La vida tras el ataque a Pearl Harbor: recelo, ley marcial y un nuevo rol para las mujeres

La población local se dio cuenta de lo importantes que podían ser las mujeres en un mundo devastado por la guerra. Ganaron trascendencia y relevancia dentro de la sociedad.

Ocho décadas después del ataque, todavía se mira en Hawái con cierto recelo a los estadounidenses de origen nipón. La ofensiva de la Armada Imperial japonesa dejó unas enormes secuelas en el imaginario colectivo y desató en los años siguientes una oleada de racismo hacia el sector de la población que compartía los rasgos faciales rasgados. En el ataque murieron 2.403 estadounidenses​ y otros 1.178 resultaron heridos de diversa consideración, según fuentes oficiales. La tragedia fue de tal magnitud que el olvido se antojaba imposible. Pero el desarrollo de la vida en Hawái se abrió paso en medio de conflictos, represiones y un esfuerzo colectivo para devolver el esplendor a las islas.

Mujeres en Pearl Harbor
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Una de las principales consecuencias de la inesperada ofensiva del 7 de diciembre de 1941 fue el cambio radical del papel de Estados Unidos en la geopolítica internacional. Ver las orejas al lobo de manera tan sangrienta fue el detonante para que el gobierno norteamericano abandonara sus políticas aislacionistas y se involucrara de lleno en la Segunda Guerra Mundial. Al día siguiente de los bombardeos, el presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt encadenó las palabras de lo que se conoce como el “Discurso de la Infamia”, por el que solicitaba al Congreso la declaración de guerra contra el Imperio de Japón.

El ataque cambió la rutina de la sociedad hawaiana. La población local se dio cuenta de lo importantes que podían ser las mujeres en un mundo devastado por la guerra. Ganaron trascendencia y relevancia dentro de la sociedad, haciéndose cargo, quizás empujadas por la necesidad, del mantenimiento de la zona. Una de ellas vaticinó con acierto el camino que se abriría a partir del momento en el que dejaran de caer las bombas. Elizabeth ‘Betty’ McIntosh, reportera del Honolulu Star-Bulletin, estaba allí el día en que los japoneses volcaron el “viento de los dioses” sobre la zona. En un artículo que quedó enterrado por decisiones editoriales, pero recuperado 71 años después por The Washington Post, la periodista dejaba claro el futuro que se iba a encontrar la población de Hawái una vez apaciguada la primera fase del conflicto: las mujeres de la isla tendrían que aceptar un rol distinto al que habían desempeñado hasta el momento. “Honolulu comenzó a darse cuenta de que había más en el ambiente que una alerta del ejército”, relata en el texto, donde se recogen varios párrafos esclarecedores: “Me di cuenta de lo importantes que pueden ser las mujeres en un mundo devastado por la guerra. Hay un trabajo para cada mujer en Hawái. Lo descubrí cuando visité los centros de la Cruz Roja, los comedores, los distritos de evacuados”.

Nada volvió a ser igual

Muchas de ellas tuvieron que trabajar en puestos que quedaron libres tras el fallecimiento de sus maridos. Recuerda el Museo de Pearl Harbor, de hecho, que las mujeres hasta entonces no podían participar en el combate pero, en cambio, se alistaban como enfermeras, telegrafistas, conductoras o, incluso, mecánicas. Una muestra de cómo el ataque alteró de forma drástica la identidad de la zona se encuentra en una singular fotografía de los archivos nacionales de la Marina estadounidense que ensalza a un grupo de tres chicas cortando acero en el rescate de barcos hundidos. Fue la tónica general.

Los militares tomaron el control del trabajo y se abolieron temporalmente los juicios con jurado. Más de 2.000 personas fueron arrestadas solo en las primeras 48 horas. Llegaron a quemarse algunas casas de vecinos de origen japonés y se cometieron atrocidades de diversa consideración. Hawái permaneció bajo dominio militar casi tres años, pero la tensión se alargó durante algunos más. Honolulu Advertiser, un periódico local que dejó de publicarse en 2010, tras 154 años de historia, confirmaba que la Armada estadounidense todavía se mantenía en 1956 en estado de alerta ante la posibilidad de un ataque.

La instauración de un gobierno militar trajo una serie de medidas represivas. Por ejemplo, todos los residentes, con la excepción de los menores, tuvieron que registrar sus huellas dactilares para engrosar un censo diseñado para el control de la población. También se expidieron documentos de identificación personal. Incluso se llegó a prohibir a los viandantes fotografiar cualquier lugar de la costa. El temor era permanente.

