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Segunda Guerra Mundial

Locos inventos de guerra

En medio del terror, se alumbraron importantes avances en el campo de la innovación militar. Algunos de ellos fueron la antesala de importantes ingenios que han madurado a lo largo de las últimas décadas. Industrias como la tecnología, el automóvil, la moda o la medicina se beneficiaron de los descubrimientos y artilugios desarrollados por ambos bandos.

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La Segunda Guerra Mundial fue uno de los periodos más trágicos y sangrientos de la Historia. Cambió para siempre el rumbo de la civilización. Pero en medio del terror nazi se alumbraron importantes avances en el campo de la innovación militar. Algunos de ellos fueron la antesala de importantes ingenios que han madurado a lo largo de las últimas décadas. Industrias como la tecnología, el automóvil, la moda o la medicina se beneficiaron de los descubrimientos y artilugios desarrollados por ambos bandos. Otros, sin embargo, fueron tan extravagantes que rozaban el absurdo, aunque lograron su cometido: asaltar el suelo francés para detener el avance alemán.

El camino no fue fácil. En la noche del 5 de junio de 1944 volaron desde Inglaterra tres divisiones aerotransportadas. Miles de soldados, brillantemente instruidos para el combate, se aferraban a cualquier deseo para no caer en el miedo: muchos de ellos murieron nada más pisar suelo francés. Fueron los prolegómenos de una de las batallas más decisivas y cruentas del conflicto, el desembarco de Normandía. Sobre una estéril costa yacían las defensas pertenecientes a las fuerzas de ocupación alemanas. Resguardados bajo una afilada tensión, esperando la llegada de las tropas aliadas. Al abrigo de la arena y de las trincheras, la capacidad para penetrar entre los pocos espacios que se vislumbraban en el horizonte era considerado, a priori, un auténtico suicidio colectivo.

En medio de la incertidumbre, sin embargo, se trazó una estrategia en la que los avances en ingeniería militar se colocaron en la primera línea de combate. Los tanques tuvieron un papel protagonista: se revelaron como un elemento fundamental en la victoria de Normandía. Preparar aquel sangriento enfrentamiento estuvo cargado de cálculos y estimaciones tácticas. Había que superar un gran obstáculo. El recuerdo del episodio vivido dos años antes palpitaba todavía entre los mandos militares. Los aliados había intentado penetrar en Europa por el puerto francés de Dieppe: resultó un rotundo fracaso. Una veintena de vehículos blindados de gran tonelaje fueron anulados por un enemigo con el que no contaban, la orografía. Muchos de ellos quedaron inmovilizados a causa de los guijarros de la playa y fueron fácilmente alcanzados por la artillería antiaérea. No podía repetirse el mismo tropiezo.

'Divertidos' pero efectivos

Aquel fracaso dio paso a una estrategia mucho más ingeniosa. El primer ministro británico Winston Churchill, un férreo defensor de los inventos absurdos, encontró una respuesta a las dudas. Durante su mandato se diseñaron fulgurantes virguerías capaces de destruir las defensas nazis. No funcionaron algunas propuestas, como la presencia de una especie de rueda de hámster gigante cargada de explosivos, pero otras, en efecto, sí lograron su objetivo. Entre ellos se encontraban los llamados “Funnies de Hobart”. Lejos de su peculiar denominación, esta serie de tanques con modificaciones extrañas acabaron teniendo un gran protagonismo en la victoria aliada.

Una división destinada a la experimentación militar fue el laboratorio para enarbolar una táctica más osada. Detrás de la idea se encontraba Percy Hobart, un visionario comandante e ingeniero que desarrolló algunos de los más impresionantes vehículos acorazados empleados durante el Día D. Bajo su dirección germinó esta familia de vehículos estéticamente asombrosos que superaron obstáculos como el agua, las minas o las trincheras enemigas. Con su sonrisa de reptil y la boina ladeada en el recuerdo, “Hobo”, como le apodaban en el regimiento, fue uno de los más grandes pensadores militares de su tiempo a pesar de haber sido apartado en los primeros compases de la guerra.

Con el tiempo, Churchill se dio cuenta de que, para ganar la guerra contra un enemigo superior en fuerza, la ciencia debía tener la respuesta. El dirigente británico defendió a Hobart en una carta que decía: “Los altos mandos del ejército no son un club. Es mi deber garantizar que a cualquier hombre que esté capacitado, incluso aquellos que no son populares entre sus contemporáneos, no se le impida prestar sus servicios a la Corona”.

Despreciado por el establishment a pesar de su veteranía, la insistencia de Churchill fue capital para su regreso a la primera línea, que coincidió con el periodo previo a la operación Overlord, nombre en clave de la batalla de Normandía. Inspirándose en las tácticas empleadas por las invasiones mongolas en la Edad Media, cuyas milicias se desplazaban a gran velocidad para sorprender al enemigo, “Hobo” se percató del inmenso potencial de aglutinar columnas de vehículos pesados si estos eran capaces de sortear las trincheras enemigas o, entre otras mil cosas, cortar los alambres de espino.

