La reacción de los aliados en la II Guerra Mundial

La terrible derrota que los soviéticos infligieron a los alemanes en Stalingrado dio alas a las fuerzas de los aliados y cambió el curso de la II Guerra Mundial.

Antes de atacar a Rusia, Alemania tuvo que entretenerse en conquistar Yugoslavia y resolver la toma de Grecia, en donde los italianos se habían atascado. Ello no solo le hizo distraer fuerzas sino que le obligó a demorar su ofensiva contra la Unión Soviética. El retraso se demostró fatal pues, aunque el ataque de junio de 1941 cogió por sorpresa a Stalin y fue aniquilador, las fuerzas alemanas quedaron en diciembre empantanadas ante Moscú sin el equipo de invierno necesario; se comenzaba a pagar el exceso de confianza.

En la primavera de 1942 se reanudaron las operaciones hacia el sur de la URSS, hacia los pozos de petróleo del Cáucaso. Pero por entonces Moscú ya había comenzado a recibir cientos de miles de toneladas de armas y vehículos de transporte enviados por Gran Bretaña y Estados Unidos a través del Ártico y el estrecho de Bering y desde Persia. Esto, unido a las grandes reservas humanas de las que la URSS disponía –y tras saber Stalin por su espía Richard Sorge que Japón no iba a atacar por Siberia al estar planeando su ataque a los estadounidenses–, permitió al Ejército Rojo concentrar a millones de hombres bien equipados en el oeste para hacer frente a los nazis. Todo ello se plasmó con rotundidad, por vez primera, en la terrible derrota que los soviéticos infligieron a los alemanes en Stalingrado, entre fines de 1942 y principios de 1943, que causó más de 850.000 bajas a los invasores. Los soviéticos sufrieron aún más pérdidas, pero tenían reservas para reponerlas y, además, poseían una enorme motivación, fruto de las ansias de venganza por las atrocidades sufridas a manos de los nazis.

Al disponer de muchas reservas humanas, la estrategia se basó en la masiva acumulación de medios, en oleadas y oleadas de soldados que eran enviados al combate como carne de cañón, a veces sin armas, debiendo coger las del camarada caído. Los comisarios políticos de las distintas unidades se encargaban de que nadie flaquease en el combate, castigando con la ejecución inmediata cualquier muestra de debilidad o retirada ante el enemigo. Era una estrategia cruel, pues despreciaba la vida de los combatientes, pero sin duda efectiva, ya que permitía explotar la superioridad numérica ante un adversario cada vez más falto de recursos.

Desde la primavera de 1943, a pesar de los intentos de contraataque nazis –como el que ese verano provocó la batalla de Kursk, el combate de tanques más grande de toda la historia–, los alemanes fueron perdiendo terreno de modo inexorable, lo que anunciaba el inevitable final. Para añadir más presión, en ese mismo verano británicos y estadounidenses desembarcaban en Italia tras haber expulsado al Eje del norte de África; Alemania estaba cada vez más cercada.

 

Estados Unidos entra en el juego

Mientras tanto, en diciembre de 1941, Japón se lanzó a la guerra contra Estados Unidos atacando Pearl Harbor. Al mismo tiempo, conquistaba fácilmente Indochina, Malasia, Indonesia y Filipinas. En otro exceso de confianza y despreciando al enemigo, pensaba que el golpe sería demoledor para los norteamericanos y que estos no se lanzarían a la guerra, presos de su política aislacionista. Pero Washington se había ido involucrando progresivamente en la guerra desde hacía más de un año, prestando y vendiendo armas y toda clase de productos a británicos primero, y luego a soviéticos, y perdiendo numerosos mercantes en el Atlántico a manos de los sumergibles alemanes. Los americanos fueron sorprendidos, pero recogieron el guante y se lanzaron a reconquistar paso a paso el Pacífico. Su potente industria, siempre a salvo de ataques, se puso a producir a un ritmo frenético y suministró armas, equipos, alimentos y medicinas tanto a sus hombres como a los británicos y chinos que combatían en Asia contra los invasores japoneses.

En otro acto de incomprensible irresponsabilidad política y militar, Hitler dio un salto adelante y aprovechó el ataque de los nipones para declarar también la guerra a Estados Unidos. Creía ciegamente en la potencia militar japonesa, impresionado por sus éxitos fulgurantes de los primeros meses en el Extremo Oriente y el Pacífico. Ciertamente, el ejército norteamericano estaba oxidado y no tenía la preparación de sus enemigos, pero sí contaba con motivación, con unas enormes reservas demográficas y, sobre todo, con una potencia económica, industrial y científica superior a la del resto de contendientes. Cuando toda esta maquinaria se puso en marcha, solo era cuestión de pocos meses que sus tropas comenzasen a adquirir experiencia. Se habían visto atacados por sorpresa y les sobraban motivos de venganza ante Japón, pero además necesitaban la victoria de los británicos y soviéticos contra los alemanes si querían recuperar las inversiones económicas en préstamos y ventas que les habían hecho.

 

Más información sobre el tema en el artículo Aliados, de la debilidad a la victoria de Juan Carlos Losada.Aparece en el MUY HISTORIA, dedicado a El Eje del mal. Alemania, Italia y Japón a la conquista del mundo.

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