Las brujas están entre nosotros: imaginario colectivo y brujería

En el cine, en la literatura, en todas las artes en general, en la cultura pop, en la política... Las brujas, como espejo deformado de la visión de la feminidad desde la óptica masculina dominante o desde la transgresión feminista, siempre estuvieron ahí y han venido para quedarse.

Afirma Margaret Atwood que la imagen que una sociedad tiene de sus brujas dice mucho de cómo se percibe a la mujer. Las diversas formas en que la feminidad ha sido representada durante siglos, desde la óptica masculina, han estado divididas entre su divinización y su demonización, como ya señalara Simone de Beauvoir en El segundo sexo (1949). No es difícil descubrir que estas representaciones, todavía hoy presentes, funcionan como un mecanismo compensatorio que descubre un anhelo frustrado de aquel a quien, proyectando una idea de feminidad en la realidad, su propia experiencia le da calabazas.

La pregunta retórica que Freud formuló a Marie Bonaparte –«¿Qué quiere una mujer?»– da cuenta de la perplejidad del hombre ante el hecho de que la respuesta no sea el hombre mismo sino, como detectara Lacan, algo oculto que se encuentra al nivel del deseo y que, por tanto, nos devuelve al mito. Pero, para la historiadora y escritora puertorriqueña Iris M. Zavala, el vacío lacaniano que retroalimenta el deseo sigue siendo dependiente del «rasero fálico» (aunque el falo, para Lacan, no sea más que el significante del deseo). El vacío no es ya el del útero errante que repescó la psiquiatría moderna de la descripción de Hipócrates o de la de Sócrates en el Timeo, que creían que la hýstera [útero] era un animal insatisfecho, sino que, para Zavala, el vacío es la exclusión de la mujer, condenada a ser un complemento del hombre, del ámbito de creación de cultura. Es desde este «no lugar» desde el que la mujer escapa a lomos de una escoba y encuentra una grieta por la que acceder por sí misma a la escena pública para representarse a sí misma, reinterpretando el arquetipo de la bruja como excepción a la mujer normativa y activando así la posibilidad de una transformación social desde la cultura pop.

Wiccana
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La bruja terrorífica

El personaje de la bruja, como encarnación del habitus de la gracia negativa, perduró en los cuentos infantiles como correctivo de revoltosas y antimodelo de virtuosas casaderas. Con el tiempo, se fue dulcificando a través de personajes como la bruja novata, Madame Mim o los de la serie infantil W.I.T.C.H. , de la mano de la factoría Disney, para adaptarse a las nuevas pedagogías que proscriben el miedo como instrumento educativo.

El cine clásico se encargó del desagravio de la masacre de Salem y de la figura de Juana de Arco con directores como Dreyer o Bresson. Ejemplos más modernos los encontramos en películas como Cuando fuimos brujas (1990), de la islandesa Nietzchka Keene, de sugestiva tristeza –y con el debut de Björk–, o la reciente No soy una bruja (2017), una sátira social, surrealista y trágica, de la zambiana Rungano Nyoni. El uso del término «caza de brujas» en sentido figurado da cuenta de la conciencia social sobre la injusticia histórica, aunque no hay que olvidar que el apelativo de bruja sigue siendo un insulto, especialmente en redes sociales, para desprestigiar a mujeres de cualquier pelaje con cierto poder en política, como Angela Merkel, Hillary Clinton o Theresa May. En 2007, Yoko Ono hizo un uso irónico de ello titulando su disco Sí, soy una bruja.

A pesar de todo, la bruja, al amparo de las recurrentes modas ocultistas, sigue siendo un personaje de terror, icono de tatuadores y metaleros, protagonista de películas como la polémica Häxan (1922, Benjamin Christensen), al mejor estilo docudrama, desbordante de erotismo y violencia y basada en parte en el Malleus Maleficarum; la gótica y seductora La máscara del demonio (1960, Mario Bava), sobre un cuento de Gogol; la truculenta Carrie (1976, Brian De Palma) o la hiperestética y terrorífica Suspiria (1977, Dario Argento), sobre un relato de Thomas De Quincey, con la aparición de Miguel Bosé en un papel secundario. El álbum Evil Will Prevail (2012) de la banda de rock sueca Hellsingland Underground, con la portada de las brujas voladoras de Luis Ricardo Falero, es otro tributo a la bruja terrorífica.

La bruja activista

Sin embargo, ese terror ante un bol de palomitas, aparentemente inocuo, es susceptible de hacernos replantear ciertas categorías. El poder simbólico de la bruja, desde el punto de vista femenino, alimenta las fantasías de empoderamiento de la lucha feminista como una especie de toma de conciencia que va del terror en sí al terror para sí, algo que puede verse en películas como Las brujas de Eastwick (1987, George Miller), en la que Susan Sarandon, Cher y Michelle Pfeiffer suman fuerzas para destruir al hombre-diablo interpretado por Jack Nicholson, o Jóvenes y brujas (1996, Andrew Fleming), antecesora de las terribles chicas de la serie Coven.

