Las granjas de niños victorianas: una historia de horror

Bajo la apariencia de guarderías domésticas, las baby farms condenaron a muerte a muchos niños durante la época victoriana.

¿Qué es una baby farm?

Se considera que el término granja de niños (baby farm) surgió hacia 1860, aunque la práctica se desempeñaba desde hacía décadas. Las madres que no podían hacerse cargo de sus hijos, especialmente las madres solteras o con hijos concebidos fuera del matrimonio, las viudas y las trabajadoras que no podían hacerse cargo personalmente de sus bebés, los entregaban a mujeres que, a cambio de un pago, se encargaban de criarlos en sus casas.

En muchos casos, constituía uno de los modos más discretos para liberarse de hijos no deseados o ilegítimos sin atraer la atención de las autoridades ni del contexto social más próximo. Oliver Twist, el héroe de la homónima novela que Charles Dickens publicó entre 1837 y 1839, creció en uno de estos lugares de acogida.

La expresión baby farm, sin embargo, llevaba aparejadas connotaciones negativas: se asociaba al abuso, la crueldad e incluso el asesinato. No todas las cuidadoras de la época maltrataban necesariamente a los niños a su cargo, pero la perspectiva de ganar dinero de este modo hizo que muchas empresarias intentaran atraer al mayor número de infantes posibles. Las sumas se pagaban semanalmente o se entregaba una cantidad de dinero con el ingreso del infante en la casa privada, como si se tratara de una compraventa encubierta. La actividad se convirtió en un auténtico negocio.

En algunos casos, los niños se daban en adopción y conseguían así sobrevivir y llegar a la edad adulta. En muchos otros, estos infantes morían a manos de sus cuidadoras, víctimas del hambre y la dejadez. De ahí las connotaciones despectivas del término baby farm: la granja evoca una actividad económica de producción de animales que luego son sacrificados como reses.

La privacidad que ofrecían estos establecimientos se convirtió en la principal razón por la que las madres elegían esta opción, ya que la transacción se mantenía dentro de los límites del hogar. Esta privacidad, sin embargo, también fue la que permitió que estos niños fuesen maltratados sistemáticamente.

Margaret Waters, granjera de niños

Margaret Waters
Margaret Waters. Imagen: Wikicommons

A partir de la década los 60 del siglo XIX, se produjeron varios escándalos mediáticos en torno a las granjas de niños que abrirían las puertas a investigaciones más profundas. Entre ellas, destaca la figura de la viuda Margaret Waters, ahorcada por la justicia en 1870.

Denunciada por la muerte de un niño ilegítimo, cuando las autoridades irrumpieron en el establecimiento, encontraron a unos once pequeños desnutridos y sucios, y otros tantos cuerpos sin vida de bebés y niños enterrados.  En las semanas que siguieron al descubrimiento, mientras interrogaban a Margaret y a su hermana cómplice, cinco de esos once niños murieron, lo que incrementó el clamor público.

Condenada y ajusticiada, Margaret Waters fue algo más que culpable de negligencia y homicidio: se convirtió en el chivo expiatorio del fantasma del infanticidio y de todas aquellas mujeres socialmente sospechosas como las parteras, las malas madres y las cuidadoras. Para una viuda como ella, las granjas de niños se mostraban como una de las pocas opciones de supervivencia de las que disponía, aun a costa de la muerte de los más frágiles. Waters, por tanto, ocupaba el último eslabón de una cadena social que desprotegía a amplios sectores de la sociedad.

Las baby farms no eran las únicas trampas para niños en la era victoriana. Las calles de las grandes ciudades industriales abundaban de niños abandonados y famélicos que, en muchas ocasiones, se veían abocados a morir. Incluso en los institutos de caridad la muerte de los pequeños era frecuente.

Las granjas de niños, una consecuencia de las políticas sociales victorianas

Infancia victoriana
Imagen: Wikicommons

La bastardía se convirtió en un grave problema en la Gran Bretaña y la Irlanda del siglo XIX. El gobierno intentó limitar los efectos promulgando una nueva Ley de Pobres en 1834 con la que, entre otras cosas, se limitaba la asistencia financiera a las madres de hijos ilegítimos. El estado solo prestaba ayuda a la persona dispuesta a abandonar su casa por la workhouse, institución que proporcionaba comida y alojamiento precario a los necesitados a cambio de que estos trabajaran en fábricas o incluso minas. Esta intervención del estado cada vez mayor en las vidas privadas de la ciudadanía solo contribuyó a agravar la fragilidad del estatus de las madres.

Las reformas legislativas y los vacíos que permitieron la proliferación de granjas de niños se inscriben en un contexto de debate sobre el acceso a derechos ciudadanos por parte de las mujeres. La negación sistemática del acceso al sufragio, que les robaba a las mujeres la capacidad de ser sujetos políticos, se explica en parte por las expectativas sociales de género puestas en ellas. Los sectores de clase media y alta presionaban para que las mujeres se ocupasen de administrar de manera exclusiva los cuidados de la casa y la familia, algo que las proletarias no siempre podían hacer.

Las enmiendas sucesivas que se realizaron sobre la Ley de Pobres y las investigaciones profundas de las granjas de niños desembocarían en 1897 en la promulgación de la Ley de Protección de la Vida Infantil, cuyo objetivo era proteger a los pequeños al cuidado de terceras personas en las guarderías domésticas mediante inspecciones directas y otros mecanismos de control.

Referencias

Arnot, M. L. 1994. Infant Death, Child Care and the State: The Baby-farming Scandal and the First Infant Life Protection Legislation of 1872. Continuity and Change, 9(2): 271-311.

Cossins, A. 2015. Female Criminality. Infanticide, Moral Panics and The Female Body. Londres: Palgrave Macmillan.

Pearman, J. 2017. Bastards, Baby Farmers, and Social Control in Victorian Britain. Tesis de doctorado. Kent: University of Kent.

Erica Couto

Erica Couto

Historiadora y aprendiz de batería. Literatura y cine de terror las 24 horas. Las ruinas me hacen feliz

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