Todos los ciudadanos tenían que vivir en medio de la censura y recibían el correo previamente revisado. Así se recoge en Hawaii Goes to War: Life in Hawaii from Pearl Harbor to Peace, un libro de DeSoto Brown, historiador del Honolulu Bishop Museum, que pone de manifiesto el aciago modo de vida que los residentes tuvieron que aceptar. Ciudadanos de cualquier edad debían contar con todo tipo de material de protección, como máscaras de gas. Se fabricaron refugios antiaéreos en los patios traseros de las viviendas y los ciudadanos pasaban algunas noches a oscuras en sus hogares bajo el toque de queda. La avalancha de personal militar era constante. Muchos de ellos se asentaron en tiendas de campaña y buscaban momentos de diversión en algunos icónicos hoteles, que quedaron ocupados bajo el poder de los militares. Se racionó la comida en toda la isla y se cerraron los bares, prohibiéndose el consumo de alcohol. “Ya no debía hablar japonés”, recuerda Jane Kurahara, que era una niña en Honolulu durante el ataque a Pearl Harbor, en los archivos conservados en el Centro Cultural Japonés en Hawái.

Hawái tardó varios años en superar la mutilación que había dejado el conflicto en la sociedad, pero sus ciudadanos siempre tuvieron una visión proestadounidense que se materializó de manera oficial en 1959 cuando se convirtió en el quincuagésimo estado de Estados Unidos. Su lema no pudo ser más acertado: “Ua mau ke ea o ka aina i ka pono”(“La rectitud perpetúa la vida de la patria”). Seiscientos mil habitantes poblaban en aquella época el archipiélago.

Privación de libertad para cien mil japoneses

La relación entre la sociedad hawaiana y los ciudadanos de origen asiático ha sido muy tensa a lo largo de la historia de la región. Años antes de los bombardeos japoneses, hubo un episodio que marcó las relaciones sociales: la plaga de peste bubónica de 1899. La ciudad de Honolulu se puso en cuarentena y los viajes quedaron restringidos. La Junta de Salud emitió incluso una petición para que los barcos no atracaran en el puerto. Las autoridades, entonces, culparon a la comunidad china de lo sucedido, acusando al colectivo de prácticas insalubres en sus barrios. Pasaron cuatro meses antes de que la ciudad fuera declarada libre de plagas y el turismo se reanudara.

Décadas después, fueron los japoneses los que estuvieron en el disparadero por los recelos de las autoridades tras el ataque a Pearl Harbor. La consecuencia más directa fue la orden ejecutiva 9.066 que emitió en febrero de 1942 el presidente Roosevelt, por la cual se enviaba a unas 120.000 personas de la costa oeste de Estados Unidos a campos de internamiento por su origen étnico. “Nuestra vida diaria en el campamento era monótona y vacía”, afirman testimonios recogidos en el Centro Cultural Japonés de Hawai. Todo se limitaba a comer y dormir.

En Final Report, Japanese Evacuation from the West Coast, el teniente general John L. DeWitt defendía en 1942 que su posición contraria hacia la comunidad japonesa estaba respaldada por el resto del país: “La raza japonesa es una raza enemiga [...]. Si bien muchos japoneses de segunda y tercera generación nacidos en suelo estadounidense, poseedores de ciudadanía estadounidense, se han ‘americanizado’, las cepas raciales no se han diluido”.

El problema es que más de un tercio de los residentes de la isla eran de ascendencia japonesa. Y la paradoja es que dos tercios de ellos habían nacido en EE UU. Controlar a una población tan amplia no iba a ser fácil. Los oficiales dudaban de su lealtad. Sin distinción alguna y durante casi cuatro años, miles de ‘japos’ que residían en los estados de Oregón, California, Arizona o Washington permanecieron recluidos en una decena de campos de concentración.

“Traté de alistarme en la Marina de Estados Unidos con tres de mis compañeros caucásicos. Ellos fueron aceptados, pero yo no”, recordaba en la BBC Lawson Ichiro Sakai, que tenía 18 años en 1941. La suya fue una imagen muy repetida. Dos años después se abrió la puerta al cambio, aunque más por necesidad que por convencimiento: en el momento en que el ejército estadounidense necesitó de más soldados para combatir en varios frentes, se amplió el programa para reclutar a los voluntarios japoneses-americanos.

Aquello se produjo en marzo de 1943, 15 meses más tarde del ataque a Pearl Harbor. Unos 30.000 de estos jóvenes –como Lawson Ichiro Sakai– pasaron a servir en el ejército de EE UU. Algunos de ellos entraron a una unidad segregada conocida como el 442º Regimiento de Infantería, formada por estadounidenses de ascendencia nipona conocidos como “Nisei”. El perdón había empezado a ser una realidad.

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