Contracultura y libertad sexual en 1968

Con la llegada de la píldora en los años 60, las mujeres empezaron a disfrutar de una libertad sexual que favoreció su independencia y propició la aparición de organizaciones feministas.

Manifestación feminista

En 1968 nació The Feminists, una organización política que preconizaba la eliminación del matrimonio y de la familia. Sus seguidoras pensaban que los niños no pertenecían a nadie y debían ser cuidados y educados por la sociedad. También anunciaron el desarrollo de medios de reproducción extrauterinos, lo que dejaba de lado las relaciones sexuales por estar basadas en relaciones de dominación por parte de los hombres, por lo que había que encontrar nuevos modos de satisfacción sexual. Hubo otras organizaciones feministas menos radicales, como la National Organization for Women, cuyo programa incluía peticiones legislativas para la abolición de las leyes contra el aborto.

En 1961, la empresa farmacéutica alemana Shering había sacado al mercado “la píldora”, el primer método anticonceptivo hormonal. El conservadurismo y puritanismo imperantes en Europa y Estados Unidos llevaron a pensar que ese fármaco infernal traería una ola de promiscuidad imparable, así como un deterioro de la moral y las costumbres. Lo que sí trajo “la píldora” fue la libertad sexual de las mujeres, que ya no tenían que temer el embarazo indeseado o recurrir al aborto clandestino. Fue sin duda un gran paso hacia la emancipación de la mujer.

Pero ¿cómo pudo ser que, casi de improviso, la contracultura se produjera de forma simultánea en muchos países? Algunos apuntan a la música.“Desde los primeros conciertos de los Beatles en 1963, la música era la principal forma de contestación juvenil (...). Los Rolling Stones, Jimi Hendrix o Janis Joplin no captaron el espíritu de su generación sólo en Estados Unidos y Gran Bretaña. Gracias a las nuevas técnicas de comunicación, fueron oídos y admirados en todo el planeta”, señalan Daniel Cohn-Bendit y Rüdiger Dammann en el libro La rebelión del 68.

La televisión y las emisoras de FM permitieron que los jóvenes estadounidenses y los europeos escucharan a la vez el We Gotta Get Out Of This Place de Eric Burdon and The Animals, una canción que expresaba el deseo de muchos de ellos: huir del hogar paterno, huir lejos de la escuela, huir de una pequeña ciudad de provincias y viajar a lo desconocido. Mientras los estudiantes de Berkeley tomaban el campus de la Universidad, la capital británica se convertía en el “Swinging London” (Londres a la moda) de Carnaby Street y Twiggy, de The Who y Pink Floyd, de la minifalda de Mary Quant (popularizada desde 1965).

Una semilla bien germinada

La contracultura jugó con el concepto de juventud como nación, como pueblo y como clase revolucionaria, lo que era muy peligroso. De hecho, esa fue una de las causas de su volatilidad y de su decadencia final. La creación de un hombre nuevo y de una nueva cultura dentro del viejo sistema, para corroerlo desde sus entrañas, no funcionó. El no-arte, los cómics underground –como los del genial Robert Crumb–, la revolución sexual, los infinitos músicos que animaron el cotarro (como The Doors, Neil Young o el grupo neoyorquino The Velvet Underground), las drogas duras, las blandas, los alucinógenos, los happenings, la diversión y toda la rabia y autodestrucción que uno pueda imaginar sólo consiguieron aliviar el dolor, no curar el mal. Era evidente que un Occidente altamente industrializado y a punto de entrar en la era cibernética no podía ser intimidado por el rechazo de sectores más o menos amplios de la juventud.

Pero ¿queda algo de la contracultura? La primera impresión es que no sobrevive nada de aquello: la Guerra de Vietnam es Historia y los hippies son una reliquia. Pero esa sensación es falsa. En 2010, Theodore Roszak, uno de los teóricos de aquel movimiento, afirmó que el ecologismo creció en esos años y que hoy día es un movimiento a considerar en EE UU y Europa. Otros signos de pervivencia de la contracultura los encontramos en la música, en algunas manifestaciones del arte pop, en la liberación de las conductas sexuales, en el orgullo del feminismo y del movimiento homosexual y en la tendencia a la “liberación” personal, a mirar la vida desde una perspectiva propia, ajena a los dictados externos.

 

Más información sobre el tema en el artículo Nace una sociedad más libre de Fernando Cohnen. Aparece en el MUY HISTORIA, dedicado a 1968. El año de los mil cambios.

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