Las mujeres más crueles del nazismo

Fueron tan crueles o más incluso que los hombres y llevaron a cabo todo tipo de torturas.

 

En el año 1944 un periódico alemán publicaba la siguiente oferta de empleo: “Se buscan trabajadoras sanas de entre 20 y 40 años para un emplazamiento militar”. Se ofrecía buen salario, comida, alojamiento y ropa. Pero obviaron citar que los empleadores eran las SS y la ropa, sus terrible uniformes. El sitio militar era el campo de concentración de Ravensbrück.

Que el mal no conoce sexo religión, raza ni clase social es más que sabido y en el caso de las mujeres nazis no hubo una excepción. Se caracterizaron por una impresionante frialdad y extrema crueldad que aplicaron a las mujeres judías presas en los campos de concentración a las que sometieron a las torturas y experimentos más variopintos, todos ellos de una bestialidad impropia de personas con buen corazón o principios éticos.

Se ha escrito mucho sobre lo que Hanna Arendt, filósofa y teórica política alemana de origen judío acuñó: "La banalidad del mal", en su libro Eichmann en Jerusalén. Las mujeres que trabajaron en los campos de concentración estaban convencidas de que estaban haciendo un bien a la sociedad, no sentían el mínimo vestigio de culpabilidad ante las atrocidades que cometían. Tal y como lo describió Arendt en su famoso e imprescindible libro los nazis, y ellas también, por supuesto, no poseían una trayectoria o características antisemitas ni tampoco padecían enfermedades mentales. Se comportaban así porque tenían la certeza de estar haciendo correcto, sin reflexionar sobre las consecuencias de los actos que cometían siguiendo órdenes de arriba.

Irma Grese

Posee el dudoso honor de haber sido la más sádica y cruel de todas las nazis de las SS. Bellísima y con una cara angelical, en el juicio de Eichmann negó todos los cargos pero no de su ideario nazi. Llegó a matar a más de 30 personas diarias pero su gran afición era torturar hasta la muerte a sus víctimas. Por ejemplo, gustaba de darles latigazos a las mujeres en los pechos hasta que se les infectaban de tal manera las heridas que había que amputarles los pechos sin anestesia. Los gritos de dolor de las prisioneras le proporcionaban una gran excitación sexual.

También mantenía relaciones sexuales indistintamente con hombres y mujeres. Si se quedaba embarazada utilizaba a un médico judío para que le practicase un aborto. Fue condenada a morir en la horca con 22 años y sus últimas palabras a su verdugo fueron órdenes “Rápido”, le gritó.

Irma Grese
Irma Grese

Dorothea Binz

Nacida en 1920, con 15 años abandonó los estudios y se puso a trabajar como ama de llaves. Tenía una gran ambición por lo que entrar a formar parte de las SS (en 1939) lo vio como un ascensor social. Como buena parte de la sociedad alemana, Binz se sintió enseguida atraída por las ideas de Hitler al que siguió de manera fiel hasta el fin de sus días sin arrepentirse jamás de las atrocidades cometidas.

Su primer destino fue el campo de concentración de Ravensbrück, a 100 kilómetros de Berlín. Como todos, su creación respondía al deseo de llevar allí a todos aquellos que no fueran de raza aria, pura. Especial empeño contra los judíos y los homosexuales.

«En Ravensbrück, en lugar de enseñarles como se debía administrar un campo (cómo limpiar las cocinas, hacer que funcionase de forma efectiva el lugar o cómo tratar a los prisioneros) aprendían las diferentes formas de pegar, apalear y asesinar a los presos, además de todo lo referente al tema de los hornos crematorios. Todas las alemanas que pasaban por allí estaban destinadas a maltratar, humillar y en última instancia matar a cualquier preso que pasara por el campo de concentración», explica en su libro Guardianas nazis. El lado femenino del mal, la autora Mónica García.

Se le atribuyen más de 100.000 muertes entre mujeres y niños. «En una ocasión, la guardiana vio que había una presa que, extenuada, se cayó al suelo. En ese momento, Binz se acercó, la abofeteó y cogió un hacha con la que rajó y descuartizó su cuerpo. Después se levantó y, al darse cuenta de que se había manchado sus botas negras de sangre, cortó un trozo del vestido de la fallecida para limpiarlas. Cuando terminó, se subió su bicicleta y, como si nada hubiera pasado, volvió al campo de concentración», añade González Álvarez.

Referencias:

Arendt, H. Eichmann en Jerusalén. 2006. De Bolsillo.

García, M. Guardianas nazis. El lado femenino del mal, 2013, Edaf.

 

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