Para lograrlo, su planteamiento fue singular: se distanció de la fuerza bruta de los tanques de grandes dimensiones que tradicionalmente habían luchado en el frente y pasó a diseñar máquinas mucho más ágiles que sirvieran para abrir las líneas enemigas. Así lo describe en sus exposiciones David Willey, representante del Museo del Tanque en Bovington (Inglaterra): “Fue tachado de excéntrico y de trato difícil, pero era un líder nato con un notable don para la innovación”.

Hubo varios modelos, cada cual más sorprendente. El de mayor potencia de fuego fue un tanque basado en el Churchill, uno de los carros de combate más pesados del Ejército británico. Estaba equipado con un mortero gigante de 290 milímetros en lugar de un cañón clásico. Era una verdadera descarga de infierno. Podía lanzar bombas de 40 kilogramos de peso capaces de demoler estructuras en cuestión de segundos.

A su vez, el chasis de este vehículo sirvió, al igual que del estadounidense Sherman, como estructura básica para otras muchas variantes utilizadas por las fuerzas británicas. A principios de 1944, el gobierno norteamericano recibió las propuestas. Encabezado por el mariscal Montgomery, la premisa fue que el ejército estadounidense también utilizase estos tanques. En total, se les ofreció un tercio de los “Funnies”.

Los llamados “AVRE” (siglas de Ingenieros Reales de Vehículos Blindados) fueron la categoría más variada del plantel que se fabricó, aunque en realidad participaron activamente las fuerzas canadienses. La idea fue buscar nuevas y eficientes maneras de dejar atrás la playa. Bajo la carrocería del Churchill, el mago de la guerra Hobart ideó un vehículo equipado con rampas hidráulicas desplegables y prescindibles una vez utilizadas. Su objetivo: establecer una pasarela para cruzar los interminables obstáculos hasta llegar al frente. El ARK, siglas correspondientes a “Armored Ramp Carrier”, funcionó a la perfección, al igual que otra original creación.

Múltiples variantes

En otra variante se introdujo un sistema de cadenas en forma de tambor que servía para detonar minas y abrir brechas entre los alambres de espinos. Le llamaron “Crab” y resultó muy útil una vez desplegadas las primeras unidades de infantería. Una impresionante creación sustituyó la ametralladora por un lanzallamas. Apodado “Crocodile”, la estructura del vehículo blindado Churchill se empleó para destruir refugios. De esta manera, no había necesidad de recurrir a los equipos de demolición de infantería, según se desprende en los archivos de Normandía. Fue un elemento disuasorio capaz de convertir en mermelada los órganos internos de decenas de enemigos a una distancia de 10 metros. El inconveniente se encontraba en que la presión necesaria para inflamar el combustible era insuficiente para mantener la embestida durante un tiempo prolongado.

El Sherman BARV, por su parte, se creó con el fin de rescatar los vehículos trabados en la arena mediante unas defensas especiales para empujar a sus otros “hermanos”. También había sistemas adaptables a ambos tanques como el llamado “Bullhorn Plough”, cuya misión era retirar sin explosionar las bombas depositadas sobre el terreno. Empleaba un arado como el de los agricultores que podía excavar la tierra. La fuerza bruta se llevó a otro miembro de la familia al que llamaron “Double onion”, capaz de instalar cargas de demolición a una altura de 12 pies (3,6 metros). Junto con los torpedos Bangalore, cuya munición se introducía en un tubo extensible, los soldados podrían abrirse paso entre los muros nazis.

Hobart llegó a imaginar “quimeras mecánicas” destinadas al combate en todos los terrenos. El objetivo era que, una vez que estos titanes de metal hicieran su trabajo, miles de soldados de infantería tuvieran el camino libre. En ocasiones se aprovecharon de otra colección de vehículos blindados como el llamado “Kangaroo”, que se transformó para trasladar a las tropas. Al no contar con torreta se podía hacer espacio a los pasajeros como una pasarela andante.

Más curiosa fue otra modificación en la que los ingenieros militares apostaron por colocar un “flotador” de goma impermeable para convertirlo en un vehículo anfibio. Podía navegar por el agua, que era un elemento que suponía un impedimento para el avance de las tropas. La idea era que pudiera iniciar su travesía desde una gran distancia, llegar a la arena, recoger las pantallas e interactuar con los enemigos. Fue una agradable sorpresa como apoyo en la retaguardia. Se denominó Duplex Drive, según consta en los archivos, aunque los militares estadounidenses y británicos se refirieron a este tanque como “Donald Duck” (Pato Donald, en español) por sus iniciales y su capacidad para moverse por el agua. Podía alcanzar la velocidad de cuatro nudos (7,4 kilómetros por hora) en un mar en calma gracias a dos hélices. El “flotador” se inflaba en 15 minutos, pero se podría retirar rápidamente una vez que el vehículo blindado alcanzara la tierra. A pesar de su atrevimiento, muy pocas unidades de este mastodonte acuático alcanzaron el terreno firme: quedaron inundados a pocos metros de emprender el trayecto.

