Vídeo de la semana

Mary Shelley, más que la autora de ‘Frankenstein’

Siempre destacó su anhelo por la búsqueda de la verdad, que la llevó a cuestionar las instituciones políticas y teológicas establecidas y a exaltar la amistad, la sencillez y la capacidad de decidir. Frente a la compulsión masculina, Shelley defiende la sensibilidad y la razón femeninas.

Mary Shelley
Wikimedia Commons

Huérfana de madre –la filósofa y escritora feminista Mary Wollstonecraft, autora de Vindicación de los derechos de la mujer –, mantuvo una difícil relación con su progenitor, William Godwin, filósofo, novelista y periodista que la describió como una “mujer valiente, impetuosa y de mente abierta, con ansias enormes de conocimiento y gran perseverancia”. Su personalidad no deja indiferente a quien se acerca a su vida y obra. Desde muy pequeña se refugió en la lectura y en la escritura, mientras era educada en las teorías políticas liberales. Compartió época con Jane Austen, las hermanas Brontë, George Elliot y Elizabeth Barrett Browning. Amiga y confidente de Lord Byron y amante de Prosper Mérimée, se enamoró del poeta reformista Shelley, del que fue esposa y editora y tomó el apellido. Tuvo varios hijos con él, y recogió los múltiples viajes realizados por ambos en cartas y artículos biográficos.

Entre la ficción y el análisis social

Novelista y pensadora, en el conjunto de su producción se interesó por las modas estéticas, los temas de contenido feminista, las libertades y los derechos individuales y la igualdad y la independencia de las mujeres: anticipó muchos principios, visibles o subyacentes, que sustentan ideas actuales. Dotada de una gran capacidad creativa, inventó asimismo al “ogro”, monstruo olímpico y titán ladrón del fuego divino de Frankenstein o el moderno Prometeo (1818), reflejo de luchas mentales y morales, crítica del individualismo y el egocentrismo. Su monstruo parece un trasunto de vivencias personales, una mirada a su realidad que recuerda su pasado a la vez que desea generar vida y modelar su auténtico destino.

En obras como Valperga (1823), El último hombre (1826), Lodore (1835) o Falkner (1837), a su vez, se rebela contra la tradición y trata de explorar las relaciones contradictorias entre el individuo y la sociedad y la posibilidad de su transformación a través del ejercicio responsable del poder político. Siempre destacó su anhelo por la búsqueda de la verdad, que la llevó a cuestionar las instituciones políticas y teológicas establecidas y a exaltar la amistad, la sencillez y la capacidad de decidir. Frente a la compulsión masculina, Shelley defiende la sensibilidad y la razón femeninas.

El recuerdo de Mary Shelley se asocia a su “innominado”, el no nombrado, el engendro resentido, iracundo y vengativo fabricado con trozos de cadáveres por el doctor Víctor Frankenstein en su libro de juventud: relato de ciencia ficción, novela gótica y de horror. Pero fue más que eso. Desafió de manera liberal, independiente y combativa al romanticismo individual, convencida de la necesidad de cooperación de las mujeres para reformar la sociedad civil. Mary Shelley, pues, es tan significativa por su importancia ideológica como por sus logros literarios.

Continúa leyendo