No solo en el cine la bruja ha sido símbolo de liberación femenina. No podemos olvidarnos de la icónica canción del feminismo francés Une sorcière comme les autres (Una bruja como las demás), de Anne Sylvestre (1975). Por su parte, las chicas de la guerrilla W.I.T.C.H. – Women’s International Terrorist Conspiracy from Hell (Conspiración Terrorista Internacional de las Mujeres del Infierno)– se dedicaron, a finales de los años 60, a organizar aquelarres, lanzar conjuros por las calles y repartir ajos y panfletos en los restaurantes más cool de Nueva York. Su primera acción tuvo lugar el año 1968 cuando, al mejor estilo de la Bruja Mala del Oeste, ocuparon el distrito financiero de Wall Street para lanzar un maleficio contra la Bolsa. El Dow Jones cayó en picado al día siguiente, para sorpresa de todos y todas, como cuenta una de las activistas participantes, Jo Freeman. A esta acción le siguieron el boicot a la feria nupcial en el Madison Square Garden, el conjuro contra la investidura de Nixon y otras performances en Chicago, frente a la Universidad o la Junta de Comercio. Generaron un debate interno sobre si el feminismo debía formar parte de las reivindicaciones de la izquierda o si era por sí mismo capaz de articular un discurso que suscitara un cambio político y económico real. Se trataba no ya de marcar objetivos legales o axiológicos, sino de focalizar el cambio en la aniquilación de los enemigos, ya fueran estos la cultura patriarcal o el sistema económico capitalista, que igualaba a las mujeres como consumidoras pero no como productoras. Su adhesión a la izquierda quedó frustrada al verse excluidas de un plan de recambio de élites que no contaba con ellas para la toma de decisiones, y adoptaron entonces una postura más radical y tuteladora, pro-censorship , con acciones violentas contra la pornografía y la liberación sexual, entendidas como extensiones del patriarcado, ante las críticas de Angela Davis, entre otras pensadoras. Tras su estela, emergieron grupos feministas y activistas como las Guerrilla Girls –con su famosa máscara de gorila y el lema «¿Tienen que estar desnudas las mujeres para entrar en el Museo Metropolitano?»–, las ácidas encapuchadas de Pussy Riot, las Femen o la Cofradía del Coño Insumiso.

La bruja sigue siendo reivindicada hoy por el feminismo de la cuarta ola con consignas como «Somos las nietas de las brujas que no conseguisteis quemar» y argumentos proporcionados por pensadoras como Silvia Federici o Mona Chollet, que proponen una revisión de la historia en clave feminista y marxista, no exenta de detractores.

Pero si las W.I.T.C.H. estrenaban activismo callejero, no fueron las primeras que reivindicaron la figura de la bruja desde la perspectiva femenina. Matilda Joslyn Gage, en su libro titulado Mujer, Iglesia y Estado (1893), ya proponía la sustitución del término «brujas» por el de «mujeres» para hacerse cargo de las persecuciones del pasado. Curiosamente, Matilda, suegra de Lyman Frank Baum, autor del relato original de El mago de Oz , inspiró a su yerno el personaje de la Buena Bruja del Sur por su labor humanitaria.

En el contexto de las vanguardias, dos bailarinas y coreógrafas, cada una en un polo opuesto del panorama ideológico, también hicieron uso de la estética de las arcanas hechiceras. Por un lado, Mary Wigman, con su estilo primitivista a ras de suelo, rítmico y autoexpresivo, en La danza de la bruja (1914), el primer solo para una mujer, que marcaría los inicios de la nueva danza alemana, aunque su adhesión incondicional al régimen nazi ha enturbiado inevitablemente su recuerdo. Por otro, la ucraniana Maya Deren, de familia judía y trotskista, exiliada en EE UU por esa causa y considerada por algunos la madre del cine underground; interesada por el vudú y la danza ritualista, dirigió en 1943, junto a Marcel Duchamp, la película La cuna de la bruja.

En el ámbito bélico, el poder simbólico de la bruja quedó reflejado en las «brujas de la noche», pilotos soviéticas que recibieron tal nombre de los mismos nazis, atemorizados por su vuelo nocturno y letal. Antes que ellas, la 27.ª División del Ejército Republicano, que en la Guerra Civil española luchó en el frente de Aragón, tenía el apodo de La Bruja y editaba una revista con ese nombre.

La bruja integrada

No podemos olvidar que también ha habido una apropiación de la imagen de la bruja por parte de la cultura más mainstream y reaccionaria, que presenta una brujita pánfila capaz de renunciar a sus poderes a cambio de enamorarse y volver al redil de la vocación familiar. Así, la fascinante Veronica Lake, en Me casé con una bruja (1942, René Clair), acaba siendo una adorable madre y ama de casa, mientras que Kim Novak, en Me enamoré de una bruja (1958, Richard Quine), prefiere renunciar a sus poderes antes que al amor de su encantador vecino. De ahí puede seguirse un mismo hilo argumental hacia la popular serie Embrujada o la más reciente Sabrina, una sitcom basada en el cómic de Archie, del mismo nombre, en donde el superpoder más deseado es el de vestir ropa pija. Nicole Kidman y Sandra Bullock tampoco se libraron de hacer papeles de brujas frívolas que prefieren usar sus conjuros para triunfar entre los chicos, que no es poca cosa.

