Matanza del Templo Mayor: los españoles masacran a la nobleza mexica

Con Cortés fuera de la capital mexica, Pedro de Alvarado perpetró una cruel masacre contra la nobleza local que cambió para siempre las relaciones entre españoles y mexicas

 

Hace medio milenio, Hernán Cortés entraba a caballo a una Tenochtitlán que estaba de luto tras la matanza perpetrada por los españoles en el Templo Mayor. Las tropas de Cortés quedaron sobrecogidas por el atronador silencio que reinaba en la capital mexica. Esta es la descripción de aquel momento de la obra de fray Bernardino de Sahagún:

“Los mexicanos, se pusieron de acuerdo en que no se dejarían ver, sino que permanecerían ocultos, estarían escondidos. Era como si reinara la profunda noche, ya nadie habla palabra... Pero estaban atisbando por la rendija de las puertas, o en huecos de los muros, o en agujerillos. Hicieron agujeros para ver por ellos…”

En el transcurso de una semana, Moctezuma murió a manos de su propio pueblo, los mexicas recuperaron el control de Tenochtitlan, y Cortés perdió en la huida miles de hombres entre españoles y sus aliados americanos. La hasta entonces pacífica relación entre conquistadores y conquistados saltó por los aires cuando los españoles masacraron a la nobleza mexica.

Hay que situar los hechos en mayo de 1520, los españoles llevan unos seis meses en la capital del imperio mexica desde que llegaron en noviembre del año anterior. Junto a los conquistadores, también se encuentra un contingente de otros pueblos mesoamericanos rivales y sometidos por los mexicas que se han unido a la tropa de Cortés. Sobre todo destacan los tlaxcaltecas, que odian profundamente a los mexicas.

Durante estos meses, los españoles habían impuesto algunas restricciones a las prácticas religiosas de los mexicas como los sacrificios humanos. Los sacrificios y la práctica de la antropofagia fue el acto que más perturbó y asqueó a los europeos, pero significaba un elemento crucial en la mayoría de las culturas mesoamericanas.

Cortés había mantenido, durante más de medio año, una pacífica invasión de la capital mexica, y los problemas le habían llegado por la costa. El conquistador tuvo que abandonar Tenochtitlán y regresar sobre sus pasos para combatir a Pánfilo de Narváez, un enviado del gobernador de Cuba, Diego Velázquez, al que Cortés había desobedecido cuando se adentró en el continente americano.

Cortés dejó al frente de la ciudad a Pedro de Alvarado, un hombre irascible e impetuoso con mucho menos tacto que Cortés. Durante esos días se acercaba el festejo dedicado al dios Huitzilopochtli, y tanto Cortés como Alvarado habían permitido la celebración siempre que no se realizaran sacrificios humanos.

Matanza del Templo Mayor del Códice Durán
Matanza del Templo Mayor del Códice Durán

Todo apunta a que durante los días previos al festival, Alvarado se puso nervioso al ver los preparativos. En cualquier caso, las primeras jornadas se celebraron sin ningún incidente. Pero llegó el momento cumbre del festejo, en el Templo Mayor danzaban unas 400 personas y había miles de espectadores. Los bailes, realizados exclusivamente por hombres, habían fascinado a los europeos por sus vistosos movimientos al son de los tambores. Y mientras los mexicas realizaban estas cabriolas casi en estado de trance, Alvarado llegó a la plaza del Templo Mayor con unos sesenta hombres, bloquearon las salidas y se infiltraron entre el público. En un momento dado, Alvarado, dio la señal de guerra al grito de “mueran” y comenzó la carnicería. Primero contra los bailarines y después contra el público. Los mexicas, que estaban desarmados poco pudieron hacer salvo intentar huir. La nobleza local quedó diezmada, aunque el número exacto de víctimas se desconoce. Y los españoles trataron de justificarse alegando que los mexicas planeaban un complot contra la ocupación, algo del que no hay ningún tipo de prueba.

Tiempo después Bernardino de Sahagún recogió testimonios de la población local en el que se describen macabras acciones: “Pero a otros les dieron tajos en los hombros: hechos grietas, desgarrados quedaron sus cuerpos. A aquéllos hieren en los muslos, a éstos en las pantorrillas, a los de más allá en pleno abdomen. Todas las entrañas cayeron por tierra Y había algunos que aún en vano corrían: iban arrastrando los intestinos y parecían enredarse los pies en ellos. Anhelosos de ponerse en salvo, no hallaban a donde dirigirse”.

El ataque supuso un punto de inflexión en las relaciones entre invasores e invadidos y la paz, que había logrado Cortés durante tantos meses, acabó con el baño de sangre del Templo Mayor. A finales de junio, Cortés entra en una hostil capital en la que los españoles ya no tenían cabida. Los acontecimientos se aceleraron, Moctezuma, retenido por los españoles, murió a manos de su propio pueblo; y los españoles sufrieron la peor derrota europea en casi tres décadas en América en la conocida como Noche Triste, por la que Cortés perdió el control de Tenochtitlán.

Referencias:

La conquista de México, Hugh Thomas

 

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