Utilizando como chasis un tanque británico Churchill, el ejército aliado hizo su particular guiño a la Primera Guerra Mundial con una modificación diseñada para rellenar zanjas. Se bautizó “Fascine” y transportaba un rodillo enrollado con diez metros de tablas de madera que se soltaban en cuestión de segundos para tapiar las trincheras. Con este ingenioso mecanismo, los vehículos pudieron materializar su avance por distintas rutas. Otro revolucionario sistema cilíndrico fue el “Bobbin”, que contaba con una bobina de lona desplegable sobre la arena para facilitar el desembarco de los soldados y otros vehículos. El objetivo fue corregir los errores de Dieppe y colocar una pequeña “carretera” delante para poder avanzar sobre el terreno repleto de agujeros y zanjas.

El historiador militar británico Liddell Hart, contemporáneo del conflicto armado y uno de los grandes teóricos de la guerra acorazada, ensalzó en sus relatos la capacidad del comandante Hobart, a quien llegó a calificar incluso como el “Erwin Rommel británico” en comparación al general nazi conocido por sus originales estrategias en el campo de batalla: “Haber moldeado las dos mejores divisiones blindadas británicas de la guerra fue un logro sobresaliente, pero Hobart lo convirtió en un potente truco gracias al entrenamiento de la 79 a División Blindada especializada”. Fue “el factor decisivo” en la embestida aliada. Aquellos “divertidos” tanques mantuvieron su producción hasta el final de la guerra. Se fabricaron, según archivos oficiales, más de siete mil unidades. Después del desembarco de Normandía, los aliados emplearon los “Funnies de Hobart” en otras batallas para la liberación de la Europa ocupada por los alemanes, como en septiembre de 1944 en ciudades portuarias como Le Havre o Calais, ambas situadas en el noroeste de Francia. “Fue la combinación de material de guerra y el cerebro, la fuerza muscular y la pura determinación de los involucrados lo que marcó la diferencia”, escribe Phil Zimmer, veterano del Ejército estadounidense, en distintos relatos bélicos.

Además de los dispositivos de visión nocturna o los aviones a reacción, el Tercer Reich inventó entre sus filas otras ingeniosas armas, entre ellas, una mina “andante”. Se bautizó como “Goliath”. Era un carro de combate de pequeñas dimensiones (80 centímetros de longitud) no tripulado con la única misión de desplazar un explosivo gracias a un sistema de control remoto. Resultó una gran amenaza por sus discretas pero asesinas apariciones. Aunque se emplearon durante todo el conflicto, en Normandía se utilizaron para destruir puentes y provocar el caos entre las trincheras de los Ejércitos aliados.

También sobre dos ruedas

Al otro lado del charco, la tragedia de Pearl Harbor en diciembre de 1941 había instaurado un sentimiento de furia desatada en el Ejército estadounidense. Se preparaba un enorme movimiento en el tablero que cambiaría la evolución de la guerra en los siguientes tres años. Los alemanes habían destruido la fábrica de Triumph en Inglaterra en varios ataques aéreos. Este episodio se conoció como “el bombardeo de Coventry”. La ciudad, de gran importancia industrial, quedó prácticamente destruida. La maquinaria del fabricante de motocicletas tuvo que trasladarse a una nueva planta manufacturera a Meridien, a unos 15 kilómetros de distancia. Pero tardó en recuperar su actividad un año.

Coincidiendo con este episodio, el Ejército norteamericano alcanzó un acuerdo con Harley-Davidson para suministrar un elevado número de motocicletas. Un vehículo que ganó importancia como transporte y enlaces de exploración en servicios de retaguardia. Nació el modelo WL Army (WLA), que estaba basado en un motor de válvulas laterales de 750 centímetros cúbicos.

Para adecuarlas como máquinas de guerra, el fabricante de Milwaukee realizó una serie de modificaciones. La versión militarizada, cuyo espíritu discurrió por las playas de Normandía y otras batallas en Europa, introdujo culatas de aleación de aluminio para evitar el sobrecalentamiento, protecciones de acero en el chasis bajo y un importante ajuste en la transmisión: una palanca de cambios ubicada en el depósito similar a la de un coche y un compartimento para guardar un subfusil Thompson.

Su espíritu discurrió por las playas de Normandía. Para manejarlas, el Ejército tuvo que entregar manuales de funcionamiento y realizar sesiones de entrenamiento. El soldado tenía que ser capaz, en solo tres segundos, de poner la moto en el suelo y colocarse en posición de disparo protegiéndose por el chasis. En general, las motocicletas también se hicieron un hueco en ambos bandos, con BMW entre los oficiales alemanes. El modelo que ha permanecido en el imaginario colectivo ha sido el R75 que incorporaba incluso un sidecar. Pequeños grandes avances para decantar (a favor) la balanza.

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