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Marie Curie, científica, pero también mecánica, espía y conductora en la guerra

Durante la I Guerra Mundial la científica de origen polaco llevó a cabo tareas alejadas del laboratorio. Muy alejadas.

Marie Curie
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Es la científica mas conocida de todos los tiempos. Dos premios Nobel (la primera mujer en ganar uno y la única en ganar dos), descubrió los  radioisótopos radio y polonio,  fue la primera profesora en la Universidad de París, su hija ganó otro Nobel… Pero no es tan conocido lo que hizo durante la Primera Guerra Mundial. Cuando Curie tenía 47 años, tres años después de ganar su segundo Nobel, comenzó la guerra.

Marie Curie pronto se dio cuenta que sus investigaciones debían suspenderse y que el radio con el que investigaba no debía ser hallado por los alemanes. Reunió todo el que tenía, lo puso en un contenedor de plomo, cogió un tren con destino a Burdeos y lo registró en la caja fuerte de un banco. Solo entonces, aliviada de que sus experimentos estuvieran a salvo, regresó a París. Pero no para huir, sino para enfrentarse a lo que venía. Y la mejor opción era poner su conocimiento al servicio del ejército francés y no para ganar la guerra, sino para salvar vidas.

Casi dos décadas Wilhelm Roentgen había descubierto los rayos X y muy pronto comenzaron a usarse con fines médicos. Durante la guerra su uso era muy necesario, por ejemplo para detectar las balas en soldados heridos.  El problema es que las máquinas de rayos X eran muy grandes y solo estaban en los hospitales.

Pero eso no iba a detener a Curie. La solución fue desarrollar la primera ambulancia radiológica: un vehículo que contenía una máquina de rayos X, que se podía conducir hasta el campo de batalla y que podía salvar vidas. Poner una máquina encima de un vehículo hubiera sido sencillo, pero había que alimentarla con energía y Curie resolvió el problema incorporando una dinamo. Una vez que su invento demostró ser útil comenzaron a llegar los fondos hasta que tuvo más de 20. Para conducirlos no solo tuvo que capacitar a otras mujeres en conducción y manejo de los equipos radiológicos, también aprendió de mecánica básica y terminó capacitando, junto a su hija Irene, a unas 150 mujeres.

¿Suficiente, no? No para Curie. A sus vehículos le sumó la supervisión de la construcción de 200 salas de radiología en hospitales de campaña. En total se estima que los esfuerzos de Curie permitieron que cerca de un millón de soldados heridos recibieran exámenes de rayos X.

Pero hubo más. Curie sabía que las continuas exposiciones a los rayos X podían tener consecuencias graves, pero en pleno conflicto no tenía opciones para crear pautas de seguridad adecuada. Y tampoco contaba con el equipo para ello. Pero una vez que terminó el conflicto, escribió un libro sobre este tema titula Radiología en la Guerra en el que relata sus experiencia y sugiere las medidas de seguridad y prevención adecuadas para trabajar con rayos X.

 

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