La singular madre de Napoleón: Maria Letizia Ramolino

La matriarca de los Bonaparte estuvo muy presente en la vida y la trayectoria de su famoso hijo, aunque su favorito era su hermano José y odiaba a Josefina.

Maria Letizia Ramolino

Nacida en Ajaccio, Córcega, el 24 de agosto de 1750, era la hija menor de los nobles corsos Giovanni Geronimo Ramolino y Angela Maria Pietrasanta. Por su condición de mujer, su educación se centró en la religión y las artes, aunque siempre mostró un profundo interés por los aspectos administrativos de las propiedades de su familia y por la política de la isla. Mujer de gran belleza e inteligencia, con sólo catorce años de edad fue casada con Carlo Bonaparte, un prometedor abogado corso cuatro años mayor que ella. Pese a ser un matrimonio de conveniencia, la pareja se entendió muy bien desde el principio: Carlo, que iba desarrollando una exitosa carrera pública en Córcega, pedía a menudo consejo a su joven esposa, cuya opinión siempre tuvo muy en cuenta, y Letizia encontró en su marido a un hombre capaz de ayudarla a conseguir sus aspiraciones sociales.

Los Bonaparte tuvieron trece hijos, de los que ocho sobrevivieron a la infancia: José, Napoleón, Luciano, María Ana Elisa, Luis, Paulina, Carolina y Jerónimo. Letizia se quedó viuda en 1785; Carlo falleció de un cáncer y ella, con apenas 35 años y ocho vástagos, quedó como cabeza de familia. Con unos ingresos mínimos procedentes de la carrera militar de José y Napoleón en el Ejército francés, Letizia impuso a los suyos un régimen de máxima austeridad, cuyo único gasto relevante era el destinado a la educación de los más pequeños. Fue una madre dura, severa y conocida por actitudes entonces consideradas "excéntricas", como su exhaustiva preocupación por la higiene de los niños, a los que obligaba a bañarse cada dos días en una época en que era muy infrecuente. Siempre mostró preferencia por su primogénito, José, y por el rebelde Luciano.

No obstante, estuvo al lado de Napoleón cuando éste prosperó y lo acompañó en las mieles de la gloria: primer cónsul de la República surgida de la Revolución Francesa (1799), cónsul vitalicio (1802) y, finalmente, emperador (1804-1814 y los famosos Cien Días de 1815). Eso sí, se negó a vivir en la corte parisina, por lo que Napoleón le concedió una renta vitalicia y el derecho a ocupar el castillo de Pont-sur-Seine, en Champaña-Ardenas. En sus raras visitas a París también rechazaba alojarse en palacio y se quedaba en el Hôtel de Brienne, donde se rodeó de un influyente grupo de banqueros y financieros con quienes discutía de economía y que la asesoraban en sus inversiones: llegó a adquirir una inmensa fortuna. Siempre prefirió invertir en bienes físicos (joyas y obras de arte) que en terrenos o acciones, pues temía que, si su hijo caía, le fuesen expropiados.

El verdadero motivo de su lejanía de París fue su aversión por Josefina de Beauharnais, la célebre esposa del emperador. La rivalidad entre ambas mujeres llegó a ser legendaria, pues Letizia se opuso firmemente a la relación y el posterior enlace. No acudió a la ceremonia, ni permitió que los hijos que aún tenía a su cargo asistiesen, y ni siquiera felicitó a los novios. Las infidelidades de Josefina no hicieron más que acrecentar su animosidad, hasta el punto de que coaligó a toda la familia para forzar a Napoleón a divorciarse, cosa que éste se negó a hacer. A raíz de este enfrentamiento, los encuentros entre madre e hijo fueron cada vez más esporádicos, pero Napoleón siempre reconoció la gran inteligencia y personalidad de Letizia, hasta el punto de afirmar: "Cuando ella muera, sólo me quedarán inferiores". No podía saber que él iba a morir en 1821, antes que su madre, que vivió hasta 1836, aunque pasaría sus últimos años ciega e inválida.

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