La Resistencia francesa entra en la guerra

La resistencia civil a la ocupación alemana de Francia y al gobierno colaboracionista de Pétain se fue intensificando a partir de 1943. En la primavera de 1944, los británicos ya preparaban a los franceses para la batalla.

En la primavera de 1944, las familias francesas que oían clandestinamente la BBC encontraban a menudo frases crípticas, si bien en apariencia inocentes, insertadas entre las noticias: “A Asclepio no le gustan las ovejas” o “Romeo besa a Julieta”, por ejemplo. A veces sonaban las primeras cuatro notas de la Quinta Sinfonía de Beethoven, una sucesión que podía traducirse como la letra V en código morse: pa pa pa paaaa. La V representaba la victoria.

El 1 de junio, las emisiones se interrumpieron con más de 200 mensajes misteriosos, uno de ellos correspondiente a las tres primeras líneas del poema Canción de otoño, del poeta francés Paul Verlaine. En lenguaje en clave, esos versos indicaban que el Día D tendría lugar a lo largo de las siguientes dos semanas. Todos estos mensajes de la BBC iban dirigidos a los agentes de la Dirección de Operaciones Especiales (Special Operations Executive, SOE) que se encontraban en Francia y colaboraban con la Resistencia. En 1940, las tropas de Hitler habían ocupado Francia después de solo seis semanas de lucha y los franceses habían visto con impotencia cómo los nazis colgaban banderas nazis con la odiada esvástica en todo tipo de edificios oficiales, especialmente en París.

 

El alto el fuego partió el país en dos mitades: los alemanes en el norte y el mariscal Pétain, al frente del régimen de Vichy, en el sur. Muchos pensaban que Pétain se había guardado algún as en la manga y estaba esperando la oportunidad de echar a los alemanes a patadas, pero pronto quedó claro que solo era un complaciente colaborador, dispuesto a satisfacer todos los caprichos de los invasores. Las consecuencias de la ocupación fueron la censura, el hambre, la creciente mortalidad infantil y la persecución de los judíos, lo cual generó una hostilidad cada vez mayor tanto contra los alemanes como contra quienes les apoyaban.

Aun así, todavía faltaba un trecho para que esa frustración se transformara en una oposición activa. La mayoría de la gente escondía los sentimientos contrarios a la ocupación y trataba de sobrevivir día a día. De hecho, menos del dos por ciento de la población participaba en La Résistance –el nombre del movimiento francés de resistencia- y, de ellos, solo unos pocos tomaban parte en acciones peligrosas, como sabotajes o ataques directos. La lucha se desarrollaba sobre todo a través de la palabra –había más de 1.100 periódicos clandestinos-, aunque algunos combatientes también ayudaban a pilotos aliados y prisioneros de guerra a escapar del país y empezaban a reunir información sobre instalaciones militares alemanas.

Al principio, uno de los principales problemas de la Resistencia fue la falta de experiencia militarDetrás de las alambradas de espino de los campos de concentración alemanes, había casi dos millones de soldados franceses, que eran quienes habían pisado el campo de batalla. El otro gran colectivo con experiencia de combate eran los comunistas –habían luchado contra Franco en la Guerra Civil Española-, pero estos se negaban a empuñar las armas contra los nazis por las exigencias del pacto de no agresión germano-soviético y solo cuando, en julio de 1941, Alemania lanzó su ofensiva contra la Unión Soviética, cambiaron de postura.

Uno de los primeros comunistas en pasar a la acción fue el joven Pierre Georges, cuyo grupo llevó a cabo 16 intentos de sabotaje contra la red de ferrocarriles, de los cuales solo seis tuvieron un éxito parcial, con un daño mínimo. Hubo que esperar hasta octubre para que los jóvenes comunistas asestaran por fin un buen golpe a los alemanes. Varios de ellos habían sido enviados a Nantes para extender el combate al resto del país, pero allí los intentos de atentar contra las vías férreas volvieron a fracasar. Frustrado, Gilbert Brustlein, de 23 años, entró junto a un compañero en la ciudad. Allí advirtieron la presencia de dos oficiales nazis en una acera y, sobre la marcha, decidieron atentar. Desde una distancia de solo medio metro, levantaron sus armas y dispararon. Uno de los revólveres se encasquilló, pero el de Brustlein dio en el blanco. Karl Hotz, comandante alemán de Nantes, cayó al suelo mortalmente herido. El otro oficial se quedó paralizado por el miedo mientras los atacantes huían.

Hitler ordenó represalias

Hotz era el hombre más importante que tenían los alemanes en el oeste de Francia y su muerte supuso un gran triunfo para la Resistencia. Pocas horas más tarde, Hitler tuvo noticias del atentado y ordenó la inmediata ejecución de 50 rehenes. Además, advirtió que, si los atacantes no eran arrestados en 24 horas, otras 50 personas correrían la misma suerte. El objetivo era someter a la población a una violencia desmedida para que le diera la espalda a la Resistencia.

Dos meses antes, los alemanes habían frustrado una campaña de sabotaje en el metro de París y habían dejado claro que este tipo de acciones se castigarían con extrema severidad. Las fuerzas de ocupación tenían incluso una lista de personas que serían detenidas y pagarían el precio de la resistencia armada: anarquistas, comunistas, gaullistas, sospechosos de sabotaje y distribuidores de prensa clandestina.

 

Pero la oposición vino también de dentro. En una intervención radiofónica emitida desde Inglaterra el 23 de octubre de 1941, el general Charles de Gaulle, líder de la Francia Libre, insistió en que la lucha contra los alemanes la dirigía él y que sus tácticas no incluían el asesinato aleatorio.

Lo cierto es que las fuerzas de ocupación lo tenían fácil para combatir a los grupos de la Resistencia y que tanto la Gestapo como la policía francesa eran muy efectivas. En algunos casos, fue la propia frivolidad de los combatientes lo que llevó a su detención. Brustlein y su grupo, por ejemplo, celebraron el asesinato de Hotz en un famoso local de París habitualmente frecuentado por simpatizantes comunistas. Aquí la Gestapo empezó a seguirlos y detuvo a 30 de los 32 miembros del grupo.

 

En esos difíciles primeros años, el descuido y el diletantismo costaron la vida a miles de combatientes. En la ciudad de Antibes, al sureste de Francia, el líder del grupo llamado “Carte” tenía en su poder un directorio con todos sus miembros que incluía no solo el nombre completo, con direcciones y números de teléfono, sino también descripciones físicas. Cuando un mensajero del “Carte” se quedó dormido en un tren, la Gestapo se hizo con un maletín que contenía más de 200 nombres de miembros de la Resistencia que podían ser detenidos fácilmente. Los alemanes actuaron sin piedad. Los resistentes eran sometidos a torturas, ejecutados o deportados. Más de 100.000 murieron, bien en combate, bien en prisiones o campos de concentración.

En las primeras fases de la lucha, los ataques de la Resistencia no tenían gran efecto sobre las fuerzas de ocupación. Francia se mantenía relativamente tranquila y los alemanes controlaban el país con solo 30.000 efectivos, una tarea que en otros sitios requería muchos más soldados. En Noruega, por ejemplo, Alemania tuvo que desplegar a 200.000 hombres.

 

Más información sobre el tema en el artículo Los sabotajes crean el caos en Francia. Aparece en el MUY HISTORIA, colección II Guerra Mundial, dedicado a Operaciones especiales.

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