a hacer una excepción con Budionni, que, como él, provenía del Cáucaso y conocía bien la geografía de la zona. La información que tenían los alemanes sobre el Cáucaso era, por el contrario, muy limitada.

¡Objetivo a la vista!

Aun así, y a pesar de que Von Kleist y los suyos solo contaban con mapas viejos e inexactos, a las pocas semanas del inicio de la campaña el 1er Ejército Panzer divisó su primer objetivo: Maikop. En el ataque a la ciudad jugó un papel esencial una unidad de Brandenburgers –integrantes de la División Brandeburgo, una unidad de élite especializada en operaciones de infiltración– al mando del barón Adrian von Fölkersam. La misión consistía en proporcionar a las tropas de Von Kleist información sobre las defensas de la ciudad, de modo que pudieran atacar rápidamente y los rusos no tuvieran ocasión de destruir los campos de petróleo.

Tanto Von Fölkersam como los 61 hombres de su unidad hablaban ruso con fluidez y, el 2 de agosto, cruzaron las líneas enemigas disfrazados de miembros de la policía de seguridad soviética, el NKVD. Von Fölkersam se presentó en Maikop asumiendo la identidad de un supuesto mayor Trunchin, enviado por Stalingrado en misión especial. Los rusos no solo le creyeron, sino que le permitieron entrar a la ciudad, fuertemente fortificada, y le enseñaron con detalle todas las defensas, una información que fue inmediatamente transmitida a Von Kleist.

Cuando el 8 de agosto los tanques alemanes atacaron, la unidad todavía estaba allí e hizo volar en pedazos el centro de comunicaciones ruso. También mataron al personal que operaba los telégrafos e hicieron correr la voz de que Maikop estaba siendo evacuada, lo que llevó a una total confusión e hizo que muchos soldados huyeran a refugiarse en las montañas. Al día siguiente, las tropas de Von Kleist entraron sin problemas en la ciudad, pero, para su gran decepción, no encontraron instalaciones petrolíferas. Estas se hallaban a 50 kilómetros de Maikop y, a esas alturas, ya habían sido incendiadas. Cuando los técnicos de la Wehrmacht pudieron al fin inspeccionarlas, el diagnóstico fue extremadamente preocupante. Habían esperado algún tipo de sabotaje, pero el nivel de destrucción de las instalaciones les dejó atónitos. Era necesario taladrar nuevos pozos, por lo que la extracción de petróleo no sería efectiva hasta el verano de 1943.

A pesar del tropiezo, los nazis debían seguir adelante con el plan. Más allá de Maikop, se alzaban las montañas del Cáucaso, y allí les esperaba un tipo de guerra completamente distinto.

 

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