La bruja fea y la bruja seductora

Decía Anjelica Huston, a raíz de su papel de hirsuta hechicera en La maldición de las brujas (1990, Nicolas Roeg), que, «una vez asumes tu fealdad, puedes ser lo que quieras». Una característica de la misoginia más rancia es la suspicaz desconfianza ante la mujer extremadamente fea, pero también ante la hechizantemente seductora, puesto que ambas son, por vías diferentes, una amenaza para la institución de la familia. Estas dos características no son incompatibles si pensamos en brujas como Maléfica, de Disney, cuyo rostro pavoroso no desmerece su porte y elegancia, especialmente cuando es Angelina Jolie quien la encarna. Lo feo y lo grotesco en la bruja, no exentos de morbo, son tomados hoy como un modo de la protesta revolucionaria que busca negar el estatuto social de lo establecido que identifica, desde los tiempos de Platón, lo bello con lo verdadero y lo bueno. De este modo, si lo que hay no es bueno, habrá que empezar a discutir lo que es considerado bello, proponiendo la urgencia del cambio en las relaciones sociales que potencian el sensualismo inmediato a través del consumo y las modas, perpetuando ciertas formas de sometimiento.

La seducción de la bruja está presente tanto en los disfraces halloweeneros de bruja sexy como en los cueros y correas del BDSM. En todo ello se puede intuir la fantasía erótica de la dominatriz. La mítica Elvira, presentadora de un programa americano de películas de terror de serie B, de generoso escote, le valió a Cassandra Peterson una nominación a los Premios Razzie como peor actriz por la película del mismo nombre. Destapadas del todo se mostraban la Bruja de la Rosanegra y demás hechiceras de la revista para adultos Tarot. Y, sin ir tan lejos, nuestra Alaska, en La bola de cristal, asumiendo esa estética rijosa de la «bruja con tacón de aguja» de Tino Casal, fue capaz de adaptar, junto a Lolo Rico, el estilo de la movida al público infantil.

Un poco más seductoras se mostraban las brujas de Marvel, villanas con poderes físicos y sinuosos atributos como los de la Bruja Escarlata dibujada por Milo Manara o la Illyana Rasputina de X-Men. Pero la seducción no debe reducirse al erotismo. La Baba Yagá (1973) de Corrado Farina, una revisión erótica del mito eslavo basada en los cómics de Valentina de Guido Crepax, presenta la seducción en sentido fuerte, aquella seducción que Baudrillard definiera como el dominio simbólico de las formas. Es el poder que Eva aprendió de la serpiente, que supone resignificar las formas, hacerse cargo del mito de la bruja de la misma manera que la serpiente desvela a Eva que el fruto prohibido no produce la muerte, sino la apertura a un nuevo conocimiento que es un nuevo paradigma.

Neopaganismo y Wicca

Gerald Gardner, amigo de Aleister Crowley y funcionario jubilado en Inglaterra tras años como inspector postal en Malasia, registró en 1954 una religión con el nombre de Wicca (a caballo entre bruja y sabio). Esta religión, como toda que se precie, contaba con libros sagrados, ritos de iniciación, festividades, panteón de divinidades cornudas, una sección de pornomancers y hasta una facción herética, la Wicca Ecléctica, escindida de la Tradicional Inglesa. Las wiccanas de hoy tienen una gran conciencia ecológica o telúrica y se reúnen para compartir vademécums, conjuros, fetiches, trucos de cocina y bolsitas de hierbas para el cajón de las bragas. La película Scooby-Doo y el fantasma de la bruja y el capítulo de Los Simpson titulado La bruja bravata, en donde Lisa se hace wiccana para escándalo del puritano Flanders, son un testimonio de su relevancia. Tampoco les faltó su particular caza de brujas, llevada a cabo por el psiquiatra canadiense Lawrence Pazder y su paciente –y eventual esposa– Michelle Smith con la publicación del best seller Michelle Remembers, en el que se vertían graves acusaciones sobre el abuso ritual satánico de las brujas wiccanas, caso que llegó a los tribunales tras los sucesos de pánico de 1980, desenmascarando al oportunista psiquiatra.

La bruja, en fin, ha representado en cada momento lo que de terrible podía tener lo femenino radical, junto a otros mitos como la Salomé castradora, la vagina dentada, la Medea manipuladora o Baubo con su sonrisa vertical. Pilar Pedraza, profesora de Historia del Arte de la Universidad de Valencia, da cuenta de la persistencia del mito femenino en la cultura en su libro Brujas, sapos y aquelarres, editado por Valdemar. Pero la bruja es también símbolo de la marginalidad femenina propia de cada tiempo, también del nuestro. La bruja, víctima histórica de la sociedad biempensante, se constituye hoy como arquetipo de excluidas, agente del caos, agitadora contracultural y símbolo revolucionario, y no tiene intención de posar su vuelo.

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