Los Cien Días: la vuelta al poder de Napoleón Bonaparte

El 1 de marzo de 1815, el emperador francés, huido de su destierro en la isla italiana de Elba, desembarcó en Francia y emprendió su triunfal regreso a París.

Batalla de Waterloo

El período conocido como los Cien Días (Cent-Jours, en francés) o Campaña de Waterloo va en realidad del 20 de marzo de 1815, fecha de la entrada de Napoleón en París, al 28 de junio de ese mismo año, fecha de la segunda restauración borbónica en la persona de Luis XVIII como rey de Francia. Esta etapa puso fin a las llamadas Guerras Napoleónicas, así como al Imperio de Bonaparte. Pero tales Cien Días estuvieron precedidos de otros. Napoleón había permanecido once meses en su exilio de Elba observando intranquilo y con mucho interés el transcurso de los acontecimientos en Francia.

Tal y como había previsto, la reducción de su Imperio a solo el viejo reino provocó un gran descontento popular, alimentado además por las historias sobre la falta de tacto con que la monarquía borbónica estaba tratando a los veteranos de la Grande Armée. La situación en Europa, asimismo, era peligrosa: las desorbitadas demandas del zar Alejandro I habían puesto a las potencias del Congreso de Viena al borde de una guerra entre ellas.

Toda esta situación condujo a Napoleón a una renovada actividad. El retorno de los prisioneros franceses desde Rusia, Alemania, Gran Bretaña y España podía proporcionarle un ejército mayor que el que le había dado renombre. La amenaza que aún suponía el corso había llevado a los monárquicos de París y a los plenipotenciarios de Viena a plantear la posibilidad de deportarlo a las Azores o, incluso, de asesinarlo. Enterado Bonaparte por sus espías, puso manos a la obra: no había tiempo que perder.

El 26 de febrero de 1815, aprovechando un descuido de la guardia francobritánica que lo custodiaba, embarcó en Portoferraio con unos 600 hombres, y el 1 de marzo desembarcó cerca de Antibes. Excepto en la Provenza, de tendencia monárquica, Napoleón fue aclamado a su paso, una bienvenida que atestiguaba el poder de atracción de su personalidad en contraste con la del Borbón. Sin disparar un solo tiro, su pequeña tropa fue creciendo hasta convertirse en un ejército. 19 días después de desembarcar, el Emperador entraba en la capital, de la que Luis XVIII acababa de huir precipitadamente.

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Se iniciaron entonces los mencionados Cien Días, los últimos de Bonaparte en el poder. Su posición política era débil, así que solo las armas podían decidir su destino, tanto en los asuntos exteriores como internos.

Ni Francia ni el resto de Europa se tomaron en serio la declaración de su satisfacción por su nuevo papel de monarca constitucional, ni creyeron que pudiera contentarse con los antiguos límites de su patria: había declarado tantas veces que el Rin y los Países Bajos eran necesarios para Francia, que todos tomaron su nueva postura como una forma de ganar tiempo. Y, en efecto, Napoleón se lanzó pronto al ataque, para acabar sucumbiendo definitivamente en la batalla de Waterloo (en el cuadro que ilustra este artículo), el 18 de junio.

Diez días después fue apresado y desterrado para siempre en Santa Elena. La expresión Cien Días fue usada por primera vez por el prefecto de París, el conde de Chabrol, en su discurso de bienvenida al repuesto Luis XVIII.

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