La vida cotidiana en el Tercer Reich

Durante el Tercer Reich, el nivel de vida de las familias alemanas subió notablemente. Pero en el horizonte cercano se avecinaba el desastre de la guerra.

Niñas alemanas saludando al modo nazi

En los seis años transcurridos desde la toma del poder por Hitler, en 1933, hasta el inicio de la Segunda Guerra Mundial, el nivel de vida de los alemanes subió espectacularmente. Mediante una combinación de bienes confiscados a los judíos y préstamos pedidos en el extranjero, el nazismo obtuvo fondos para proyectos de obras públicas que crearon millones de puestos de trabajo, además de mimar a la población con servicios y ayudas que antes no existían. La nueva clase media podía ir de vacaciones, practicar deportes de equipo y disfrutar de maravillas tecnológicas como la televisión y el Volkswagen. Sin embargo, la guerra acechaba en el horizonte.

Para los alemanes, los primeros años a la sombra de la esvástica fueron una permanente fiesta a cargo del Estado. El nazismo fomentaba también las actividades en la naturaleza, como el senderismo o las excursiones a la montaña, y subvencionaba todo tipo de deportes y animaba a aprovechar las numerosas actividades ofrecidas por la organización nazi dedicada al ocio, Kraft durch Freude (Fuerza a través de la Alegría). Este sistema llegó a su apogeo en 1936, cuando Alemania acogió los Juegos Olímpicos. Pocos se dieron cuenta de que sólo los arios podían representar al Estado nazi.

A los recién casados se les concedían préstamos en condiciones favorables, lo que incrementó los matrimonios. A las madres especialmente prolíficas se las premiaba con medallas y –no menos importante– beneficios económicos. Las jóvenes alemanas participaban en actuaciones en las que demostraban sus habilidades para la crianza y sus cualidades como madres con sus muñecas... Para alegría de los niños, el Frente Alemán del Trabajo enviaba camiones con representaciones teatrales por toda Alemania.

La familia era el valor central del universo nazi. Padre, madre e hijos –a ser posible, al menos cuatro– debían asegurar la grandeza futura de Alemania. El hombre, como firme sostén económico y soldado; la mujer, en su papel de madre de unos hijos que labrarían un futuro glorioso para el Tercer Reich.

Un vehículo muy popular

La orgía de gasto de los años treinta se financió con bienes confiscados a judíos y préstamos pedidos en el extranjero. La nueva edad de oro encandiló fácilmente a los alemanes. En la mesa, se servían productos llegados de todo el mundo y, después de la cena, se podía oír la radio, que emitía desde Berlín, o ir a alguno de los muchos clubes de jazz que había en el país. Por 35 marcos, el salario de una semana, los alemanes podían comprar un Volksempfänger –literalmente, receptor del pueblo– y oír las retransmisiones nazis. La televisión era todavía un lujo. Muchos pagaban un asiento en alguna de las numerosas salas colectivas.

La mayor aspiración, sin embargo, era poseer coche propio y usarlo en la nueva red de autopistas. El famoso Volkswagen Escarabajo empezó a fabricarse en 1937 bajo la denominación KdF-Wagen y se convirtió en la ambición de una nueva clase media. A la vez que Hitler prometía a las masas la novedad del Volkswagen, los más ricos del país podían aspirar a un lujoso Opel Súper 6, que se ofrecía también en versión descapotable.

 

Más información sobre el tema en el artículo Vida Cotidiana en el Tercer Reich. Aparece en el último MUY HISTORIA, colección II Guerra Mundial, dedicado a El ascenso del Tercer Reich.

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